Mi querido enemigo

Mi querido Enemigo

Jean Webster

 

Massachusetts, 

Diciembre 27.

Mi querida Judy:

Ha llegado tu carta. La he leído dos veces, y con gran asombro. ¿Me quieres decir que Jervis te ha dado, como regalo de Navidad, la autorización para transformar el hogar John Grier en un Instituto Modelo, y que me has elegido a mí para desembolsar el dinero? ¡A mí, yo, Sallie McBride, la directora de un asilo de huérfanos! ¡Pobres ilusos! ¿Han perdido la razón? ¿O es que, acaso, se han hecho adictos al opio y esto que me proponen no es más que un delirio de vuestras imaginaciones afiebradas? Serviría tan poco para cuidar a cien huérfanos como para ser el guardián del jardín zoológico.

¿Y como un señuelo para atraerme me ofrecen un médico escocés muy interesante?

¡Mi querida Judy -como también mi querido Jervis-, les adivino el jueguito y la intención! Me imagino como si lo estuviera escuchando la conferencia de familia que ha tenido lugar en torno al fuego del hogar de la casa de los Pendleton:

“¡Qué lástima que Sallie no haya llegado a ser algo más útil desde que abandonó el Liceo! Debiera dedicarse a alguna tarea más provechosa en lugar de desperdiciar y malgastar su tiempo en esa mezquina vida social de Worcester. Además (habla Jervis), se está interesando demasiado en ese condenado joven Hallock, un individuo excesivamente guapo, fascinador y excéntrico nunca me gustaron los políticos; tendremos que apartarla y desviar su mente con una ocupación elevada y absorbente hasta que haya pasado el peligro. ¡Ah! ¡Ya lo tengo! La pondremos al frente del Hogar John Grier.”

¡Ja, ja! ¡Oigo a Jervis tan nítidamente como si estuviera ahí! En ocasión de mi última visita a vuestra deleitable morada, Jervis y yo sostuvimos una conversación muy solemne con respecto a (1) el matrimonio, (2) los ideales tan mezquinos que profesan los políticos, (3), la vida frivola e inútil que llevan las mujeres de sociedad.

Hazme el favor de decirle a tu moralísimo cónyuge que sus palabras produjeron en mí una muy honda impresión y las tomé tan a pecho que desde que regresé a Worcester dedico una tarde por semana a leer poesías en voz alta con las resi­dentes del “Asilo para Mujeres Ebrias”. Como podrás ver, mi vida no es tan falta de objetivo como pudiera creerse.

Por otra parte, permíteme que te asegure que el político de marras no es tan peligrosamente inminente como ustedes supo­nen, y que, aun cuando lo fuese, es un político la mar de apetecible, a pesar de que sus puntos de vista sobre cuestiones como tarifas, impuestos al celibato y el sistema de gremios obreros no concuerdan exactamente con los de Jervis. Vuestro anhelo de dedicar mi vida al bien público es muy bello, por cierto, pero deben encarar el problema desde el punto de visca de los huérfanos. ¿No sienten piedad alguna por esos pequeños huerfanitos indefensos? ¡Yo sí la siento, y por esa razón me permito rechazar muy respetuosamente el cargo que me ofrecen!

Me será sumamente grato, empero, aceptar vuestra amable invitación para ir a pasar una temporadita con ustedes en Nueva York, aunque debo confesar que no me estimula excesivamente la perspectiva de los agasajos y diversiones que me tienen pre­parados. Supriman todas esas visitas a la Casade Expósitos y al Orfelinato de Nueva York y cámbienlas por algunas veladas teatrales, algunas óperas y uno que otro dinner danzante. Acabo de hacerme dos exquisitos trajes de soirée y un tapado celeste y oro adornado con un amplio cuello de armiño, y te aseguro que me sientan a maravilla. Voy corriendo a empaquetarlos y a preparar el baúl; así, pues, tendrás que telegrafiarme sin pérdida de tiempo si es que no tienes deseos de verme por mí misma, sino únicamente como una sucesora de la señora Lippett.

Afectuosamente tuya, como siempre,

enteramente frívola y con intención de

permanecer siempre así.

Sallie McBride.

 

P.D.- Tu invitación es en extremo oportuna. Un joven polí­tico muy encantador, de nombre Gordon Hallock, estará en Nueva York la semana próxima. Tengo la certeza de que te va a gustar mucho cuando lo conozcas mejor.

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P.D. 2- Aquí está Sallie tomando su paseo vespertino, tal como Judy quisiera verla. Os pregunto una vez más:  ¿os habéis vuelto locos?

 

Hogar John Grier.

Febrero 15

Mi querida Judy:

Llegamos anoche, a eso de las veintitrés, en una tormenta de nieve, “Singapore”, Jane y yo.

No parece ser costumbre, entre las dirigentes de orfelinatos, el llevar consigo a sus doncellas personales ni a sus perros chinos. Nuestra llegada produjo gran alboroto y confusión, pues el sereno y el ama de llaves aun no se habían retirado a descansar, a la espera de nuestra llegada. Fue impresionante el revuelo que se originó entre ellos, pues nunca habían visto un perro como “Singapore”, y creían que yo les había introdu­cido un lobo entre el rebaño.

Para tranquilizarlos tuve que asegurarles repetidas veces que se trataba simplemente de un ejemplar de la raza canina; y el sereno, después de examinar la lengua negra de “Sing” se aventuró a hacer un chiste: me preguntó si lo alimentaba con pastel de gayuba.

Era difícil hallar acomodo para mi familia. El pobre “Sing” fue arrastrado, gimiendo, hacia una extraña carbonera, dándosele como lecho un trozo de arpillera. A Jane (Juana) no le cupo mejor suerte. No había ninguna cama sobrante en el edificio, salvo una camita de niño que medía cinco pies de largo, la que estaba ubicada en la sala del hospital. Como sabes, Jane mide por lo menos seis pies, de modo que tuvimos mucho tra­bajo tratando de plegarla en dos para poder arroparla; la pobre pasó la noche doblada como un cortaplumas. Hoy estuvo renqueando todo el día y parecía una letra S decrépita; deplo­raba a viva voce esta nueva escapada y travesura por parte de su veleidosa ama, y añoraba el momento en que recobrásemos el juicio para regresar al hogar paterno en Worcester.

Me consta que ella me va a estropear todas las probabilidades que tengo de hacerme simpática al resto del personal doméstico.

Traérmela aquí fue la idea más disparatada que pudiera conce­birse; pero ya conoces a mi familia. Tuve que luchar y vencer todos sus escrúpulos y objeciones uno por uno, pero en la cuestión de Jane se mantuvieron intransigentes. Sólo se me per­mitiría venir -temporariamente, se entiende- a condición de llevadme a Jane para que pudiera vigilarme en cuanto a la alimentación nutritiva que debía consumir, y además para cui­dar de que no me acostara demasiado tarde. ¡Pero ay de mí si me negaba, a llevarla conmigo! Creo, si mal no recuerdo, que me amenazaron con prohibirme volver a trasponer el umbral de la casa paterna de Stone Gate. Pues aquí estamos, y ninguna de las dos muy bienvenida, me temo.

A las seis de la mañana me despertó el fuerte ruido de una campana, y al abrir los ojos permanecí un rato acostada, escu­chando la bulla que metían las veinticinco niñas dentro del lavatorio, ubicado encima de mi dormitorio. Aunque no les dan baños, sino sólo que se lavan la cara, por el chapaleo y el ruido que hacen parecen veinticinco cachorritos caídos en un estanque.

Me levanté, me vestí y salí a explorar el terreno. Debo con­fesar que fuiste muy astuta al no dejarme venir a inspeccionar el lugar antes de decidirme a venir.

La hora en que los huerfanitos a mi cargo se estaban desayu­nando parecía el momento más propicio para presentarme ante ellos; así, pues, me dirigí al comedor. Al entrar quedé muda de espanto al contemplar esas paredes de ún color entre gris y amarillento y las mesas cubiertas con un hule pardusco, con tazas y platos de latón y banquitos de madera, y seguramente como un esfuerzo decorativo había una inscripción luminosa que decía: “¡El Señor Todopoderoso proveerá!”. El fiduciario que añadió este último toque debió poseer un amargo sentido humorístico.

La verdad, Judy, nunca imaginé que hubiese un lugar sobre la tierra tan absolutamente feo, tan horrible; y cuando contemplé esas filas y filas de niños pálidos, indiferentes y silenciosos, ataviados de uniforme azul, la triste realidad de este problema en toda su lobreguez me hirió con tanta fuerza que estuve a punto de caer desvanecida. Parecíame un objetivo inalcanzable poder traer la luz de la sonrisa infantil a esas ¡bien caritas, cuando lo que necesitaban era una madre cada uno.

Con harta ligereza me lancé a esta empresa, en parte porque tú fuiste demasiado persuasiva y, principalmente, en honor a la verdad, porque ese presuntuoso e insolente Gordon Hallock se burló tan acerbamente de la idea de que yo pudiese ser la dirigente de un asilo de huérfanos. Entre todos ustedes me hipnotizaron. Y luego, por cierto, cuando empecé a Ieer los libros que trataban el asunto y cuando me llevaron a visitar todas aquellas diecisiete instituciones, me sentí como excitada, estimulada ante la idea de que pudiese ser capaz de llevar a cabo semejante tarea, y empecé a sentir deseos de poner en práctica mis propias ideas e iniciativas. Esa fue mi ambición, pero ahora que me veo frente a frente con la realidad, me siento despavorida de hallarme aquí; es una empresa tan estu­penda. La salud y felicidad futuras de cien seres humanos están en mis manos, sin contar la de sus futuros trescientos o cua­trocientos hijos y sus miles de nietos. Porque esta cosa es, geométricamente, progresiva. Es terrible. ¿Quién soy yo para emprender semejante tarea? ¡Por amor de Dios, busquen pron­to, pero muy pronto, otra directora!

Me dice Jane que la comida está lista. Habiendo comido dos de las tres comidas de esta institución, no me entusiasma la idea de comer otra.

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Un poco más tarde:

 

El personal doméstico comió picadillo de carne con espina­cas, con budín de tapioca como postre; no quiero pensar en lo que habrán comido los niños.

Empecé a contarte sobre mi primer discurso oficial esta ma­ñana durante el desayuno. Este discurso versaba sobre todos los cambios maravillosos que tendrían lugar dentro del Hogar John Grier, gracias a la generosidad del señor Jervis Pendleton, el presidente de nuestra Comisión de Síndicos, y la señora de Pendleton, que era la querida “Tía Judy” de cada uno de los niñitos y niñitas aquí presentes.

Te ruego no te opongas a que yo haga resaltar tan promi­nentemente la participación de la familia Pendleton. Lo hice por razones políticas. Como se encontraba presente todo el personal de la institución, me pareció una buena ocasión para recalcar y dejar bien aclarado que todas esas innovaciones y trastornos venían por la autorización directa del “cuartel general”, y no eran producto de mi cerebro exaltado.

Los niños dejaron de comer para clavarme la vista. Es evidente que el color llamativo de mi cabello y mi nariz respin­gada, que me dan un aire tan frívolo, son atributos descono­cidos en una directora de asilos. Mis colegas también dejaban traslucir ¡visiblemente que me consideraban demasiado joven e inexperta para ocupar semejante posición de autoridad y res­ponsabilidad. Todavía no he visto a ese maravilloso médico escocés de que tanto me ha hablado Jervis, pero te aseguro que tendrá que ser muy, pero muy maravilloso para recom­pensarme por todos estos otros que hay aquí, muy especialmente la maestra del jardín de infantes. La señorita Snaith y yo ya muy temprano hemos entrado en conflicto con respecto al problema de la ventilación y del aire fresco; pero tengo el propósito de extirpar este desagradable “olor de institución”, aunque para lograrlo me vea obligada a transformar a cada huerfanito en una pequeña estatua de hielo.

Como hoy es una tarde hermosa, plena de sol, he ordenado cerrar ese horrible calabozo que es la sala de recreo, y mandé a los niños a jugar al aire libre.

“Nos está echando”, oí que decía, refunfuñando, un pequeño rapacejo, mientras luchaba para introducirse dentro de un sobre­todo tres veces demasiado estrecho para él.

Los pobrecillos se quedaban ahí estacionados en el patio, sin moverse, encorvados y silenciosos, sin saber qué hacer y esperando dócil y pacientemente a que se les permitiera volver a entrar. Nada de correr, gritar, ni jugar; nada de desligarse cuesta abajo ni hacer pelotas de nieve para arrojarse mutua­mente, como hacen los niños normales. ¡Imagínate eso! Estos niños no saben jugar.

 

Más tarde aún:

 

Ya he comenzado la grata tarea de gastar tu dinero. Esta tarde compré once botellas para agua caliente (todas las que contenía la farmacia del pueblo); asimismo, compré algunas frazadas de lana y cobertores acolchados. He mandado man­tener abiertas las ventanas de par en par en el dormitorio de los más pequeños. Los pobrecillos van a gozar de la nueva sensa­ción de poder respirar durante la noche.

Hay un millón de cosas sobre las que deseo rezongar, pero son las diez y media de la noche, y Jane dice que debo irme a dormir.

Tu comandante en jefe,

Sallie McBride.

 

P.D.- Antes de entregarme al reposo, me encaminé en pun­tillas de pie por el corredor para cerciorarme de que todo estaba en orden. ¿Y qué crees que encontré? ¡La señorita Snaith se hallaba, afanosa y sigilosamente, cerrando todas las ventanas en el dormitorio de los infantes! Tan pronto como pueda con­seguir un puesto adecuado para ella, en algún asilo para ancia­nas, voy a despedir a esa mujer.

Jane me saca la pluma de la mano. Buenas noches.                                  :

 

 

Hogar John Grier.

Febrero 20.

Mi querida Judy:

El doctor Robin MacRae vino esta tarde para trabar cono­cimiento con la nueva directora. Me harás el favor, Judy, de invitarlo a comer en ocasión de su próxima visita a Nueva York, y verás lo que ha hecho tu marido.

Jervis me indujo a creer que una de las principales ventajas de mi puesto sería el trato cotidiano con un hombre tan erudito; encantador y talentoso como el doctor MacRae; su brillante intelecto y pulida cultura, según tu marido, debían ser para mí como un constante ejemplo y aliciente.

Pues te diré que toda esa palinodia es una exagerada tergi­versación de la realidad, como verás:

Este doctor MacRae es alto y escuálido, con el pelo color de arena y ojos grises y fríos. Durante la hora que pasó en mi compañía (y eso que yo desplegué toda mi vivacidad y desenvoltura), ni la más leve sombra de una sonrisa iluminó su boca, de labios finos y cerrados como una línea recta. ¿Puede una sombra iluminar? Tal vez no; pero, de cualquier manera, ¿qué es lo que le pasa a ese hombre? ¿Habrá cometido algún crimen que le remuerde la conciencia día y noche, o es que su taciturnidad se debe simplemente a su naturaleza escocesa? ¡Este hombre es tan sociable como una tumba de granito!

Incidentalmente, nuestro médico no simpatiza conmigo mu­cho más de lo que yo simpatizo con él. Me cree frívola e incon­secuente y absolutamente inadecuada para semejante puesto de confianza y responsabilidad.

No me extrañaría que a estas horas tu marido haya recibido una carta de él pidiendo que me retiren.

En materia de conversación no acertamos en lo más mínimo. El discurría amplia y filosóficamente sobre los males emer­gentes del cuidado institucional de los niños, mientras yo deploraba, con burlona ligereza, el peinado tan poco sentador que usaban nuestras niñas.

Para probar mi tesis, hice comparecer a Sadie Kate, mi huérfana predilecta de los mandados. Su cabello está estirado hacia atrás tan tieso y tirante como si lo hubieran hecho adrede con un torniquete, y está dividido atrás en dos trencillas tiesas como si fueran de alambre. Decididamente, y no cabe duda sobre ello, las orejas de las huérfanas tienen necesidad de ser disimuladas, pero al doctor Robin MacRae no le importa un bledo si sus orejas son o no decorativas; lo único que a él le interesa son sus estómagos. También rompimos lanzas con la cuestión de las enaguas rojas. No es humanamente posible que una muchachita pueda preservar un vestigio de amor propio si está ataviada con unas enaguas rojas de franela, que le pasan dos o tres centímetros desparejos por el vestido de bramante de cuadros azules; pero él cree que las enaguas rojas son ale­gres, abrigadas e higiénicas. Preveo un reinado turbulento para la nueva directora.

Con respecto a nuestro médico, hay un solo detalle que agradecer al cielo, y es que él es casi tan nuevo aquí como yo, y por consiguiente no me puede instruir sobre las tradiciones del asilo. Creo que no hubiera podido trabajar con el antiguo médico, quien, a juzgar por el estado de los ejemplares que recibieron el impacto de sus artes terapéuticas, sabía tanto de niños como un veterinario.

En materia de etiqueta de asilos, el personal en masa ha em­prendido mi educación. Hasta la cocinera me ha dicho esta mañana, en tono firme y enérgico, que el Hogar John Grier come albóndigas de harina de maíz todos los miércoles por la noche.

¡Por amor de Dios, buscad empeñosamente otra directora! Me quedaré hasta que la encuentren, pero, por favor, que sea pronto. –

Tuya

Resuelta a partir,

Sallie McBride.

 

 

Oficina de la Superintendencia

Hogar John Grier.

Febrero 21.

<strong><!–more–><!–nextpage–></strong> Estimado Gordon:

¿Todavía está ofendido porque no he seguido su consejo? ¿Acaso no sabe que a una pelirroja de ascendencia irlandesa, con una mezcla de escocés, no se la puede presionar, sino que se la debe conducir dulce y suavemente?

Si hubiera sido menos odiosamente insistente, le habría escu­chado con docilidad y me hubiese salvado. A pesar de todo, le confieso francamente que me he pasado estos últimos cinco días arrepintiéndome de nuestro altercado. Tenía usted razón y yo me había equivocado, y como lo veo, lo admito con toda hidalguía. Si logro desasirme alguna ‘vez de esta camisa de once varas en que me he metido, le prometo en lo sucesivo dejarme guiar (casi siempre) por su criterio. ¿Puede una mujer hacer una retractación más absoluta, más amplia que ésta?

El hechizo romántico que Judy derramó sobre este prosaico asilo de huérfanos sólo existe en su imaginación poética.

Este antro es atroz. No hay palabras que puedan expresar cuan lúgubre, melancólico y maloliente es; corredores largos, helados, paredes desnudas y sucias; pequeños moradores de rostros lívidos y pastosos, vestidos de uniforme azulado, y que no tienen la más remota semejanza con niños humanos.

¡Y ese horrible hedor de asilo, tan típico! Algo así como una mezcla de pisos húmedos, habitaciones que jamás han sido ventiladas y el vaho de los mismos guisos para cien personas que están permanentemente humeando sobre la estufa.

No sólo el asilo debe ser reconstruido, sino que también cada niño, y ésa es una tarea hercúlea, demasiado gigantesca para una persona tan egoísta, amante del lujo e indolente como Sallie McBride, que nunca debió de haberla emprendido. Pre­sentaré mi renuncia en el mismo instante en que Judy encuentre una sucesora adecuada; pero temo que  eso no será tan pronto. Ella se ha ido para el sur, dejándome aquí encallada y desamparada; y, desde luego, después de haber dado mi palabra no es posible abandonar el asilo de buenas a primeras. Eso sería una falta de ética. Pero en el ínterin le confieso que siento la nostalgia del hogar paterno.

 

 

 

Escríbame una carta alegre y jovial para reanimarme un poco, y mándeme alguna flor para avivar la lobreguez de mi salón particular. Heredé esta joya, amueblada y todo, de mi predecesora, la señora Lippett. Las paredes están cubiertas de un papel de color castaño y rojo; los muebles son de felpa azul eléctrico, con excepción de la mesa del centro, que es dorado. En las alfombras predomina el verde. Si me enviara usted unos pimpollos de rosa pálido tendríamos la gama completa de los colores del arco iris.

Es verdad que me porté odiosamente aquella última noche, pero le aseguro que ha logrado usted la revancha.

Suya, arrepentidísima,

Sallie McBride.

P.D.- No hubo necesidad de rezongar tanto por ese asunto del médico escocés. Ese hombre es todo lo agrio que implica la sola mención de la palabra “escocés”. Lo detesto a primera vista, y él a mí. ¡Ay, Dios mío, qué atroz perspectiva vislum­bro al tener que trabajar con ese hombre!

 

 

Hogar JohN Grier.

Febrero 29.

Mi estimado Gordon:

Ha llegado su mensaje vigoroso y costoso. Ya sé que usted tiene bastante dinero, pero eso no implica la necesidad de mal­gastarlo tan frívolamente. Cuando experimente tal incontenible necesidad de hablar que sólo un telegrama de cien palabras pueda aliviar la explosión, por lo menos mande una carta tele­gráfica nocturna, que se envía con rebaja de precio pero sin garantía dé entrega inmediata. Mis huérfanos pueden aprove­char bien ese dinero, si a usted no le hace falta.

Además, mi estimado caballero, haga uso de un poco de sentido común. Por supuesto que no puedo abandonar el asilo de la noche a la mañana en la forma casual que usted sugiere. No sería justo para con Judy y Jervis. Me perdonará si le recuerdo que ellos han. sido mis amigos durante muchos más años que usted, y no me propongo echar todo a rodar. Vine aquí en un impulso de…, bueno, digamos de afán de aven­turas, y debo ahora cumplir con la obligación moral de ayu­darles a salir del paso hasta el final.

A usted mismo no le agradaría que yo fuese una persona que careciera del sentido de la lealtad para con los amigos que han depositado su confianza en mí. Eso no quiere decir, em­pero, que me estoy condenando a permanecer aquí toda mi vida; tengo la intención de renunciar tan pronto como se pre­sente la oportunidad. Pero, en verdad, yo debería sentirme muy halagada cuando los Pendleton no han vacilado en confiarme semejante puesto de responsabilidad.

Aunque usted, mi estimado señor, no lo sospeche, poseo un gran don de iniciativa, y mucho más sentido común de lo que se vislumbra en apariencia. Si quisiera arrimar el hombro, po­niendo toda mi alma en esta empresa, podría llegar a ser la más estupenda directora de asilos que jamás hayan tenido todos los huérfanos de la tierra.

Supongo que esto le parece cómico y gracioso. Pues es la pura verdad. Judy y Jervis lo saben y por eso me pidieron que viniese. Así que ya ve, que si ellos han depositado tanta con­fianza en mí, no es posible que los abandone sin más ceremonias en la forma que usted sugiere, defraudando todas sus esperanzas. Mientras permanezca aquí, he de llevar a cabo todo cuanto le es dado realizar a una persona durante las veinticuatro horas del día. Tengo el propósito de entregar este orfanato en manos de mi sucesora con todas las modificaciones necesarias para transformarlo en un instituto modelo en su género.

Pero, entretanto, no se lave las manos como Poncio Pilatos, echándome al olvido, en la creencia de que estoy demasiado atareada para sentir nostalgias por el hogar; pues no es así. Me despierto cada mañana y miro fijamente el empapelado atroz de las paredes de la señora Lippett; como aturdida, tengo la sensación de que en realidad no estoy aquí y que todo es un sueño, una pesadilla.

¿En qué demonios estaba pensando para dar la espalda a mi hermoso y feliz hogar, abandonando esa existencia alegre y despreocupada que por derecho me corresponde? Hay muchos momentos en que comprendo plenamente las dudas que usted tiene sobre mi estado mental, y ésa es la verdad.

¿Pero por qué, pregunto, debe usted hacer tanto alboroto? Igual no podría verme aunque no estuviese aquí, ya que Wor­cester es tan lejos de Washington como el Hogar John Grier. Y debo añadir, para tranquilizar su espíritu, que mientras en este vecindario no hay ningún hombre que admire a las peli­rrojas, allá en Worcester hay varios. Por tanto, señor gruñón, sírvase apaciguarse y tener un poquito de paciencia. No vine aquí sólo por despecho hacia usted; quería tener una aventura en la vida y, ay de mí, ¡a fe que la he encontrado! Escríbame pronto para reanimarme.

Suya con traje de arpillera.

Sallie.

 

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Hogar John Grier.

febrero 24.

 

Querida Judy:

Dile a Jervis que no soy una persona pronta siempre a for­mular juicios adversos y apresurados. Tengo un carácter suma­mente dulce, bondadoso, candido y confiado, y quiero a todo el mundo… casi. Pero nadie podría querer a ese médico escocés. Jamás sonríe.

Esta tarde me hizo otra visita. Lo invité a tomar asiento en una de esas sillas azul eléctrico de la señora Lippett, y me senté, frente a él para deleitarme ante la armonía de colores que se ofrecía a mi vista.

Vestía un trajecito confeccionado con esa tela tejida en casa, color mostaza, jaspeado de verde con algunas motitas amarillas en el tejido, una especie de sinfonía en colores destinada, sin duda, a disipar las brumas del páramo escocés, triste y sombrío. Unos calcetines purpúreos y corbata roja con alfiler color de amatista completaban el cuadro. Decididamente, tu modelo de médico no va a ser de mucha eficacia en cuanto se trate de elevar el tono estético de este establecimiento.

En el transcurso de los quince minutos que duró su visita bosquejó sucintamente todos los cambios que deseaba ver reali­zados en la institución. ¡Tan luego él! ¿Y cuáles son las obliga­ciones de la directora?, si se me permite la pregunta. ¿Es que acaso la directora de este establecimiento no es más que una figura decorativa, que debe recibir órdenes del médico visi­tador?

¡Feudo mortal entre las castas de los McBride y los MacRae!

Tuya,

muda de indignación,

Sallie.

 

 

Hogar John Grier.

Lunes.

Estimado doctor McRae:

Le remito esta esquela por Sadie Kate, ya que parece impo­sible comunicarse con usted telefónica-mente.

¿Es su ama de llaves la persona ésa que se hace llamar señora de McGurk y cuelga el receptor en la mitad de una frase? Si ella es la que contesta siempre el teléfono, no me explico cómo a sus pacientes no se les acabó ya la paciencia.

Como usted no vino esta mañana, pero los pintores sí vinie­ron, tuve que elegir un papel alegre, color dorado, para empapelar las paredes de su nuevo laboratorio. Espero que no haya nada antihigiénico en el color dorado.

Además, si puede disponer de un momento esta tarde, tenga la gentileza de trasladarse en auto hasta el consultorio del doctor Brice, en Water Street, para inspeccionar el sillón de dentista y demás pertenencias que se podrán conseguir a mitad de su costo. Si todos los demás encantadores arreos de su profesión estuviesen aquí en el establecimiento, en un rinconcito del laboratorio de usted, el doctor Brice podría dejar terminado el trabajo de atención dental a nuestros ciento once huérfanos (sus nuevos pacientes desde la fecha) con mucha mayor celeridad que si tuviéramos que transportar a los niños uno por uno hasta Water Street. ¿No le parece una brillante idea? Se me ocurrió a medianoche, pero como da la casualidad que nunca he com­prado un sillón de dentista, agradecería tuviera a bien darme sus consejos profesionales.

Saludo a usted muy atte.

                                        S. McBride.

 

 

Hogar John Grier.

Marzo 1°

Mi querida Judy:

¡Por amor de Dios, déjate de mandar telegramas!

Por supuesto que ya sé que quieres saber lo que ocurre aquí, y de buena gana te mandaría un boletín diario, pero la verdad es que no tengo un momento de tiempo. Estoy tan rendida cuando llega la noche que, a decir verdad, si no fuera por la rígida disciplina de Jane, me iría a la cama con la ropa puesta.

Más adelante, cuando hayamos formado una rutina y pueda tener la seguridad de que mis ayudantes realizan con eficiencia sus respectivas tareas, seré la más asidua y metódica corres­ponsal que jamás hayas tenido.

Hará unos cinco días que te escribí, ¿verdad? ¡Las cosas que han ocurrido en esos días! Ese MacRae y yo hemos trazado un plan de campaña, y estamos removiendo este estable cimiento hasta sus pesados cimientos. Ese individuo me gusta cada vez menos, pero hemos declarado una especie de tregua durante las horas  de trabajo. ¡Y hay que reconocer que el hombre sabe trabajar!

Siempre creí que yo poseía bastante energía, pero cada vez que hay que poner en práctica alguna innovación, soy yo la que me quedo a la zaga rendida, jadeante de fatiga, tratando de alcanzarle. Es tan terco, tenaz y autoritario como sólo puede serlo un escocés, pero hay que reconocer que sabe cuanto hay que saber acerca de los niños; es decir, entiende todos sus aspectos psicológicos.

En cuanto a los sentimientos personales que le inspiran, para él son como otras tantas ranas que estuviese desecando. <strong><!–more–><!–nextpage–></strong>

¿Recuerdas esa noche en que Jervis nos habló durante más de una hora acerca de los hermosos ideales humanitarios de nuestro médico? Cest a rire! Este hombre sólo ve el Hogar John Grier como su laboratorio personal, donde puede hacer experimentos científicos sin la oposición de padres amorosos. No me extrañaría si lo descubro un buen día tratando de intro­ducir cultivos de bacterias de escarlatina en la sopa de los niños con el fin de probar algún nuevo suero.

Entre el personal del establecimiento, los únicos dos que me parecen verdaderamente competentes son la maestra primaria y el hornero. ¡Hay que ver cómo se abalanzan los niños sobre la señorita Matthews, pidiendo caricias, y cómo son de reser­vados y cuidadosamente corteses con las otras maestras! Los niños son duchos en juzgar los caracteres de la gente. Me sen­tiré muy desconcertada si me tratan a mí con excesiva cortesía.

Tan pronto como termine de orientarme un poco y sepa exactamente lo que necesitamos, pienso llevar a cabo una cam­paña de despidos en gran escala. Quisiera empezar por la seño­rita Snaith; pero he averiguado que es la sobrina de uno de nuestros más generosos síndicos, y por tanto no es perentoriamente “exonerable”. Es irresoluta, balbuciente, habla por tu nariz y respira por la boca. Es incapaz de pronunciar una una frase decisiva y detenerse; todas se arrastran y se prolongan indefinidamente para terminar en murmullos incoherentes. Cada que la veo se apodera de mí un deseo casi incontenible  ú tomarla por los hombros y sacudirla hasta que le entre algún impulso decisivo.  ¡Y esta señorita Snaith es la que ha tenido absoluto contralor sobre los diecisiete pequeñuelos de dos a cinco años de edad!  Pero, de cualquier manera, aunque no pueda despedirla sin que ella se percate, la he reducido a un puesto subordinado.

El doctor MacRae me ha encontrado una muchacha encantadora que vive cerca de aquí, y viene todos los días pura encargarse del jardín de infantes. La muchacha tiene suaves ojos pardos como los de una vaca, y modales maternales y apacibles (acaba de cumplir diecinueve años); los infantes la adoran. A la cabeza he puesto una mujer jovial, rechoncha, mansa y benévola, de mediana edad, que ha criado cinco hijos propios y ya tiene experiencia con los chicos. También me la encontró nuestro médico; ya ves, él tiene sus utilidades. Oficialmente esta mujer está bajo las órdenes de la señorita Snaith, pero paulatinamente va tomando las riendas en forma satisfactoria.

Ahora puedo dormir de noche sin temor de que mis niños sean asesinados por la ausencia de eficiencia.

Como podrás ver, nuestras reformas van empezando. Y mien­tras consiento con toda mi buena voluntad y paciencia a las demandas científicas básicas de nuestro doctor, te prevengo que no me impresionan en lo más mínimo. El problema que se revuelve constantemente en mi mente es la manera de poder infundirles suficiente amor y ternura, alegría y sol a estas pequeñas vidas sombrías; es que dudo que toda esa ciencia del doctor logre materializar ese anhelo.

Por el momento, una de las cosas más urgentes es poner en orden nuestros registros en forma coherente. Los libros han sido desastrosamente abandonados. La señora Lippett llevaba ira enorme libro de gastos y en él anotaba en forma embrollada y confusa cualquier dato que por casualidad llegaba a sus oídos sobre la familia de los niños, su conducta y su salud; pero durante semanas y semanas ni se tomaba la molestia de hacer alguna anotación. ¡Si alguna familia dispuesta a adoptar un huérfano desea saber el origen del niño, la mayoría de las veces ni sabemos decir dónde lo conseguimos!

¿De dónde vienes, bebé querido? Se abrió el cielo, y aquí he caído.

Esa sería la descripción exacta de su arribo.

Lo que necesitamos es una asistente social que trabaje en el mismo terreno, viajando por la ciudad para recoger todas las estadísticas hereditarias que pudiera conseguir acerca del origen de nuestros niñitos. Será una tarea fácil, pues la mayoría de ellos tiene parientes. ¿Qué te parece Jane Ware para este tra­bajo? ¿Te acuerdas en el Liceo? Era un verdadero tiburón eri economía política; era realmente insaciable en materia de tablas de matemáticas, de leyes, de mapas y planos de operaciones topográficas.

Tengo que informarte también que el establecimiento John Grier está realizando ¡un riguroso examen físico, y la horrenda verdad se vislumbra ya; de los veintiocho pobres ratoncitos que hemos auscultado hasta ahora, sólo cinco responden al plie­go de especificaciones; y esos cinco hace poco que llegaron.

¿Recuerdas esa espantosa sala de recepción color verde del primer piso? Ya he eliminado todo lo verdoso que contenía y la he amueblado adecuadamente para servir de laboratorio a nuestro doctor. Ahora contiene balanzas y drogas, como tam­bién un sillón para dentista con una de esas hermosas maquinitas esmeriladoras. (Todos estos imponentes utensilios profe­sionales los adquirí de segunda mano del doctor Brice, que vive en el pueblo y que está instalando ahora, para regocijo de sus pacientes, todo un magnífico juego de esmalte blanco y níquel.) Ese torno es considerado como un instrumento de tortura, y yo como un monstruo infernal por haberlo hecho colocar. Como recompensa, he ordenado que toda pequeña víctima que es dada de alta después de haberse dejado emplomar las muelas, puede venir a mi habitación todos los días durante una semana para recibir dos pedazos de chocolate. Aunque nuestros niños no son conspicuamente valientes, en cambio hemos descubierto que son batalladores.

El joven Thomas Kehoe casi le saca el dedo de un mordisco al doctor Brice, después de haber derribado de un puntapié una mesa llena de instrumentos. Para ser el asesor dental del establecimiento John Grier hace falta no sólo habilidad profe­sional, sino también resistencia física.

Aquí tuve que interrumpir mi carta para acompañar a una señora benevolente a inspeccionar el instituto. Me hizo cin­cuenta preguntan que no venían al caso, me hizo perder una hora de mi tiempo, y al final, secándose una lágrima, me dejó un peso para “mis pobrecitos huérfanos”.

Hasta ahora, mis pobrecitos huérfanos no se muestran muy entusiastas con estas nuevas reformas. No les gusta mucho la ráfaga de aire puro que llega soplando hasta ellos, ni tampoco les agrada el diluvio de agua. He introducido el hábito de dos baños semanales, y tan pronto como consigamos suficientes bañeras y algunas canillas más van a recibir siete baños por semana.

Menos mal que una de mis reformas merece la aprobación unánime, excepción hecha de la cocinera.

Hemos aumentado nuestro menú, cuya reforma no está bien vista por esta señora, porque, según dice, ocasiona muchas molestias a ella y al servicio doméstico en general, y también, según el resto del personal, porque acarrea un aumento inmoral en los gastos.

La palabra ECONOMÍA, en mayúsculas, ha sido el prin­cipio motriz de esta institución durante tantos años, que ha llegado a ser una verdadera religión. No me canso de repetirles veinte veces al día a mis colaboradores que, gracias a la gene­rosidad de nuestro presidente, los fondos de la institución han sido duplicados y que, además, dispongo de importantes sumas de dinero de parte de la señora de Pendleton para gastos necesarios, como ser: helados. Pero es inútil; esta gente no puede vencer la íntima convicción que tiene de que es un derroche inicuo, una locura extravagante alimentar a estos niños.

 

 

El doctor y yo estuvimos revisando minuciosamente las listas de platos en el pasado, y nos ha dejado mudos de asombro !a mentalidad de la persona que los ideó. Aquí va uno de los menús más corrientes para el almuerzo: papas hervidas, arroz hervido, budín de pan con salsa blanca.

Me extraña que estos niños no se hayan transformado todavía en ciento once trocitos de almidón.

Al inspeccionar este establecimiento a uno le entran ganas de recitar aquel poema de Robert Browning, pero al revés:

Puede que haya un paraíso,

Puede que haya un infierno,

¡Entretanto, está el Hogar J. G. eterno!

S. McB.

Hogar John Grier.

Sábado.

<strong><!–more–><!–nextpage–></strong> Mi querida Judy:

El doctor Robin MacRae y yo hemos sostenido otra batalla ayer a causa de una cuestión sumamente trivial (sobre la cual yo tenía la razón), y desde entonces he adoptado un sobre­nombre muy especial para nuestro médico. Hoy lo saludé con un “¡Buenos días, Enemigo!”, a lo cual se mostró seriamente enfadado. Dice que no quiere que se le tenga como un enemigo. ¡Que él no es de temperamento antagónico en lo más míni­mo… siempre, claro está, que yo consienta en modelar mi política a la medida de sus deseos! ¡La insolencia de este medi­castro escocés es algo realmente inconcebible!

Tenemos dos chicos nuevos: Isador Gutschneider y Max Yog, que nos fueron dados porla Sociedadde Beneficencia de Damas Bautistas. ¿Dónde demonios habrán adoptado esos niños semejante religión? No quise admitirlos, pero las pobres damas se mostraron muy persuasivas, y nos pagan la cuota principesca de cuatro dólares con cincuenta céntimos sema­nales por cada chico. Con estos dos tenemos ahora ciento trece niños, y estamos muy apiñados. Tengo una media doce­na de bebés para entregar a buenos hogares. Buscadme algu­nas familias bondadosas que quieran adoptar niños.

¿Sabes tú? Es sumamente desconcertante no poder recor­dar espontáneamente el número de hijos que uno tiene, pero los míos parecen variar de día en día, como el mercado de valores enla Bolsade Comercio. Me gustaría mantenerlos a la par. Cuando una mujer tiene más de cien hijos no les puede prestar la atención individual que requieren.

 

 

 

 

Domingo.

 

Esta carta ha estado sobre mi escritorio durante dos días, pues no he tenido tiempo para pegarle la estampilla. Pero ahora parece que voy a tener una noche libre, así que agregaré una o dos páginas más antes de embarcarla en su grata travesía hacia Florida.

Recién ahora comienzo a distinguir y a reconocer rostros individuales entre los niños; al principio parecía que nunca lle­garía a diferenciar uno de otro. Parecían tan irremediablemente cortados por el mismo molde, con esos indeciblemente feos uniformes azules.

No me vengas ahora a decir que quieres que les haga nue­vos trajes inmediatamente. Ya lo sé yo; me lo has dicho más de cinco veces. Dentro de un mes aproximadamente, estaré en condiciones de tomar en consideración esta cuestión, pero por el momento sus interiores son más importantes que sus exteriores.

No hay ninguna duda al respecto; los huérfanos en masa no me atraen. Estoy por temer que ese famoso instinto mater­nal de que nos hablan tanto, ha sido omitido de mi carácter. Los niños como tales son sucios, pegajosos y sus narices siem­pre necesitan pañuelos. Aquí y allá descubro algún pícamelo díscolo y travieso que despierta una chispa de interés, pero en general son simplemente un compuesto borroso y confuso de caritas pálidas y cuadros azules.

Con una sola excepción: Sadie Kate Kilcoyne surgió de entre el montón desde el primer día, y promete mantenerse así para siempre. Ella es mi pequeña mandadera especial, y me pro­porciona toda mi distracción cotidiana.

No ha habido durante los últimos ocho años ninguna trave­sura en este establecimiento, que no haya tenido su origen en el cerebro alocado de Sadie Kate. Esta personita tiene, para mí al menos, una historia muy extraña, aunque entiendo que es bastante corriente en los círculos dela Casade Expósitos. Fue encontrada hace once años sobre el primer peldaño de una casa en Thirty-ninth Street, dormida dentro de una caja de cartón rotulado “Altman y Cía”. Con letra esmeradamente impresa sobre la tapa decía: “Esta es Sadie Kate Kilcoyne, de cinco semanas de edad.  Trátenla bien”.

El vigilante que la recogió la llevó a Bellevue, donde se cla­sifica a los niños expósitos en orden de su arribo: “Católico, Protestante, Católico, Protestante” con perfecta imparcialidad, A nuestra Sadie Kate, a despecho de SU nombre y sus ojos azu­les tan típicamente irlandeses, le tocó ser protestante. Y aquí está, poniéndose más irlandesa cada día, pero, fiel a su bautismo, “protestando” continuamente contra todos los deta­lles de la vida.

Sus dos trencitas negras tiesas y puntiagudas apuntan en direcciones opuestas; su carita de mono está siempre aguijo­neada y alerta para advertir la más leve posibilidad de hacer alguna travesura; es tan activa como un perrito de caza y hay que tenerla ocupada cada momento del día. Sus notas de mala conducta ocupan páginas enteras en el Libro-Registro del Jui­cio Universal. La última entrada dice:

“Por desafiar a Maggie Geer a introducirse en la boca el manubrio de la puerta; castigo: encerrada en su cuarto toda la tarde, y galletas para cenar.”

Parece que Maggie Geer, adornada con una boca de extra­ordinaria capacidad, logró introducirse el manubrio pero no lo pudo sacar. Se mandó llamar al médico, y muy sagazmente resolvió el problema con ayuda de un calzador untado de manteca. Desde entonces ha apodado a la paciente “Meg la mantecosa”.

Como puedes suponer, mi preocupación es tener ocupada a Sadie Kate llenando todas las hendiduras de su existencia.

Hay un millón de asuntos que debería consultar con nues­tro presidente. Me parece muy injusto que ustedes dos estén divirtiéndose en las playas del sur, dejándome a mí para car­gar con su asilo de huérfanos. Merecerían que lo hiciese todo al revés. Mientras ustedes dos (tú y el presidente) pasean en coches particulares, y se tienden perezosos sobre las are­nas de las playas sombreadas de palmeras, os ruego penséis en mí, bajo la llovizna del mes de marzo en Nueva York, cuidando ciento trece chicos que al fin y al cabo son de ustedes, ¡y sed agradecidos!

Quedo de ustedes (por un tiempo limitado),

S. McBride,

Directora del Hogar John Grier,

 

Estimado Enemigo:

Le envío con ésta (por cubierta separada) a Sammy Spier, que se había extraviado esta mañana cuando usted hizo su visita diaria. La señorita Snaith lo descubrió después que usted se fue. Sírvase escudriñar el dedo pulgar de Sammy. Nunca he visto un panadizo pero lo he diagnosticado como tal.

Saludo a usted muy atte.,

S. McBride,

Directora del Hogar John Grier.

 

 

Marzo 6.

Querida Judy:

Todavía no se si los niños me van a amar o no, pero Io cierto es que adoran a mi perro. Nunca jamás traspuso los portones una esta casa una criatura tan popular como “Sin­gapore”.

Todas, las tardes a tres muchachos buenos que han observado Irreprochable conducta, se les permite cepillar y peinar a “Singapore”, mientras otros tres chicos buenos pueden ser­virle su comida y su bebida. Pero cada sábado por la maña­na llega la culminación de la felicidad terrenal, pues tres mu­chachos buenísimos, en grado superlativo, tienen permiso para darle un lindo baño espumoso con agua caliente y jabón mata-pulgas.

El privilegio de servirle de ayuda de cámara a “Singapore” va a ser el único incentivo necesario para mantener la disciplina.

¿Pero no te parece algo patético, inhumano que estos chi­quillos, viviendo en el campo, nunca hayan tenido un animalito domesticado y mimado? Especialmente estos huerfanitos, que más que otros niños necesitan tanto tener algo que amar. Voy a conseguirles una colección de animalitos, aunque tenga que gastarme toda la plata de la nueva dotación que hemos recibido. ¿No podrías traerte al regreso unos cachorritos de cai­manes y algún pelícano? Cualquier cosa que camine en cuatro patas será recibido con gratitud.

En realidad, hoy debía celebrarse aquí la reunión de los síndicos, pero estoy muy agradecida a Jervis por haber dis­puesto que se celebre una sencilla reunión de negocios allá en Nueva York, pues aquí todavía no estamos en condiciones de desfilar o exhibirnos; pero tenemos la esperanza de que para el primer día miércoles del mes de abril tendremos algo bien visible que ofrecer en materia de mejoras. Si todas las ideas del doctor, inclusive algunas de las mías, se materializan, nues­tra comisión de síndicos abrirá tamaños ojos cuando les lleve­mos en una gira de inspección.

 

 

Acabo de hacer una lista de platos para la semana próxima, y la he colgado en la pared de la cocina a la vista de una cocinera muy agraviada. “Variedad” es un vocablo que hasta ahora era desconocido en el léxico del establecimiento John Grier. Nunca hubieras soñado las sorpresas deliciosas que va­mos a tener: pan negro, panecillos de graham, buñuelos de coliflor y pastel de choclos, potaje de maíz descortezado sin moler, budín de arroz repleto de pasas de uva, sopa de verdura bien espesa, macarrones a la italiana, croquetas de polenta con melaza, tortas de manzana, pan de jengibre… ¡Ah, una lista interminable! Una vez que nuestras niñas mayorcitas han ayudado en la elaboración de tantos manjares deliciosos, estarán en condiciones de mantener el amor de sus futuros maridos para toda la vida.

¡Ay, Dios mío! Aquí estoy yo charlando de estas nonadas y frioleras, cuando tengo reservadas unas estupendas novedades. ¡Tenemos una nueva colaboradora, una verdadera joya! ¡Recuerdas a Betsy Kindred, clase 1910? Ella fue la presidenta del Club dela Alegríay de nuestra Sociedad de Aficionados Teatrales. La recuerdo perfectamente; siempre usaba trajes preciosos. Pues he ahí que vive tan sólo a doce millas de dis­tancia de nosotros. ¿Qué me dices? Tropecé con ella por pura casualidad. Manejando ella misma su coche se paseaba por el pueblo, y por un pelo me atropella. <strong><!–more–><!–nextpage–></strong>

Aunque nunca le hablé en mi vida, nos saludamos como si fuésemos viejas amigas. A veces conviene tener cabello llama­tivo; Betsy me reconoció inmediatamente. Salté sobre el estribo del coche y le dije:

-Betsy Kindred, 1910, tienes que volver conmigo a mi orfa­nato para ayudarme a catalogar a mis huérfanos.

Fue tan grande su asombro, que sin decir una palabra se vino conmigo, y aquí está. Vendrá cuatro o cinco días por semana como secretaria interina, y he de ingeniarme de alguna manera para retenerla permanentemente. Es la persona más práctica y útil que he conocido en mi vida. Tengo la espe­ranza de que se aficionará tanto a los huérfanos que no po4rá prescindir de ellos. Me parece que se quedaría aquí si le paga­mos un sueldo bastante alto. Le gustaría independizarse de su familia, como todas nosotras en estos tiempos degenerados.

Con este afán fervoroso (que se ha apoderado de mí y va en aumento) de clasificar o catalogar a la gente, me agradaría sobremanera conocer algunos antecedentes de nuestro doctor. Si Jervis sabe de algunos chismes o rumores acerca de él, escrí­bemelos, por favor; cuanto peores sean éstos, tanto mejor.

Ayer vino para cortar con lanceta un panadizo en el pulgar de Sammy Spier, después de lo cual subió a mi sala azul eléc­trico para impartir órdenes e instrucciones sobre el arte de vendar dedos pulgares. Parecen ser múltiples los deberes de una directora de asilo.

Como era precisamente la hora del té, lo invité a participar de él en mi compañía, ¡A lo cual accedió con presteza!

Eso no se debe al placer de estar en mi compañía -de nin­guna manera-, sino simplemente porque en ese instante entraba Jane con un plato de scones tostados con manteca. Según pa­rece, no había almorzado y faltaba mucho para la comida. Entre scones (se comió el plato lleno) juzgó conveniente soms-terme a un interrogatorio sobre mis aptitudes para este cargo: que si había estudiado biología en el Colegio Superior; que cuánto sabía yo de química; qué conocimientos tenía yo de sociología; que si había visitado aquel instituto modelo de Hastings.

A todo lo cual respondía yo con afabilidad y franqueza. Después me tomé la libertad de formularle algunas preguntas: cuál había sido precisamente el método de enseñanza, prepa­ración y entrenamiento juvenil que había podido producir seme­jante prodigio de ejemplar humano como el que veía yo sentado frente a mí; semejante modelo de lógica, precisión, dignidad y sentido común.

Gracias a mi persistencia indagatoria logré dilucidar algunos factores olvidados, pero todos ellos impecables e irreprocha­bles. Cualquiera creería, dada su reticencia y su reserva, que uno de sus familiares fue condenado a la horca. Trascendió, en cambio, que el MacRae pére, nació en Escocia y llegó a los Estados Unidos para ocupar el sillón presidencial del instituto John Hopkins. El niño Robin fue embarcado de vuelta a su tierra para su educación. Su abuela fue una de las M’Lachlan de Strathlachan  (a mí me suena como una mujer bastante honesta), y el joven Robin pasaba las vacaciones en las montañas de Escocia, a la caza de los desventurados ciervos. Conseguí esos datos a fuerza de persistencia, pero no le pude sacar ni una sola palabra más.

Te suplico, querida Judy, me hagas conocer todo cuanto en materia de chismografía pulula por ahí sobre nuestro pro­digio, con preferencia algo escandaloso. Eso le haría bajar un poco el copete.

¿Por qué, pregunto yo, si es una persona tan competente, por qué se entierra en este remoto paraje? Se diría que seme­jante modelo de erudición científica, tan docto en terapéutica moderna, no se conforma con nada menos que un hospital en una mano y una morgue en la otra para sus vastos experimentos. ¿Estás bien segura que no ha cometido algún crimen y ha venido aquí a ocultarse de la policía?

Me parece que he borroneado mucho papel sin decir nada. Vive la bagatelle! Tuya afectuosamente,

Sallie.

 

P.D.- Al menos sobre un punto estoy aliviada. El doctor MacRae no selecciona por sí mismo su indumentaria. Deja esos insignificantes detalles en manos de su ama de llaves, la señora Maggie McGurk. Una vez más, pero irrevocablemente,

¡Adiós!

 

Hogar John Grier.

Miércoles.

Mi estimado Gordon:

Han llegado sus rosas y su carta y me-han reanimado du­rante toda una mañana; y es la primera vez que mi espíritu se aproxima al buen humor desde el 14 de febrero, cuando dije adiós a Worcester.

Faltan palabras para expresar todo lo monótona y opresiva que se hace la diaria, rutina de la vida de asilo. La única chispa de luz en todo este aburrido asunto es el hecho de que Betsy Kindred pasa cuatro días semanales con nosotros. Betsy y yo somos compañeras de colegio, y por cierto que, de tiempo en tiempo encontramos algo gracioso y divertido de qué charlar y reír.

 

 

Ayer estábamos tomando el té en mi espantosa sala, cuando repentinamente resolvimos rebelarnos ante tanta fealdad inne­cesaria. Mandamos buscar a seis huérfanos robustos y destruc­tivos, una escalera y un balde de agua caliente, y en un par de horas sacamos todo vestigio del horrible papel de las pare­des. No se puede imaginar lo divertido que es rasgar el papel de las paredes.

En este momento hay dos empapeladores trabajando y empa­pelando las paredes con lo mejor en materia de empapelado que produce nuestra aldea. Mientras tanto, un tapicero alemán está de rodillas tomando las medidas de mis sillas para confeccionar bonitas coberturas que ocultarán hasta la última pulgada de su antigua tapicería de felpa.

Le ruego no se ponga nervioso. Esto no significa que me estoy acomodando para pasar mi vida en el asilo. Quiere decir simplemente que estoy preparando una alegre bienvenida para mi sucesora. No me atrevo a decirle a Judy cuan lúgubre lo hallo todo aquí, porque no quiero empañar sus vacaciones; pero cuando regrese a Nueva York encontrará mi renuncia oficial esperándola sobre la mesa del vestíbulo frontal.

Le escribiría una carta más extensa en agradecimiento por la suya de siete hojas, pero es que dos de mis querubines se están desmantelando a puñetazos al pie de mi ventana, y corro a separarlos.

Su estimada amiga,

Sallie McB.

 

  <strong><!–more–><!–nextpage–></strong>

Hogar John Grier.

Marzo 8.

Mi querida Judy:

Yo misma he conferido un pequeño regalo sobre el instituto John Grier: la restauración y amueblamiento de la sala parti­cular de la directora.

Me di cuenta la primera noche que entré aquí, que ni yo ni ninguna otra ocupante podría jamás ser feliz con el decorado en felpa azul eléctrico de la señora Lippett. Como verás, estoy tratando de hacer feliz a mi sucesora para tenerla contenta y dispuesta a quedarse permanentemente.

Betsy Kindred me ayudó en la rehabilitación de la cámara de horrores dela Lippett, y entre ambas hemos creado una sinfonía divina en azul opaco y dorado. Aunque yo misma lo digo, ahora es realmente uno de los aposentos más hermosos que se haya visto; la sola contemplación de esta habitación será una educación artística para cualquier huérfano. Papel nuevo en las paredes, nuevas alfombras en el piso (mis propias y atesoradas alfombras persas que mandé buscar por expreso de Worcester, y enviadas por mi familia con furiosas protestas); las persianas primorosamente pintadas, nuevas cortinas en las tres ventanas, desde las cuales es grato contemplar ahora un amplio y bello panorama, hasta la fecha oculto por encajes de Nottingham; una mesa grande, nueva; algunas lámparas, libros, algunos cuadros y una auténtica chimenea francesa.La Lippetthabía clausurado la chimenea porque penetraba el aire.

Nunca me di cuenta de lo mucho que influye sobre la paz del alma el vivir en un agradable ambiente artístico. Anoche me apoltroné en mi sillón junto al fuego y contemplando las llamas resplandecientes que lanzaban sus brillantes reflejos sobre mi nuevo guardafuegos, ronroneé de satisfacción y bienestar como hacen los gatos. Y te aseguro que éste es el primer ron­roneo de satisfacción que sale de este gato desde que traspuso’ los portales del Hogar John Grier.

Pero la rehabilitación de la sala particular de la directora es el más insignificante de nuestros requerimientos. Las habitacio­nes particulares de los niños exigen tantas atenciones funda­mentales que no sé por dónde empezar. Esta oscura sala de recreo que da al norte es un terrible escándalo, pero no más escandaloso que nuestro horrendo comedor o los dormitorios sin ventilación o los lavatorios sin ‘bañeras.

Si hacemos grandes economías, ¿crees que algún día tendre­mos suficiente dinero como para prenderle fuego a este viejo edificio primitivo y maloliente y construir en su lugar esos bonitos y modernos chalets con perfecta ventilación? No me es posible evocar ese maravilloso establecimiento de Hastings sin sentir una gran envidia. ¡Qué divertido sería dirigir un asilo teniendo semejante plantal con que trabajar! Pero, de todos modos, cuando retornes a Nueva York y estés dispuesta a consultar al arquitecto sobre la cuestión de reconstrucciones, te ruego que acudas a mí para oír mis consejos y sugerencias.

Entre otros pequeños detalles, necesito una galería-dormitorio al aire libre de doscientos pies de longitud, que se extienda a lo largo de los dormitorios actuales.

Como sabrás, se trata de lo siguiente: los exámenes físicos que se han realizado revelan que la mitad de nuestros niños son anémicos, y muchos de ellos tienen antepasados tuberculosos, y mayor número aún tienen herencia alcohólica.-Su primordial necesidad es oxígeno antes que- instrucción. Y si los niños delicados lo necesitan, ¿por qué no habría de ser bueno tam­bién para los sanos?

 

 

Yo quisiera que todos los niños durmiesen al aire libre, tanto en invierno como en verano; pero me consta que si dejo esca­par semejante sugerencia delante de nuestros benefactores, caería como una bomba y haría explotar a todo el gremio de síndicos.

Hablando de síndicos, he visto al honorable Cyrus Wykoff, y me parece en verdad que le aborrezco más que al doctor Robin MacRae o a la maestra del jardín de infantes o a la cocinera. Debo tener un don genial para descubrir enemigos.

El señor Wykoff vino el miércoles pasado para inspeccionar a la nueva directora.

Después de dejarse caer y acomodarse bien en mi sillón más mullido, se dispuso a pasar el día. Me preguntó cuál era el negocio de mi padre y si era o no un hombre acaudalado. Le respondí que mi padre tenía una fábrica de mamelucos y que, aun en estos tiempos difíciles, la demanda se mantenía firme y estable.

Pareció aliviado de un gran peso; por lo visto él aprueba el aspecto utilitario y productivo de los mamelucos. Había abri­gado temores de que yo procedía de una familia de misionero.;, profesores o literatos…; muchas ideas retumbantes y magná­nimas, pero poco sentido común. Cyrus es un gran admirador del sentido común; son sus vocablos predilectos.

Y bien, ¿cuál había sido mi preparación para este cargo?

Como tú sabes, ésa es una pregunta algo desconcertante, Pero sin inmutarme, saqué a relucir mis cursos en el Colegio Superior y algunas conferencias a que asistí enla Escuelade Filantropía; además, le hablé de mi breve residencia en el Esta­blecimiento Colonizador del colegio (por supuesto que no le dije que todo lo que hice allí fue pintar de verde nilo la escalera y el vestíbulo del fondo). Luego le sometí en forma casual algunas obras de asistencia social que había realizado entre los empleados de mi padre, y le hablé de algunas visitas amistosas efectuadas al Instituto para Mujeres Ebrias.

A todo esto, Cyrus dejaba escapar cavernosos gruñidos.

Añadí que últimamente había realizado un estudio sobre el cuidado que requieren los niños desamparados que dependen de los asilos, y en forma casual mencioné mis diecisiete insti­tuciones (que visitamos en Nueva York contigo y Jervis aque­lla vez).

Siguió gruñendo; luego de un breve silencio me dijo que a él, por su parte, no le convencían esas nuevas ideas, esa caridad científica ultramoderna.

En ese momento entró Jane trayendo un ramo de rosas que acababan de llegar de la florería. Este bendito Gordon Hallock me manda rosas dos veces por semana para mitigar los rigores de la vida de asilo.

Nuestro Cyrus comenzó a hacer una severa indagatoria. Quería saber dónde había obtenido esas flores, y se mostró visiblemente tranquilizado cuando le dije que no había gastado el dinero del asilo para adquirirlas. Después de eso me pre­guntó quién era Jane. Yo ya había previsto esa pregunta y resolví hacerle frente con desenfado.

-Es mi doncella -repliqué.

-¿Su qué?… -rugió, con la cara enrojecida y saltando del sillón.

-Mi doncella personal.

– ¿Qué hace aquí?

Con toda amabilidad comencé a entrar en detalles. “Jane me zurce la ropa, me lustra los zapatos, mantiene en orden los cajones de mi mesa de escribir, me lava el cabello..”

Como a esta altura Cyrus se había puesto de un color pur­púreo, temí que pudiera sobrevenirle un ataque de apoplejía, así que me apresuré a añadir caritativamente que el sueldo de Jane lo pagaba de mi peculio particular, y además pagaba al asilo cinco dólares con cincuenta céntimos por semana para su manutención; y que, aunque era grandota, no comía mucho.

Con toda magnanimidad expresó la opinión de que yo podría haber utilizado a alguna de las huérfanas para todo servicio lícito. Le expliqué -todavía cortésmente, pero comenzando a aburrirme – que Jane había estado a mi servicio durante mu­chísimos años, y érame indispensable.

Por fin se levantó y se mandó mudar, no sin antes comuni­carme que él,, por su parte, jamás había encontrado ningún defecto en la señora Lippett, pues era una mujer cristiana imbuida de sentido común, sin ideas antojadizas y caprichosas, pero con una gran capacidad para el trabajo sólido y eficaz. Expresó la esperanza de que-tendría suficiente “sentido co­mún” para modelar mi política a la imagen y semejanza de la señora Lippett.

¿Qué te parece eso, mi querida Judy? Cuando llegó el doctor, unos momentos después, y le conté en detalle la conversación del honorable Cyrus, por primera vez en el transcurso de nuestro mutuo trato, coincidimos yo y él.

-¡Qué señora Lipett ni ocho cuartos!… – gruñó -. Ese viejo baboso charlatán. ¡Que Dios le dé un poco más de inteligencia, que buena falta le hace!

Cuando nuestro doctor se excita, sin darse cuenta, comienza a hablar en el dialecto escocés. El último apodo que le he puesto (a sus espaldas), es Sandy.

Sadie Kate está sentada en el suelo a mis pies mientras escri­bo, y está desenredando sedas de coser y enrollándolas con esmero para Jane, que se está encariñando cada vez más con ese pequeño diablillo.

-Estoy escribiendo a tu tía Judy -le digo a Sadie Kate. ¿Qué mensaje le doy de tu parte?

-Yo nunca oí decir de ninguna tía Judy.

-Ella es la tía de todas las buenas chicas de este colegio.

-Dígale que me venga a visitar, y que me traiga caramelos – dice Sadie Kate.

Y yo digo lo mismo. Muchos cariños al presidente.

Sallie.

 

 

Marzo 13

Señora Judy Abbott Pendleton:

 

Estimada señora:

Sus cuatro cartas, dos telegramas y tres cheques han llegado, y sus instrucciones serán obedecidas al pie de la letra tan pronto como pueda encontrar tiempo esta pobre esclavizada directora que está tan sobrecargada de trabajo.

He comisionado el trabajo del comedor a Betsy Kindred. Le adjudiqué la suma de cien dólares para la rehabilitación de tan inhospitalario aposento. Ella aceptó el encargo y después de elegir cinco huérfanos fornidos para ayudar en los detalles mecánicos, entró al comedor y cerró la puerta tras de sí.

Hace tres días que los niños están comiendo en los pupitres de la escuela. No tengo la más remota idea de lo que está haciendo Betsy; pero como tiene tanto mejor gusto que yo, no hace falta que intervenga para nada.

¡Es un verdadero alivio celestial el poder dejar una tarea en manos de otra persona sin temor de que lo haga al revés! Con todo el debido respeto por la edad y la experiencia del personal que encontré aquí, debo decir que no responden con mucho entusiasmo a las ideas nuevas de ninguna especie. A su criterio, toda innovación está fuera de lugar, pues están con­vencidos que la institución debe ser dirigida exactamente como lo fue desde el primer día de su fundación por el noble caba­llero John Grier, allá por el año 1875.

Entre paréntesis, querida Judy, tu idea de un comedor par­ticular para la directora, la que yo, siendo un alma tan sociable, al principio desdeñé, ha sido mi salvación. Cuando estoy ren­dida de cansancio como sola; en cambio, en mis intervalos de vivacidad y buen humor, invito a alguna de mis subordinadas a compartir mi mesa; y en ese ambiente de íntima expansión alrededor de la mesa, logro introducir mis golpes de estado de mayor eficacia. Cuando se hace necesario sembrar las semillasdel aire fresco en el alma aprensiva de la señorita Snaith, la invito a comer, y con el mayor tacto inserto un poco de oxígeno entre sus tajadas de pastel de ternera.

El pastel de ternera, según el criterio de nuestra cocinera, es un piece de resistance muy aceptable para un banquete. Dentro de un mes pienso encarar activamente el problema de la nutri­ción adecuada para nuestro personal ejecutivo; por ahora hay tantas cosas mucho más importantes que nuestra propia como­didad, que tendremos que ir tirando con una dieta de pastel de ternera.

Se oyen terribles porrazos en el pasillo. Parece que un pe­queño querubín quiere hacer rodar por las escaleras a puntapiés a otro querubín, pero sigo escribiendo imperturbable. Si he de pasar mis días entre huérfanos, debo cultivar una serenidad e impasibilidad a toda prueba.

¿Recibiste las invitaciones de Leonora Fenton? ¡Se casa con un médico misionero y se va a vivir a Siam! ¿Has oído en tu vida nada más absurdo que Leonora presidiendo la obra de un misionero? ¿Será capaz también de entretener a los paganos con esos bailes en que la bailarina hace graciosas posturas con su faldellín?

Pensándolo bien, no es más grotesco que yo en un asilo de huérfanos y tú en el papel de una seria matrona de tendencia conservadora, o Marty Keene como una mariposa de sociedad en París. ¿Irá a los bailes de la embajada en traje de equita­ción? ¿Y cómo se las arreglará con su cabeza rapada? No es posible que .haya crecido tan pronto; a lo mejor usa peluca.

¡Cuántas sorpresas graciosas está expidiendo nuestra clase!

Acaba de llegar el correo. Perdóname mientras leo una linda carta abultada de Washington.

No es tan linda; bastante impertinente es. Gordon no puede sobreponerse a la idea de que es un chiste eso de Sallie McB. en combinación con ciento trece huérfanos; pero ya no le parecería tan chistoso si lo probara por unos días. Dice que va a hacernos una visita de paso, en ocasión de su próximo viaje al norte y que piensa divertirse mucho contemplando la lucha. ¿No te parece que sería una buena idea dejarle a él a cargo de esto mientras me voy disparando a Nueva York para hacer algunas compras? Nuestras sábanas están muy gastadas, y no tenemos más que doscientas once frazadas en toda la casa.

“Singapore”, único cachorro de mi corazón y hogar, te envía su respetuoso cariño. Yo también.

S. McB.

Hogar John Grier.

Viernes.

<strong><!–more–><!–nextpage–></strong> Queridísima Judy:

¡Tienes que ver el milagro que han hecho tu billete de cien dólares y Betsy Kindred con ese comedor!

Ahora es un ensueño deslumbrante de pintura amarilla. Como es una habitación que mira hacia el norte, juzgó conveniente darle un tono alegre, y lo ha conseguido. Las paredes son de un color de ante lechoso, con una frisa de liebrezuelas esca­bullándose por todos lados. Todo el maderaje – mesas y ban­quillos, inclusive – han sido pintados de un alegre color ama­rillo cromo. En lugar de manteles, que no usamos por ser demasiado caros, tenemos hermosas piezas de lienzo con figuras de conejillos que saltan todo a lo largo de los bordes. Hay tam­bién hermosos floreros amarillos llenos ahora con amento de sauce americano, pero con la esperanza de tenerlos llenos (en un futuro muy cercano) de margaritas, flamenquillas, velloritas, y ranúnculos. ¡Y la nueva vajilla de mesa, señora mía! Toda blanca con junquillos .amarillos (nos parece), aunque a lo me­jor son rosas; no hay ningún botánico experto en la casa. ¡Y hay que ver lo más maravilloso de todo!, pues tenemos servilletas, sí, las primeras que hemos visto en nuestra corta existencia. (Los chicos creían que eran pañuelos y se sonaban extáticamente las narices con ellas.)

Para celebrar dignamente el acontecimiento de la apertura del nuevo comedor, comimos tortas, pastelillos de frutas, hela­dos y nueces.

 

 

Es un placer tan inmenso ver a estos niños alegres y bulli­ciosos en lugar de acobardados, intimidados y apáticos, que he ofrecido premios a los más tumultuosos y bulliciosos; a todos menos a Sadie Kate. Tamborileando sobre la mesa con su cuchi­llo y tenedor, se puso a cantar a voz en cuello: “Bienvenidos a esta mansión dorada”.

¿Recuerdas aquella inscripción luminosa encima de la puerta del comedor, que decía “El Señor Todopoderoso Proveerá”? Pues la borramos, cubriéndola de pintura, y hemos tapado el lugar con las figuras de los conejillos.

Está muy bien eso de enseñarles un credo tan cómodo y fácil a los niños comunes, que tienen familia respetable y un hogar que los respalde; pero una persona cuyo único refugio en la desgracia y la miseria será el banco de una plaza, debe aprender un credo más belicoso y combativo que ése.

Nuestro lema debe ser, y hasta eso con algunas reservas: “El Señor Todopoderoso te ha dado dos manos y un cerebro y un vasto mundo para poder hacer uso de ellos. Si los usas bien tendrás abundancia y bienestar; si los usas mal, pasarás privaciones y penurias”.

Durante el proceso de separar en grupos y clasificarlos, he logrado deshacerme de once niños.

Esa bendita Sociedad de Beneficencia del Estado me ayudó a colocar a tres niñitas; todas ellas fueran entregadas a muy buenos hogares, y una será adoptada legalmente si a la familia les gusta. Ya lo creo que les va a gustar; de eso me he encar­gado yo. Esta niña fue el galardón del establecimiento; obe­diente, dócil y cortés, con rizos de oro y modales cariñosos, precisamente la clase de niñita que les gusta a todas las familias. Cuando los padres adoptivos vienen a elegir una hijita, yo me quedo ahí muerta de miedo, con la sensación de que estoy asistiendo a los inescrutables designios de la fatalidad. ¡Es tan insignificante la causa que determina la elección! La niña son­ríe y consigue un hogar amoroso para toda su vida; la niña estornuda, y la felicidad la pasa por alto para siempre.

Tres de nuestros muchachos mayores han ido a trabajar en granjas. ¡Uno de ellos se fue a una hacienda de ganado al oeste! Corre la voz de que va a ser cow-boy y un aguerrido combatiente de pieles rojas y osos pardos; aunque creo, en confidencia, que se va a encargar de la tarea pastoral de reco­ger la cosecha de trigo. Se marchó de aquí todo un héroe romántico, seguido por la mirada ansiosa y anhelante de veinti­cinco intrépidos mozalbetes, que volvieron luego con un hondo suspiro a la vida monótona y sin peligro del Hogar John Grier. Otros cinco fueron enviados a los establecimientos que les corresponden. Uno de ellos es sordo, uno epiléptico y los otros tres son idiotas congénitos. Ninguno de ellos debió haber sido recibido aquí, ya que éste es un instituto educativo y no pode­mos ocupar nuestro plantel valioso para cuidar a los niños defec­tuosos y retardados.

 

 

Los asilos de huérfanos han pasado de moda. Pienso instituir una especie de escuela de internos para el desarrollo físico, moral y mental de aquellos niños cuyos padres no han podido proporcionarles el debido cuidado y atención.

La palabra “huérfano” es simplemente un término genérico que empleo para los niños; muchos de ellos ni siquiera son huér­fanos, pero tienen una madre o un padre fastidiosos y testa­rudos que se niegan a renunciar legalmente a ellos, de modo que no me es posible entregarlos a un hogar adoptivo. Pero los niños disponibles serían mucho más felices en algún hogar adoptivo cariñoso que en la mejor institución que yo pudiera crear. Así, pues, los voy preparando para ser adoptados lo más pronto posible, y estoy buscando buenos hogares.

Ustedes deben conocer muchas familias adecuadas durante sus viajes. ¿No pueden inducirlas a adoptar niños? Con prefe­rencia varones. Tenemos una cantidad de varones excesiva, y nadie los quiere. ¡Luego hablan de antifeminismo! Eso no es nada en comparación al antimasculinismo que albergan los corazones de padres adoptivos. Podría colocar un millar de niñitas con hoyuelos y pelo amarillo, pero un buen chico activo y listo es un artículo de poca demanda en plaza. Parece haber un sentimiento unánime de que los varones ensucian el piso y raspan los muebles de caoba.

¿No hubieras creído tú que los clubes de hombres pudieran adoptar muchachos como una especie de mascota? El chico podría alojarse en casa de una buena familia respetable y ser sa­cado por los diferentes miembros del club los sábados por la tarde. Podrían llevarlo a las canchas de deportes y al circo, para devolverle luego que se hubiesen cansado de él; como se hace con un libro de biblioteca circulante. Eso sería un gran entrenamiento doméstico para los solteros. Las gentes hablan cons­tantemente de la conveniencia de preparar a las muchachas para la maternidad. ¿Por qué no excitar la opinión pública para crear una institución de entrenamiento para futuros padres de familia? Te ruego que trates de inducir a tu marido a empezar una campaña de adiestramiento para la paternidad dentro de sus varios clubes, y yo le pediré a Gordon que anuncie el proyecto en Washington. Tanto él como Jervis pertenecen a tantos clubes que debiéramos poder colocar por lo menos una docena de muchachos.

Te saluda una madre medio aturdida de ciento trece hijos.

S. McB.

Hogar John Grier.

Marzo 18.

Mi querida Judy:

He tenido una tregua muy agradable en la ardua tarea de cuidar a mis ciento trece chicos.

¿Quién crees tú que cayó ayer sobre nuestra pacífica aldea? Pues el señor Gordon Hallock, de paso para Washington para reanudar las tareas de la nación. Al menos me dijo que venía de paso, pero observo por el mapa que hay en la escuela pri­maria que estamos aquí a unas cien millas fuera de su trayecto.

¡Ay, querida, cómo me alegré de verlo! Es la primera vis­lumbre que tengo del mundo exterior desde que fui encarce­lada en este asilo. ¡Y cuántos asuntos entretenidos tuvo que contarme! El conoce todos los pormenores internos de todas las noticias externas que uno lee en los diarios. Según he podido colegir, él es el centro social en torno al cual gira toda la ciudad de Washington. Siempre dije que iba a prosperar en la política por ese modo que tiene y esa personalidad suya tan cautivante.

Tú no tienes idea de lo estimulada y regocijada que me siento; como si hubiera entrado en posesión de mis derechos sociales después de un prolongado lapso de ostracismo general. Debo confesar que experimento nostalgias por alguien que entiende y comparte mis charlos disparatadas y absurdas.

Betsy se marcha a su casa todos los fines de semana, y nues­tro doctor es bastante conversador; pero, ¡ay!, es tan horrible­mente lógico y dogmático.

Gordon representa el símbolo de la vida a que pertenezco: esa vida de clubes campestres, automóviles, bailes y deportes, y esas pequeñas delicadezas y cortesías sociales; una vida tonta, mezquina, si se quiere, pero la mía propia. Y la he echado de menos. Este asunto de servir a la sociedad es admirable y absorbente en teoría, pero es mortalmente aburrido en sus detalles mecánicos y rutinarios. Temo que no he nacido para enderezar entuertos.

Hice la tentativa de llevar a Gordon en una gira de inspec­ción para inducirle a tomar interés por los infantes, pero ni siquiera quiso mirarlos. Está convencido que vine aquí para mortificarlo, y no le falta razón, por cierto. Tu canto de sirena jamás hubiera logrado atraerme e inducirme a abandonar la senda de la frivolidad y la vida social si Gordon no se hubiera burlado tan odiosamente de la idea de que yo pudiese dirigir un orfanato. Vine aquí para demostrarle que podía hacerlo. Y ahora, cuando puedo mostrarle lo que he logrado hacer, el bruto se niega a mirar.

Le invité a comer, previniéndole acerca del pastel de ternera; pero dijo que no, muchas gracias, y que yo necesitaba variar de ambiente. Así que fuimos a la posada de Brantwood y comi­mos langosta a la parrilla. Ya casi me había olvidado que estos bichos eran comestibles.

Esta mañana a las siete me despertó el furioso repiqueteo del teléfono. Era Gordon desde la estación, a punto de reanu­dar su viaje a Washington.   Se hallaba de un humor contrito sobre la cuestión del asilo y me pidió disculpas repetidas veces por haberse negado a mirar a mis niños. No es que no le agra­daban los huérfanos, dijo, sino que no le gustaban en conti­güidad conmigo. Para probar sus buenas intenciones, prometió enviarles una bolsa de maníes.

Me siento tan vigorosa y revivificada después de mi pequeña algazara como si hubiera tenido unas verdaderas vacaciones. No cabe duda sobre ello; una o dos horas de charla estimulante es mejor tónico para mí que medio galón de hierro y píldoras de estricnina.

Me debe usted dos cartas, estimada señora. Pagúemelas tout de suite, o abandono la pluma para siempre.

Suya afectuosa,

S. McB.

Martes, 5 p. m.

Mi estimado enemigo:

Acabo de enterarme que durante mi ausencia esta tarde usted nos hizo una visita y logró desenterrar un escándalo. Usted sostiene que los niños al cuidado de la señorita Snaith no están recibiendo lo que les corresponde en materia de aceite de hígado de bacalao.

Lamento mucho que sus órdenes médicas no se hayan llevado a cabo, pero no debe ignorar que es difícil introducir ese repugnante menjurje maloliente en las entrañas de un chico que protesta y se retuerce de asco. Además, la pobre Snaith está muy recargada de trabajo. Tiene que cuidar diez chicos más de los que por derecho le corresponde a cualquier mujer sol­tera, y hasta que le hayamos encontrado otra ayudante tendrá muy poco tiempo para esos retoques caprichosos y antojadizos que usted exige.

Por otra parte, mi querido enemigo, ella es sumamente suscep­tible a las injurias. Cuando se sienta usted de humor combativo, le estimaré quiera verter su beligerancia sobre mi persona. A mí no me importa; todo lo contrario. Pero esa pobre dama se ha recluido en su habitación en un estado de histerismo, de­jando nueve crios para ser arropados en sus camitas por cual­quier persona a quien pudiera interesar.

Si tiene algunas sales aromáticas para calmar sus nervios, ruégole haga entrega de ellas a Sadie Kate, que le lleva la pre­sente carta.

Saludo a usted atte. <strong><!–more–><!–nextpage–></strong>

S. McBride.

Miércoles por la mañana.

Estimado doctor MacRae:   

No es que adopte una actitud torpe en este asunto; le pido simplemente que venga a mí con cualquier queja que pudiera tener, en lugar de armar semejante conmoción volcánica como la de ayer.

Trato de llevar a cabo todas sus instrucciones -en el orden médico- con un cuidado escrupuloso. En este caso parece que ha habido alguna negligencia; no sé lo que se hizo de aquellas catorce botellas de aceite de hígado de bacalao que no fueron administradas, y por las cuales ha hecho usted tanta alharaca en mi establecimiento, pero le prometo que haré una prolija investigación para descubrir su pasadero.

Además, me es imposible, por diversas razones, poner a la señorita Snaith de patitas en la calle de la noche a la mañana en la forma que usted exige. Puede que sea, en cierto modo, una mujer incompetente, pero es bondadosa y amante de los niños, y con la debida supervisión, servirá temporariamente.

Salúdale atte.

S. McBride,

 

Jueves,

Estimado Enemigo:

Soyez tranquille. He impartido órdenes para que en lo suce­sivo reciban los niños toda la cantidad de aceite de hígado de bacalao que por derecho les corresponde. El hombre testarudo tiene que salirse con la suya.                                              .

                                                                                                                                                                                                                      O»   ÍVIOÍj»

Marzo 22

…         ■,   r j                                                                                                                                                               Marzo 22.

Mi querida Judy:

La vida del asilo se ha reanimado algo en estos últimos días, desde la gran guerra del aceite de hígado de bacalao, la que ha sido encarnizada. La primera escaramuza ocurrió el martes y, desgraciadamente, me la perdí, pues había caído con cuatro de mis chicos al pueblo para efectuar algunas compras. Cuando regresé encontré al asilo rebosante de histerismo. Nuestro mé­dico explosivo nos había hecho una visita.

“Sandy” tiene dos pasiones en la vida: una es el aceite de hígado de bacalao y la otra es la espinaca, ninguna de las cuales es muy popular en nuestro medio. Hace algún tiempo -antes de venir yo-, ordenó que se diera a todos los niños anémicos una determinada dosis de aceite de hígado de bacalao, habiendo dado las correspondientes indicaciones a la señorita Snaith para su aplicación.

Ayer, con esa suspicacia suya tan típicamente escocesa, em­pezó a husmear y olfatear para averiguar por qué razón las pobre ratitas no estaban engordando con la debida celeridad que él juzgaba necesario, y logró desenterrar un espantoso es­cándalo. ¡Los chicos no han recibido ni una bocanada de aceite de hígado de bacalao durante tres semanas! Al llegar a ese punto, nuestro médico explotó, y se produjo un magnífico revuelo de acaloramiento histérico.

Dice Betsy que tuvo que mandar a Sadie Kate a la lavandería con un recado improvisado, porque el vocabulario de Sandy era impropio para los oídos de una huérfana. Cuando regresé ya se había ido, y la señorita Snaith se había encerrado en su cuarto con un ataque de llanto histérico; aun no ha sido expli­cado el paradero de las catorce botellas de aceite de hígado de bacalao. El la había acusado a voz en cuello de haberlas engu­llido ella misma. ¡Imagínate tú a Snaith -ella que parece tan inocente, blanducha e inofensiva- robando el aceite de hígado de bacalao de los pobres huerfanitos indefensos para tragárselo ella a escondidas!

Su defensa consistió en afirmaciones histéricas de que ella amaba a los niños y que había cumplido con su deber de acuer­do con sus convicciones. Que ella no era partidaria de dar menjurjes ni medicamentos a los bebés; que las drogas eran perjudiciales para sus pobres estomaguitos. ¡Puedes imaginarte la reacción de Sandy! ¡Ay, mi Dios! ¡Y pensar que yo me lo perdí todo! Pues bien, la tempestad rugió durante tres días, y Sadie Kateestaba en la gloria y casi se gasta las piernitas llevando recados acres y picantes entre nosotros y el doctor.

Sólo lo llamo por teléfono cuando es absolutamente irreme­diable, porque tiene una vieja arpía entrometida que es su ama de llaves, y ésta escucha las conversaciones en la línea de exten­sión que tiene en la planta baja; no deseo que se divulguen por ahí los secretos escandalosos del Hogar John Grier.

El doctor exigió la exoneración instantánea de la señorita Snaith, a lo cual me negué. Claro está que ella es una criatura indecisa, débil de carácter e ineficiente, pero quiere mucho a los niños, y con la debida supervisión es más o menos útil.

Al menos, a la luz de sus eminentes relaciones de parentesco en la junta directiva de la institución, no puedo ponerla de pati­tas en la calle en forma ignominiosa como si fuera una cocinera ebria y ladrona. Espero poder eliminarla con el tiempo, me­diante un proceso de sugestión delicado y sutil; tal vez logre convencerla de que su salud requiere un reposo invernal en California. Por otra parte, sean lo que fueren las demandas del doctor, tiene un modo tan positivo y despótico que uno se ve obligado por dignidad propia a ponerse del lado de su con­trincante en, cualquier circunstancia.

Cuando el afirma que el mundo es redondo, yo asevero ins­tantáneamente que es triangular.

Finalmente, al cabo de tres días gratamente estimulantes, se arregló todo el asunto. Se logró hacer que pidiera disculpas a la señorita Snait-h por sus duros arrebatos, y ella a su vez hizo una confesión absoluta, prometiendo enmendarse en lo sucesivo. Parece que no pudiendo soportar la idea de obligar a los pobres pequeñuelos a tomar la pócima, pero, por otra parte, temiendo desobedecer las intrucciones del doctor MacRae, escondió las últimas catorce botellas en un rincón oscuro del sótano. No sé exactamente en qué forma pensaba deshacerse de. su botín. ¿Se puede empeñar el aceite de-hígado de bacalao?

 

Más tarde.

 

Acababan de firmarse las negociaciones de paz esta tarde, y Sandy había partido con dignidad y condescendencia, cuando me fue anunciado el honorable Cyrus Wykoff. ¡Es realmente demasiado enfrentarse con dos enemigos en el curso de una hora!

El honorable Cyrus se mostró vivamente impresionado con el nuevo comedor, especialmente cuando supo que Betsy había dibujado esos conejillos con sus blancas manos. Cyrus admite que el trabajo de esparcir conejos sobre las paredes es una ocupación propia de la mujer, pero un cargo ejecutivo como el mío se halla fuera de esa esfera. El opina que no es muy prudente de parte del señor Pendleton el darme tan vasto campo de acción en la iniciativa de gastar su dinero.

Mientras contemplábamos aún la inspiración mural de Betsy, se oyó un terrible estrépito que provenía de la despensa, y en­contramos a Gladiola Murphy que lloraba amargamente sen­tada entre las ruinas de cinco platos amarillos. Es bastante abru­mador para mis nervios oír estos estallidos cuando me encuentro a solas, pero es doblemente penoso cuando recibo la visita de un síndico hostil.

Trataré de preservar esa vajilla de mesa con los medios a mi alcance, pero si tú quieres contemplar tu obsequio en toda su belleza intacta y sin hendeduras, te aconsejo que apresures tu regreso para visitar el establecimiento John Grier sin mas demora.

Como siempre, tuya,

Sallie.

Marzo 26.

Mi querida Judy:

Acabo de celebrar una entrevista con una mujer que quiere adoptar un bebé para darle una sorpresa al marido.Me costó trabajo tratar de convencerla de que, ya que él tiene que mantener al niño, tal vez sería una delicada atención el consultarlo primero al respecto. Ella me discutió porfiada­mente que eso no era asunto de él, puesto que ella tendría que cargar con la tarea ominosa de bañar, vestir y educar al chico. Estoy empezando a sentir piedad por los hombres; algu­nos de ellos parecen tener muy pocos derechos.

Hasta nuestro belicoso médico, según sospecho, es una víc­tima de la tiranía doméstica, y a manos de su ama de llaves, para mejor. Es realmente escandaloso el abandono en que lo tiene al pobre hombre esa Maggie McGurk.

Me he visto obligada a ponerle a cargo de una huérfana, y Sadie Kate, con un aire solemne de ama de casa, está sentada en este momento, con las piernitas cruzadas, sobre la alfom­brilla de la chimenea, cosiéndole los botones del sobretodo mien­tras él está arriba atendiendo a los niños pequeños.

Nunca lo creerías, pero Sandy y yo nos estamos poniendo muy confidenciales el uno con el otro, de un modo escocés avinagrado. Ha tomado la costumbre, todas las tardes al volver a su casa después de sus visitas profesionales, de venir aquí a eso de las cuatro de la tarde y, luego de hacer una ronda de inspección por la casa, para cerciorarse de que no estamos contrayendo el cólera morbus o infanticidio o algo contagioso, presentarse en la puerta de mi biblioteca para cambiar impre­siones y confidencias sobre nuestros mutuos problemas.

¿Me viene á ver a mí? No, por cierto; viene a tomar té y tos­tadas con mermelada. El hombre tiene un aspecto magro y ham­briento. Su ama de llaves no le da bastante de comer. En cuan­to consiga llevarle la ventaja un poco más, pienso incitarlo a la sublevación.

Mientras tanto, el pobre está muy agradecido por algo de comer, pero ¡ay, Dios mío, qué cómicas son sus tentativas de imitar la etiqueta y los donaires de sociedad! Al principio sostenía la taza de té en una mano y el plato de scones en la otra; luego buscaba confusamente otra mano con que comerlos. Ya ha resuello el problema. Junta los pies y las rodillas, dobla bien la servilleta para colocar entre la hendedura de las rodillas, formando así una especie de regazo bastante practicable, y coloca allí el plato de scones; luego se mantiene así con los músculos en tensión hasta que ha terminado de beber el té. Supongo que debiera suministrarle una mesa de té, pero el espectáculo de Sandy en esa posición es la única chispa de diversión que me ofrece el día.

El cartero acaba de llegar y espero que me traiga una carta tuya. Las cartas constituyen un ameno e interesante interludio en la monotonía de la vida del asilo. Si quieres tener contenta a esta directora, harías bien en escribir muy a menudo.

Recibí tus cartas, de cuyo contenido he tomado debida nota. Te ruego transmitir mi agradecimiento a Jervis por los tres caimanes en el pantano. Demuestra poseer un raro gusto artís­tico en la selección de sus tarjetas postales.

Llega al mismo tiempo tu carta ilustrada de siete páginas, procedente de Miami. No era necesario que pusieras un rótulo, porque hubiera podido distinguir fácilmente a Jervis de la pal­mera, pues el árbol es el que tiene mucho más pelo de los dos. <strong><!–more–><!–nextpage–></strong>

También he recibido una carta sólida y cortés de mi apues­to galán desde Washington, como también un libro y una caja de bombones. Dice que la bolsa de maníes para los niños va por expreso. ¿Has visto en tú vida tanta asiduidad?

Jimmy me envía la noticia de que vendrá a verme tan pronto como papá pueda prescindir de él en la fábrica. ¡Cómo detesta esa fábrica el pobre muchacho! No es que sea lerdo, es que simplemente no le interesan un bledo los mamelucos. Pero papá no puede comprender semejante falta de buen gusto. Habiendo levantado y organizado la fábrica él mismo, claro está que ha concebido un gran cariño por los mamelucos, cariño que debió haber heredado su hijo mayor.

Encuentro sumamente cómodo el haber nacido mujer. A mí no me obligan a querer a los mamelucos y me dejan en liber­tad para seguir cualquier carrera morbosa que se me ocurra; co­mo ésta, por ejemplo.

Volviendo a mi correo: Aquí me mandan un anuncio de al­macenero mayorista, donde me comunica que tiene una gran existencia de una marca excepcionalmente económica de gachas de avena, arroz, harina, ciruela y fruta seca y que las embala especialmente para cárceles e instituciones de beneficencia. Me suena bastante nutritivo todo eso, ¿verdad?

También he recibido cartas de un par de granjeros, cada uno de los cuales siente el anhelo de tener un muchacho robusto y activo, de unos catorce años, que no le tenga miedo al trabajo, con el objeto de proporcionarle un buen hogar. Estos buenos hogares siempre aparecen con mucha frecuencia al aproximarse la época de la siembra, en la primavera. La semana pasada in­vestigamos uno de esos casos, y le preguntamos al pastor de la parroquia (como hacemos siempre), si el granjero de referencia poseía alguna propiedad. El pastor nos respondió con tono cau­teloso:

-Me parece que posee un tirabuzón.

Nunca podrás imaginarte lo que son algunos dé los hogares que hemos investigado. El otro día encontramos una familia campesina muy próspera que vivían todos amontonados en tres habitaciones a fin de no ensuciar el resto de su hermosa casa. La muchacha de catorce años que deseaban adoptar (para tener una criada gratuita) debía dormir en la misma habitación pequeña de sus propios tres hijos. Ese departamento-cocina-comedor-sala estaba más apiñado y falto de ventilación que cualquier casa de inquilinato que he visto en mi vida; y con el termómetro marcando 84. Apenas podía decirse que ellos “vivían” ahí; sino más bien que “cocinaban” ahí. ¡Puedes estar segura que no conseguirán ninguna chica de las nuestras!

He establecido una regla invariable; todas las demás son flexibles, No entregamos ningún niño a menos que la familia propuesta pueda ofrecerle mayores ventajas que las nuestras. Quie­ro decir que las que estaremos en condiciones de ofrecerles dentro de algunos meses, cuando nos hayamos transformado en un establecimiento modelo. Debo confesar que por el momento de jamos mucho que desear.

Pero, de cualquier modo, soy sumamente exigente en la selección de hogares adoptivos, y rechazo las tres cuartas partes de los que se nos ofrecen.

 

Un poco más tarde:

 

Gordon ha hecho honorables esfuerzos para compensar a los niños por la escasa atención que les prestó cuando estuvo aquí, y hoy ha llegado una gran bolsa de arpillera repleta de maníes, de tres pies de alto.

¿Recuerdas tú cuando estando en el colegio nos daban de postre maníes con azúcar arce? Lo mirábamos con desprecio, pero comía­mos. Lo estoy introduciendo aquí, y te aseguro que no lo des­deñamos. Es un verdadero placer alimentar a unos niños que se han graduado en un curso dietético de la señora Lippett; es conmovedor ver la gratitud que demuestran por esas pequeñas bendiciones.

No puedes quejarte de que esta carta es demasiado breve. Estoy a punto de contraer el calambre de los escritores.

Tuya, pues, como siempre,

S.McB.

 

 

Hogar John Grier.

A intervalos todo el Viernes.

Mi querida Judy:

Te interesará saber que he trabado conocimiento con otro enemigo: el ama de llaves de nuestro doctor.

Hablé con la individua varias veces por teléfono, y había observado que su timbre de voz no se distinguía precisamente por esos acentos dulces y suaves, tan gratos al oído, que caracte­rizan a las heroínas de las novelas románticas. Pero ahora la he visto.

Esta mañana a mi regreso de la aldea, hice un pequeño rodeo y pasé por la casa de nuestro doctor.

Sandy es, sin duda, un producto de su medio ambiente; verde oliva, con techo de armadura Mansard y los visillos bajos. Se diría que acababan de celebrar algún entierro. No me extraña que las amenas distracciones de la vida hayan pasado de largo por el pobre hombre.

Después de inspeccionar la parte exterior de su casa, tenía cu­riosidad de ver si hacía juego con el interior.

Como había estornudado cinco veces antes del desayuno, esta mañana resolví consultarle profesionalmente. A decir verdad, es un especialista de niños pero, como los estornudos son patri­monio de todas las edades, subí resueltamente los escalones y toqué el timbre.

¡Atención! ¿Qué ruido es ese que irrumpe sobre nuestras ca­vilaciones?

Es la voz del honorable Cyrus, por vida mía, que se aproxima subiendo por la escalera. Tengo que escribir muchas cartas y no puedo aguantar el suplicio de su charla, así es que mando co­rriendo a Jane para abrirle la puerta y decirle que he salido.

¡Que siga el baile! ¡Que reine la alegría sin mácula! Cyrus se ha ido. Pero esas echo estrellas representan ocho minutos de ago­nía pasados en la oscuridad del armario de mi biblioteca. El honorable Cyrus recibió la declaración de Jane con el amable co­mentario de que estaba un poco cansado y le gustaría sentarse a esperar mi retorno. A lo cual entró y se sentó. ¿Pero me iba a dejar Jane, languideciendo en el armario? De ningún modo; le incitó a que la acompañara al jardín de infantes para ver la cosa horrible que había hecho Sadie Kate. Al honorable Cyrus le gusta ver cosas horribles, sobre todo cuando las hace Sadie Kate. No tengo ninguna idea de cuál será el escándalo que Jane piensa divulgar; pero no importa; con tal de que se haya ido.

¿Dónde estaba yo? Ah, sí; acababa de tocar el timbre de la casa del doctor,La puerta fue abierta por una mujerona grandota, robusta, con las mangas enrolladas. Tenía un aspecto muy serio y dominante, con una nariz aguileña y fríos ojos grises.

-¿Y…? – me dijo, dando a entender por el tono de la voz que yo no era más que el vendedor de aspiradoras eléctricas.

-Buenos días -dije, sonriendo afablemente, y transponiendo el umbral-. ¿Hablo con la señora McGurk?

-En efecto – respondió -, ¿y usted debe ser la nueva en­cargada del asilo?

-Así es – dije yo -. ¿Está el doctor en casa?

-No está – dijo ella.

-Pero ésta es su hora de consulta.

-No tiene hora fija.

-Debería tenerla -dije severamente-. Tenga la bondad de decirle que vino la señorita McBride para consultarle profesionalmente, y dígale que pase por el asilo esta tarde. -Bueno, bueno – refunfuñó la señora McGurk, y cerró la puerta tan repentinamente que quedó enganchado el borde de mi vestido.

Cuando le conté la entrevista sostenida con su ama de llaves, el doctor se encogió de hombros y observó que ésos eran los modales habituales de Maggie.

-¿Y por qué la aguanta usted a Maggie? – le pregunté.

-¿Y en dónde voy a encontrar otra mejor? Cuidar la casa de un hombre solitario que viene a cualquier hora del día y de la noche, no es ninguna prebenda – dijo -. Por lo menos logra preparar una comida caliente a las nueve de la noche, si bien es verdad que no esparce sol y alegría a su alrededor.

A pesar de todo, apostaría que sus comidas calientes no son ni sabrosas ni bien servidas. Es una vieja arpía holgazana, in­competente, y comprendo perfectamente la causa de su animad­versión hacia mí. Tiene miedo de que le robe al doctor y la desaloje de un puesto fácil y cómodo. Pensándolo bien, es gra­cioso eso. Pero no tengo la intención de desengañarle; a esa hiena le va a hacer bien tener esa preocupación, así tal vez le haga mejores comidas y lo engorde un poco al doctor. Tengo entendido que los hombres gordos tienen buen carácter.

 

  <strong><!–more–><!–nextpage–></strong>

A las diez horas.

 

No sé realmente qué tonterías te he estado escribiendo a intervalos todo el santo día, a causa de las interrupciones. Por fin ha llegado la noche y estoy demasiado cansada para sos­tener mi cabeza sobre los hombros. ¡Cuánta verdad hay en esa canción!

“No hay felicidad sobre la tierra menos el sueño'”…

Te deseo buenas noches.

S. McB.

Hogar John Grier.

Abril 1.

Mi querida Judy:

He logrado colocar a Isador Gutschneider. Su nueva madre es una mujer sueca, gorda y sonriente, con ojos celestes y ca­bello amarillo. Ella eligió a Isador de entre todos los chicos, porque era el más morocho de todos. Dice que siempre ha tenido adoración por los morochos, pero ni en sus sueños más ambiciosos jamás se atrevió a esperar que iba a tener uno propio. Está en la gloria. De hoy en adelante se llamará Oscar Carlson, cuyo nombre le ha puesto su nueva mamá, en memoria de su nuevo tío difunto.

El miércoles próximo tendrá lugar la primera reunión  dela Junta Directiva.Confieso que no la estoy esperando con mucha impaciencia, sobre todo en vista de que el acto princi­pal lo constituye un discurso inaugural mío.  ¡Ojalá estuviese aquí nuestro presidente para infundirme coraje! Al menos estoy segura de una cosa. Jamás adoptaré la actitud de Uriah Heep, de la obra de Dickens, cuya actitud caracterizaba la política de la señora Lippett, mi predecesora. Quiero que el día miér­coles de cada mes (cuando se celebra la reunión dela Junta Directiva)  sea como una agradable diversión social, como si fuera mi día de recibo, cuando todos los amigos del orfanato se reúnen, no sólo para tratar asuntos relacionados con esta obra, sino también para solaz y distracción; además, procuraré que nuestro esparcimiento no moleste a los huérfanos. Ya ves cómo he tomado a pecho esa desdichada experiencia de aquel pequeño Jerusha.

Llegó tu última carta, y no dice nada de tu regreso. ¿No te parece que ya es tiempo de que vuelvan sus rostros haciala Quinta Avenida? “El hogar siempre es el hogar, por más humilde que sea”, como dice el refrán, más o menos.

¡Ahí va la campana que anuncia que ha llegado la hora de la comida! Te dejo, querida, para dedicar una media horica reparadora al picadillo de carnero. En el Establecimiento John Grier comemos para vivir.

 

A las seis de la tarde:

 

Ha venido otra vez de visita el honorable Cyrus; cae por aquí con harta frecuencia, en la esperanza de pescarme in delictu. ¡Cuánto detesto a ese hombre! Es un tipo rosadito, gordo e inflado y tiene un alma rosadita, gorda e inflada. Antes de llegar él me encontraba de un humor alegre, optimista, pero ahora no haré más que rezongar durante el resto del día.

Este Cyrus deplora en el alma todas esas innovaciones (inútiles según él) que estoy tratando de introducir, tales como un salón de recreo más alegre y soleado, ropa más bonita, baños, mejor alimentación, aire puro, juegos, diversiones, helados y besos. Dice que haré inservibles a estos niños para ocupar en la vida el lugar que Dios les tiene destinado.

¡Cuando me dijo eso, mi sangre irlandesa se me subió ala Cabeza, y le dije que si Dios había planeado transformar a estos ciento trece huerfanitos en ciudadanos inservibles, ignorantes y desdichados, yo pensaba darle un chasco a ese Dios! Agregué que de ningún modo era nuestro propósito darles una instrucción fuera de su medio social, ni serían tampoco seres inadaptados.

Les estábamos educando de acuerdo a su naturaleza indivi­dual, o sea de su “clase natural”, con mu-cha mayor eficacia de lo que ocurre en el promedio normal de familias. No va­mos a obligarlos a que cursen estudios superiores si no tienen sesos, como suele pasar con los hijos de hombres acaudalados; tampoco los obligaremos a empezar a trabajar a los catorce años, si tienen buenas condiciones intelectuales y la ambición innata de adquirir conocimientos, como suele ocurrir con los hijos de hombres pobres.

Vigilaremos muy de cerca e individualmente a estos niños, para llegar a descubrir su nivel intelectual. Si nuestros niños manifiestan la aptitud de llegar a ser peones de labranza o granjeros -o niñeras y cocineras, si son del sexo femenino-, nuestro empeño será enseñarles a ser los mejores peones, jor­naleros, niñeros y cocineras que existen; si llegaran a manifestar la vocación de ser abogados trataríamos de hacer de ellos abo­gados honrados, inteligentes, razonables y liberales (él mismo es abogado, pero no razonable ni liberal, por cierto). Cuando terminé mi perorata, no me contestó; no hizo más que gruñir, y se puso a revolver su té vigorosamente; a lo cual le sugerí que acaso necesitaba otro terrón de azúcar, y sin esperar su respuesta, dejé caer un pedazo dentro de su taza, dejándole que lo absorbiera como pudiese.

Mi experiencia me dice que la única forma de manejar a los síndicos es tener la mano firme y segura. Hay que ponerlos en su lugar.

¡Dios mío, querida! Esa mancha negra que ves en el borde, la hizo “Singapore” con su lengua negra. Mi tesoro está que­riendo mandarte un beso cariñoso. El pobre “Sing” se ha creí­do que es un perro faldero; ¿no te parece trágico cuando las gentes se equivocan de vocación? Ni yo tampoco estoy segura a veces, si he nacido para ser directora de un asilo de huér­fanos.

Tuya hasta la muerte,

S. McB.

 

Oficina de la Superintendencia

Hogar John Grier.

Abril 4

Familia de Pendleton:

Palm Beach,Florida.

 

Estimado señor y señora:

He vencido los escollos y salido ilesa de mi primer día de recibo, además de haberles hecho un hermoso discurso a los síndicos. Todo el mundo dijo que era un precioso discurso, hasta los enemigos.

A este respecto, la reciente visita del señor Gordon Hallock fue excepcionalmente oportuna;–de él recogí muy sabias in­dicaciones y consejos sobre la mejor forma de cautivar a un auditorio. Aquí van sus enseñanzas:

Ser divertida - chistosa: Relaté las andanzas de Sadie Kate y otros querubines que tú no conoces.

Mantener el tema en forma concreta y adaptado a la inteligencia del auditorio: Vigilé estrechamente a honorable Cy, y no dije ni una sola palabra que él no pudiese entender.

Adular a tus oyentes: Insinué delicadamente que todas estas nuevas reformas eran debidas a la iniciativa y sabiduría  de nuestros incomparables síndicos.

Darle al tema un tono de elevada moralidad, con un salpicón de sentimentalismo: Me explayé largamente sobre la condición de orfandad de estos pequeños pupilos de la sociedad. ¡Y tuvo efecto; mi enemigo se secó una lágrima furtiva!

Después de eso, los alimenté bien con chocolate y crema Chantilly, limonada y sandwiches tártaros; luego los mandé a casa, expansivos y radiantes, pero sin apetito alguno para la cena.

Me detengo tan largo rato sobre nuestro triunfo, a fin de predisponer tu ánimo, antes de pasar revista a la espantosa calamidad que estuvo a punto de hacer zozobrar nuestra her­mosa nave.

Aquí sigue el nebuloso horror de mi relato, <strong><!–more–><!–nextpage–></strong>

Y me siento desfallecer poco a poco,

Pues, aun hoy día,

Cuando su efluvio ya ha pasado,

¡Si me atrevo a recordar, me acobardo!

¿Nunca han oído ustedes hablar de nuestro pequeño Tammas Kehoe, verdad? Pues nunca lo he hecho figurar en primer plano, porque Tammas requiere demasiada tinta, tiempo y vo­cabulario. Es un mozalbete brioso, temerario y ha salido a su padre, uno de esos vigorosos cazadores de antaño.

No podemos desprender a Tammas de sus instintos de ra­pacidad hereditarios. Tiene la costumbre de abatir a las ga­llinas con arco y flecha, a los marranos los enlaza con suma pericia’ y juega a la corrida de toros con las buenas vacas, y en general, es bastante destructivo. No hay modo de hacerle de­sistir de sus cacerías particulares. Pues han de saber ustedes que la culminación de todas sus villanías, como si dijéramos, la apoteosis de su carrera, ocurrió una hora antes de que llegaran los síndicos, justamente cuando nosotros queríamos estar tan limpitos, fragantes y atractivos.

Parece que Tammas robó la ratonera que había en el arcón donde se guarda la avena; la armó y colocó prolijamente entre el lote de leña, y ayer por la mañana tuvo la buena fortuna de cazar un espléndido ejemplar de zorrino.

El primero en dar cuenta del descubrimiento fue “Singapore”. Regresó a casa y empezó a revolcarse, sobre las alfombras, presa de frenético remordimiento, por la parte que a él le cupo en el negocio. Mientras nuestra atención se hallaba distraída con “las maniobras de “Sing”, Tammas se encontraba en ese mo­mento sumamente atareado despellejando su presa en el aisla­miento de la leñera, cuya reclusión y retiro le permitían reali­zar su trabajo a conciencia. Una vez desollado, guardó el cuero en el interior de su chaqueta, no sin antes abrir unos cuantos ojales para engancharlo y tenerlo más firme y seguro. En esa forma, lo transportó por una ruta desviada a través de todo el largo del edificio, hasta que llegó al dormitorio y lo escondió debajo de su cama donde creyó que nadie lo iba a encontrar. Una vez tranquilizado en ese sentido, Tammas bajó al sótano para prestar su ayuda en la elaboración y congelación de los helados para nuestros huéspedes, de acuerdo con el programa de agasajos. No sé si han observado que hemos eliminado los helados en el menú.

En el lapso que nos quedaba antes de la llegada de los in­vitados, reclutamos cuanto contra-irritante cayó en nuestras manos: Noah (el hornero negro) distribuyó y encendió pe­queñas fogatas de fumigación en varias partes del jardín; la cocinera salpicó los pasillos con una palada de café tostado. Betsy roció las habitaciones con amoníaco. La señorita Snaith trató delicadamente las alfombras con agua de violetas. Yo mandé un llamado de urgencia al doctor; cuando vino, mez­cló una solución gigantesca de cloruro de cal. Mas ¡ay!, todo fue en vano; aun perduraba, arriba y abajo, y a través de todo otro efluvio o fragancia el espectro insepulto de la víctima de Tammas, que clamaba venganza.

La primera minuta que fue tratada por nuestra Junta Di­rectiva era para llegar a un acuerdo sobre la conveniencia de cavar un agujero y enterrar, no sólo a Tammas, sino a todo el ala principal del Edificio.

Pueden ustedes darse una idea de la rara sutileza y astucia con que me ingenié para salir triunfante de este horrible epi­sodio, cuando les digo que el honorable Cy se fue a casita riendo entre dientes, de una historia graciosa que les conté, en vez de refunfuñar por la incapacidad de la nueva directora para manejar a los chicos.

Soy de ustedes con el afecto de siempre.

S. McBride.

Hogar John Grier.

Viernes coma también sábado.

Querida Judy:

“Singapore” tiene aún su alojamiento del comienzo y recibe cotidianamente un baño a base de ácido fénico, de manos de Tammas Kehoe. Abrigo la esperanza de que quizás algún día, en un futuro lejano, mi amor estará en condiciones de vol­ver a mí.

Te vas a alegrar mucho de saber que he inventado un nuevo método para gastar tu dinero.

De aquí en adelante, vamos a comprar todas nuestras ropas, telas, zapatos, drogas,. comestibles, menudencias, etc., en los comercios locales minoristas, tal vez un poco más caros que aJ precio de los mayoristas, pero siempre con algún descuento, y la enseñanza que va intercalada, bien vale la pequeña dife­rencia de precios. Esta es la razón:

He descubierto que la mitad de mis niños ignoran en abso-luto el significado que tiene el dinero, ni su poder adquisitivo. Ellos creen que los zapatos, la harina de maíz, las enaguas de franela escarlata, los vestiditos de percal y el estofado de car­nero, bajan flotando del firmamento celestial.

La semana pasada se me cayó de la cartera un billete verde de un dólar, nuevecito, flamante; llegó corriendo un golfillo de unos ocho años y me preguntó si podía guardarse esa fi­gurita de un lindo pájaro. (El águila americana del centro). ¡Ese niño nunca había visto un billete en su vida!

Comencé una investigación y averigüé que docenas de chicos en este asilo nunca han comprado nada para sí, ni han visco comprar a otros. ¡Y nosotros nos proponemos soltarlos a la edad de dieciséis años en un mundo enteramente gobernado por el poder adquisitivo de dólares y céntimos! ¡Dios mío! ¡Figúrate! Estos chicos no tendrán una existencia resguardada con alguien que los cuide eternamente; ellos tienen que saber cómo extraer hasta la más mínima utilidad y beneficio de cada centavo que logren ganar.

Este problema lo medité durante toda una noche, a interva­los, y a la mañana siguiente me levanté tempranito y me fui al pueblo a las nueve de la mañana. Celebré conferencias cor.i siete almaceneros y tenderos; cuatro eran razonables y ser­viciales, dos eran escépticos y uno positivamente estúpido. Ya he empezado mi proyecto con la colaboración de esos cuatro comerciantes, o sean, ropa, telas, comestibles, especies, zapa­tos, papelería,  mercería y otras menudencias.

El sistema es el siguiente: en recompensa por los importantes pedidos que van a recibir de nosotros, ellos y sus dependientes harán las veces de maestros para mis chicos, los que irán a los comercios, inspeccionarán las mercaderías y harán las compras por sí mismos, con dinero auténtico.

Por ejemplo: Jane necesita un carretel de seda para coser, color celeste, y un metro de elástico; pues bien; dos muchachitas, provistas de un cuarto de dólar, se encaminan, las manos entrelazadas, a la tienda del señor Meeker. Las niñas exa­minan y comparan prolijamente la muestra que traen, con la que vende el tendero, y vigilan celosamente al dependiente mientras éste mide el elástico, para asegurarse de que no lo estira mucho. Luego traen seis céntimos de vuelto, reciben las gracias y los elogios, y vuelven a las filas, con el corazón hen­chido de gozo por la sensación de haber realizado una proeza. ¿No te parece conmovedor esto? Los niños comunes de diez a doce años saben automáticamente tantas cosas que nuestros polluelos de incubadora jamás han soñado siquiera. Pero he puesto en movimiento una gran variedad de proyectos. Dadme tiempo no más y ya verán. Uno de estos días, hasta seré capaz de hacer chiquillos casi normales de estos huerfanitos.

 

Más tarde:

 

Tengo una noche desocupada hoy, así pues me acomodaré para continuar nuestra chismografía.

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¿Recuerdas los maníes que nos mandó Gordon Hallock?, Bueno, por lo visto mi manera de agradecerle fue tan afable y graciosa que eso le alentó a realizar nuevas hazañas. Parece que entró a una juguetería y se puso incondicionalmente a merced de algún aprovechado dependiente, pues ayer llegaron dos fornidos repartidores del Express y depositaron en el ves­tíbulo un canasto repleto de costosos animalitos peludos, con­feccionados para el consumo de los niños ricos.

Estos juguetes no son precisamente los que yo hubiera adqui­rido si hubiese tenido que desembolsar tamaña fortuna, pero mis criaturitas los encuentran muy maravillados y “abrazables”. Ahora se llevan a la cama con ellos leones, elefantes, osos y jirafas. No sé cuál será la repercusión psicológica de todo esto. ¿Crees que cuando sean mayores se incorporarán todos al circo?

¡Válgame Dios! Aquí viene la señorita Snaith a hacerme una visita social.

Adiós,

S.

P.D. -El hijo pródigo ha retornado. Te manda sus respetuo­sos saludos y tres coleaduras.

 

 

Hogar John Grier.

Abril 7.

Mi querida Judy:

Acabo de leer un folleto que trata sobre la preparación ma­nual para niñas, y otro folleto sobre la dieta adecuada para instituciones: las proporciones exactas de las proteínas, grasas, féculas, etc. En estos días de caridad científica, cuando todos los problemas ya han sido tabulados, es posible manejar un establecimiento de beneficencia con una carta hidrográfica. No me explico cómo pudo la señora Lippett cometer tantos erro­res, presumiendo, desde luego, que ella sabía leer. Existe, em­pero, una rama de trabajo institucional bastante importante que aun no ha sido investigada, y yo personalmente estoy recogiendo datos. Algún día publicaré un folleto sobre “El manejo y con­trol de síndicos”,

Tengo que contarte el chiste acerca de mi enemigo; no el honorable Cy, sino mi primero, mi enemigo original.

Este individuo ha acometido una nueva empresa. Me infor­ma con toda seriedad (todo lo que hace es serio; todavía no se ha sonreído) que me ha estado observando atentamente desde que llegué, y que aun cuando soy inexperta, tonta, petulante, locuaz e impertinente (así dice), no cree que soy realmente tan superficial como a primera vista pudiera haberse creído. Dice que poseo, en grado superlativo, aquella innata facultad masculina para captar inmediatamente el total significado de un problema, y de ir derecho al grano.

¡Qué graciosos son los hombres! Cuando quieren hacerle a una el más grande de los cumplidos le dicen candidamente qua tiene una mentalidad masculina. Entre paréntesis, hay un cum­plido que yo nunca podré hacerle; no podré decir sinceramente que él tiene una rapidez de percepción casi femenina.

Así, pues, aunque Sandy ve mis defectos bastante claramente, cree, a pesar de todo, que algunos de ellos pueden ser corregidos; y ha resuelto seguir mi educación desde el punto en que fue abandonada por el Colegio Superior.

Una persona en mi lugar debería ser muy leída en psicología, biología, fisiología, sociología y eugenesia; debiera conocer los efectos hereditarios de la insanía, idiotez, y del alcoholismo; debiera también entender el sistema nervioso de las ranas.

Consecuente con todo ello, ha puesto a mi disposición su propia biblioteca científica de cuatro mil volúmenes. No sólo me trae personalmente los libros que quiere que lea, sino que me hace preguntas para estar seguro que no me he salteado. La semana pasada la dedicamos a estudiar la vida y la corres­pondencia de la familia Jukes. Margarita, madre de criminales, hace seis generaciones fundó un linaje prolífico, y su progenie, casi todos en presidio, actualmente asciende a unos 1.200.

Moraleja: Vigilad a los niños que llevan mala herencia, con tanto cuidado que ninguno de ellos pueda tener el más mínimo pretexto para llegar a ser unos Jukeses cuando sean mayores.

Por consiguiente, ni bien terminamos de tomar el té yo y Sandy, sacamos el Gran Registro y escudriñamos todas sus páginas buscando ansiosamente antepasados alcohólicos. Es un alegre jueguito para pasar las horas crepusculares al final de la jornada.

Quelle vie! Ven pronto a sacarme de todo esto; hastiada estoy por el ansia de verte.

Sallie.

 

H. J. G.

Jueves por la mañana.

Mi querida familia de Pendleton:

He recibido vuestra carta, y me apodero de mi pluma para deteneros. No quiero ser relevada de mi puesto. Me retracto. Cambio de idea. La persona que se proponen mandarme parece una melliza de la señorita Snaith. ¿Cómo pretenden que yo entregue a mis adorados polluelos a una señora tan incompe­tente, invertebrada y careciendo de barbilla, por más buena voluntad que ella tenga? La sola idea de semejante sacrilegio retuerce el corazón de una madre.

¿Se imaginan ustedes acaso que una mujer así será capaz de dirigir este trabajo temporalmente?  ¡NO!

La directora de un instituto como éste tiene que ser joven y dinámica, enérgica, fornida, briosa y valerosa; debe tener el pelo rojo y poseer un carácter dulce y complaciente; más o menos como yo.

Es claro que he estado descontenta y rezongona. ¿Quién no lo estaría con la confusión y el desorden que  encontré aquí?, pero es lo que ustedes los socialistas llaman “el sagrado des­contento”.

¿Y se piensan que voy a abandonar todas mis hermosas refor­mas que he emprendido tan concienzudamente?

¡No! Nadie me moverá de este paraje hasta que encuentren una directora superior a Sallie McBride.

Eso no quiere decir, empero, que me estoy hipotecando para toda la vida. Sólo por algún tiempo, hasta que las cosas se pongan de pie. Les digo con toda sinceridad que nunca hubieran podido encontrar una persona más adecuada que yo para encargarse de este establecimiento justamente en el perío­do de su restauración y rehabilitación. Me gusta con delirio hacer proyectos, reformas, mejoras; y sobre todo, me encanta dar órdenes a todo el mundo.

Perdonen esta carta tan desordenada, pero es que la escribo precipitadamente en tres minutos para que la reciban antes de que se comprometan con aquella buena señora sin barbilla.

¡Por favor, buena señora y buen caballero, no me priven de mi empleo; déjenme quedar algunos meses más, para darme la oportunidad de demostrar para lo que sirvo, y les prometo que nunca se van a arrepentir!

S. McB.

 

H. J. G.

Jueves por la tarde.

Mi querida Judy:

He compuesto una copla, un canto a la victoria. Fíjate:

Hoy se ha sonreído

MacRae Robino.

¡Es verdad!

S. McB.

Hogar John Grier.

Abril 13.

<strong><!–more–><!–nextpage–></strong> Mi querida Judy:

Estoy encantada de saber que tú estabas encantada de saber que yo me voy a quedar aquí. No me había percatado de ello, pero es el hecho que me estoy aficionando a los huérfanos. Qué desilusión eso que me dices que Jervis tiene negocios pendientes allá en el sur y que por tanto todavía no pueden regresar. Estoy por estallar con lo mucho que tengo que con­tarte, y eso de tener que escribirlo todo es de lo más engorroso y molesto.

Es claro, pues, que me alegro de que vamos a remodelar todo el edificio, y me parecen excelentes todas tus ideas, pero te aseguro que yo también tengo unas cuantas que no son del todo malas. Ya verás. Será espléndido tener ese nuevo gimna­sio y los pórticos-dormitorios. ¡Pero, ay, mi alma suspira por esos divinos chalecitos!

Cuanto más penetro el engranaje interno del funcionamiento de asilos de huérfanos, tanto mejor comprendo que el único tipo de orfanato que puede competir ventajosamente con una casa de familia particular es el tipo de orfanato sistema cha­lecitos. Ya que, según dicen, la familia es el eje de la sociedad, es conveniente que todos los chicos sean encallecidos o endu­recidos desde temprana edad para aguantar esa vida de familia.

El problema que ahora me tiene desvelada es éste: ¿qué hacer con los chicos durante el período de nuestra reconstruc­ción? Es duro vivir en una casa mientras se está construyendo. ¿Qué te parece si alquilo una tienda de circo, la hago armar y acampamos en el prado? Buena idea, ¿no?

Además, una vez que nos hayamos sumergido en nuestras reconstrucciones, quiero incluir algunos cuartos para huéspedes, para que nuestros niños puedan volver algún día si se encuen­tran enfermos o sin trabajo. El gran secreto de la influencia perdurable que tendremos sobre sus vidas lo constituye nues­tro amoroso desvelo y preocupación por ellos, aun después que hayan abandonado nuestro hogar.

¡Qué pavorosa desolación debe sentir un ser humano que no tiene a nadie en el mundo, que no tiene familia alguna que revolotea en lontananza para un día de apuro!

Yo, que tengo docenas de tías, tíos, madres, padres, primos, hermanos, hermanas y abuelos, no lo puedo concebir siquiera. Me parece que estaría espantada y jadeante de terror si no tuviera mucha cubierta y protección hacia donde pudiera correr en caso de necesidad.

Esa protección tendrá que darla de algún modo nuestro hogar a estas criaturitas desamparadas.

Así, pues, querida gente, enviadme por lo menos media doce­na de cuartos para huéspedes, si os place.

Adiós, y me alegro mucho que no instalaran a la otra. La sola idea de otra persona haciéndose cargo de mis espléndidas reformas, aun antes de que hayan comenzado, ha despertado todos mis instintos belicosos. Me temo que soy cómo Sandy: no puedo concebir que nada esté bien hecho si no he tenido yo una mano en ello.

Tuya por el momento,

Sallie McBride.

Hogar John Grier.

Domingo.

Estimado Gordon:

Ya lo sé que no he escrito últimamente; tiene usted razón de rezongarme, pero Dios mío, Dios mío, nunca tendrá usted una idea de lo atareada que está una directora de orfanato. Además, toda la energía descriptiva que poseo hay que gas­tarla sobre esa voraz Judy Abbott Pendleton. Si transcurren sólo tres días sin que reciba carta mía, me manda telegramas preguntando si se ha incendiado el asilo. Mientras si usted -hombre simpático- no recibe carta, se limita simplemente a mandarnos un bonito obsequio para recordarnos de su exis­tencia. Ya ve usted, pues, que nos conviene desatenderle de tanto en tanto.

Es probable que se resienta usted si le digo que he prometido permanecer aquí por ahora. Al final encontraron una mujer para reemplazarme, pero no era el tipo apropiado y sólo hubie­ra servido interinamente.

Además, mi querido Gordon, le diré la verdad. Cuando me vi frente a la necesidad de decir adiós a todo esto, a toda esta actividad y proyectos febriles, mi hogar de Worcester se me antojó como una existencia tonta y descolorida. No po­dría renunciar a mi asilo, a menos que tuviese la certeza de poder substituirlo con otra vida tan plena de interés y de sensaciones.

Ya sé cuál es la alternativa que usted sugiere, pero, por favor, ahora no. Ya le dije que necesito algunos meses más para tomar una decisión.

Entretanto, me agrada tener la sensación de que soy útil en el mundo. Hay algo constructivo y optimista en el trabajo de los niños; es decir, si se le mira desde mi punto de vista alegre y festivo, antes que del punto de vista de nuestro médico escocés. Jamás he visto un hombre así; siempre está pesimista, morboso y abatido. Es mejor no ser demasiado inteligente sobre cosas como la insanía y la dipsomanía y todos esos sombríos detalles hereditarios. Por suerte yo soy lo bastante ignorante en esas cosas como para mantenerme bien dispuesta y animosa en un lugar como éste.

Cuando pienso cómo se expanden en todas direcciones estas pequeñas vidas, me siento estremecida de emoción. Hay muchas posibilidades en nuestro jardín infantil para la proliferación de todas clases de flores.

Nuestro jardín ha sido plantado en forma un tanto promis­cua, por cierto, y aun cuando sin duda recogeremos alguna ma­leza y cizaña, tenemos la esperanza de lograr también alguna que otra flor rara y bella. ¡Dios mío!, qué sentimental me estoy poniendo. Debe ser el hambre -¡y ahí llaman a comer!-. Hoy tenemos una comida deliciosa: rosbif, batata al horno, zanahorias a la crema y pastel de ruibarbo con nueces, como postre. ¿No le gustaría comer conmigo? A mí me encantaría tenerle aquí.

Suya cordialmente,

S. McB.

 

P.D.- Hay que ver la enorme cantidad de gatos mostrencos que estos chicos quieren adoptar. Cuando yo llegué había cuatro y todas han tenido familia. No he levantado un censo exacto todavía, pero, si no me equivoco, el establecimiento posee alre­dedor de diecinueve.

 

La  leche desnatada se sirve en el depósito de leña a eso de las doce horas

 

Abril 15.

Mi querida Judy:

¿Dices que tienes ganas de hacer otra pequeña donación al Hogar J. Grier, con el producto de lo que has ahorrado el mes pasado? ¡Bene! Te ruego hagas insertar el siguiente anuncio en todos los diarios metropolitanos de baja estofa:

ANUNCIO

“A los padres que proyectan abandonar a sus niños: Sírvanse hacerlo antes de que hayan cumplido los tres años, por favor.”

No concibo ningún acto de parte de padres que abandonan a sus hijos que nos sería de tanta utilidad como eso. Eso de tener que desarraigar el mal antes que poder empezar a plantar el bien, es una tarea lenta y desalentadora.

Tenemos un chico aquí que ya casi me ha vencido a mí; pero yo no he de admitir la derrota a manos de un bribonzuelo de cinco años. Este pilluelo tiene alternativas de sombrío malhumor, cuando no pronuncia ni una sola palabra, y las más violentas explosiones de furor cuando destroza cuanto le viene a mano. No hace más que tres meses que está y en ese lapso ha hecho añicos cuanto pedazo de bric-á-brac hay en el establecimiento, que, entre paréntesis, no significa una pérdida irreparable para las Bellas Artes.

Un mes antes de mi llegada, en cierta ocasión en que la criada acababa de poner la mesa del personal superior y salió al corredor a tocar la campana para llamar a comer, cuando ya la sopa estaba servida, él se acercó deliberadamente y de un manotón arrancó el mantel, haciendo caer al suelo todo cuanto había sobre la mesa. Es de imaginar el revoltijo que se produjo. La se­ñora Lippett casi mata al chico aquella vez, pero eso no logró disminuir su mal genio, que me fue pasado a mí intacto.

Su padre era italiano y su madre irlandesa; tiene el pelo rojo y las pecas inconfundibles de la región de County Cork y los más bellos ojos pardos que jamás salieron de Napóles.

Después que el padre fue apuñalado durante una riña, y la madre murió de alcoholismo, el pobre golfillo, de casualidad llegó hasta nosotros; sospecho que pertenece al Protectorado Católico. En cuanto a sus maneras, ¡Dios sea loado!, son lo que pudiera esperarse: patalea, muerde, escupe y tiene una colección de malas palabras que hacen erizar los pelos al más templado. Le he bautizado con el nombre de Punch.

Ayer me lo trajeron a la oficina; chillaba espantosamente y se retorcía ferozmente entre los brazos de la señorita Snaith que lo dejó caer en un sillón que había detrás mío, para que se tranquilizara. Parece que había derribado de un puñetazo a una niñita pequeña, después de quitarle su muñeca.

Yo seguía escribiendo sin darme vuelta. De súbito salté del asiento movida por un estruendo horrible. De un puntapié había empujado el enorme jarrón verde que hay sobre la repisa de la ventana, que cayó al suelo hecho añicos. Salté de mi asiento con tal ímpetu que derribé el tintero, y cuando Punch vio esta segunda catástrofe, dejó de aullar con furia y echando la cabeza hacia atrás comenzó a bramar, de risa. El chico es” diabólico.

He resuelto probar un nuevo método disciplinario, que no creo haya experimentado él en toda su pequeña existencia des­amparada. Quiero ver lo que pueden hacer el cariño y el elogio con este chico. Por eso, en lugar de increparle por haber destro­zado la enorme jardinera, simulé que se trataba de un accidente. Le di un beso y le sequé las lágrimas, diciéndole que no se afligie­ra por la maceta, porque a mí tampoco me importaba que se hubiese roto. Fue tal su sorpresa que enmudeció de golpe; rete­niendo el aliento me miraba fijamente, mientras secaba la tinta que se había derramado por el piso.

Este muchachito es nuestro mayor problema en la actualidad. El necesita el cuidado individual, amoroso y paciente que dan una buena madre y un buen padre; también necesita algunos hermanos y hermanas y una abuela. Pero no será posible entre­garlo a una familia respetable hasta que haya transformado su vocabulario y te haya curado de la propensión que tiene a romper todo lo que encuentra.

Lo he separado de los otros niños, reteniéndole en mi habita­ción toda la mañana, después que Jane hubo trasladado todos los objetos de arte destruibles a lugares seguros. Afortunadamente le encanta dibujar y se estuvo sentado sobre la alfombra durante más de dos horas ocupado con una caja de lápices de color. Tan sorprendido quedó cuando mostré interés en un barquito que atravesaba un río con una bandera amarilla flameando en el mástil, que se puso sumamente afable y locuaz de un modo terriblemente profano. Hasta ese momento no le había podido extraer ni una sola palabra.

 

Nuestro pequeño Punch va de visita

 

Por la tarde vino el doctor MacRae- y él también expresó admiración por el hermoso barquito, mientras que Punch se henchía de orgullo con la conciencia de su poder creativo. Des­pués, más tarde, el doctor lo llevó en su coche para visitar a un enfermo que vivía en una hermosa residencia de campo; esto como recompensa por haber sido un muchachito tan bueno.

Punch fue devuelto al redil a eso de las cinco de la tarde, por un doctor algo más sabio y más entristecido.

En la sobria y tranquila finca campestre, Punch procedió ante todo a apedrear a las gallinas, después destrozó un marco de oro y por último se entretuvo bamboleando de la cola al hermoso gato angora que es el mimado de la casa. Luego, cuando la dulce anciana trató de inducirlo a ser cariñoso con el pobre minino, Punch la invitó a ir al infierno. Ahí terminó su entrada en la buena sociedad.

No me atrevo a pensar nunca en los horrores que han visto y experimentado algunos de estos niños. Será .necesario años y años de amor, felicidad y sol para extirpar los horrendos recuer­dos que han almacenado en un remoto rinconcito de sus pe­queños cerebros. ¡Y hay tantos niños y somos tan pocas nosotras para darles cariño! No alcanzan nuestros brazos y regazos para todos ellos.

Alais parlons d’autres chases! Todas esas preguntas sobre he­rencias patológicas y medio ambiente inadecuado que el doctor se pasa la vida rumiando y cavilando constantemente, me están atacando a mí también, y es hábito malo. Para que una persona pueda ser de alguna utilidad en un lugar como éste, no debe ver más que lo bueno que hay en el mundo. El optimismo es la mejor armadura para una auxiliadora social.

Es la hora de medianoche

por el reloj del castillo…

¿A que no recuerdas de dónde es esta bella estrofa poética?

Es de “Cristabel”, del curso de literatura inglesa. ¿Te acuerdas, Judy? ¡Dios me perdone, pero qué antipatía le tenía yo a ese curso! Tú, en cambio, lo absorbías todo como un tiburón, tanto te gustaba; te digo la pura verdad: ni una palabra entendí de todo lo que nos enseñaron desde el día que pisé la clase, hasta el día que la dejé. En fin, sea como fuere, la observación con que inicio este párrafo es verdad: Es la hora de medianoche por el reloj del tablero de la chimenea, de modo que voy a desearte bellos sueños.

Addio! <strong><!–more–><!–nextpage–></strong>

Sallie.

Martes.

Estimado enemigo:

Después de auscultar y prescribir a toda la casa, pasó usted de largo por la puerta de mi biblioteca con el porte majestuoso y la nariz en alto, sin dignarse echar un vistazo sobre mi persona que estaba ahí esperando con el té en la mesa y un plato de buñuelos escoceses aguardando en el horno, encargados expre­samente para usted como una ofrenda propiciatoria.

Si de verdad se siente apenado le prometo que voy a leer el libro de los Kallikak; pero debo prevenirle que me está matando de trabajo. Toda la energía que poseo la necesito para llevar a cabo mis tareas de directora de este asilo con la absoluta efi­cacia con que lo realizo, y confieso que este curso de extensión universitaria que usted está dictando ya me tiene agobiada. ¿Recuerda cómo se indignó porque le dije la semana pasada que no me había acostado hasta las dos de la mañana? Bueno, mi querido señor, si yo tuviera que leerme todos los libros que a usted se le ocurren, tendría que irme a dormir todos los días al amanecer.

Pero, vaya y pase, tráigamelo. Por lo general dispongo de una media hora de recreación después de comer, y si bien es verdad que hubiera preferido echar una ojeada sobre la última novela de H. G. Wells, trataré de distraerme en cambio con esa familia suya de retardados mentales.

La vida se ha hecho difícil en los últimos tiempos.

Muy agradecida,

S. McB.

Hogar John Grier.

Abril 17.

Mi estimado Gordon:

Muchas gracias por los tulipanes, como también por los lirios del valle. Quedan preciosos dentro de mis floreros celestes de Persia.

¿Ha oído hablar alguna vez de la familia de los Kallikak? Busque el libro y entérese de ellos sin demora. Es una familia dividida en dos. ramas, de Nueva Jersey, creo, aunque su verda­dero nombre y origen se ocultan arteramente. Pero de cualquier modo – y esto es la pura verdad – hace seis generaciones un joven caballero, llamémosle por conveniencia “Martin Kallikak”, se emborrachó cierta noche y se fugó temporalmente con um moza de taberna, retardada mentalmente, fundando así una larga prosapia de Kallikakes retardados, a saber: borrachos, tahúres, estafadores, ladrones de caballos: un verdadero flagelo para los habitantes de Nueva Jersey y estados circundantes.

Transcurrido algún tiempo este Martin Kaílikak se enderezó y se reformó; se casó con una mujer normal y fundó una segun­da estirpe de Kallikakes formales y correctos, como ser: jueces, médicos, granjeros, profesores, políticos: una honra para su patria. Pues ahí están todavía las dos ramas de los Kallikak, prosperando y floreciendo una al lado de la otra. Usted ve qué bendición hubiera sido para la ciudad de Nueva Jersey si algo malo le hubiera sucedido a esa cantinera retardada en la época de su infancia.

Por lo que se desprende, parece que la idiotez es una cualidad sumamente hereditaria, y la ciencia se ve impotente para domi­narla. Todavía no se ha descubierto una operación para introdu­cir sesos dentro de la cabeza de un chico que salió sin ellos; y ese chico crece con un cerebro, digamos, de nueve años, dentro de un cuerpo de treinta, y se transforma en fácil presa para cualquier criminal que encuentra a su paso. Nuestras cárceles están repletas en un cincuenta por ciento de reos y presidiarios retardados. La sociedad tendría que segregarlos en granjas retar­dadas donde pudieran ganarse la vida en tranquilas ocupaciones manuales y no tener hijos. En esa forma dentro de una genera­ción más o menos podremos extirparlos por completo.

¿Sabía todo eso? Son datos sumamente indispensables para la carrera de un político. Busque el libro y entérese bien, porfavor; le prestaría el ejemplar  que tengo,  pero no  es mío.

También a mí me hace mucha falta tener todos esos conoci­mientos. Entre mis chicos, hay unos que me infunden sospecha, pero estoy segura de Loretta Higgins. Hace meses que trato de introducir en el cerebro de esa chica una o dos ideas básicas, y ahora me doy cuenta de lo que pasa: su cabeza está repleta de una especie de sustancia blanducha caseosa en lugar de sesos.

Vine aquí para reformar este asilo en lo que se refiere a pe­queños detalles como ventilación, alimentación, ropa, sol, recreo, etcétera, pero ¡válgame Dios! Ya ve usted los problemas que se me presentan. Ante todo tengo que reconstruir a la sociedad para que no me mande chicos subnormales a quienes moldear.

Dispense toda esta charla agitada, pero acabo de trabar cono­cimiento con la cuestión de los retardados mentales, y es aterra­dor. .. e interesante. Usted tiene el deber, como legislador, de crear leyes que los exterminen de sobre la faz de la tierra. Sír­vase prestar atención a esto inmediatamente.

Agradecida de antemano,

S. McBride,

Directora del Hogar John Grier.

 

 

Viernes.

Mi estimado hombre de ciencia:

Hoy no vino usted. Tenga la bondad de no saltearnos maña­na. Terminé la “Familia de Kallikak” y estoy por estallar de lo mucho que tengo que decir. ¿No cree que convendría lla­mar a un psicólogo para examinar a estos chicos? Nuestro deber para con los padres adoptivos exige que no les echemos a cuestas una prole retardada. ¿Sabe usted? Casi me dan ganas de pedirle que prescriba arsénico para el resfrío de Loretta.

Ya he diagnosticado su caso: se trata de una Kallikak, sin lugar a dudas. ¿Es justo permitirle que crezca y funde una larga estirpe de unos trescientos setenta y ocho hombres y mujeres idiotas, que serán una carga para la sociedad?

¡Ay, mi Dios! No me gustaría envenenar a esa chicuela, pero ¿qué vamos a hacer?

S. McB.

 

 

Mi estimado Gordon:

¿A usted no le interesan los idiotas congénitos y se escan­daliza porque a mí sí me interesan? Bueno, le confieso que, por mi parte, estoy igualmente horrorizada porque a usted no le interesan. Si no le interesan las múltiples calamidades que desgraciadamente abundan sobre la tierra, ¿cómo puede crear leyes sabias?  ¡No puede usted hacerlo!

.En fin, de acuerdo con su petición hablaré de un asunto menos morboso. Acabo de comprar cincuenta metros de cinta de seda para el cabello en los colores celeste, rosa, verde y también en blanco, como regalo de Pascua para mis cincuenta hijitas. Tengo proyectado enviarle a usted también un regalo de Pascua. ¿Qué le parece un lindo gatito peludo? Puedo ofre­cerle cualquiera de estos tipos:

 

 

El número tres viene en diversos tonos, a saber: gris, negro o amarillo. Si me informa cual es el que prefiere, lo enviaré inmediata­mente por expreso.

Le escribiría una carta decente, pero es la hora del té, y observo que se aproxima una visita.

Addio!

Sallie.

 

P.D.- ¿No conoce a alguien que quisiera adoptar un es­pléndido varoncito con diecisiete dientes nuevos preciosos?

 

 

Abril 20.

Mi querida Judy:

Me complazco en llevar a tu conocimiento que hemos reci­bido un espléndido regalo de Viernes San-to, donado por la señora de Peyster-Lambert, una austera dama de la iglesia or­todoxa (en la secta episco-pal) con el alma cubierta de un vidrio color de rosa, a quien conocí en un té hace algunos días. Este regalo consta de diez docenas de panes dulces. ¿Quién me va a venir a decir ahora que el concurrir a los tés es una pérdida de tiempo lastimosa? Lo primero que hizo nuestra benefactora fue someterme a un largo inte-rrogatorio acerca de mis amados “cachorritos extraviados” y me aseguró que yo estaba realizando una san-ta obra y que, sin duda alguna, sería recompensada algún día. Vislumbré muchos panes dulces en su mira-da y me acomodé, armada de paciencia, para hacerle un relato concienzudo que duró cerca de una hora. Ahora pienso ir a darle las gracias personalmente, y le contaré con un gran despliegue de sentimentalismo, lo mucho que agradecie­ron el pan dulce mis “preciosos cachorritos”. Omitiré, sin duda, el relato de cómo mi precioso cachorrito Punch le tiró su enorme tajada de pan dulce a la cara de la señorita Snaith con tan excelente puntería que le dejó una perfecta emplastadura en un ojo. Me parece que, con un pequeño aliciente, la señora de Peyster-Lambert puede convertirse en una donante bien dispuesta y complaciente.

¡Dios mío! ¡Me estoy transformando en la más escandalosa de las pordioseras! Mi familia no se atreve a visitarme porque exijo subsidios de un modo tan desfachatado. Ya le amenacé a papá con excluirlo del círculo de mis amistades, a menos que me envíe inmediatamente sesenta y cinco mamelucos para mis futuros jardineros.

Esta mañana me avisaron de la oficina de carga que mande a retirar dos cajones que les fueron con­signados por la casa J. L. McBride de Worcester; por lo que deduzco que papá desea continuar en el círcu-lo de mis amis­tades. El que aun no nos ha mandado nada es mi hermano Jimmy, y eso que gana un sueldo estupendo. De tanto en tanto le mando cartas conmovedoras, que hablan de nuestros requerimientos.

Pero el que ha encontrado el camino hacia el corazón de una madre es Gordon Hallock. Estuve tan amable por el regalo de los maníes y la colección de animales que nos mandó, que ahora nos remite un obsequio cada dos o tres días, y yo me paso el tiempo tratando de redactarle cartas de agradecimiento que no sean facsímiles de las que he mandado antes. La semana pasada recibimos una docena de enormes pelotas coloradas. El jardín de infantes está atestado de ellas; uno las va apartan­do con el pie para poder pasar. Ayer llegaron unas cuantas toneladas de ranas, patos y peces destinados a nadar dentro de las bañeras.

¡Os ruego por tanto, oh, diosa entre los síndicos, me man­déis también las bañeras para poder flotarlos!

Me repito, como siempre, con amor,

S. McBride.

 

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Martes.

Mi querida Judy:

Paréceme que la primavera debe andar acechando por algún lado; llegan los pájaros del sur. ¿No es hora ya de que ustedes sigan su ejemplo?

Nota social de la revista “Ave de Paso”:

“El señor Petirrojo Primero y su esposa acaban de regresar de su viaje de recreo a Florida.

Es de esperar que el señor y la señora Jervis Pendieron no tardarán en llegar también”.

Hasta aquí arriba, en nuestro clima tardío de Dutchess County, la brisa tiene un delicioso olor a césped húmedo; a una le entran ganas de salir y vagar por los montes, o de echarse de rodillas y cavar la tierra con las manos desnudas.

 

 

 

¿Por qué será que el brotar de la primavera despierta esos instintos agrícolas hasta en las almas más urbanas?

Me he pasado la mañana haciendo proyectos para crear pe­queños jardines privados para cada niño mayor de nueve años. El que está predestinado para servir mis propósitos, es el in­menso campo sembrado de patatas. Ese es el único lugar facti­ble para hacer sesenta y dos jardines particulares.

Está bastante cerca como para poder vigilarlo desde las ventanas del norte, y sin embargo, suficientemente alejado para que el lodo y las faenas agrícolas no dañen nuestro hermoso paisaje del prado. Además, esa tierra es muy fértil y tendrán grandes posibilidades de éxito. Me apenaría que los pobres pollitos se pasaran todo el verano escarbando la tierra y no lo­grasen descubrir ningún tesoro al final. Para dar mayor ali­ciente a la iniciativa, anunciaré que el establecimiento va a comprar todo cuanto ellos produzcan en sus jardines, pagán­doles con dinero auténtico; aunque preveo que nos veremos sepultados bajo una montaña de rabanitos.

Quiero desarrollar en estos niños el espíritu de iniciativa y la confianza en sí mismos, dos vigorosas cualidades que les hace muchísima falta (excepción hecha de Sadie Kate y unos cuantos otros malos). Tengo fe en aquellos que poseen bas­tante fortaleza de espíritu como para portarse mal; los que me desconozcan son los que se portan bien sólo por inercia, indife­rencia.

Los últimos días los he tenido que dedicar principalmente a la tarea de exorcizar al demonio que hay dentro de Punch, lo que sería una ocupación interesante si pudiese dedicarle todo mi tiempo; pero mi atención se ve penosamente distraída con los otros ciento siete diablitos que es necesario conjurar.

Lo calamitoso de esta existencia es que sea lo que fuere lo que estoy haciendo, las otras cosas que no estoy haciendo, pero que debería hacer, no me dejan tranquila. No cabe duda sobre eso; el diablo personal que anida en nuestro Punch requiere la atención completa de una sola persona -preferiblemente dos personas- para que pudieran turnarse mutuamente con el fin de tomar algún reposo.

Acaba de entrar volando Sadie Kate para decirme que uno de los pequeñuelos se ha tragado la carpa pequeña de color rojo dorado que nos mandó Gordon de regalo. ¡Misericordia; cuántas calamidades ocurren en un asilo de huérfanos!

 

9 p. m.

 

Mis chicos están en la cama, y se me ocurre una idea. ¡Qué bendición sería que prevaleciere el sistema de invernar entre las criaturitas humanas! Valdría la pena dirigir un orfanato si se pudiera sencillamente meter en la cama y arropar a los pequeños tesoritos el día 1° de octubre y dejarlos ahí hasta el 22 de abril.

Te besa, como siempre,

Sallie.

Abril 24.

Estimado señor don Jervis Pendleton:

La presente carta sirve como suplemento del telegrama noc­turno que le remití hace diez minutos. Como no alcanzan cin­cuenta palabras para dar una idea de mis emociones, aquí le agrego otras mil.

Como estará enterado cuando reciba la presente, he despe­dido a nuestro labrador, y se ha negado a ser despedido. Como es el doble de mi tamaño, no puedo cargarlo a viva fuerza, arrastrarlo hasta el portón y dejarlo caer sobre el pavimento. Dice que quiere una notificación oficial del presidente dela Junta Directiva, redactada en términos inequívocos sobre papel oficial y escrito a máquina. Pues bien, mi estimado señor pre­sidente dela Junta Directiva, sírvase tener a bien suministrar todo eso a su breve conveniencia.

A continuación le someto la historia del caso.

En vista de que cuando yo llegué aquí estábamos aún en el invierno y las actividades agrícolas semi-paralizadas, hasta ahora he prestado escasa atención a Robert Sterry, salvo para observar que a sus pocilgas les hacía falta una buena limpieza; pero hoy lo mandé llamar para consultarle sobre la siembra de primavera.

Sterry llegó, en atención a mi llamado, y se dejó caer indo­lentemente en un sillón de mi oficina, sin sacarse el sombrero.

Le sugerí, con la mayor delicadeza, que sería conveniente que se quitara el sombrero, ya que habíamos implantado, como primera regla de urbanidad masculina, la costumbre de sacarse el sombrero dentro de la casa, y como los niños huerfanitos entraban y salían continuamente, sería un mal ejemplo para ellos. Sterry accedió, malhumorado, a lo que le pedía; y adoptó una actitud rígida y se puso a la defensiva, esperando mis ob­servaciones.

 

 

Le dije que le había mandado llamar porque había resuelto modificar la dieta del Establecimiento John Grier, a saber, que sería necesario plantar otras legumbres y hortalizas, aparte de las papas, alimento éste que había constituido casi un 90 % de la dieta del Hogar.

En respuesta, nuestro señor labrador emitió un vigoroso gru­ñido, a la manera del honorable Cyrus Wykoff, pero fue un gruñido menos etéreo y caballeresco que el que se permite un síndico.

Como substitutos excelentes le enumeré el maíz, las habas, las cebollas, las arvejas, los tomates, la remolacha, las zanahorias y los nabos.

Sterry hizo la observación de que, si las papas y los repollos eran bastante buenos para él, se imaginaba que tendrían que ser suficientemente buenos para chicos que vivían de la caridad pública.

Con toda impasibilidad continué diciendo que el extenso campo de dos acres donde se sembraba la papa tendría que ser arado y fertilizado en seguida, después de lo cual sería di­vidido en sesenta jardines individuales, y que los muchachos le ayudarían en la tarea.

Al llegar a ese punto, Sterry explotó: ¡Que el campo de dos acres era el terreno más valioso y más fértil de todo el Establecimiento! ¡Que él barruntaba que si yo deshacía ese terreno para hacer patios de recreo para que los chicos tu­vieran donde revolcarse, quela Junta Directivame iba a llamar al orden con maldita prontitud, caramba! ¡Que ese campo fue adjudicado para plantar patatas; que siempre había producido patatas, y que seguiría produciéndolas mientras él tuviera algo que decir al respecto;  ¡caramba!

-Pero es que usted nada tiene que decir al respecto -le repliqué amablemente-. He resuelto que el campo de dos acres es el lote más indicado para hacer jardines para los niños, y tanto usted como las papas tendrán que ceder.

En eso saltó de su asiento con el rostro encendido por una ira bucólica, y me dijo que maldito sería él si iba a permitir que vengan esas malditas mocosas de la ciudad a entrometerse en su trabajo, ¡caramba!

Le expliqué -con mucha calma, tratándose de una persona pelirroja con ascendencia irlandesa- que este asilo era desti­nado para el beneficio exclusivo de estos niños; que los niños no estaban aquí para ser explotados en beneficio del establecimiento. No pareció captar el sentido de esta idea, aunque mi vocabulario universitario tuvo el efecto  de apagar un poco su cólera.

Añadí que lo que necesitaba era un labrador que tuviese la habilidad y la paciencia para instruir a los muchachos en las sencillas tareas de la horticultura y otros menesteres al aire libre; me deseaba que fuese un hombre que tuviese cariño a la tierra y cuya vocación sirviera de inspiración y ejemplo a estos niños de los arrabales de las grandes ciudades. Sterry, que se había levantado de su asiento y medía la ha­bitación a pasos gigantescos, parecía una fiera enjaulada. Em­pezó a lanzar una embrollada diatriba sobre las estúpidas ense­ñanzas de las escuelas dominicales, y, mediante una transición que no venía al caso y que me fue imposible captar, procedió a pasar revista al tópico general del sufragio femenino. De ello pude colegir que él no apoya este movimiento.

Dejé que siguiera disputando consigo mismo hasta que se hubiese cansado, y entonces le entregué un cheque para cubrir su salario hasta la fecha y le dije que tuviera a bien evacuar la casita del arrendatario para el miércoles próximo, a las doce horas.

Sterry dice que maldito será él si lo hace, ¡caramba! (Per­done usted tantos “malditos” y tantos “carambas”, pero son los únicos vocablos que posee el tipo). Dice, que fue contra­tado para trabajar en este Instituto por el presidente dela Junta Directiva, y que no piensa moverse de esta casa hasta que el presidente dela Junta Directivase lo ordene. Me parece que el pobre Sterry no se da cuenta que desde su llegada ha subido un nuevo presidente al trono.

Álors: ahí está toda la historia. No deseo formular amena­zas, pero es la alternativa: o Sterry o McBride; elija usted, mi estimado señor. Estoy a punto de escribir al director dela Escuela de Agricultura de Massachusetts, en Amherst, para pedirle que me recomiende un buen labrador, práctico y honesto, y que tenga también una mujer simpática, competente, trabajadora y de buen carácter; él se encargaría exclusivamente de manejar nues­tro modesto dominio de diecisiete acres, y sería la persona indi­cada para manejar a nuestros muchachos. <strong><!–more–><!–nextpage–></strong>

Si conseguimos poner en marcha la faz agrícola de este establecimiento, podrá proveernos, no solamente de habas y cebollas para la mesa, sino también de útiles enseñanzas para nuestras manos y cerebros. Soy de usted, su más atenta S. S.

S. McBride

Directora del Hogar John Grier.

P.D.- Me parece que Sterry probablemente volverá, alguna noche, para tirarnos piedras contra las ventanas. ¿Las hago asegurar?

 

 

Mi estimado enemigo:

Usted desapareció tan velozmente esta tarde, que no tuve la oportunidad de darle las gracias, pero el eco de ese despido llegó hasta mi biblioteca. Además, he contemplado los escom­bros. Por amor de Dios, ¿qué es lo que hizo el pobre Sterry?

Mirando su aire inflexible y ceñudo y los pasos resueltos con que cruzó a grandes trancos el jardín para llegar a la casa de Sterry, me sentí inundada de una súbita piedad. Yo no que­ría que me lo asesinaran al pobre hombre; sólo quería que se le convenciera de que debía irse. Temo que usted fue un tanto severo. Como quiera que sea, su técnica parece haber sido muy eficaz. Corre la voz de que ya ha telefoneado por el carro de la mudanza, y que la señora Sterry está de rodillas en este mismo momento, descosiendo las alfombras de la sala.

Por ese alivio, muchas gracias.

Sallie McBride.

Abril 26

Mi estimadoJervis:

Su vigoroso telegrama no fue necesario, después de todo.

El doctor Robin MacRae que es un hombre de pelo en pecho cuando se trata de pelear, realizó el trabajo a la perfección.

Era tal la cólera que hervía en mi pecho que en seguida de escribirle a usted, llamé telefónicamen-te al doctor, y le relaté todo el asunto, del principio al fin. Ahora bien, nuestro Sandy, Sean cuales fueren sus defectos (y los tiene), lo que sí posee en grado sumo es una buena provisión de sentido común.

El se ha dado perfecta cuenta de lo útiles que serán esos jardines, y ha comprendido también que Sterry era más que inútil. Dice además, que no es prudente nunca socavar la auto­ridad de la directora del establecimiento. (Entre paréntesis, eso es magnífico, viniendo de él).

Pero, sea cómo sea, ésas fueron sus textuales palabras. Y colgó el receptor, y casi rompió el cigüeñal para hacer arrancar el motor y se vino volando hasta aquí a una velocidad fantástica. Se dirigió derechito hasta donde estaba Sterry y, movido por una sana ira escocesa, despidió al pobre hombre con tanto vigor y precisión que la ventana de la cabaña saltó hecha añicos.

Desde las once de la mañana, cuando el carro con los mue­bles de Sterry salió retumbando de los portones, ha descen­dido sobre el Hogar John Grier una dulce paz. Hemos llama­do a un hombre de la aldea para que nos ayude mientras aguar­damos la llegada del labrador de nuestros sueños.

Siento mucho haberlo molestado con nuestras tribulaciones. Dígale a Judy que me debe una carta y que hasta que no la pague, ni una palabra más oirá de mí.

S. S. Servidora,

S. McBride.

 

 

Mi querida Judy:

En la carta que le mandé ayer a Jervis “se olvidé” (como dice Punch) de transmitir a ustedes nuestro agradecimiento porlas tres bañeras de estaño. Esa bañera celeste pálido con las amapolas pintadas a ambos lados, presta una nota alegre y festiva al ambiente del jardín de infantes. ¡Cómo me gustan los regalos que son demasiado grandes para ser tragados!

Te agradará saber que nuestra enseñanza de trabajos ma­nuales está bien encaminada ya. Los banquitos de carpintero se están instalando en la antigua clase primaria, y hasta tanto sea ensanchada nuestra escuela, la clase primaria se reúne en la galería del frente, de conformidad con la acertada idea de la señorita Matthews.

También se han iniciado ya las clases de corte y confección para las niñas. Un círculo de banqui-llos colocados debajo del inmenso árbol que hay en el jardín acomodan a las costureras manuales, mien-tras que las niñas mayores se turnan en las má­quinas de coser. Tan pronto como las muchachas adquieran suficiente práctica en la confección de vestidos, comenzaremos la gloriosa tarea de vestir de nuevo a la institución. Ya sé que tú creerás que soy lerda, pero es una verdadera hazaña confec­cionar ciento ochenta vestidos nuevos. Las chicas los valora­rán mucho más si ellas mismas los han confeccionado.

Cúmpleme informar también, que nuestro sistema de higiene ha llegado a un alto nivel. El doctor MacRae ha introducido la práctica de los ejercicios de mañana y de tarde; también sz les da a los niños un vaso de leche y una hora de recreo entre medio del horario de clase. También ha creado una clase de fisiología y ha dividido a los niños en pequeños grupos, pan que puedan ir a su casa, donde tiene un maniquí que se abre todo y deja ver todo lo que tiene dentro. ¡Hay que oírles parlotear sobre verdades científicas relacionadas con sus pe­queñas digestiones, con la misma fluidez con que repiten las rimas infantiles. ¡Hay que ver! Nos estamos poniendo tan inte­ligentes que es casi difícil reconocernos. Nunca adivinarías que somos huérfanos, de oírnos hablar. ¡Somos idénticos casi a niños de Boston.

 

2 p.m.

¡Ay, Judy, qué calamidad! ¿Recuerdas, hace, varias semanas te conté que había colocado a una buena y simpática muchachita en casa de una excelente familia donde yo esperaba que, con el tiempo, se-ría adoptada legalmente? Se trataba de una bon­dadosa familia cristiana que vivía en una hermosa villa cam­pestre. El padre adoptivo era el diácono de una iglesia. Hattie era un alma tan dulce, obediente, con fuertes impulsos de dueña de casa, y hubiérase creído a todas luces que Hattie era la hijita ideal para esos padres.

¡Pues, imagínate, Judy querida, esta mañana nos la devol­vieron por ladrona! ¡Escándalo sobre escándalo; había robado un cáliz de la iglesia! ,

Entre los sollozos de Hattie y los gritos acusadores de ellos, me tomó media hora llegar a poner el asunto en limpio. Parece que la iglesia que frecuentan es de lo más moderna e higiénica, igual que nuestro doctor, y ha introducido la práctica del uso de cálices individuales. La pobre Hattie nunca había oído ha­blar de comunión en toda su vida; lo que es más, sabía muy poco de iglesias, habiendo satisfecho sus sencillos impulsos re­ligiosos con la asistencia a la escuela dominical. En su nuevo hogar concurría a ambos, y cierto día, cuál no sería su grata sorpresa, fueron servidos refrescos en pequeñas y hermosas ta­citas de plata. Pero a ella no le dieron nada; parece que la ol­vidaron. Hattie no dijo nada, porque ya está acostumbrada a eso, pero cuando se disponían a abandonar la iglesia, vio que la tacita de plata había quedado abandonada casualmente en uno de los bancos, y suponiendo que era un juguete que se podía tomar si uno lo quería, lo levantó y lo guardó en su bolsillo.

Se la encontraron dos días más tarde, pues la había guar­dado entre los más preciados, tesoros de su casa de muñecas. Resulta que, hace mucho tiempo, Hattie vio en un escaparate de juguetes un precioso juego de vajilla de mesa para muñecas, y desde aquel entonces el sueño de su vida fue poseer una vajilla como ésa. La pequeña tacita de plata, aunque no era igual que ésa, por lo menos era una pequeña parte de la vajilla.

Ahora bien, si esa familia nuestra hubiese tenido un poco menos de religión y un poco más de sentido común, hubieran devuelto el cáliz perfectamente incólume, y a Hattie la hubie­ran llevado hasta la juguetería más próxima y le hubieran com­prado una pequeña vajilla de mesa. En lugar de eso, enfarde­laron a la pobre criatura junto con sus bártulos, la metieron en el primer tren que salía, y nos la depositaron en la puerta de casa, pregonando a voz en cuello que Hattie era una ladrona.

Tengo la satisfacción de decirte que les di a ese indignado diácon/emo y a su mujer una buena reprensión, como nunca ha­brán oído desde el pulpito, estoy segura; tomé prestado algu­nos trozos vigorosos del vocabulario de Sandy, y los mandé a casa bastante humillados. En cuanto a la pobrecita Hattie, aquí está de nuevo, después de haberse marchado con tan altas esperanzas. A una criatura le produce un gran daño moral el que la devuelvan al asilo con ignominia, sobre todo si no tenía la más mínima concepción de que había cometido un delito. Esto le da una amarga sensación de que el mundo está lleno de emboscadas misteriosas, y la inhibe de dar un paso.

Debo empeñar toda mi energía para encontrarle otra pareja de padres adoptivos, y procuraré que no sean tan viejos, tan arraigados y tan puritanos como para haber olvidado com­pletamente su propia infancia.

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Domingo.

 

Me olvidé de decirte que ya llegó nuestro nuevo labrador. Se llama Turnfelt; y su mujer es un amor, con pelo amarillo y hoyuelos. Si fuera una huérfana, me sería fácil colocarla en un momento. No podemos desperdiciarla. Tengo un plan estupendo. Voy a construir un pequeño anexo a la casita del labrador para servir como una especie de refugio para cobijar a nuestros nuevos pichoncitos cuando llegan, con el fin de ase­gurarnos que no tienen ningún mal contagioso, y para eliminar cualquier hábito o lenguaje profano, antes de soltarlos entre nuestros otros pichones perfectos. La mujer del labrador sería ideal para encargarse de ese nidito.

¿Te parece bien? Es muy necesario en un establecimiento tan lleno de ruido y movimiento como éste, tener algún rin­cón aislado para ubicar a los niños que necesitan atención indi­vidual. Algunos de nuestros niños tienen desarreglos nerviosos heredados, y se recomienda un período de reposo mental. ¿Qué te parece mi vocabulario profesional y científico? Es conse­cuencia del roce diario con el doctor Robin MacRae, que resul­ta sumamente instructivo.

 

 

Desde que llegó Furnfelt, hay que ver a nuestros cerdos. Son tan limpitos, rosados y antinaturales, que ya no se recono­cen más entre sí al pasar.

También está irreconocible nuestro campo de patatas. Ha sido dividido con cuerdas y clavijas para formar una especie de tablero de damas y cada niño ha reclamado su lote.

Todo nuestro material de lectura lo constituyen los catálo­gos de semillas.

Noah acaba de regresar de un viaje al pueblo donde fue a buscar los diarios del domingo, para distraer su ocio. Noah es una persona muy cultivada; no sólo lee perfectamente, sino que hasta usa anteojos de carey mientras lo hace.

También trajo del correo una carta tuya, escrita el viernes por la noche.

Me apena tomar conocimiento que a ti no te gusta la obra “Gósta Berling” y que a Jervis tampoco.

La única observación que me permito hacer es ésta: “¡Qué falta de buen gusto literario más atroz padece la familia de Pendleton!”

El doctor MacRae tiene otro médico que ha venido a visi­tarle, un caballero sumamente melancólico que es director de un instituto psicopatológico particular, y que no cree que haya nada de bueno en la vida. Pero me imagino que es muy natu­ral tener tal pesimismo si se come tres veces por día con uní mesa llena de melancólicos. Va recorriendo el mundo en busca de señales de degeneración, y por cierto que las encuentra por doquier. Yo esperaba, después de media hora de conversa­ción, que me pidiera permiso para inspeccionar mi garganta para ver si tenía el paladar hendido. El gusto de Sandy para elegir sus amigos corre parejo con su gusto literario.

¡Santo cielo!  ¡Qué criticona estoy! Adiós.

SaLLie.

 

 

Jueves,

Mayo 2.

Mi querida Judy:

¡Qué aturdimiento! ¡Qué remolino de acontecimientos sen­sacionales! El asilo John Grier ha perdido el aliento.

Incidentalmente, estoy en vísperas de resolver mi problema sobre lo que se podría hacer con los chicos mientras están trabajando aquí los albañiles, carpinteros y plomeros, o más bien dicho, lo resolvió mi adorado hermanito.

Hallándome esta tarde inspeccionando mi provisión de ropa blanca, hice el terrible descubrimiento de que tenemos solamente las sábanas suficientes para cambiar las camas de los niños cada quince días, que, según parece, ha sido nuestro negligente hábito hasta la fecha.

Mientras me encontraba aun ensimismada en mi engranaje doméstico, con un manojo de llaves en el cinto, parecía una de esas antiguas castellanas de algún castillo medieval, ¿a quién me vienen a anunciar? Pues a Jimmy en persona.

Como estaba sumamente atareada, planté un beso oblicuo sobre su nariz, y lo despaché en compañía de mis dos mayores pilludos para hacer una ronda de inspección por el estable­cimiento.

A los quince minutos se reunieron otros seis amigos y orga­nizaron un partido de base-ball. Jimmy volvió jadeante pero entusiasmado, y consintió en prolongar su visita durante todo el fin de semana, aunque después dé la comida que le di resolvió comer en el hotel en lo sucesivo. Mientras tomábamos el café junto a la lumbre, le confesé mi ansiedad acerca del problema de ubicar a mis polluelos mientras se construye su nuevo nido. Tú ya conoces a Jimmy. En medio minuto había formulado su plan, y esto es lo que me dijo:

“Puedes construir un campamento tipo Adirondack sobre esa pequeña meseta que hay allá cerca del lote de leña. Puedes hacer tres chozas abiertas, con ocho literas cada una, y trasla­dar a los veinticuatro muchachos mayores para que les sirva de alojamiento transitorio durante el verano. No te costará ni dos centavos.”

-Sí – le objeté -, pero costará mucho más de dos centavos contratar a un hombre para cuidarlos.

-Nada más sencillo – dijo Jimmy con grandilocuencia-. Te buscaré ün compañero de colegio que tendrá mucho gusto en venir aquí durante las vacaciones, sólo por la habitación y la comida y una insignificante pitanza; pero, lo que sí, tendrás que proveer vituallas algo más sustanciosas que las que me diste a mí esta noche.

A eso de las 9 p. m. cayó el doctor MacRae, después de visitar la sala del hospital. Parece que tenemos tres casos de tos ferina, todos aislados, y ninguno más por venir. Es un verdadero misterio la forma en que aparecieron esos tres casos. Debe haber un pajarito que se encarga de traer la tos ferina a los asilos de huérfanos.

Jimmy se abalanzó sobre el doctor para pedir su apoyo en el proyecto de las tiendas de campaña, y éste se lo dio con gran entusiasmo. Ambos se apoderaron de papel y lápiz y trazaron los planos sin perder instante, y antes de que transcurriera la noche el último clavo quedó remachado. Nadie pudo impedir que estos dos hombres se apoderaran del teléfono a las once de la noche para despertar al pobre carpintero. Han sido en­cargados para las ocho de la mañana el carpintero y un lote de madera aserrada.

Por fin pude zafarme de los dos alrededor de las once y treinta, y seguían hablando de proyecciones verticales, soportes, vigas y viguetas, desagües, y tejados y sesgados.

Todo el entusiasmo de Jimmy y el café y todas estas ope­raciones de construcción, me indujeron a sentarme inmedia­tamente para escribirte una carta; pero me parece, con tu permiso, que será mejor postergar mayores detalles para otra ocasión.

Tu afectuosa

Sallie.

 

 

Mi estimado enemigo:

¿Se dignará usted comer con nosotros esta noche a las siete? Será un verdadero banquete. Habrá helados.

Mi hermano ha encontrado un joven promisorio que se en­cargará de los muchachos en el campamento; quizá lo conozca, Su apellido es Witherspoon, del banco.

Deseo introducirle a los círculos de nuestro asilo de a poquito para que se vaya acostumbrando, así que le agradeceré infini­tamente quiera usted abstenerse de mencionar temas de insania, epilepsia, alcoholismo, o cualesquier otro de sus tópicos pre­dilectos.

El es un alegre joven de sociedad que está habituado a comer cosas raras y muy refinadas. ¿Cree usted que podremos hacerle feliz en el Hogar John Grier?

Su atenta y apresurada segura servidora,

Sallie McBride.

 

Domingo.

Mi querida Judy:

Jimmy regresó a las ocho de la mañana el viernes, y el doctor a las ocho y cuarto. Desde ese momento han estado trabajando ellos dos, el carpintero, el nuevo labrador, Noah con nuestros dos caballos y ocho de nuestros muchachos más grandes.

Nunca jamás se emprendieron operaciones de construcción con mayor celeridad. Quisiera tener una docenas de Jimmies aquí, aunque debo admitir que mi hermano trabaja más veloz­mente si lo agarran antes de que decaiga el primer brote de su entusiasmo. Jimmy no serviría para esculpir una catedral me­dieval.

Volvió el sábado por la mañana radiante de júbilo por un nuevo acontecimiento. La noche anterior se encontró en el hotel con un amigo que pertenece a su club de caza en si Canadá, y que es cajero de nuestro primer (y único) Banco Nacional.

-Es un excelente tipo -dijo Jimmy-, y precisamente el hombre que se requiere para acampar con esos chicos y darles forma decente. Está conforme en venir por el cuarto y la co­mida, más cuarenta dólares por mes; porque está comprometido para casarse con una muchacha en Detroit y quiere ahorrar plata. Le dije que tu comida era una carroña, pero que si armaba bochinche tú cambiarías de cocinera con toda seguridad.

-¿Qué nombre tiene? – dije yo cautelosamente.

-Tiene un nombrecito morrocotudo, fenómeno. Se llama Percy de Forest Witherspoon.

Casi me da un ataque histérico. ¡Imaginaos a un fifí de nombre Percy de Forest Witherspoon a cargo de esos veinticuatro pequeños salvajes!

Pero ya conoces a Jimmy cuando se le mete una idea en la cabeza. Ya me lo ha invitado al señor Witherspoon para comer con nosotros el sábado por la noche, y ya encargó las ostras, pichoncitos, helados, etc., etc., de los proveedores del pueblo, para respaldar, según dice, a mi pastel de ternera.

Al final terminé por dar una comida de etiqueta, con la” invitación de la señorita Matthews, Betsy y el doctor.

Casi invito también al honorable Cy y a la señorita Snaith.

Desde que trabé conocimiento con estos dos, he tenido la sensación de que debiera haber un romance entre ellos. Nunca he conocido dos personas que hicieran juego el uno con el otro tan perfecta-mente como estos dos. El honorable es viudo con cinco hijos. ¿No te parece que podríamos arreglarlo? Si él tuviera mujer que distrajese su atención, eso le desviaría un poco de nosotros. Podría matar dos pájaros de un tiro; me des­hago de los dos. Este asunto será tenido en cuenta entre otras futuras mejoras.

De cualquier modo, celebramos nuestro banquete. Durante el transcurso de la velada mi preocupación y ansiedad seguían en aumento, no por temor de que Percy no serviría para nos­otros, sino por miedo de que nosotros no pudiéramos satis­facer a Percy. Si hubiera realizado una búsqueda por el mundo entero, jamás hubiera encontrado un joven con mayores pro­babilidades de ganarse el afecto de esos muchachos.

Uno se da cuenta con sólo mirarlo que todo cuanto hace lo hace bien; por lo menos, lo hace todo con vigor.

Abrigo algún recelo de sus aptitudes artísticas y literarias, pero monta a caballo, practica el tiro, juega al golf, al fútbol y maneja un bote de vela. Le agrada dormir a la intemperie y le gustan los chicos¿ Dice que siempre tuvo deseos de conocer algunos huérfanos; a menudo había leído sobre ellos en los libros, pero nunca los encontró cara a cara. Percy parece dema­siado bueno para ser verdad.

Antes de despedirse, Jimmy y el doctor desenterraron una vieja linterna, y así como estaban, en traje de etiqueta, condu­jeron al señor Witherspoon a través del campo arado para inspeccionar su futura morada.

¡Y qué domingo el que pasamos! Tuve que prohibirles en absoluto que hicieran trabajos de carpintería. Esos hombres se hubieran entregado a la tarea en cuerpo y alma durante las veinticuatro horas del día, ciegos e indiferentes “al daño moral que infligían a las ciento cuatro criaturitas dándoles el mal ejemplo de trabajar un día domingo. Pero ya que eso les fue impedido, se resignaron con quedarse ahí de pie junto al cam­pamento, mirando ansiosamente las chozas y manipulando sus martillos con impaciencia, pensando en qué lugar clavarían la primera tachuela a la mañana siguiente. Cuanto más estudio a los hombres, más me doy cuenta que no son otra cosa en el mundo que unos chicos que se han agrandado demasiado para poder continuar dándoles sus buenas zurras. <strong><!–more–><!–nextpage–></strong>

Me preocupa en extremo la cuestión de alimentar al señor Witherspoon. Parece como que tuviera un apetito saludable­mente desarrollado, y da la impresión de que no puede engullir su comida a menos que esté en traje de etiqueta.

Ya le encargué a Betsy que mande traer de su casa un baúl repleto de trajes de sarao, para poder mantenernos a la altura de nuestra posición social. En algo tenemos suerte: el señor Witherspoon almuerza en el hotel, y me dicen que los almuer­zos allí son muy abundantes y sustanciosos.

Dile a Jervis que me apena que él no esté aquí con nosotros para clavar su tachuela en pro del campamento. Aquí viene e! honorable Cy transitaba por el sendero. ¡Dios nos ampare!

Tu siempre desdichada,

S. McB.

 

Hogar John Grier.

Mayo 8.

Mi querida Judy:

Nuestro campamento está terminado; nuestro enérgico her­mano ya se ha ido y nuestros veinticua-tro muchachos han dis­frutado ya de dos noches saludables al aire libre.

Las tres chozas cubiertas de cortezas infunden un aire agra­dablemente rústico al jardín. Son idénticas a las que solíamos tener en los Adirondack, cerradas en sus tres lados y abiertas al, frente; y hay una más grande que las otras para servir de pabellón particular al señor Percy Witherspoon. Una barraca adyacente, que está menos expuesta a la intemperie, ofrece facilidades en extremo adecuadas para servir de casilla de baños; tiene instalada una canilla en la pared y hay tres latas que .sirven de regaderas. Cada campamento tiene su jefe dé baños, quien se encarama sobre un taburete y, provisto de la lata-regadera, desparrama el agua sobre los pequeños bañistas que, tiritando, pasan al trote debajo de él. Ya que nuestros síndicos no nos dan suficientes bañeras, tenemos que aguzar el ingenio.

Los tres campamentos están organizados en forma de tres tribus de indios, con sus respectivos jefes, responsables de su buen comportamiento; el señor Witherspoon es el jefe supre­mo y el doctor MacRae es el curandero-exorcista. El martes por la noche se llevó a cabo, con las apropiadas formalidades de las tribus, la ceremonia de consagración de las logias; y aun cuando me mandaron una invitación muy cortés para que hiciera acto de presencia, me abstuve de concurrir porque me pareció que era una asamblea puramente masculina; pero les envié refrescos y golosinas, lo que significó un gesto suma­mente popular de mi parte. En el curso de la velada, Betsy y  yo nos acercamos hasta el campo de base-ball, y sin que nos viesen logramos echar una ojeada sobre las orgías.

¡Había que ver! Los valientes guerreros pieles rojas se halla­ban agazapados en cuclillas en torno a una inmensa fogata, cada cual condecorado con una frazada de su cama sobre los hom­bros y en la cabeza una franja de plumas que caía sobre un ojo con aire licencioso. (Nuestros cachorros parecían andar escasos de indumentaria, pero no hice  preguntas  indiscretas.

El doctor, ataviado con una frazada de los indios navajos sobre los hombros, se encontraba ejecutando una danza bélica, mientras Jimmy y el señor Witherspoon tocaban los tambores de guerra: dos de nuestras mejores cacerolas de cobre, ahora irreparablemente abolladas.

¡Te das cuenta, el muy ladino de Sandy! ¡Quién lo hubiera creído! Es el primer chispazo juvenil que vislumbro en el hombre.

Después de las diez, una vez que los bravos guerreros se encontraban bien arropados en sus lechos, los tres hombres se llegaron renqueando hasta mi biblioteca y con aire rendido y exhausto se dejaron caer en cómodos sillones, dejando traslucir por sus gestos que habían sido como unos mártires inmolados en aras de la grande y noble causa de la caridad. ¡Pero cual­quier día me engañan a mí! Toda esa payasada la organizaron para su propio deleite individual.

Hasta el momento el señor Percy Witherspoon parece bas­tante feliz. El preside un extremo de la mesa del personal supe­rior, bajo la protección especial de Betsy, y me dicen que ha logrado infundirle una enorme vitalidad a ese sosegado grupo.

He procurado mejorar un poco el menú, y Percy acepta con excelente apetito lo que se le pone delante, a pesar de la ausencia de sus habituales fruslerías, tales como ostras, codor­nices, mariscos y cangrejos de cáscara blanda.

No hay ni posibilidad de un recinto particular para poner a disposición de este joven, pero él mismo ha resuelto el problema al pedirme permiso para ocupar el nuevo laboratorio, Y así, hay que verlo cómo se pasa las veladas después dé cenar, tendido cómodamente en el sillón del dentista, con un libro en la mano y la pipa en la boca.

No hay muchos hombres de sociedad, por cierto, que se resignarían a pasar las noches tan inocentemente. Esa mucha­cha en Detroit es una joven con suerte.

¡Misericordia! Ahí viene un automóvil atestado de gente para inspeccionar el establecimiento, y Betsy, que es la encar­gada de hacer los honores, está ausente.

Voy volando.

Addio!

Sallie.

 

 

Mi estimado Gordon:

Esta no es una carta -no le debo ninguna-: es un recibo por la cantidad de sesenta y cinco pares de patines. Muchas gracias.

S. McB.

 

 

Viernes.

Mi estimado enemigo:

Me informan que usted vino durante mi ausencia, pero Jane me ha transmitido su mensaje, juntamente con el tratado deno­minado “La filosofía genética de la educación”. Ella dice que usted vendrá dentro de algunos días para recabar mi opinión sobre este libro. ¿Será un examen oral o escrito?

¿Nunca se le ha ocurrido que este asunto de mi instrucción es algo muy desigual, muy parcial?

A mí se me ocurre con frecuencia que la actitud mental del doctor Robin MacRae ganaría bastante con unos leves retoques. Así, pues, le prometo leer su libro a condición de que usted lea uno de los míos. Adjunto le remito “Los diálogos de Dolly”, sobre el cual solicitaré su opinión dentro de breves días.

Es tarea ardua y penosa la de hacer de un presbiteriano esco­cés un hombre frivolo, pero dicen que la persistencia hace milagros.

S. McB.

 

 

Mayo 13.

Mi querida, queridísima Judy:

¡No me hablen de inundaciones en Ohio! Aquí en Dutchess County somos el prototipo de una esponja mojada. ¡Llueve que te llueve hace cinco días, y todo anda mal con este estable­cimiento!

Los críos han tenido garrotillo y nos hemos pasado las noches en vela con ellos. La cocinera se va y nos entrega su preaviso, y hay una rata muerta en las paredes.

Nuestras tres tiendas de campaña gotean, y al despuntar el alba después del primer chaparrón llegaron tiritando a nuestra puerta veinticuatro indiecitos, sucios y raídos, envueltos en ropa de cama húmeda. Pedían albergue y fueron admitidos. Desde entonces no hay tendedera de ropa, barandilla y pasamanos queno estén cubiertos totalmente de frazadas húmedas y malolien­tes que generan vapor pero nunca se secan. <strong><!–more–><!–nextpage–></strong>

El señor Percy de Forest Witherspoon ha regresado al hotel a la espera de que salga el sol.

Después de cuatro días sin ningún ejercicio y viviendo como enjaulados, el mal genio de los chicos sale brotando en forma de manchas rojas como la epidemia de sarampión. Betsy y yo ya hemos agotado cuanta forma de actividad y distracción ino­cente se puede realizar en un recinto tan congestionado como éste, a saber: el juego de la gallina ciega, el juego del escon­dite, gimnasia en el comedor, la guerra de las almohadas, saltar a la cuerda en el salón de clase (rompimos dos ventanas). Los muchachos jugaron a la una la mula en el vestíbulo y corredor, resquebrajando todo el yeso del edificio.

Hemos estado limpiando con energía furiosa. Se ha lavado todo el maderaje, se han lustrado todos los pisos; pero pese a todo, aun nos queda mucha energía y estamos llegando a ese estado nervioso en que sentimos ansias de darnos puñetazos los unos a los otros.

Sadie Kate se ha estado portando como un pequeño demo­nio; mejor dicho, como el padre de todos los demonios.

Esta tarde a Loretta Higgins le dio, bueno, no sé si fue algún ataque o un paroxismo de mal genio. Se echó al suelo y estuvo ahí durante más de una hora, dando pavorosos aullidos, y cuan­do alguno intentaba acercársele, se sacudía, mordía y pata­leaba como un pequeño molino de viento.

Cuando llegó el doctor ya había quedado casi exhausta. El la levantó en brazos, agotada y exánime como estaba y la llevó hasta la sala del hospital, depositándola sobre una camilla; cuan­do Loretta se quedó dormida, el doctor bajó hasta mi biblioteca y pidió permiso para inspeccionar los archivos.

Loretta tiene trece años; en los tres años que ha estado aquí ha tenido cinco de estos accesos, y ha recibido sus buenos cas­tigos. La crónica ancestral de la niña es bien sencilla:  “Madre muerta de demencia alcohólica en el asilo de Bloomingdale. Padre desconocido”.

El doctor miró largamente la hoja del registro con el entre­cejo fruncido, y moviendo la cabeza dijo gravemente:

-Con semejante herencia, ¿hay derecho de castigar a la criatura por tener un sistema nervioso destrozado?

-No hay derecho -le contesté con firmeza-. Nosotros le vamos a remendar su quebrantado sistema nervioso.

-Si podemos.

-La vamos a alimentar bien, le daremos aceite de hígado de bacalao, le daremos mucho sol, y ya vendrá una generosa madre adoptiva que se apiadará de la pobrecilla…

Pero ahí mi voz quedó apagada; es que en ese instante se me apareció el rostro de Loretta, con sus ojos hundidos, su nariz grandota, su boca ancha y siempre entreabierta, sin bar­billa, el pelo lacio, duro y descolorido como crin de caballo y las orejas protuberantes. No habría en el mundo una madre adoptiva que amase a una criatura con esa cara.

-¿Por qué, por qué -gemí- no envía el buen Dios a los huérfanos provistos de ojos azules, cabello ensortijado y dispo­sición cariñosa? Podría colocar un millón de ésos en hogares generosos, pero nadie quiere a Loretta.

-Mucho temo que el buen Dios para nada interviene en el advenimiento de nuestras Lorettas al mundo. Es el diablo el que se encarga de eso.

¡Pobre Sandy! Se pone tan pesimista acerca del porvenir de la humanidad; no me extraña. ¡Con la vida tan triste que lleva!

Hoy parecía como si él mismo tuviera el sistema nervioso destrozado. Desde las cinco de la madrugada había andado chapoteando en la lluvia de un lado para otro, porque lo habían mandado llamar con urgencia para atender a un niño enfermo.

Lo hice sentar y le di una buena taza de té, y tuvimos una alegre y animada plática sobre el alcoholismo, la idiotez, la epilepsia y la demencia. Sandy aborrece a los padres alcohólicos, pero se desvive por los padres insanos.

En confidencia, te diré que a mí no me acaba de convencer eso de la herencia. Aquí tenemos uno de los chiquillos más ale­gres y risueños que has visto en tu vida; su madre, su tía Ruth y su tío Silas, todos murieron insanos; pero el tortolillo es tan plácido y tranquilo como una vaca.

Adiós, querida mía. Lamento que ésta carta no sea más alegre, aunque en este momento nada malo parece estar ocurriendo. Son las once de la noche, y acabo de asomar la cabeza por el corredor; todo es silencio en torno, si no fuera por el chirrido de dos persianas flojas y el alero que gotea.

Le prometí a Jane que me acostaría a las diez.

Buenas noches. La paz sea con vosotros.

Sallie.

P.D.- En medio de tantas tribulaciones, hay una sola cosa por la que debo agradecer al Todopoderoso: el honorable Cy ha caído abatido por un prolongado ataque de gripe, y está recluido en su domicilio; en un arranque de gratitud le mandé un ramo de violetas.

P.D. 2- Estamos soportando una epidemia de oftalmía puru­lenta contagiosa.

 

 

Mayo 16.

¡Buenos días, mi querida Judy!:

Tres días de sol y el Hogar John Grier tiene una ancha sonrisa. Estoy arreglando bien mis preocupaciones inmediatas.

Las malditas frazadas por fin se han secado, y nuestros cam­pamentos se han vuelto habitables otra vez. Las chozas han sido entarimadas con tablillas y los tejados cubiertos de papel alqui­tranado. (El señor Witherspoon las llamas caponeras.) Estamos cavando una zanja revestida de piedra para transferir los futu­ros chaparrones desde la meseta en que están ubicadas hasta el maizal que se encuentra debajo. Los pieles rojas han reanudado su existencia selvática y su jefe está de nuevo en su puesto de mando.

El doctor y yo hemos estado prestando nuestra especial con­sideración a los nervios de Loretta Higgins. Nos parece que esta vida de cuartel, con su movimiento continuo y su agitado ritmo, es demasiado excitante, y hemos resuelto que el mejor plan será ponerla en pensión en una casa de familia particular, en donde podrá recibir una gran atención individual.

El doctor, con sus ingeniosos recursos habituales, ha encon­trado ya la familia apropiada. Vive al lado de su casa y son excelentes personas. Acabo de volver de hacerles una visita.

El marido es capataz en las obras de la fundición de hierro y la mujer es un alma sencilla y bondadosa; rolliza y carrilluda, cuando se ríe se estremece toda ella como si fuera de gelatina. Viven la mayor parte del tiempo en la cocina, para no ensu­ciar la sala; pero es una cocina tan alegre que me gustaría vivir allí también. Sobre la repisa de la ventana tiene lindas macetas con plantas de begonias, y hay un inmenso gato peludo y somnoliento siempre dormitando sobre una alfombrilla tren­zada delante del fogón.

El sábado es su día de hornear; hace pequeños bollos dulces, pan de jengibre, buñuelos y bizcochos.

Ya he decidido visitar a Loretta los días sábados por la ma­ñana a eso de las once. Por lo visto, yo he causado tan buena impresión a la señora Wilson como ella a mí. Después que me hube retirado, le dijo confidencialmente al doctor que yo le gustaba mucho porque era tan ordinaria como ella.

Loretta aprenderá a hacer trabajos domésticos y tendrá un pequeño jardincito para ella sola; sobre todo, deberá jugar mucho al aire libre y tomar mucho sol. Se acostará temprano y se alimentará bien con platos nutritivos y sustanciosos; y la mimarán y la harán feliz. ¡Todo eso por tres dólares a la semana!¿Por qué no encontramos cien familias como ésa y colocamos a todos los chicos en pensión? Luego transformamos este edi­ficio en un asilo de idiotas, y yo, no conociendo nada sobre idiotas, podría renunciar con la conciencia tranquila y volver a mi casa para vivir alegre y feliz por siempre jamás.

En serio, Judy, te confieso que me está entrando pánico. Este asilo me va a dominar si me quedo mucho más. Me estoy aficionando de tal modo, me estoy enfrascando a tal punto en todos sus problemas y menesteres, que no puedo pensar, hablar ni soñar de ninguna otra cosa. Tú y Jervis han agostado, estro­peado todas mis buenas perspectivas en la vida.

Supónganse que renuncie, me caso y tengo una familia; calcu­lando sobre el promedio normal, no podría esperar más de cinco o seis hijos a lo sumo, y todos tendrían idénticas carac­terísticas hereditarias.

¡Dios me ampare! Semejante familia se me antoja de lo más insignificante, monótona, aburrida. ¡Ustedes dos me han insti­tucionalizado!

Os saluda con amargos reproches,

Sallie McBride.

P.D. -Aquí tenemos un chico cuyo padre fue linchado. ¡Qué dato más interesante y mordaz para exhibir en la ficha perso­nal de uno!

 

 

Martes.

Mi queridísima Judy:

¿Qué hacemos? A Mamie Prout no le gustan las ciruelas. Esta antipatía hacia un alimento sano y barato es pura imagi­nación y no debiera de tolerarse en una institución bien organi­zada. Mamie tendrá que aprender a gustar de las ciruelas secas. Así dice nuestra maestra elemental, que pasa el mediodía con nosotros para vigilar la conducta de nuestras criaturitas.

Alrededor de la una de hoy me la trajo a Mamie al trote, acusada de haber rehusado, pero rehusado en absoluto abrir la boca para introducir una ciruela seca. Dejó caer a la chica sobre un taburete para aguardar mi castigo.

Ahora bien, como tú sabes, a mí no me gustan las bananas, y me desagradaría en extremo que me obligasen a tragarlas; así, pues, con idéntico criterio, ¿por qué he de obligar a Mamie Prout a tragar ciruelas?

En eso que me encontraba meditando el curso a seguir com­patible con la lógica y con la necesidad de no minar la autori­dad a la señorita Keller, pero que a la vez dejase una escapa­toria para Mamie, me llamaron al teléfono.

 

 

-Siéntate ahí hasta que regrese -le dije a Mamie, y salí cerrando la puerta tras de mí.

Me llamaba una generosa dama para saber si quería ir en su coche para asistir a una reunión de comité. No te conté que estoy realizando una campaña de propaganda local a favor de nuestro asilo. Quiero atraer el interés de los ricos ociosos que tienen bienes y propiedades en esta comarca. Se aproxima la época en que éstos empiezan a salir rumbo a las capitales, y estoy trazando mis planes para atraparlos antes de que se desvíe su atención con demasiadas fiestas campestres, tertulias y torneos de tennis. Esa gente jamás ha sido de la menor utili­dad a este asilo y creo que ya es hora de que despierten a la realidad de nuestra presencia.

Cuando volví a la hora del té, me interceptó el doctor MacRae al pasar por el vestíbulo para pedirme unas estadísticas de mi oficina. Abrí la puerta y ahí estaba Mamie, ¡sentada exacta­mente donde la habían colocado cuatro horas antes!

-¡Mamie, tesoro! -grité horrorizada-. ¿No habrás estado ahí sentada todo este tiempo?

-Sí, señora – dijo Mamie -. Usted me dijo que esperase has­ta que volviera usted.

Esa pobrecilla pacienzuda se estaba tambaleando de cansan­cio y, sin embargo, no profirió ni un quejido.

Tengo que admitir que Sandy estuvo hecho un amor. Alzó a Mamie “en sus brazos y la llevó a mi biblioteca, acariciándola y mimándola hasta hacerla sonreír. Jane trajo la mesa de coser y la tendió delante de la chimenea, y mientras el doctor y yo tomábamos nuestro té, Mamie comió su cena. Supongo que, de acuerdo a la teoría de ciertos educadores, ahora, cuando la criatura estaba exhausta y hambrienta, hubiera sido el momento psicológico para atracarla de ciruelas. Pues te agradará saber que yo no hice nada por el estilo y que el doctor, por una vez, defendió mis principios profanos.

Mamie comió la cena más maravillosa de su existencia, embe­llecida con dulce de frutilla de mi tarro particular y pastillas de menta del bolsillo de Sandy.

La retornamos a sus camaradas feliz y reconfortada, pero conservando aun esa deplorable aversión a las ciruelas secas.

¿Has conocido en tu vida nada más atroz que ese sistema de ciega obediencia irracional que abruma y aplasta el alma y el espíritu? Ese fue el método de enseñanza implantado por predecesora doña Lippett con ahínco persistente, pues era una gran admiradora de ese sistema. Es la actitud frente al mundo que emana del asilo de huérfanos, y he de ingeniarme de algún modo para aplastarlo, para extirparlo del alma de los huérfanos.

Iniciativa, responsabilidad, curiosidad, inventiva lucha… ¡Ah, querida! ¡Cómo quisiera que el doctor tuviese un suero para inyectar todas estas virtudes útiles en la circulación san­guínea de un huérfano!

 

Más tarde:

 

Ojalá volvieses a Nueva York. Te he nombrado jefe de pro­paganda de este instituto y. necesitamos inmediatamente unos artículos concebidos en los términos más floridos de que tú eres capaz. Hay aquí siete chiquitines que claman por un hogar adop­tivo y tu deber es anunciarlos.

La pequeña Gertrude tiene los ojos torcidos, pero es un tesoro de generosidad y afecto. ¿No puedes, acaso, hacer un hermoso artículo ensalzándola por escrito y cantando sus alabanzas en forma persuasiva? Con toda seguridad habrá alguna familia inteligente y amorosa que querrá llevársela, aun cuando no sea hermosa. Sus ojos pueden ser operados cuando sea mayorcita. ¡Cuánto más irreparable sería si su alma y su corazón fuese a torcidos! Eso sí que no lo podría remediar el mejor cirujano de la tierra.

La dulce criaturita comprende que algo le falta, aunque nun­ca ha conocido ni madre ni padre. Es desgarrador verla extender los bracitos persuasivamente a cuanta persona pasa delante de ella. Ponle todos los rasgos conmovedores de que es capaz tu pluma y veamos si no conseguimos traerle una madre y un padre.

Tal vez podrás influir sobre uno de los diarios neoyorquinos para que publiquen un suplemento del domingo con artículos ilustrados sobre los niños. Yo te mandaré las fotografías que quieras. ¿Recuerdas cuánta simpatía despertó esa fotografía de “El sonriente Joe” y las respuestas que obtuvieron esa gente del “Sea Breeze”? <strong><!–more–><!–nextpage–></strong>

A mí me sería sencillísimo proporcionarte retratos muy atrayentes de “La risueña Lou”, “La saltarina Gertrude”, “El dis­traído Karl”, con tal de que te encargues de la parte literaria.

Y, por amor de Dios, encuéntrame algunas personas campe­chanas y nobles que no se espanten por esa jerigonza heredi­taria. Ya me está resultando algo pesado esa imbécil pretensión de exigir que cada niño descienda de una las primeras familias de Virginia. Si tuvieran un poco de seso comprenderían que eso mismo podría resultar contraproducente y les daría más de un chasco encontrarse con seres crapulosos y decadentes.

Te abraza, como siempre.

SaLLie.

 

 

Viernes.

Mi muy queridísima Judy:

¡Qué cataclismo, qué trastorno! He despedido a la cocinera y al ama de llaves, y en términos muy delicados he transmitido la impresión a nuestra maestra elemental de que no se moleste en volver el año próximo. ¡Mas, ay, qué lástima que no sea posible despedir al honorable Cy!

Tengo que contarte lo que ocurrió esta mañana. Nuestro síndico, que ha estado peligrosamente enfermo, ahora se encuen­tra de nuevo peligrosamente bien, y esta mañana se llegó hasta aquí para hacerme una visita de buen vecino. Punch estaba sentado sobre la alfombra en mi biblioteca, ocupado virtuosa­mente en construir chalecitos con una caja de ladrillos. Le estoy separando de los otros niños del jardín de infantes para hacer un experimento con el sistema Montessori, ése del recurso de una alfombra particular para que juegue el niño sólito sin ninguna distracción nerviosa. Ya me estaba felicitando por el buen éxito de la iniciativa, pues el vocabulario de Punch se había vuelto casi remilgado en los últimos días, de tan fino que era.

Después de media hora de visita monótona y pesada, el honorable Cy se levantó y se marchó. Ni bien se cerró la puerta

tras él (gracias a Dios que no fue antes), Punch alzó hacia mí sus bellos ojos pardos y murmuró con una sonrisa confiada: “¡Caray! ¡Qué facha ‘e bruto que tiene el panzudo!”

Si conoces alguna buena familia cristiana donde pueda colocar a un suave y dulce muchachito muy fino de cinco años de edad, te suplico que te pongas en comunicación sin perder un  momento con la directora del Hogar John Grier, S. McBride.

Mis estimados Pendleton:

Nunca he conocido nada parecido a un par de caracoles como son ustedes dos. ¡Recién llegan a Washington y yo ya tengo embalada mi maleta hace seis días, a la espera de poder ir a pasar un fin de semana rejuvenecedor chez vous. ¡Apúrense, por amor de Dios! He languidecido en esta atmósfera de asilo tanto tiempo como es posible, y si no consigo cambiar de aires he de marchitarme y sucumbir.

Su afectuosa Sallie, a punto de exhalar el último suspiro.

S. McB.

P.D.- Remítanle una tarjeta a Gordon Hallock, diciéndole qué están ustedes en Washington. El sin duda tendrá inmenso placer en ponerse a sí mismo y al Capitolio a la disposición de ustedes. Ya sé que a Jervis no le gustan los políticos, pero es necesario que supere esos prejuicios infundados contra nues­tros gobernantes en potencia. ¡Quién sabe! Acaso algún día yo misma entraré en política.

 

 

Mi querida Judy:

Aquí recibimos los regalos más fantásticos de nuestros amigos y benefactores. Escucha: la semana pasada el señor M. Wilton J. Leverett (estoy recitando su tarjeta), al pasar por nuestra casa aplastó con su coche una botella rota que se encontraba en medio de la calle y se apeó y entró a visitar el establecimiento mientras su chófer arreglaba la llanta. Betsy le sirvió de cice­rone. Demostró un interés muy inteligente por todo lo que vio, pero principalmente por nuestras tiendas de campaña. Este es un espectáculo que atrae a los hombres. Terminó por quitarse la chaqueta y organizar un partido de base-ball con dos tribus de indios. Después de dos horas, de repente miró su reloj, pidió un vaso de agua y se marchó con múltiples reverencias.

Habíamos olvidado casi el episodio, cuando esta tarde llego el carro del expreso y depositó delante de nuestro portón un barril -bueno, por lo menos un cuñete de regular tamaño- ¡lleno de jabón verde líquido! El rótulo decía que era un obse­quio para el establecimiento John Grier de los laboratorios químicos de Wilton J. Leverett.

¿Te dije que las semillas para nuestros jardines provienen de Washington? Es un obsequio de cortesía del señor Gordon Hallock y el gobierno de los Estados Unidos. ¡Como ejemplo de lo que el régimen pasado no llevó a cabo, Martín Schladerwitz, que se ha pasado tres años sobre esta supuesta granja, no aprendió otra cosa que cavar una tumba de dos pies de profun­didad para sepultar sus semillas de lechugas!

No tienes idea siquiera de todos los cultivos que requieren modificaciones; pero, por supuesto, que tú sí lo sabes de sobra. Poco a poco se me están abriendo los ojos, y las cosas que al principio me parecían graciosas, cómicas, ahora…, ¡Dios mío!, es muy desilusionante eso de comprender que cada cosa cómica que surge parece guardar en su interior una minúscula tragedia.

En estos días estamos todos muy preocupados con la cuestión de nuestros modales: no los modales de un asilo de huérfano”, Dios libre, sino los modales de la escuela de baile.

En nuestra actitud frente al mundo no habrá nada que re­cuerde al desdichado Uriah Heep (de Dickens). Las niñas aprenden a hacer cortesías o reverencias cuando dan la mano mayor; los varones se quitan las gorras y se indo una dama está de pie. Y empujan las sillas hacia delante estando en la mesa.

Ayer Tommy Woolsey empujó a Sadie Kate dentro de su sopa con el regocijo de todos los observadores menos Sadie, porque ella es una damisela sumamente independiente que no tiene paciencia ni le hacen gracia esas atenciones masculinas tan inútiles.

 

Al principio los muchachos se mofaban de todas estas finezas de sociedad, pero luego de observar las refinadas cortesías de su ídolo-héroe, Percy de Forest Witherspoon, han acabado por ponerse a su altura como pequeños caballeritos.

Punch nos visita esta mañana. Hace media hora (mientras yo estoy raspando atareadamente esta carta) que él está ubicado sobre la repisa de la ventana, ocupado intensivamente en hacer dibujos con una caja de lápices de color. Está plácido y tran­quilo. Betsy, al pasar a su lado, deja caer un beso sobre su nariz.

“¡Vamo, vamo, qué macanear!…”, dice Punch, que se ha sonrojado intensamente y se limpia con la manga la huella que ha dejado la caricia de Betsy. Hace gran alarde de indiferencia masculina, pero obser-vo que ha reanudado su trabajo sobre el hermoso paisaje rojo y verde que ha creado, con renovados bríos y haciendo esfuerzos para silbar. Tengo fe en que todavía lograremos dominar el mal genio de ese rapacejo.

 

Martes.

 

El doctor está de un humor negro hoy. Llegó justamente cuando los niños marchaban hacia el comedor para comer, y entró junto con ellos. Probó los alimentos que estaban sobre la mesa y encontró que las papas estaban chamuscadas. ¡Qué cala­midad! Había que oír la alharaca que armó. Es la primera vez que las patatas están chamuscadas, pero eso puede suceder en las mejores familias. Cualquiera creería, de oír la bulla que metió Sandy, que la cocinera las había quemado deliberada­mente, de conformidad con mis instrucciones.

Como ya te dije, podría prescindir perfectamente de Sandy.

 

Miércoles.

 

Ayer fue un día espléndido, inundado de sol. Betsy y yo, volviendo nuestras espaldas sobre el deber, salimos en coche a visitar a unos amigos suyos muy copetudos, donde tomamos él té en un jardín italiano. Como Punch y Sadie Kate habían sido unos chicos tan buenos todo el día, a último momento Resol­vimos pedir permiso telefónicamente para llevarlos con nosotros.

“¡Ay, sí, por cierto, traigan a esos tesoritos!”, fue la res­puesta entusiasta.

Pero fue un gran error elegir a Punch y Sadie Kate. Debi­mos haber llevado a Mamie Prout, quien, al menos, ya ha de­mostrado su aptitud para permanecer sentada. Quiero ahorrarte los pormenores de nuestra visita: llegó la culminación del día cuando Punch se dispuso a ir a la pesca de carpas doradas el  fondo de la pileta de natación. Nuestro anfitrión lo Tuvo que extraer de una pierna desesperada, y Punch regresó al asilo envuelto en la salida de baño celeste pálido del cabaIIero de referencia.

¿Qué me dices? El doctor Robin MacRae, con el ánimo contrito, arrepentido de haberse portado tan mal ayer, acaba de invitarnos a Betsy y a mí a cenar en su elegante mansión verde oliva el próximo domingo por la noche, a las siete; la invitación establece que el objetivo es contemplar algunas platinas de mi­croscopio. Si no me equivoco, el festín consistirá en algunos cultivos de bacterias de escarlatina, un poco de tejido alcohólico y una glándula tuberculosa.

 

 

Estas refinadas atenciones sociales le aburren en extremo; pero él comprende, sin duda, que si ha de tener campo libre paraaplicar sus teorías en la institución, no le queda otro recurso que mostrarse un poco cortés y amable con su directora.

Acabo de releer esta carta y debo admitir que salta de un tema al otro con harta ligereza.

Pero si bien es cierto que no contiene novedades de gran envergadura, espero que seas capaz de comprender que su ela­boración ha consumido cada minuto disponible durante los últi­mos tres días.

Soy tu más atareada

Sallie McBride.

P.D. – Esta mañana vino una bendita mujer y me pidió un niño para el verano. Dijo que quería uno de los más enfermitos, débiles y menesterosos que había. Acababa de perder a su marido y quería tener algo en que ocuparse, pero algo muy duro que distrajera sus pensamientos. ¿No te parece suma­mente patético eso?

 

 

Sábado por la tarde.

Mis queridos Judy y Jervis:

El hermano Jimmy, espoleado por múltiples cartas mendi­cantes, por fin nos mandó un regalo; pero lo eligió él mismo.

¡Tenemos un mono! Se llama Java. Los chicos ya no oyen la campana escolar. El día que llegó Java todo el estableci­miento se formó en línea y desfiló por delante de él para estre­char su garra.

El pobre “Sing” tiene la nariz desconyuntada, pues ha que­dado relegado a último término. Ahora tengo que pagar para que me lo laven.

Sadie Kate está haciendo las veces de mi secretaria particular. Le hago contestar todas las cartas de agradecimiento del asilo, y creo que su estilo literario ha tenido mucho éxito entre nues­tros benefactores. Casi siempre aparece un segundo regalo. Hasta ahora había yo creído que la familia Kilcoyne era  oriunda  de Irlanda, pero empiezo a sospechar que su origen está más cerca de Blarney Castle. Como podrás ver por la copia de la carta adjunta que Sadie Kate escribió a Jimmy, su pluma es muy persuasiva. Hago votos por que, al me­nos, en este caso, no dé los frutos que ella sugiere.

 

Quirido siñor jimi:

Hagradesemos mucho por el ermoso mono que usté nos mandó. Lo yanamo Java porque esa es la isla calorosa através del otro lado del Osiano donde nasió Java en un nido como un pájaro solo más grande dise el dotor.

 

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El día cuando yegó Java todos los chicos y las chicas movió su mano y dijo buen día Java su mano es muy raro porque apreta tanto fuerte. Yo teniva miedo de tocarle pero aora lo dejo sentar en mi ombro y lo dejo que me abrase la garganta si el quiere. Como ase con la boca un ruido raro párese como si está enojado y esta muy ravioso si le tiran la cola.*

Lo amamos muy intrañiblemente y lo amamos también a usté siñor Jimi. Cuando usté tiene que dar otro regalo por favor mande un ilefante. Bueno ya stá no.ay mas. Su atenta sirvidora

Sadie Kate Kilcoyne.

 

El señor Percy de Forest Witherspoon permanece fiel a sus pequeños secuaces, aunque me preocupa tanto que se canse y se aburra que le apremio constantemente para que se tome vacaciones frecuentes. No sólo ha permanecido fiel él mismo, sino que ha traído otros reclutas. En la vecindad tiene muchas relaciones sociales, y el sábado pasado por la noche nos trajo dos amigos jóvenes muy simpáticos que se ubicaron en torno a la fogata del campamento y cambiaban anécdotas de caza.

Uno de ellos acababa de regresar de un viaje alrededor del mundo, y relataba historias escalofriantes sobre los cazadores decabezas de Sarawak, una comarca angosta situada por encima de Borneo. Todos mis pequeños guerreros pieles rojas anhelan llegar a grandes para ir a Sarawak a librar la guerra santa contra los horribles cazadores de cabezas. Ya se han consultado cuantas enciclopedias hay en el instituto, y no hay un chico aquí que no te pueda relatar al dedillo la historia, maneras, clima, flora y fungosidad de Borneo. Lo único que lamento es que los amigos del señor Witherspoon no hayan estado libran­do guerras contra cazadores de cabezas en Inglaterra, Francia y Alemania, cuyos países no serán tan chic como Sarawak, pero son más útiles para la cultura en general.

Tenemos una cocinera nueva, la cuarta desde mi reinado en ésta. Aunque nunca te he molestado con el relato de mis tri­bulaciones culinarias, puedo asegurarte que las instituciones, como las casas de familia, tampoco escapan a esos problemas. La última es una mujer negra; una inmensa criatura color cho­colate, grandota, gorda y sonriente, oriunda de Carolina del Sur. Desde que llegó ella, nuestra alimentación es un bálsa­mo y consuelo celestial. Su nombre es -¿a que no adivinas?- Sallie, si te place. Le pedí que lo cambiara. Con una ancha sonrisa que abarca de una oreja a la otra, me replicó: “Quita d’aí niña, yo yevo ese nome Sallie mucho más tiempo que usté, y me sería mu difícil acostumbrarme a contesta enseguía cuan me yaman con otro nome como Mollie. Me paese que Sallie es el único nome pa mí”.

A eso no hubo nada que refutar, de modo que “Sallie” se queda; pero menos mal que no hay peligro de que nos con­fundan la correspondencia, porque el apellido de ella no es nada tan plebeyo como McBride. Ella es Johnston-Washington, con un guión.

 

Domingo

.

Nuestro pasatiempo predilecto en los últimos tiempos, es hallar apodos  cariñosos para Sandy. Su austera presencia se presta a la caricatura. Acabamos de elaborar unos muy intere-antes.  “El  Monarca de Cockpen”  es  el que sugiere Percy; y hace la siguiente copla:

“El Monarca de Cockpen pasea por el Prado

Perdida la mirada en asuntos de Estado…”

La señorita Snaith le llama con aversión “ese hombre”; Betsy se refiere a él (en su ausencia) como “el Dr. Hígado de Ba­calao”. Mi último apodo preferido es: “Macphairson Clon Glocketty Angus McClan” (para no olvidar que es esco­cés). Pero el que se lleva la palma por verdadera inspiración lírica, es el de Sadie Kate. Ella le llama “Sr. Algún día pronto”. No creo que el doctor ha compuesto en su vida ningún otro poema, pero éste lo saben todos los chicos de memoria:

“Algún día pronto algo, bueno va a pasar

Si eres una buena niñita

Y tomas tu aceite de hígado de bacalao

Con la sonrisa en los labios

Cuando menos lo pienses algo

bueno va a pasar. Tendrás una

hermosa pastilla de menta para masticar.”

Esta es la noche en que Betsy y yo asistimos al banquete en su casa, y te confieso que estamos muertas de curiosidad para ver el interior de su lóbrega mansión. Con avidez y re­gocijo nos preparamos para divertirnos en grande.

Jamás habla de sí mismo, ni de su pasado, ni de nadie que esté relacionado con él. Da la impresión de una figura aislada erguida sobre un pedestal rotulado: CIENCIA, sin el menor vestigio de efectos o emociones comunes ni flaquezas humanas, excepto el mal genio.

Yo y Betsy estamos casi consumidas de curiosidad por sa­ber cuál es el pasado, de dónde ha surgido; pero aguarda no más a que nos introduzcamos en su lúgubre morada y nuestras singulares facultades perceptivas, nuestra profunda penetración psicológica tengan libre vuelo y ya no quedará nada de miste­rioso en torno de ese hombre.Mientras los portales eran custodiados por una feroz McGurk, desesperamos de poder jamás franquear la entrada; pero ahora, ¡Mirad! ¡He aquí que las puertas se abren de par en par es­pontáneamente y…!

(Continuará)

 S. McB.

 

 

Lunes.

Mi querida Judy:                                           

Anoche asistimos a la cena en casa del doctor, Betsy, el señor Witherspoon y yo. Resultó una velada bastante divertida, aunque debo admitir que empezó- bajo graves auspicios.

Su casa por dentro es todo lo que promete por fuera; nunca en mi vida he visto nada más estrafalario que el interior de esa comedor. Las paredes, alfombras y sobrepuertas son de un sombrío color verde oscuro.

Un manto de chimenea francesa de mármol negro guarece y resguarda dos o tres pedazos de carbón negruzco y humeante. Los muebles son tan negros que no pueden serlo más. Las de­coraciones consisten en dos grabados en acero dentro de dos marcos negros relucientes: “El monarca del valle” y “El ciervo acorralado”.

Hicimos grandes esfuerzos para ser alegres y chispeantes, pero fue inútil; como si uno estuviera cenando en la bóveda de la familia. La señora McGurk, ataviada de alpaca negra con un delantal de seda negra, daba vueltas en derredor nues­tro, con pisadas tan fuertes y retumbantes, que hacía sonar como una matraca la vajilla de plata ubicada en los cajones del aparador. Nos alcanzaba por encima del hombro (echándonos su aliento por la nuca) unas cosas frías, pesadas, que debíamos consumir con aire satisfecho y feliz. Su iiariz “miraba” hacia’ arriba y su boca hacia abajo. Se ve bien a las claras que McGurk no aprueba las recepciones  de su señor, y se ha propuesto desanimar a todos los huéspedes para que, en lo sucesivo,  no se les ocurra aceptar más invitaciones.

Sandy tiene una vaga sospecha de que hay a algo raro en su casa, y para reanimarla un poco en honor de las visitas, había comprado flores por docenas, las más exquisitas rosas té y tulipanes rojos y amarillos.La McGurkhabía amontonado todas tan estrechamente como le fue posible dentro de un jarrón azul eléctrico, que dejó plantado en el centro de la mesa. Ese armatoste era tan grande como una palangana. Al ver ese sacrilegio, Betsy y yo casi nos olvidamos de nuestra buena crianza; pero el doctor parecía tan ingenuamente orgulloso por esa nota festiva en su lúgubre comedor, que nosotras hi­cimos un esfuerzo para disimular la risa, y lo felicitamos por su buen gusto en la bella armonía de los colores.

Ni bien terminó la cena, nos precipitamos con alivio hacia la parte de la casa en que él es dueño y señor y en donde no penetra la influencia de McGurk. Nadie entra a hacer la limpieza ni en su oficina, laboratorio, ni biblioteca, a excepción de Hewelyn, un hombrecillo bajo, flaco y patizambo, oriundo de Gales, quien combina en su sola persona de un modo sin­gular las cualidades de camarera y chófer.

La biblioteca, aun cuando no diría que es la habitación más alegre que he visto, es bastante pasable, por ser casa de hombre solo. Los libros cubren todas las paredes, desde el cielo raso hasta el piso, y desbordan en pilas diseminadas acá y allá por el suelo, la mesa y la repisa de la chimenea; hay media docena de sillones de cuero abismales, una que otra alfombrilla y otra repisa de chimenea de mármol negro, igual que la del comedor, pero aquí felizmente crepitaba un buen fuego que arrojaba brillantes resplandores a diestra y siniestra. En materia deco­rativa, tiene un pelícano relleno, una cigüeña con una rana en la boca, una lechuza descansando sobre un leño y una cu­lebra barnizada. Se percibe por doquier un suave olor a yodoformo.El doctor preparó el café, utilizando una de esas maquinkas francesas, y nos dispusimos a desechar de nuestros pensamien­tos a su simpática ama de llaves. Hay que reconocer que se esmeró todo lo que pudo para sernos agradable y, además, debo informar que la palabra “demencia” ni pasó por sus labios.

Parece que Sandy, en sus horas de solaz y recreo, es pes­cador; él y Percy se pusieron a cambiar confidencias sobre salmones y truchas, y al final nos trajo su aparejo de pesca y sus moscas artificiales, y galantemente nos. regaló a Betsy y a mí un par dé lepismas embalsamadas, para que nos hiciéra­mos unos primorosos alfileres de sombrero. La conversación se desvió luego hacia el tema de los deportes en los páramos de Escocia, y nos hizo el relato de cómo en cierta ocasión en que perdió el rumbo, tuvo que pernoctar entre los brezos, a la intemperie. No cabe duda sobre ese punto; el corazón de Sandy anida en la región montañosa de Escocia.

Temo que Betsy y yo hemos agraviado injustamente a Sandy. Aunque es bien duro renunciar a tan interesante idea, es muy posible que, después de todo, Sandy no haya cometido ningún crimen. Ahora nos inclinamos a creer más bien que ha sufrido un desengaño amoroso.

Somos realmente muy odiosas al burlarnos así del pobre Sandy, pues, a despecho de su semblante austero, avinagrado, y su carácter desabrido y frío, no deja de ser una figura coti-movedora. ¡Piensa lo que es tener que volver a comer una cena solitaria en aquel sombrío comedor después de un largo día de trajinar anheloso de un lado para otro!

¿Crees que podríamos reanimarlo un poco p. le mandamos nuestra compañía de artistas para que le pinten un friso de conejillos alrededor de las paredes?

Con cariños, como siempre,

Sallie.

 

 

Mi querida Judy:

¿No piensan volver más a Nueva York? ¡Por favor, apresú­rate! Necesito un sombrero nuevo y anhelo comprármelo enla Quinta Aveniday no en Water Street. La señora Gruby, nuestra mejor modista de sombreros, no es partidaria de ser esclava de las modas parisienses; ella crea sus propios modelos. Pero hace cuatro años, haciendo una gran concesión a los con­vencionalismos imperantes, hizo un viaje a Nueva York paia inspirarse en sus vidrieras; hasta la fecha sigue creando mo­delos nacidos a la luz de aquella visita a Nueva York, hace cuatro años.

Aparte de mi sombrero, tengo que comprar ciento trece sombreros para mis chicos, sin contar los zapatos, pantaloncitos, camisas, cintas para el cabello, medias y ligas. No es juego mantener bien puesta a una familia como la mía.

¿Has recibido esa cartita que te mandé la semana pasada? Ni siquiera tuviste la decencia de mencionarla en la tuya del jueves, y la cartita tenía diecisiete páginas y me tomó días para escribirla.

Su atenta segura servidora,

Sallie McBride.

P.D.- ¿Por qué no me dices nada acerca de Gordon?¿Lo has visto?¿Te habló de mí?¿Anda persiguiendo a alguna de esas bonitas muchachas sureñas, que tanto abundan en Wash­ington?

Ya sabes que me gusta tener noticias.  ¿Por qué serás tan odiosamente reservada?

 

 

Martes, 4.21 p. m.

Querida Judy:

Hace dos minutos llegó tu telefonograma.

Sí, muchas gracias; tendré inmenso placer en llegar a tu casa a las 5.49, el jueves por la tarde, ¡Cuidado con hacer compromisos para esa noche, porque tengo el propósito de cam­biar chismes sobre el John Grier contigo y el presidente, hasta bien entrada la noche.

Los días viernes, sábado y lunes los destinaré a salir de com­pras. ¡Ah, sí! tienes razón; ya poseo mucha más ropa de la que necesita cualquier presidiario, pero cuando llega la primavera, este pajarillo enjaulado también siente la nostalgia de cambiar de plumaje. Sea como fuere, me pongo un traje de sarao distin­to cada noche, sólo para aprovecharlos… No, no es sólo por eso; es para hacerme la ilusión de que todavía soy una mu­chacha como todas, a despecho de esta extraordinaria existencia en que me has metido.

Ayer me encontró el honorable Cy ataviada con un traje de crepé verde nilo (creación de Jane, aunque parecía un mo­delo de París). Muy sorprendido quedó el honorable cuando se enteró que no pensaba asistir a un baile. ¡Lo invité a cenar conmigo y aceptó! Nos llevamos muy amablemente. Se expan­siona en la mesa; parece que el comer le sienta bien.

Si hay alguna obra de Bernard Shaw actualmente en Nueva York, podría disponer de un par de hbras el salado por la tarde para ir a una matinée.

¡El diálogo de G. B. S. sería una reacción tan vivificante y estimulante después del intercambio verbal con el honorable Cy!

No vale la pena escribir más; esperaré a que te vea y habla­remos.

Addio!

Sallie.

P.D.- ¡Bendito sea Dios! ¡Precisamente cuando empezaba a encontrar visos de gentileza en Sandy, estalló otra vez y estuvo abominable! Desgraciadamente, tenemos cinpo casos de saram­pión en el establecimiento, y la reacción del individuo sugiere que la señorita Snaith y yo les dimos el sarampión a los chicos deliberadamente para incomodarlo a él.

¡Hay días en que tendría mucho gusto en aceptar la renun­cia de nuestro doctor!

 

 

Miércoles.

Estimado enemigo:

Su breve y digna nota de ayer se encuentra en mi poder. Nunca he conocido a nadie cuyo estilo literario se asemejara tan exactamente a su palabra hablada.

¿Dice usted que me agradecerá infinitamente si abandono mi absurda costumbre de llamarle “Enemigo”? Pues sepa usted, señor mío, que yo renunciaré a esa absurda costumbre de lla­marle “Enemigo” tan pronto como desista usted de su tonta costumbre de ponerse ofensivo e insultante y de encolerizarse ni bien ocurre el más insignificante contratiempo.

Me marcho mañana por la tarde para pasar cuatro días en Nueva York.

Saluda a usted atte.

S. McBride.

Chez los Pendleton, N. York.

Mi estimado enemigo:

Confío que esta esquela hallará a usted en un estado de ánimo más afable que el de la última vez que lo vi.

Le repito enfáticamente que esos dos nuevos casos de saram­pión no se introdujeron debido a la negligencia de la direc­tora de nuestra institución, sino más bien a la desdichada ana­tomía de nuestro anticuado edificio, que no permite el debido aislamiento de los casos contagiosos.

Como no se dignó honrarnos con su visita ayer por la ma­ñana antes de mi partida, no tuve la oportunidad de ofrecerle algunas sugerencias de despedida. Por eso le escribo para ps-dirle que eche su ojo clínico sobre Mamie Prout.

Ella está toda cubierta de pequeñas manchas rojas, que puede ser sarampión, aunque Dios no lo quiera.A Mamie le salen manchas con suma facilidad.

Retorno a la vida de presidio el lunes próximo a las seis horas.

Su atenta,

S. McBride.

P.D.- Le ruego me dispense si hago mención de esto, pero usted no es el tipo de médico que yo admiro. A mí me gusta que sean rechonchos, rubicundos y sonrientes.

 

 

Hogar John Grier.

Junio 9.

Mi querida Judy:

Es una atrocidad para una muchacha impresionable el visi­tarlos a ustedes. ¿Cómo quieren que vuelva y me resigne a esta­blecerme aquí en esta vida de institución, después de presen­ciar semejante cuadro de concordia doméstica como el que ofrece la familia Pendleton?

Durante todo el trayecto en el tren, en lugar de entretenerme con las dos novelas, las cuatro revistas y la caja de bombones que tu marido tan gentilmente me proporcionó, me gasté el tiempo pasando revista mentalmente a todos los jóvenes que conozco para ver si podía encontrar uno tan maravilloso como Jervis.

¡Y lo encontré! (Es más maravilloso aun.)

¡Desde este momento él es la presa marcada, la víctima pre­destinada!

Me dolerá renunciar al asilo después de excitarme tanto con todo esto, pero a menos que esté dispuesta a tarladarlo a la capital, no veo que haya otra alternativa.

El tren llegó muy atrasado. Estuvimos sentados fumando en el apartadero mientras pasaban volando dos trenes de escala y un tren de carga. Creo que se descompuso algo y tuvimos que desabollar y remendar nuestra locomotora. El conductor se mostró muy consolador, pero reservado.

Serían las 19.30 cuando descendí del tren, la única pasajera, en nuestra insignificante estación; llovía y la noche era oscura como boca de lobo; no tenía paraguas y llevaba ese bendito sombrero nuevo. Nuestro labrador Furnfelt no estaba por ninguna parte; creía que vendría a esperarme. No se vislumbraba ni un caballo de alquiler. Por cierto que yo no había telegrafiado la hora exacta de mi llegada, pero, así y todo, me sentía bastante desamparada.

Había tenido una vaga esperanza de que encontraría a mi llegada, junto a la plataforma, todos los ciento trece niños ento­nando cánticos de bienvenida y esparciendo flores a mis pies. En eso que le decía al jefe de la estación que yo vigilaría su ins­trumento telegráfico mientras él cruzaba la calzada para telefo­near en el bar de la esquina pidiendo un vehículo para mí, dieron vuelta la esquina, girando como un remolino, dos enormes pro­yectores que venían apuntando directamente hacia mí. Se detu­vieron unas nueve pulgadas antes de atropellarme y oí la voz de Sandy que decía:

-Bueno, bueno, señorita Sallie McBride. Ya era hora de que volviese para sacarme de las manos todos sus crios.

El bendito había venido tres veces a esperar el tren, no sa­biendo a qué hora llegaría. Me arropó bien, con mis maletas, mi nuevo sombrero, los libros y los bombones debajo de la cortina impermeable del coche, y salimos chapoteando entre el barro.

Tenía la sensación de que regresaba al hogar después de una prolongada ausencia, y me apenaba el recuerdo de que tenía que irme de nuevo algún día. Mentalmente, como ves, ya había renunciado, embalado mis cosas y partido para siempre. La sola idea de que uno no está en un lugar para toda la vida le da una incómoda sensación de inestabilidad. Es por eso que los matrimonios de ensayo nunca darán buenos resultados. Para que una empresa tenga éxito es necesario tener la sensación de que se está metida en ella irrevocablemente y para siempre,a fin de poder dedicarse con empeño y poner todos los sentidos para salir triunfante. <strong><!–more–><!–nextpage–></strong>

Es sorprendente cuántas novedades se acumulan en cuatro días. Sandy no podía hablar bastante ligero para contarme todo lo que yo quería saber. Entre otros detalles, supe que Sadie Kate había pasado dos días en la enfermería, siendo su dolen­cia, de acuerdo al diagnóstico del doctor, medio tarro de dulce de grosella y Dios sabe cuántos buñuelos. Le habían cambiado de tareas en mi ausencia, poniéndola a lavar los platos en la des­pensa del personal superior, y la contigüidad de tantos exóticos manjares fue demasiada tentación para su frágil virtud.

Además, nuestra cocinera de color Sally y nuestro hombre de color Noah habían entrado en una guerra de exterminio.

El lío tuvo su origen en una leve cuestión de encender el fuego, exacerbado por un balde de agua caliente que Sallie arrojó por la ventana con extraordinaria puntería, por ser mujer.

Ya ves qué carácter excepcional debe poseer la directora de un orfelinato; debe combinar la aptitudes de una niñera y un magistrado policial.

El doctor sólo alcanzó a relatar la mitad de los hechos cuando llegamo sa la casa, y como todavía no había comido debido a que me vino a esperar tres veces, le rogué que aceptara la hos­pitalidad del John Grier. Invitaría también a Betsy y al señor Witherspoon y celebraríamos una reunión para resolver todos nuestros asuntos pendientes.

Sandy aceptó con una presteza que me halagó. ¡Cómo le gustar comer fuera de la bóveda familiar!

Pero resultó que Betsy había salido apresurada para su casa a saludar a una pariente que estaba de paso, y Percy estaba jugan­do al bridge en el pueblo. Ese joven sale tan poco de noche, y me agrada que se distraiga un poco de vez en cuando.

De modo que al final yo y el doctor comimos téte-d-téte una cena rápidamente improvisada -eran cerca de las ocho y nuestra hora de comer es a las seis y treinta normalmente-, pero fue una cena improvisada como estoy segura nunca le fue servida por la señora McGurk. Sallie quiso impresionarme bien para demostrarme que era indispensable, y desplegó todo su arte culinario sureño, que es mucho. Después de cenar tomamos el café en mi cómoda biblioteca, delante de la chime­nea, donde ardía un fuego esplendoroso, mientras afuera silbaba el viento y crujían las persianas.

Pasamos una velada de lo más íntima y cordial. Por primen vez desde que lo conozco, descubrí algo simpático en el hombre. Hay algo en él realmente atrayente cuando se le llega a cono­cer a fondo, pero el proceso de llegar a conocerlo exige tiempo y diplomacia.

No es fácil penetrar, esa armadura de sombría reticencia. Jamás he visto una persona tan inexplicable, tan inasequible. Cuando le estoy hablando tengo la sensación de que detrás de esa línea recta que es su boca, detrás de esos ojos semicerrados hay llamas latentes, reprimidas, ardiendo en rescoldo. ¿Estás bien segura que no ha cometido algún crimen? Porque ésa es la deliciosa y escalofriante impresión que causa.

Hay que reconocer, además, que Sandy no es tan mal con­versador cuando se lo propone. Conoce al dedillo toda la lite­ratura escocesa.

“Poco le incumbe a la buena viejecilla mientras se halla sentada abrigadita junto al fuego del hogar, lo que hace el viento y la lluvia fuera en la noche.” Esto me dijo sonriendo cuando una ráfaga de aire particularmente feroz arrojó la lluvia contra los cristales. No estoy segura de qué libro de prosa o verso lo ha recitado, pero venía muy al caso. ¿Y qué te parece esto? Entre una y otra taza de café (él toma demasiado café por ser un sensato hombre de medicina), ¡dejó traslucir en forma casual que su familia conocía personalmente a la familia de R. L. S. y que solían ir a cenar a Heriot Row, 17! Durante el resto de la velada le serví con atención y esmero, en un estadode ánimo como el joven del cuento aquel: “¿Es posible que has visto a Shelley en carne y hueso, y que él se detuvo a conversar contigo?…” ¡Tan impresionada y cohibida quedé que perdí mi chispeante vivacidad!

Cuando comencé esta carta, no era mi intención llenarla con una descripción de los encantos recientemente desenterrados de Robín MacRae; eso lo hago por arrepentimiento, como una apología llena de remordimientos. Anoche estuvo tan suave y tan sociable que hoy todo el día ando con un terrible cargo de conciencia al recordar cuán despiadadamente me burlé de él delante de ti y de Jervis. La verdad es que no quise decir ni la mitad de todas esas cosas odiosas. Una vez por mes, más o menos, el hombre es suave, tratable y simpático.

Punch me acaba de hacer una visita social, y en el trans­curso de ella se le extraviaron tres sapitos de una pulgada de largo.

 

 

Sadie Kate recobró uno de ellos, que se había refugiado debajo del estante de libros, pero los otros dos desaparecieron brin­cando por ahí, y estoy amedrentada por si han tomado asilo en mi cama. ¡Ojalá que las lauchas, los sapos y las lombri­ces de tierra no fueran tan portátiles! Nunca se puede saber lo que está ocurriendo en el interior del bolsillo de un chico con el aire más serio y candido del mundo.

Mi visita a “Casa Pendleton” fue deliciosa. No olviden que han prometido devolvérmela pronto.

Tu afectuosa

Sallie.

P.D.- Dejé un par de chinelas celeste pálido debajo de la cama. Hazme el favor de decirle a Mary que las envuelva y me las mande por correo. Y mientras escribe la dirección, sujétale la mano. La vez pasada deletreó mi nombre “Mackbird”.

Martes.

Estimado enemigo:

Como le informé, antes de venirme dejé una solicitud en la agencia de colocaciones de Nueva York, pidiendo una niñera competente.

Se necesita una niñera con un amplio regazo, apropiado para el acomodo de diecisiete bebés a  la vez.

 

 

Vino esta tarde, y me complazco en pintarla de cuerpo entero.

Su figura es magnífica, pero temo que no podríamos im­pedir que los chicos se resbalen de ese regazo, a menos que los abrochemos firmemente con alfileres de gancho.Tenga la bondad de entregarle la revista a Sadie Kate. La leeré esta noche y mañana se la devolveré.

¿Hubo alguna vez una alumna más dócil y obediente que…

S. McBride?

 

 

Jueves.

Mi querida Judy:

Estoy sumamente atareada desde hace tres días, organizando y poniendo en marcha todas esas últimas innovaciones que pro­yectamos contigo durante mi estada en Nueva York. Tu pala­bra es ley. Se instalará una pequeña pastelería pública.

Además, han sido encargadas las ochenta cajas. Es una idea magnífica eso de que cada niño tenga su cajita particular donde pueda acumular sus tesoros. La posesión de bienes personales contribuirá a hacer de ellos ciudadanos de responsabilidad. Siento que no se me ocurriera a mí esa estupenda idea; pero ni pasó por mi imaginación. ¡Pobre Judy! Posees un profundo cono­cimiento subconsciente de lo que anhelan esos corazoncitos, que yo, con toda mi simpatía y conmiseración, nunca he de alcanzar.

Hacemos todo lo posible para dirigir este establecimiento con la mínima porción de reglamentos incómodos, pero en lo que se refiere a esas cajas de caudales, tendré que ser muy severa sobre un punto en particular. Los chicos no podrán guardar en ellas ni lauchas, ni sapos, ni lombrices.

No te imaginas lo que me alegra el saber que a Betsy le van a aumentar el sueldo y que la tendremos permanentemente. Pero el honorable Cy desaprueba la iniciativa. Ha estado prac­ticando investigaciones y ha descubierto que la familia de Betsy muy bien puede mantenerla sin ningún sueldo.

-Usted no proporciona sus consejos legales gratuitamente -le dije yo-. ¿Por qué habría ella de dar sus servicios espe­cializados gratis?

-Esta es una obra de caridad – me replica.

-¿Entonces, cuando el trabajo se realiza para la conveniencia propia debe retribuírsele, pero cuando el trabajo se hace para el bien colectivo ha de hacerse gratuitamente?

-¡Qué disparate! – dijo él-. Ella es una mujer, y su familia debiera mantenerla.

Esta perogrullada se prestaba a un vasto campo de contro­versias y debates que no tenía interés de entablar con el hono­rable Cy, de manera que cambié de tema preguntándole si le parecía mejor tener un verdadero prado sobre la cuesta que conduce al pórtico, o dejarlo cubierto de heno. Le gusta que le consulten, y yo le doy el gusto en lo posible cuando se trata de insignificantes pormenores. Ya ves, estoy siguiendo los astu­tos consejos de Sandy: “Los síndicos son como las cuerdas de un violin: no se las debe atornillar demasiado ajustadas. Déle el gusto al hombre, pero siga usted su propio camino”. Esto me lo dice con aquel gracioso dialecto escocés.

¡Dios sea loado! ¡Cuánta diplomacia, cuánto tacto me está enseñando este asilo! Yo sería la esposa ideal para un hombre metido en política.

 

Jueves por la noche.

 

Te interesará saber que he colocado a Punch temporalmente con dos solteronas encantadoras que hace mucho tiempo que están vacilando al borde de un chico. Por fin volvieron la sema­na pasada y me dijeron que les gustaría llevar un niño a prueba durante un mes para ver la sensación que les producía.

Claro está que querían una bonita muñeca ataviada de rosa y blanco y descendiente del “Mayflower”.

Yo les dije que no era ninguna gracia criar a una hija del “Mayflower” para hacer de ella un ornamento de la sociedad, Que la verdadera hazaña consistía en criar bien al hijo de un tocador de organillo italiano y una lavandera irlandesa. Y les ofrecí a Punch.Esa herencia napolitana suya, hablando del punto de vista artístico, puede resultar una mezcla gloriosa, si llega el medio ambiente adecuado para suprimir todas las malas hierbas. Les presenté el asunto  como una propuesta  deportiva,  y accedieron a correr el albur.

Están dispuestas a llevarlo por un mes y volcar sobre él todas sus fuerzas morales concentradas, a fin de hacerlo apto para ser adoptado en alguna familia de principios morales. Ambas tienen un gran senti-do humorístico y carácter emprendedor, o nunca me hubiera atrevido a proponérselo. Tengo un presen­timiento que esto va a ser la mejor forma de amansar a nues­tro joven matamoros. Esas dos dulces mujeres le darán la aten­ción, ternura y caricias que nunca ha tenido en toda su pequeña existencia maltrecha.

Tienen su residencia en una antigua mansión señorial muy fascinadora, con un soberbio jardín italiano; los muebles y los decorados, las alfombras y cuadros han sido seleccionados entre lo mejor que ofrece el mundo entero. Es realmente un sacri­legio dejar suelto a ese diablillo destructivo entre semejante colección de tesoros. Pero hace más de un mes que no ha roto nada aquí, y creo que esa sangre italiana que lleva en sus venas responderá con amor a tanta belleza.

Yo les previne que no deben estremecerse por las profana­ciones que puedan brotar de esos adorables labios infantiles.

¡Se fue anoche en un espléndido automóvil, y acaso no me alegraba al decirle adiós a nuestro desacreditado mozalbete!

Es que ha absorbido casi la mitad de mis energías.

 

Viernes.

 

El medallón llegó esta mañana.

¡Muchas gracias! Pero no debiste regalarme otro; una dueña de casa no puede ser responsable por todas las cosas que pierden en su casa los descuidados huéspedes. Es demasiado bello para mi sencilla cadenita. Estoy pensando hacerme agujerear la nariz al estilo de los cingaleses para poder lucir mi nuevo medallón en lugar bien visible.

Debo informarte que nuestro Percy está contribuyendo con una buena obra constructiva al éxito de este asilo. Acaba de fundar el Banco John Grier, habiendo organizado todos los por­menores de manera tan altamente profesional y comercial, que resulta absolutamente incomprensible para mi cerebro carente de nociones matemáticas. Todos los niños mayores poseen libre­tas de cheques debidamente impresas; cada uno de ellos reci­birá un salario de cinco  dólares semanales en pago de sus servicios, como ser la asistencia a la escuela y los trabajos do­mésticos. A su vez, ellos abonarán al instituto (con cheque) el costo de su manutención y ropa, lo que consumirá sus cinco dólares. Esto parece un círculo vicioso, pero es realmente muy instructivo; comprenderán el valor del dinero antes de que les dejemos caer en un mundo mercenario. Los que descuellen en sus tareas escolares y domésticas recibirán una recompensa adi­cional. Con sólo pensar en la contabilización de nuestro banco, me duele la cabeza; pero Percy lo descarta como una simple bagatela. La sección teneduría de libros será llevada por nues­tros peritos aritméticos, y ello contribuirá a prepararlos para ocupar puestos de confianza. Si Jervis sabe de algunas vacantes para empleados bancarios, no dejes de notificarme; el año pró­ximo, para esta fecha, tendré ya preparado un excelente presi­dente, cajero y pagador de banco para ocupar sus puestos.

 

Sábado.

 

A nuestro doctor no le gusta que le llamen “enemigo”. Hiere sus susceptibilidades o su dignidad o algo por el estilo; pero ya que yo persisto, a pesar de sus reconvenciones, ha tomado represalias, apodándome “señorita Sally Lunn”, y está muy orgulloso de su vuelo imaginativo.Hemos inventado un nuevo pasatiempo: él me habla en el dialecto escocés y yo le respondo en el dialecto irlandés. Nues­tras conversaciones se desarrollan así:

-Buenas tardes tenga usted, doctor. ¿Y cómo va esa salud hoy?

-Muy bien, muy bien. ¿Y cómo van las cosas con los crios?

-Bien; están que da gusto.

-Me alegra mucho saberlo. Este tiempo variable es malo para la gente. Hay mucha epidemia por el país.

-¡Bendito sea el cielo que no la manda por aquí! Pero sién­tese, doctor, y haga de cuenta que está en su casa. ¿Le gustaría tomar una taza de té?

-¡Vaya usted, mujer! No quiero que se moleste por mí; pero la verdad es que no vendría mal un pocilio de té.

-¡Chitón! No es molestia de ninguna clase.

A ti no te parecerá esto una vertiginosa excursión al mundo de la frivolidad, pero, te aseguro, para un hombre de la dignidad de Sandy esos diálogos son positivamente bulliciosos y desen­frenados. El hombre ha estado de un humor celestial desde que regresé de Nueva York; ni una sola palabra malhumorada. Estoy empezando a creer que podré reformarlo igual que a Punch.

Esta carta debe ser bastante larga ya, hasta para ti; hace tres días que la estoy escribiendo, pedazo por pedazo,  cada vez que paso por mi mesa de escribir.

Tu afectuosa

Sallie.

P.D. – No me parece gran cosa ese tónico para el cabello de que tanto alardeas. Una de dos: o el farmacéutico no lo mezcló bien o Jane no me lo aplicó con discreción. La cuestión es que me quedé adherida a la almohada esta mañana.

 

 

Hogar John Grier.

Sábado.

Mi estimado Gordon:

He recibido su carta del jueves, y la considero muy tonta, por cierto.

¡Claro que no estoy tratando de darle calabazas en forma diplomática! Ese es mi modo. Si alguna vez me propongo darle calabazas, lo haré de golpe y porrazo y sin andar con rodeos. Pero, con toda sinceridad, no me di cuenta que habían pasado tres semanas desde que le escribí mi última carta.   ¡Perdone usted!

Además, mi querido señor, yo también tengo una cuenta pendiente con usted. La semana pasada estuvo en Nueva York y ni siquiera vino a verme. Creyó que no lo averiguaríamos, pero nos contaron…, y estamos ofendidas.

¿Le agradaría un bosquejo de mis actividades del día? Ahí va.

Escribí informe mensual para la reunión de la junta direc­tiva. Invité a almorzar al agente dela Asociaciónde Institu­ciones de Beneficencia del Estado. Revisé los menus de ios niños para los próximos diez días. Dicté cinco cartas para las familias que tienen nuestros chicos. Visité a nuestra pequeña retardada Loretta Higgins (perdone usted la referencia; ya sé que no le gusta que mencione a los retardados), que está en pensión en casa de una estimable familia, donde aprende a tra­bajar. Regresé a la hora del té y celebré una consulta con el doctor sobre la conveniencia de enviar a un sanatorio a un niño que tiene glándulas tuberculosas. Leí un artículo que trata del “sistema de chalets contra instituciones para albergar a los niños menesterosos.” (Lo que necesitamos son chalets; ojalá nos enviara usted algunos como regalo de Navidad.) Y ahora, siendo las nueve de la noche, estoy empezando una carta para usted, y me estoy cayendo de sueño. ¿Cuántas muchachas de sociedad conoce usted qxie puedan alardear de un día de activi­dades tan útiles como éste? ¡Ah!, me olvidé de decir que robé diez minutos de la hora que dedico a mi libro de cuentas para instalar una nueva cocinera.

Nuestra Sallie Wáshington-Johnston, cuyo arte culinario era digno de los dioses, tenía un geniecito algo espantoso, tanto así que llegó a aterrorizar al pobre Noah, nuestro superexceiente hornero, que estuvo a punto de presentar su renuncia. ¡No era posible prescindir de Noah! El es más útil a la institución que su propia directora, así que Sallie Wáshington-Johnston ha dejado de ser.

Cuando le pregunté su nombre a la nueva cocinera, me respondió:

-Mi nombre es Suzanne Estelle, pero mis amigos me llaman “Mimosa”.

“Mimosa” hizo la comida esa noche, pero hay que reconocer que le falta esa mano suave y delicada que poseía Sallie. Lamento mucho que usted no nos visitara mientras Sallie estaba todavía aquí. Se hubiera llevado una opinión muy elevada de mis habi­lidades de ama de casa. <strong><!–more–><!–nextpage–></strong>

La somnolencia me venció cuando terminé el último párrafo, y ahora han pasado dos días.

¡Pobre abandonado Gordon! Recién se me ocurre que nunca se le agradeció la remesa de arcilla para modelar que llegó hace dos semanas, y ya que se trataba de un regalo tan excepcionalmente práctico debía haber telegrafiado mi reconocimien­to. Cuando abrí el cajón y vi ese precioso revoltijo de arcilla, no pude resistir la tentación de sentarme inmediatamente y modelar una estatua de “Singapore”. Los niños lo adoran, y es sumamente práctico fomentar en ellos la enseñanza de las artes mecánicas.

Luego de un detenido estudio de la historia americana, he llegado a la conclusión de que no hay nada tan útil para un futuro presidente como el desempeño obligatorio e ineludible de tareas manuales a una edad temprana.

Por consiguiente, he dividido las funciones manuales de esta institución en cien partes, y los niños pasan en rotación semanal por una sucesión de tareas inhabituales.

Desde luego que todo lo hacen mal, porque ni bien aprenden una cosa pasan progresivamente a otra nueva. Nos sería mucho más fácil seguir la costumbre inmoral de la señora Lippett, que consistía en mantener a cada niño condenado por toda la vida a una rutina bien aprendida; pero cuando la tentación me asalta, evoco la triste figura de Florence Henty, quien se pasó siete años lustrando los llamadores de bronce de las puertas de esta. institución, y en seguida hago avanzar a los niños con decisión y firmeza.

Cada vez que me acuerdo de la señora Lippett me encole­rizo terriblemente. Esa mujer tenía el mismo punto de vis^a que tiene el político de Tammany Hall…: ni la más remota aspiración de servir a la sociedad; el único interés que tenía ella en el asilo John Grier era el de conseguir un medio de vida.

 

Miércoles.

 

¿A que no adivina, usted cuál es la nueva ciencia que acabo de introducir en mi asilo? ¡Pues ni más ni menos que la urbanidad en la mesa!

Jamás se me hubiera ocurrido que era tan difícil enseñar a los niños a comer y a beber. Su costumbre predilecta es bajar la cabeza, acercar la boca al cubilete y lamer la leche como los gatitos. Los buenos modales no son simplemente adornos que uno adquiere por vulgar presunción, como parecía creer la señora Lippett; la urbanidad significa autodisciplina y consi­deración por el prójimo, y mis niños tienen que aprender estas cosas.Esa mujer nunca les permitió hablar en la mesa, y me cuesca lo indecible sacarles una palabra aparte de un tímido susurro.

De modo que he implantado el hábito de que el personal íntegro, incluso yo misma, se siente con ellos a la mesa y se encargue de orientar la conversación hacia tópicos amenos e instructivos.

Además, he establecido una pequeña sección de enseñanza rigurosa, donde los pequeños, en grupos de relevo, arrostran una firme y continua persecución educativa durante una sema­na. Nuestro alto nivel en materia de conversación en la mesa puede advertirse prestando oídos a los siguientes diálogos:

-Sí, Tom; Napoleón Bonaparte fue un gran hombre -Los codos fuera de la mesa-. Poseía una facultad extraordinaria para concentrar su mente con inquebrantable persistencia sobre lo que anhelaba poseer; y ésa es la forma de conseguir y realizar -no arrebates, Susan; pide el pan cortésmente y Carrie te lo alcanzará-. Pero Napoleón era también un ejemplar vivieme de que el egoísmo, la complacencia excesiva para consigo mis­mo y la falta de consideración para con la vida del prójimo acabarán con el desastre a la… -¡Tom!, cierra la boca cuando mastiques- …y después de la batalla de Waterloo -deja en paz el buñuelo de Sadie- su caída fue tanto mayor, por cuanto… – ¡Sadie Kate, puedes dejar la mesa! No interesa lo que él te ha hecho. ¡Bajo ninguna provocación se permite una dama abofetear a un caballero!

Han transcurrido otros dos días; éste es el mismo estilo de carta errabunda y serpentina que le escribo a Judy. ¡Al menos, mi querido amigo, no podrá quejarse de que mis pensamientos han estado lejos de usted toda esta semana! Ya lo sé que abo­mina usted de las noticias relacionadas con el asilo, pero no lo puedo remediar porque esto es todo lo que conozco. No dis­pongo de cinco minutos al día ni para leer los diarios.

La inmensidad del universo ha desaparecido de mi vista, y todo lo que ansia mi corazón yace en el interior de esta pequeña verja de hierro. Salúdale, por ahora,

S. McBride,

Directora del Asilo John Grier.

Jueves.

Mi estimado enemigo:

“El tiempo no es otra cosa que el arroyo en que voy pes­cando. ..” ¿No le suena esa frase como algo filosófico, distante y remoto como si emanara del Dios de la creación? Pues viene de Thoreau, a quien estoy leyendo asiduamente en estos días. Como podrá observar, me he rebelado contra su literatura y he vuelto a la mía. Las últimas dos noches han sido dedicadas a Walden, un libro que se aparta todo lo posible de los pro­blemas del niño desvalido y menesteroso.

¿Ha leído alguna vez al viejo Henry David Thoreau? ¡De­biera hacerlo! Me parece que hallaría en él un alma gemela. Oiga esto: “La sociedad es por lo general muy baja y mezquina. Tropezamos con nuestros congéneres con demasiada frecuen­cia y sin haber tenido tiempo de perdonar y olvidar las últimas impudicias y hallar nuevos valores los unos para los otros. ¡Cuán­to mejor sería que hubiese una sola habitación por cada milla cuadrada como el lugar en que vivo yo!” ¡Qué hombre más afable, expansivo y buen vecino debe haber sido! No sé por qué, -pero me recuerda vagamente a Sandy.

Aunque el objeto de la presente es para comunicarle que nos visita ahora una dama que es agente de colocaciones para huérfanos. Esta señora está a punto de colocar a cuatro de nuestros polluelos, entre ellos a Thomas Kehoe. ¿Qué le pare­ce? ¿Nos arriesgamos? Ella tiene pensado colocar a Tommas en una granja situada en la región de Connecticut, donde no rige la ley de prohibición. Allí trabajará duramente para el sustento y vivirá con la familia del granjero. Me parece lo mas adecuado para él, y nosotros no podemos retenerle aquí para siempre; algún día tendrá que ser abandonado a su propio albedrío en un mundo lleno de whisky o alcohol.

Lamento mucho desprenderle contra su voluntad de ese jovial tratado sobre Dementia Precox en que está usted embebido actualmente, pero he de agradecerle quiera tener la bondad de pasar por ésta hoy alrededor de las ocho horas, a objeto de celebrar una conferencia con la dama de referencia.

Saludo a usted con toda consideración.

S. McBride.

 

 

Mi querida Judy:

Betsy ha embaucado inconscientemente a una pareja de padres adoptivos. Habían venido de Ohio en su automóvil de turismo con el doble propósito de visitar la ciudad y buscar una hija adoptiva. Por lo visto son los principales ciudadanos de su pueblo natal cuyo nombre no recuerdo en este momento; pero es un pueblo muy importante. Tiene luz eléctrica y gas, y el señor “Ciudadano Principal” es dueño de los intereses predominantes en ambas empresas. Con un simple movimiento de la mano podría hundir en la más negra oscuridad a todo ün pueblo; pero, por suerte, es un hombre de buen corazón y no hará nada tan duro, ni aunque dejen de reelegirle alcalde. Habita una hermosa casa de ladrillos que tiene un tejado de pizarra y dos torres; en el jardín hay un ciervo, una fuente y muchos árboles frondosos que forman un hermoso camino arbolado. (Lleva la fotografía de su casa en el bolsillo.) Son personas de buen fondo, gene­rosos y afables, aunque un poco gordos; ya ves lo apetecible que serían como padres adoptivos.

Bueno, pues nosotros teníamos precisamente la hijita de sus sueños; pero como llegaron.de sorpresa, sin anticiparnos nada, la niña se encontraba vestida con un camisón de franela y nía la cara sucia. La examinaron de pies a cabeza a Carolina y no quedaron bien impresionados; pero nos agradecieron cortésmente, diciendo que la tendrían en cuenta.

Querían visitar el orfanato de Nueva York antes de deci­dirse. Sabíamos muy bien que si llegaban a ver ese núcleo de niños tan superiores a los nuestros, la pobrecilla Carolina no tendría ninguna probabilidad de salir electa.

Entonces Betsy se puso a la altura de la emergencia. Con exquisito donaire les invitó a acompañarla en su coche para tomar el té en su casa esa misma tarde, con el propósito de ver allí a una de nuestras pequeñas pupilas que se encontraba visitando a su sobrinita (de Betsy). Como el señor y la señora “Ciudadanos Principales” son lo que se ha dado en llamar tor­pemente “advenedizos”, los pobres no conocen mucha gente bien en el este, y no han recibido las invitaciones que a su juicio les corresponde; de manera que se mostraron ingenua­mente regocijados con la perspectiva de un poco de diversión entre la buena sociedad. Tan pronto como salieron para almor­zar a su hotel, Betsy llamó su coche y salió disparando con Carolina. Al llegar a su casa la vistió con un primoroso vestidito bordado, color rosa y blanco, un gorrito de encaje de Irlanda, medias de seda rosa y zapatitos de raso blanco, y la colocaron pintorescamente en una hamaca, sobre el prado verde, bajo un frondoso árbol. Una niñera de impecable uniforme blanco (prestado también por la sobrinita de Betsy) estaba a su diestra, alimentándola con bizcochos y dulces, y ofreciéndole bonitos juguetes de todos los tamaños y coloridos.

Para la hora del té, cuando llegaron los padres adoptivos (en potencia), nuestra Carolina, saturada de buena comida y con­tenta, saludó a la pareja con arrullos de deleite. Desde el mo­mento en que sus ojos cayeron sobre ella se sintieron arreba­tados de amor. Ni la sombra de una sospecha cruzó por sus mentes inadvertidas de que este hermoso pimpollito de rosa no era otra que la chiquilla que vieron por la mañana. Así lascosas, luego de cumplir con las formalidades del caso, parece realmente como que nuestra pequeña Carolina vivirá en Las Torres y llegará a ser otra “ciudadana principal”.

Tengo que poner manos a la obra sin pérdida de tiempo sobre esa cuestión apremiante de los nuevos vestidos para nues­tras niñas.

Con la más alta estima, me complazco en saludar a usted,” estimada señora, como su más humilde y obediente servidora.

Sal. McBride.

Junio 19.

Mi queridísima Judy:

Oye la más espléndida de las innovaciones, la que va á rego­cijar tu dulce corazoncito:

¡NO HABRÁ MAS VESTIDOS DE PERCAL COLOR AZUL MARINO!

Como presentía que este aristocrático vecindario de suntuosas residencias de campo podría contener material valioso para nues­tro asilo, últimamente he estado actuando en los círculos socia­les de la localidad. Ayer, durante un almuerzo, desenterré a una hermosa viuda, muy encantadora, que usa unos divines trajes vaporosos y elegantes, que ella misma diseña.

Me confesó que su sueño dorado era ser modista, si hubiera nacido con una aguja en la boca en lugar de una cuchara de oro. Dice que no puede ver una muchacha bonita mal ves­tida, sin sentir un impulso irrefrenable de apoderarse de ella y diseñarle un vestido para transformarla por completo. ¿Te das cuenta qué magnífica oportunidad me ha caído entre las manos? Nada podía ser más a propósito para mis designios. Desde el instante en que ella abrió los labios era un “hombre marcado”. -Yo le puedo mostrar cincuenta y nueve chicas mal vestidas – le dije -, y tiene usted que regresar conmigo para diseñar sus nuevos trajes y hacerlas bellas.

Intentó protestar, pero, todo fue en vano. La conduje hasta su coche, la empujé hacia adentro y susurré al oído del chófer: “Hogar John Grier”.

La primera residente que cayó bajo nuestra mirada fue Sadie Kate, que llegaba fresquita, me imagino, de abrazar el tarro de la melaza; y por cierto que ofrecía un espectáculo atroz a la vista de cualquier persona con sentido estético.

Aparte de lo pegajoso de la melaza, tenía una media caída hasta el tobillo, el delantal estaba abotonado torcidamente y había perdido una de las cintas del pelo. Pero – como siem­pre – perfectamente a sus anchas, lo más campante, nos saludó con una ancha sonrisa y extendió una mano pegajosa a la señora.

-¿Ve? -le dije triunfante-. Ya ve cuánto la necesitamos. ¿Qué puede usted hacer para embellecer a Sadie Kate?

-Lavarla – dijo la señora Livermore.

Sadie Kate fue conducida al trote a mi cuarto de baño. Ter­minada la fregadura, el cabello peinado y lavado y la media colocada en lugar decoroso, la devolví a la señora Livermore para una segunda inspec-ción, hecha ahora una huerfanita per­fectamente normal. La señora le daba vueltas de un lado para otro y la estudiaba larga y detenidamente.

Sadie Kate es por naturaleza una perfecta belleza; tiene ese tipo moreno, selvático, de las gitanillas; parece la encarnación de las pequeñas hadas de los cuentos infantiles, que anidan en los páramos azotados por el viento, allá en Connemara. Mas, ¡ay!, nos hemos ingeniado para despojarla de su herencia, ataviándola con este atroz uniforme de asilo.

Después de cinco minutos de silenciosa contemplación, la señora Livermore levantó sus ojos hacia los míos y me dijo:

-Sí, querida; ustedes me necesitan.

Y ahí mismo trazamos nuestros planes. La señora Livermore será la presidenta de las comisiones de ROPA. Ella deberá elegir tres amigas para que la ayuden, y éstas, con la colaboración de nuestras vein-ticuatro mejores costureras, nuestra pro­fesora de corte y confección y cinco máquinas de coser, vamos a realizar el milagro de embellecer a esta institución. Y por añadidura, la caridad está de nuestra parte, pues-to que le damos. a la señora Livermore la oportunidad de ejercer la profesión que le fue robada porla Pro-videncia. ¿No soy ingeniosa por haberla encontrado? ¡Esta mañana me desperté con el alba pira cantar victoria!

Otro montón de novedades. Podría editar un segundo volu­men, pero voy a mandar esta carta al pueblo con el señor Witherspoon, quien, ataviado con un cuello muy alto y traje de etiqueta de lo más renegrido, está a punto de partir para asistir a un baile en el Club Campestre. Le dije que eligiera Lis mejores muchachas de entre todas para que vengan a contar cuentos a mis chicos.

 

 

¡Es espantoso lo maquinadora e intrigante que me estoy po­niendo! Siempre que hablo con cualquier persona, pienso para mí: “¿En qué me puedes servir tú para mi asilo?”

Existe el grave peligro de que la actual directora se esté afi­cionando a tal extremo a su puesto que nunca querrá aban­donarlo. A veces me la figuro una venerable anciana de cabellos

blancos transitando por el edificio en una silla de ruedas, pero dirigiendo aun tenazmente su cuarta generación de huérfanos.

¡Te ruego que la despidas antes de que llegue ese día!

Te abraza

Sallie.

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Viernes.

Mi querida Judy:

¡Ayer por la mañana, sin la más mínima advertencia, llagó un coche de alquiler y desembuchó sobre el umbral a dos hom­bres, dos muchachitos, una pequeña niñita, un caballo mecedor y un osito; luego se marchó!

Los hombres eran artistas y los pequeñuelos eran los hijos de otro artista fallecido tres semanas antes. Nos trajeron los chiquitines porque el nombre “John Grier” les parecía muy serio y respetable, y no como una de esas instituciones públicas. Ni siquiera les cruzó por la mente que antes de entregar a un niño a un asilo se requiere llenar ciertas formalidades. ¡Con razón que eran artistas!

Les expliqué que el asilo estaba repleto, pero parecían tan desorientados y asustados que les dije que tomaran asiento mien­tras les aconsejaba sobre el rumbo que debían tomar. Así que mandé a los pequeñuelos al jardín de infantes, recomendando se les suministraran pan y leche mientras yo escuchaba su his­toria. Esos artistas debían haber ejercido algún arte de brujería o tal vez era la deliciosa risa de la pequeñuela, la cuestión es que aun antes de que terminasen su relato ya los niños eran nuestros.

Jamás he conocido una criaturita más alegre y risueña que la pequeña Allegra (no caen a menudo por aquí nombres de tanto ornato y fantasía ni criaturas tan fantásticas tampoco). Allegra tiene tres años, ya pronuncia balbucientes frases infan­tiles, y la risa surge de su garganta en continuos borbotones como el trinar de los pajarillos.No ha dejado rastro alguno en ella la tragedia que acaba de tocarla tan de cerca. Pero Don y Clifford, fornidos mucha­chitos de cinco y siete años, respectivamente, ya llevan en la mirada la tristeza y el terror que da el conocimiento de ia crueldad de la vida.

Su madre fue maestra de jardín de infantes, casada con un artista, sin más porvenir que el entusiasmo y algunos tubos de pintura. Sus amigos aseguran que fue un gran talento, pero, desde luego, como ocurre siempre, se vio obligado a desperdi­ciarlo para poder pagar al lechero.

Vivían en forma azarosa, al acaso, en una vieja bohardilla-estudio desvencijada y destartalada; cocinaban detrás de los biombos y los niños dormían sobre los anaqueles.

Parece, sin embargo, que a pesar de tantas privaciones, hubo una profunda felicidad, un gran amor, mucha ternura y un cúmulo de amigos leales, todos ellos más o menos pobres pero artísticos, congeniales y magnánimos.

Los muchachitos, con su suave donosura, su gracia y deli­cadeza, dejan traslucir esa fase de su crianza y educación. Estos niños tienen una fineza, un donaire innato que muchos de mis niños, pese a todas las reglas de urbanidad que yo sea capaz de verter sobre ellos, jamás podrán lograr.

La madre de los niños murió en el hospital pocos días des­pués del nacimiento de Allegra, y el padre siguió luchando otros dos años, cuidando de su progenie y pintando como un ende­moniado -anuncios, avisos de propaganda, cualquier cosa- con tal de mantener un techo sobre sus cabezas.

Murió en el hospital de San Vicente hace tres semanas, a causa del exceso de trabajo, los disgustos y un ataque de pulmonía. Los amigos se reunieron en torno a las tres criaturitas huérfanas que quedaban en el mayor desamparo; procedieron a vendee las pocas instalaciones y objetos que habían escapado a la casa de empeños, pagaron las deudas y salieron en busca del mejor

asilo de niños que podían encontrar. ¡Y, Dios los ampare, nos eligieron a nosotros!

En fin, di de almorzar a los dos artistas, seres simpáticos que lucían unos inmensos sombreros blandos y flexibles y corbatas ondeantes estilo Windsor; los pobres tenían un aspecto bastante raído y deshilachado ellos también, y una vez terminado el almuerzo emprendieron el viaje de regreso a Nueva York des­pués de recibir mi solemne promesa de que daría a la pequeña cría mi preferente y más maternal atención.

Y aquí están, la pequeñuela en el jardín de infantes, los dos muchachitos en el aposento destinado a los niños, cuatro inmen­sos baúles repletos de lienzos en el sótano y otro baúl en el cuarto de bártulos, conteniendo las cartas y los efectos perso­nales de su padre y de su madre; y la expresión en sus sem­blantes, ese algo espiritual, etéreo, intangible, que es su herencia.

No me es posible apartarlos de mis pensamientos. Pasé la noche entera planeando su porvenir. Los muchachos no entrañan dificultades; los he hecho graduar en la Universidad, con la ayuda del señor Pendleton, y se hallan siguiendo honorables carreras profesionales y comerciales. Pero la que me preocupa es Allegra; no se me ocurre lo que he de hacer con ella. Claro está que el anhelo y la ambición normal para cualquier dulce y encantadora niñita sería que aparecieran dos bondadosos padres adoptivos para ocupar el lugar de los ver­daderos que la fatalidad le ha robado; pero es que en este caso sería una gran crueldad robársela a sus dos hermanos. El amor y la ternura que sienten por la nena es algo conmovedor, algo enternecedor; porque sabrás que ellos la han criado. Nunca se ríen los dos muchachitos, salvo cuando Ailegra hace o dice algo gracioso. Los pobrecillos echan de menos a su padre en forma atroz, desgarradora.

Anoche encontré a Don, el que tiene cinco años, llorando convulsivamente en su camita porque no podía desearle las buenas noches a su “papaíto”. Pero Ailegra es fiel a su nom-bre, la más alegre jovencita de tres años que he visto en mi vida. Su pobre padre hizo por ella todo lo que pudo, y ella, la pequeña ingrata, ya lo ha olvidado.

¿Qué puedo hacer con esta pequeña nidada? No hago más que pensar y cavilar sobre ellos. Es imposible colocarlos por separado en hogares adoptivos, y, por otra parte, sería una gran pena criarlos en el asilo; pues, a pesar de lo excelentes que llegaremos a ser una vez que nos hayamos restaurado y renovado, así y todo, no somos más que una institución y nuestros niños serán siempre unos pollitos de incubadora; a ellos les falta la atención individual, el cuidado inquieto que sólo puede darles la vieja gallina.

Hay un cúmulo de interesantes novedades que podría ha­berte escrito, pero mi pequeña nueva familia ha ahuyentado todo otro pensamiento de mi mente.

Como dice Sandy con aquel su cómico dialecto escocés: “Los crios son una gran alegría, pero no menos grande es ei cuidado que requieren”.

Siempre tu afectuosa,

Sallie.

P.D.- No olvides que la semana próxima vienes a visitarme.

P.D.2- El doctor que, por lo general, es tan poco sen­timental, y tan científico, se ha enamorado de Allegra. Ni si­quiera echó la más mínima ojeada a sus amígdalas; al verla, no hizo más que levantarla en sus brazos y oprimirla fuerte­mente contra su pecho. ¡No hay duda que Allegra es una pequeña brujita! ¿Qué será de ella?

 

 

Junio 22.

Mi querida Judy:

Debo informarte que ya no tienes por qué preocuparte so­bre nuestro servicio de protección contra incendio. El doctor (y el señor Witherspoonhan dado a este asunto su más grave consideración. y te aseguro que hasta ahora ningún juego que se  haya inventado ha sido tan entretenido ni tan destructivo como los ejercicios que practica nuestro servicio de bomberos.

El simulacro de incendio se desarrolla en la forma siguiente: Todos los niños se retiran a sus lechos y, sin desvestirse, se hunden en el más profundo y “alerta” de los sueños. De pronto cunde por el edificio la alarma de incendio. Los niños se le­vantan de un salto, se abalanzan sobre sus zapatos, de un ma­notazo arrebatan la frazada primera de sobre la cama, cubren con ella sus camisones imaginarios, se ponen en fila y salen al trote hacia el vestíbulo y las escaleras.

Cada uno de nuestros “indios” tiene a su cargo uno de los diecisiete pequeños del jardín de infantes, y éstos son “enfar­delados” con presteza, mientras chillan de gozo. Los restantes pieles rojas, mientras no exista el peligro inmediato de que se desplome el techo, se dedican a la tarea de salvamento. En ocasión de nuestro primer simulacro, estando Percy en el pues­to de comando, el contenido de una docena de armarios fue descargado dentro de algunas sábanas y lanzado por las ven­tanas. Yo me vi obligada a usurpar el puesto de comando justo a tiempo para impedir que les siguieran por la ventana los al­mohadones y los colchones.

Más tarde nosotras pasamos horas enteras arreglando y orde­nando toda esa ropa, mientras Percy y el doctor, ya decaído su interés, se encaminaban a paso lento, con la pipa en la boca, hacia el campamento.

En lo sucesivo nuestros ejercicios de simulacro de incendio serán un poco menos realistas. En fin, me complazco en decirte que, bajo la hábil dirección del jefe de bomberos Witherspoon dejamos vacío el edificio en seis minutos y veintiocho segundos.

Esa nenita Allegra debe llevar sangre de hadas en las venas. Jamás ha albergado este instituto a una criatura como ésa, cou excepción de una que Jervis y yo conocemos.Esta pequeña hada ha subyugado completamente al doctor. En lugar de hacer la ronda de sus visitas médicas como un hombre de ciencia sobrio y concienzudo, se viene a mi biblio-. teca tomado de la mano de Allegra y durante media hora cada vez se arrastra por la alfombra simulando ser un caballo, mien­tras que la graciosa pequeñuela está sentada sobre su espalda y le azuza para que ande.

¿Sabes una cosa, Judy? Estoy pensando poner un aviso en los diarios con el siguiente anuncio:

“Se reconstruyen con pulcritud y esmero los más diversos temperamentos”.

S. McBridE.

Sandy cayó hace un par de noches para tener un rato de conversación con Betsy y conmigo, y estuvo positivamente “frivolo”. Dijo tres chistes y se sentó al piano y cantó esa vieja canción escocesa “Mi amor es como una bella rosa en­carnada” y aquellas otras: “Ven, amor, bajo mi manto” y “¿Qué, qué es lo que hay en esa ventana?” Todas estas can­ciones no son muy educativas que digamos. ¡Luego bailó algu­nos pasos de una danza campestre escocesa!

Allí estaba yo sentada, contemplando estática mi obra; porque ésa es la pura verdad: yo lo he hecho sola con mi ejemplo de frivolidad y los libros que le he dado a leer, y la presentación de camaradas tan volubles y superficiales como Jimmy, Percy y Gordon Hallock. Si me dan unos pocos meses más para trabajar, haré de él un hombre casi humano. Ya ha descar­tado esas corbatas purpúreas que usaba, y a raíz de una sutil insinuación de mi parte se compró un traje gris. ¡Si vieras lo bien que le queda! Será un hombre de tipo muy distinguido tan pronto como logre sacarle la  costumbre de llenarse los bolsillos con toda clase de desperdicios que abultan. Adiós, y recuerda que te esperamos el viernes.

SaLLie.

P.D.- Aquí te mando una fotografía de Allegra, que fue tomada por el señor Witherspoon. ¿Verdad que es un amor?

La ropa que usa actualmente no realza su belleza, pero dentro de algunas semanas será “trasladada” a un primoroso vestidito color rosa pálido con incrustaciones de valencianas.

 

 

Miércoles,

Junio 24, 10 a. m.

Señora Jervis Pendleton:

Señora:

Su carta se encuentra en mi poder, y he tomado nota de que usted se ve impedida de visitarme el viernes, según prome­tiera, debido a que su esposo tiene asuntos de negocios que requieren su permanencia en la ciudad. ¡Qué clase de jeri­gonza es ésa! Dios mío, ¿se ha llegado a un punto tal que no lo puedes dejar ni por un par de días?

Yo no permití que por causa de ciento trece chicos me viese privada de hacerte una visita, y no veo por qué tú has de per­mitir que un solo marido impida que me hagas una visita. Iré a esperar el expreso de Berkshire el viernes, exactamente como habíamos convenido.

S. McBride.

 

 

Junio 30.

Mi querida Judy:

Esa fue una verdadera visita relámpago la que nos hiciste; pero, con todo eso, te estamos agradecidos. Me alegra muchí­simo que te haya entusiasmado la forma en que se dirige todo aquí ahora, y no veo el momento de que lleguen Jervis y el arquitecto para empezar en serio a rasgarlo todo a fondo.

¿Sabes, Judy? Tuve la más extraña sensación durante todo el tiempo que estabas aquí. Me parece inconcebible que tú, mi querida, maravillosa Judy, hayas sido realmente criada en esta institución, y que conoces por amarga experiencia lo que necesitan estos pequeñuelos. A veces la tragedia de tu infancia me llena de una ira tan intensa que me dan impulsos de arreman­garme y entrar en lucha contra el mundo entero para obligarle a renovarse y transformarse en un lugar más digno, más de­cente para que puedan vivir los niños. Esa ascendencia esco­cesa-irlandesa que llevo debe haberme hecho sumamente belicosa.

Con toda seguridad que si me hubieras iniciado con un asilo, moderno, equipado con bonitos, higiénicos y pulcros chalecitos, con todo su engranaje en perfecto funcionamiento, no hubiera podido aguantar la monotonía de su rutina metódica.

Lo que hace posible mi permanencia aquí es la visión de tantas cosas que claman al cielo para ser reformadas. <strong><!–more–><!–nextpage–></strong>

A veces, debo confesar, me despierto por la mañana y escu­cho estos ruidos de institución y olfateo este aire de institu­ción, y entonces me embarga una honda nostalgia por aquella vida alegre y despreocupada que por derecho me pertenece.

Tú, mi querida bruja, me has hechizado, y he venido; pero a menudo en las noches de vigilia tu hechizo se desgasta, se consume, y entonces comienzo el día con la resolución candente de huir lejos del Hogar John Grier. Por lo general postergo mi partida hasta después del desayuno. Y en eso que salgo al corredor, uno de esos chiquitines conmovedores viene corriendo hacia mí y tímidamente desliza entre mi mano un puñito cálido, crispado, y levanta los ojos para mirarme con esa dulce ino­cencia infantil, que pide mudamente unas caricias, algunos mimos, y entonces lo arrebato del suelo y lo oprimo fuerte­mente contra mi pecho; y en eso, al mirar por encima de su hombro a los otros pequeñuelos olvidados, se apodera de mí el ansia de tomarlos entre mis brazos a todos para hacerlos feli­ces con mi amor y ternura.

Hay algo hipnótico en el contacto con los niños. Por más que se luche contra ello, al final tiene uno que rendirse ante ellos. Tu visita debe haberme dejado en un estado de ánimo excepcionalmente filosófico; pero realmente tengo una o dos pequeñas, novedades que quiero participarte. Los nuevos vestidos están en marcha y  ¡hay que ver lo primorosos que van a ser!  La señora Livermore  quedó  petrificada de admiración por  esos cortes de telas de linón multicolores que tú nos enviaste. ¡Hay que ver nuestro taller de costura, con todas estas telas exqui-sias esparcidas por doquier. Y cuando pienso en nuestras sesenta muchachitas ataviadas con vaporosos vestiditos de linón en colo­res rosa, celeste, amarillo y lavanda, jugando y retozando por el prado en un hermoso día de sol, me parece que convendría proveer a nuestros futuros visitantes de anteojos ahumados. Ya sabrás, supongo, que algunos de esos bellos y brillantes colores van a resultar imprácticos por su fácil decoloración; -pero la señora Livermore es peor que tú: a ella no le interesa un bledo. Ella dice que, si es necesario, hará un segundo y un tercer jue­go de las mismas telas. La consigna del John Grier es hoy: “¡Abajo los vestidos de percal azul a cuadros!”

Me alegro de que te haya gustado nuestro doctor. Claro está que nos reservamos el derecho de decir de él lo que nos venga en gana, pero nuestras susceptibilidades se verían honda­mente heridas si otra persona se burlara de él.

El y yo seguimos controlando nuestras mutuas lecturas. La semana pasada apareció con el “Sistema de filosofía sintética”, de Herbert Spencer, para que yo le echase una ojeada no más; lo acepté agradecida y le di en recompensa el “Diario de María Bashkirtseff”.

¿Recuerdas tú cómo en el colegio solíamos enriquecer nues­tro vocabulario cotidiano con citaciones del libro de “María”? Pues bien, Sandy se lo llevó y lo leyó concienzuda y refle­xivamente.

-Sí – admitió hoy cuando vino a rendir cuentas -, se trata de una crónica verídica de cierto tipo de personalidad morbosa y egotística que desgraciadamente existe; pero no me explico por qué le agrada leerlo, pues, ¡a Dios gracias!, Sally Lunnentre usted y “Bash” no existe ninguna afinidad de caracteres.

Eso es lo más parecido a un cumplido que jamás me haya hecho, y me siento en extremo halagada. En cuanto a la pobre María, la llama “Bash” porque no puede pronunciar su nombre, y es demasiado desdeñoso para esforzarse en ello.

Aquí tenemos una niña, la hija de una corista, que es una mocita descarada, fachendosa, egoísta, vanidosa, afectada, en­greída y embustera, ¡pero tiene unas pestañas fascinadoras! Sandy le ha tomado una aversión profunda a esta criatura, y desde que leyó el diario de la pobre María, ha encontrado un nuevo y comprensivo adjetivo para resumir todas sus lastimosas cualidades. La llama “bashy”, como quien dice “desfachatada”, y con eso la descarta.

Adiós, y ven pronto otra vez.

Sallie.

P.D. – Mis chicos evidencian una lamentable tendencia por retirar la plata de sus cuentas bancarias para comprar caramelos.

Martes por la noche.

Mi querida Judy:

¿Qué crees tú que ha hecho Sandy ahora? Se ha mandado mudar en viaje de recreo para visitar ese instituto psicopático cuyo director alienista nos hizo una visita hace un mes más o menos. ¿Pero has visto algo parecido en todos los días de tu vida, Judy? Ese hombre está fascinado, hipnotizado por h gente insana, y no puede dejarlos en paz.

Cuando le pedí algunas instrucciones médicas de último mo­mento, me contestó con el dialecto escocés:

-Alimentad bien a los resfríos y matad de hambre a los cólicos, y desconfiad de los médicos.

Con esos consejos y algunos frascos de aceite de hígado de bacalao, nos ha abandonado a nuestros propios recursos.

Me siento muy libre e intrépida. Acaso será mejor que te vengas otra vez, ya que no se puede predecir qué jubiloso levantamiento soy capaz de acometer fuera de la influencia des­alentadora de Sandy.

S.

Hogar John Grier.

Viernes.

Estimado enemigo:

Aquí me encuentro amarrada al mástil, en tanto que usted se pasa la gran vida pindongueando por ahí con los dementes. ¡Precisamente cuando yo ya me estaba felicitando de lo lindo con la ilusión de que lo había curado del todo de esa morbosa predilección que siente por las instituciones psicopáticas! ¡Es demasiado desalentador! Ya casi se había vuelto un ser humano como todos en los últimos tiempos.

¿Puedo tomarme la libertad de preguntarle cuánto tiempo piensa permanecer allí? Se le dio permiso para ausentarse por dos días, y ya hace cuatro que se fue.Charlie Martin se cayó del árbol de cerezas ayer y se partió la cabeza, y tuvimos por fuerza que llamar a un médico extraño. Le dieron cinco puntadas.-El joven paciente sigue bien. Pero no nos gusta depender de extraños. No me importaría si usted estuviese ausente por negocios legítimos, pero bien sabe que después de asociarse con gente rabiosa durante una semana vol­verá a casa en un estado atroz de melancolía y desaliento, con­vencido de que la humanidad está irremisiblemente perdida; y entonces caerá sobre mí todo el peso de hacerle recobrar su buen humor.

Hágame el obsequio de dejar a esos pobres insanos que vivan, tranquilos con sus alucinaciones, y retorne al Hogar John Grier que lo necesita.

Soy su más ferviente amiga y… sirviente.

S. McB.

P.D.- ¿Qué me dice de ese final poético? Lo tomé prestado del poeta escocés Robert Burns, cuyas obras estoy leyendo asi­duamente en homenaje a cierto amigo escocés.

 

 

Julio 6.

Mi querida Judy:

Ese doctor todavía está ausente. Ni una sola palabra me en­vía; ha desaparecido en el espacio como por arte de encan­tamiento. No sé si volverá algún día o no, pero no me aflijo porque parece que marchamos muy contentos sin ayuda de él.

Ayer almorcé con las dos encantadoras damas que han dado su hogar y su corazón a nuestro Punch. El mocito parece encontrarse muy a sus anchas allí. Me asió de la mano y me llevó a inspeccionar el jardín, obsequiándome con la rosa de mi preferencia. Durante el almuerzo, el mayordomo inglés lo levantó y lo colocó en su silla, poniéndole su babero con tanta fineza y deferencia como si estuviese sirviendo a un príncipe de sangre real. Este mayordomo ha llegado últimamente de la mansión del conde de Durham, y Punch procede de un inmundo sótano uno de Houston Street. Te aseguro que fue un espectáculo en extremo edificante.

Mis anfitrionas (dueñas de casa) me entretuvieron más tarde con extractos de las conversaciones en la mesa durante las últimas dos semanas (me sorprende que el mayordomo no haya presentado su renuncia; parecía un hombre muy respetable”). Aun cuando nada resulte de todo esto, por lo menos Punch les ha provisto de anécdotas graciosas para el resto de sus vidas. Una de ellas hasta ha pensado en escribir un libro.

-Al menos -dice ella, secándose las lágrimas de risa histé­rica-, ahora podemos decir que lo hemos oído todo,  ¡que hemos vivido!

El honorable Cy cayó a eso de las seis y treinta, anoche, y me encontró en traje de sarao, disponiéndome a ir a casa de la señora Livermore para eenar. Insinuó blandamente que la señora Lippett nunca tuvo la aspiración de ser una guía social, ya que procuraba conservar todas sus energías para el trabajo.. Tú sabes que no soy vengativa, pero jamás miro a ese hom­bre sin desear que estuviese en el fondo de la laguna de los patos, fuertemente amarrado a una roca, pues de otro modo saldría de sopetón y quedaría flotando.

“Singapore” te saluda respetuosamente, y se alegra mucho de que no puedas verle con la figura que tiene ahora. Una espantosa calamidad ha caído sobre su apariencia estética. Algu­na criatura maleva -y no creo que ella sea varón- ha esqui­lado en partes a la pobre bestezuela, y “Sing” parece ahora un carnero sarnoso y apelillado. Nadie sabe  quién fue. ¡Sadie Kate es muy diestra con las tijeras, pero muy hábil también para probar la coartada! Durante el tiempo en que se presume que estaba ocurriendo el tijereteo, ella se hallaba sentada sobreun taburete en un rinconcito del salón de clase, ¡con la cara vuelta hacia la pared, según el testimonio de veintiocho niños. De cualquier modo, Sadie Kate tiene ahora la obligación de apli-car diariamente sobre las partes calvas de “Singapore”, ese tónico para el cabello que tú me mandaste.

Con amor de tu,

Sallie.

 

P.D.- Este es un retrato reciente del honorable Cyrus, dibu­jado del natural. El hombre es, en cierto modo, un conversador fascinante: gesticula con al nariz.

 

 

Jueves de noche.

Mi querida Judy:

Sandy ha vuelto después de una ausencia de diez días -sin dar ninguna clase de explicaciones- y sumergido en la más sombría tristeza. Se resiente cuando hacemos amables esfuerzos para reanimarlo un poco, y no quiere saber nada de nosotros, con excepción de la pequeña Allegra. La llevó a su casa para cenar hoy y no la trajo de vuelta hasta las siete y media, una hora escandalosa para una jovencita de tres años. No acabo de entender a nuestro doctor; se torna más incomprensible y her­mético día a día.

En cambio, Percy es un joven comunicativo, confiado, inge­nuo, sincero, abierto. Acaba de cenar con nosotras (es muy pundonoroso en materia social) y nuestra conversación ha gira­do por entero en torno a la chica que tiene en Detroit. La echa muy de menos y le agrada hablar de ella, ¡y las mara­villas que cuenta! Espero que esa señorita de Detroit sea digna de todo este noble afecto, pero me temo mucho….

Cuando hubo agotado todos los superlativos acerca de sus cualidades físicas y morales, extrajo de lo más recóndito de su chaleco un estuche de cuero, y desenvolviendo reverente­mente dos capas de papel de seda, me mostró la fotografía de una mocita de cara necia e insípida; puro ojos, pestañas, aretes y rulitos oxigenados. ¡Un horror!

Hice un esfuerzo para simular admiración, pero sentí con­traérseme el corazón de piedad, pensando en el porvenir que le aguardaba a ese pobre muchacho.

¿Por qué será que los mejores hombres casi siempre eligen a las peores mujeres, y las mejores mujeres a los peores hom­bres? Debe ser que por lo mismo que son tan buenos y confiados, son incapaces de sospechar ni de ver el mal cuando existe. En otros términos: son ciegos.

¿Sabes tú?, la ocupación más interesante del mundo es el estudio de los caracteres. Me parece que he nacido para ser novelista; las gentes me fascinan, hasta que llego a conocerlas a fondo. Percy y el doctor forman un contraste muy notable. Se puede saber en cualquier momento todo cuanto pasa por la imaginación de ese excelente joven; es como esos libros primeros de lecturas infantiles, escritos con tipo de letra grande en pala­bras de una sola sílaba. ¡Pero el doctor! Podría estar escrito en chino por lo ilegible, por lo incomprensible que es.Habrás oído hablar de personas con una naturaleza doble; bueno, pues Sandy posee una naturaleza triple. Por lo general, es pura ciencia y duro como el granito, pero de cuando en cuando aparecen síntomas de sentimentalismo debajo de su envoltura oficial. Durante días en capaz de ser paciente, bon­dadoso y servicial, y entonces empiezo a cobrarle afecto; de repente, sin ningún preaviso, surge el hombre selvático, indó­mito, desde las profundidades más recónditas de su ser, y enton­ces, ¡ay, Dios mío!, es una criatura imposible.

A veces tengo el presentimiento de que este hombre deba haber recibido en el pasado una profunda herida moral, y que sigue siempre rumiando y cavilando sobre el recuerdo de ello. Mientras conversa da la desagradable ser ición de que en lo profundo de su mente está pensando en otra cosa. Pero todo esto acaso no es otra cosa que mi interpretación romántica de un mal genio fuera de lo común. De todos modos, el hombre es muy desconcertante.

Hace más de una semana que esperamos que llegue una linda tarde de mucho viento, y hoy ha llegado. Mis chicos están goaando de su “día de los barriletes”, una costumbre japonesa.

Todos los muchachos mayores y la mayoría de las ninas están diseminados por esa pradera de ganado, alta, rocosa, que nos une al este, y se entregan a la tarea de remontar los barri­letes que ellos mismos han confeccionado.

Me costó un trabajo bárbaro engatusar al viejo gruñón Knowltop, el dueño de la finca en cuestión, para que nos per­mita el acceso.

Dice que no le gustan los huérfanos, y que si empieza por dejarlos pisar sus terrenos, el lugar se verá infestado por ellos para siempre. Cualquiera diría, al oírle hablar, que los huér­fanos son una .especie de escarabajo pernicioso.

Pero después de media hora de charla persuasiva de mi parte, nos dejó entrar, de mala gana, a la pradera de ovejas, advirtiéndonos que no era por más de dos horas, y siempre que no pongamos pie en la pradera donde apacentaban las vacas, atra­vesando una callejuela.

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Para asegurar la santidad de su pradera de vacas, el señor Knowltop ha enviado a su jardinero, su chófer y dos mozos de cuadra para patrullar los límites, durante el tiempo que dure el juego de los barriletes. Los niños siguen jugando todavía y es una aventura maravillosa para ellos eso de correr libre­mente por esas alturas bañadas de sol y azotadas por la fresca brisa, chillando de gozo cuando los barriletes se enredan unos con los otros.

Cuando regresen, cansados de jugar, recibirán una linda sor­presa en forma de tortas de jengibre y limonada.

¡Estos chiquillos tan patéticos, con sus caritas de viejos! Es una tarea ardua hacerlos jóvenes, pero me parece que lo estoy logrando. Y no cabe duda que es una sensación muy grata el saber que uno hace algo .positivo en bien de la huma­nidad. Si no me resisto con todas mis fuerzas, acabarás por conseguir lo que te habías propuesto, es decir, acabarás por transformarme en una persona útil. Los estímulos sociales de Worcester casi parecen insubstanciales frente a los intereses absorbentes de estos ciento trece pequeños seres vivientes.

Con todo el cariño de tu

Sallie.

P.D.- Creo, para ser exacta, que sólo son ciento siete niños los que poseo esta tarde.

 

 

Querida Judy:

Siendo éste un domingo hermoso y floreciente, con una brisa cálida que estimula deliciosamente los sentidos, me encontraba sentada ante mi ventana con el libro “Higiene  del  sistema nervioso” (la última contribución de Sandy hacia mis necesidades  mentales), abierto sobre mi regazo, y con los ojos fijos en el bello panorama que se ofrecía ante mí. “¡Gracias a Dios!, pensé, que esta institución ha sido construida de ma­nera que sea posible, por lo menos, contemplar este bello pa­norama a través de las paredes de hierro fundido que nos cir­cundan”.

Me sentía muy encarcelada y como si fuera una huérfana yo también; así es que llegué a la conclusión de que mi propio sistema nervioso requería también aire puro, ejercicio y aven­tura. Delante de mí se extendía esa franja blancuzca que es la carretera que se hunde en el valle y resurge por encima de las colinas por el otro lado. Desde que llegué, he sentido el ansia de seguir ese camino hasta la cúspide para ver lo que hay más allá de esos cerros. ¡Pobre Judy! Me imagino que ese mismo anhelo dominó toda tu infancia. Si alguno de mis pichoncitos, alguna vez, se asoma a la ventana y me pregunta “¿qué hay más allá?”, inmediatamente telefonearé para llamar un auto­móvil.

Pero hoy todos mis polluelos estaban ocupados piadosamente con sus pequeñas almas, y yo era el único corazón errante. Me levanté, entré en mi cuarto, cambié mi vestido de seda do­minguero por uno de hilo, planeando entretanto el modo de llegar hasta la cima de esas colinas.

Luego me acerqué al i teléfono y, con todo descaro, llamé el número 505.

-Buenas tardes, señora McGurk -dije con una voz muy dulce-. ¿Me permite hablar con el doctor MacRae?

-Tenga el tubo – dijo ella, secamente.

-Buenas tardes, doctor -le dije a él-. ¿Tiene usted, por ventura, algunos pacientes moribundos que vivan en la cumbre de aquellas colinas?

-¡No los tengo, loado sea el Señor!

-Lástima grande – dije yo, descorazonada.

-¿Y qué está haciendo usted ahora?

-Estoy leyendo el “Origen de la especie”.-¡Ciérrelo; no es apropiado para un día domingo! -Y dígame: ¿está su, coche bien lubricado y listo para partir? -Está a su disposición. ¿Quiere que lleve a dar un paseo a algunos huérfanos?

-Sí, a una huérfana que padece del sistema nervioso. Se ha apoderado de ella la idea fija de que tiene que llegar hasta la cima de esas colinas.

-Mi coche es un magnífico trepador. Déme quince mi­nutos. ..

-¡Espere! -grité yo-. Traiga también una sartén de ta­maño discreto, como para dos. En mi cocina no hay nada más chico que una carreta. Y pregúntele a la señora McGurk si puede usted cenar fuera.

Así que empaqueté en una canasta un tarro de tocino, hue­vos, buñuelos, bollos de jengibre, panecillos, y café con leche caliente en el termo, y estaba lista, esperando en el umbral cuando llegó Sandy con su coche y su sartén.

Fue una espléndida aventura, y él disfrutó de la grata sen­sación de escapar de todo, exactamente igual que yo. Ni una sola vez le permití mencionar la palabra “demencia”. Le hice contemplar las dilatadas extensiones de los prados que se ofre­cían a nuestras miradas, las largas filas de los sauces descopa­dos, respaldados por los cerros ondulantes; le hice aspirar el aire delicioso y fresco, escuchar el graznido de los cuervos, el retintín de las campanillas del ganado, y el gorgotear del río. Y hablamos -¡ah!- hablamos de millares de cosas ajenas por completo a nuestro Asilo. Le hice descartar la idea de que es un hombre de ciencia, y hacerse la ilusión de que es sólo un muchacho. Aunque parezca increíble, lo consiguió -más o menos-; durante toda la tarde estuvo alegre y tra­vieso como un verdadero muchacho.  Sandy aun no ha pa­sado la treintena, y,  ¡santo cielo!, eso es muy pronto para ser viejo.

Acampamos sobre una escarpa que dominaba todo el pano­rama, salimos a recolectar madera flotante, hicimos una fogara y cocinamos la. más exquisita de las cenas -aunque con una rociada de madera quemada en los huevos fritos -, pero el carbón de leña es saludable.

Más tarde, una vez que Sandy acabó de fumar su pipa y al empezar a ponerse el sol, nos pusimos de pie, empaquetamos nuestras cosas y emprendimos el regreso cuesta abajo.

Dice Sandy que ésa fue la tarde más feliz que ha tenido en muchos años, y le creo; ¡pobre hombre de ciencia iluso!

Esa sombría inorada verde oliva donde pata su existencia es tan lóbrega, incómoda y falta de inspiración que no es de extrañar que anegue su amargura en los libros. Tan pronto como pueda encontrar una buena ama de casa para que !o cuide bien, tengo el propósito de tramar el despido de Maggie McGurk, aunque preveo que ella va a ser aún más difícil de arrancar de sus amarras que el labrador Sterry.

Te ruego que no arribes a la conclusión de que me estoy interesando inusitadamente por nuestro malhumorado doctor, porque eso no sería la verdad. Es simplemente porque me apena que lleve una existencia tan triste e incómoda y por esc me entran ganas, a veces, de palmearle la cabeza y decirle que recobre el buen humor; que la vida es bella, llena de sol, y que algo de su belleza y de su sol le corresponde a él; ni mas ni menos, como ansio reconfortar a mis ciento siete huérfanos.

Estoy casi segura que tenía algunas verdaderas novedades que contarte, pero se me han olvidado por completo. Tanto aire puro como he inhalado me ha dado sueño. Son las nueve y media, y te deseo buenas noches.

S.

P.D.- Gordon Hallock se ha evaporado. Ni una sola pa­labra en tres semanas; nada de bombones, ni animales rellenos, ni prendas, ni recuerdos de ninguna especie. ¿Qué le habrá ocu­rrido a ese joven tan atento?

 

 

Julio 13.

Queridísima Judy:

¡Oye con atención las buenas nuevas!

Como hoy vence el plazo para el retorno de Punch, llamé por teléfono a sus dos protectoras (madrinas) según denomi­namos este vínculo, para disponer su regreso. Me contestaron con una negativa llena de indignación. ¿Renunciar a su pe­queño y adorado volcán precisamente cuando comienzan a amaestrarlo para que no vomite lava? ¡Jamás! Están indigna­dísimas conmigo por haberles hecho tan ingrata propuesta. De modo que Punch ha aceptado su invitación para pasar el ve­rano con ellas.

Los  trabajos modisteriles siguen  con ahinco;  hay que  oír el zumbido de las máquinas de coser y la charla y el alboroto en el salón de costura. La huerfanita más amilanada, indiferente y apática se reanima y toma interés por la vida cuando le dicen que va a ser dueña y señora de tres vestidos, absolutamente personales, y cada uno de distinto color, elegido por ella mis­ma. Y hay que ver cómo les da aliciente para coser y aprender; hasta las pequeñas de diez años ansian transformarse en cos­tureras. Ojalá pudiese idear un sistema igualmente eficaz para hacerles tomar interés por la cocina. Pero nuestra cocina es sumamente aburrida; ya sabes cómo apaga el entusiasmo cuan­do hay que preparar una tonelada de patatas de golpe.

Creo que ya te dije que mi ilusión sería dividir a mis chi­quillos en diez pequeñas familias, poniendo a cargo de cada una de ellas a una buena y sencilla mujer con el alma de una madre de familia. Si tuviéramos diez chalecitos pintorescos: para instalar a nuestras diez familias, con flores en el jardincito del frente y conejillos, gatitos, perritos y gallinas en el patio del fon­do, entonces sí que seríamos una institución perfectamente pre­sentable, y no nos avergonzaríamos de que nos vengan a visitar esas comisiones de expertos en materia de Beneficencia.

 

Jueves.

 

Empecé esta carta hace tres días; fui interrumpida, para ha­blar con un filántropo en potencia (regalaba cincuenta entradas para el circo), y desde entonces no he tenido tiempo de tomar la pluma en la mano. Hace tres días que Betsy está en Filadelfia para actuar, como madrina de boda, en el casamiento de una prima suya. Quiera Dios que no haya más de estas fas­tidiosas primas, porque es un trastorno para nuestra Institución.

Aprovechando su estada en aquella ciudad, le pedí que in­vestigara los antecedentes de una familia que nos había soli­citado una criatura. Claro está que no poseemos un Departa­mento de Investigaciones apropiado, pero, de tanto en tanto, cuando una familia interesante nos cae entre las manos, nos gusta llevar a cabo la transacción con todas las reglas.

Por lo general, trabajamos en combinación con las Socieda­des de Beneficencia del Estado. Ellas tienen muchos agentes adiestrados que viajan por el país, manteniéndose en contacto con las familias que están dispuestas a adoptar niños, y asimismo tienen contacto con los asilos que disponen de esos niños. Ya que estos agentes están conformes en trabajar por nosotros, sería inútil incurrir en los gastos que demandarían los trámites para colocar a nuestros niños. Mi deseo es colocar a todos los que están disponibles, porque es mi firme convicción que un hogar particular es lo mejor para el niño, siempre, claro está, que seamos muy exigentes sobre la clase de hogares que elegi­mos. No exijo padres adoptivos acaudalados, pero sí quiero padres inteligentes, amorosos y buenos.

Esta vez me parece que Betsy ha pescado una familia que es una joya. No se les ha entregado el niño todavía, ni se han firmado los papeles, y por supuesto hay el peligro de que cambien de idea y anulen la transferencia. <strong><!–more–><!–nextpage–></strong>

Pregúntale a Jervis si conoce a un tal J. F. Bretland de Filadelfia. Este señor parece ser una figura importante en loscírculos financieros, La primera vez que supe de él fue por una carta dirigida al “Director del Asilo John Grier: Muy señor mío”, una carta escrita a máquina, muy formal, brusca y concisa, firmada por un abogado terriblemente serio y directo, en la que me comunicaba que la señora esposa del señor Bretland había resuelto adoptar una niña bien parecida y con buena salud, de dos a tres años de edad. Debía ser norteame­ricana de pura cepa, con una herencia intachable, y no tener parientes que pudieran inmiscuirse. Quería saber si tenía una niña en esas condiciones, y me agradecía anticipadamente se lo luciera saber.

Como referencias, me citó a “Bradstreets”. ¿Habráse visto nada más cómico? Cualquiera diría que estaba abriendo un crédito en un asilo de infantes, y que adjuntaba un pedido del catálogo de semillas.

Iniciamos la investigación que es de rigor, enviando un for­mulario en blanco a un sacerdote en “Germantown”, donde residen los Bretland. El formulario decía así:

¿Tiene propiedades?

¿Paga todas las cuentas?

¿Es caritativo con los animales?

¿Concurre a la iglesia?

¿Riñe con su mujer?

Y una docena más de preguntas impertinentes.

Sin duda elegimos un sacerdote con un sentido humorístico muy agudo. Pues en lugar de contestar todas estas preguntas una por una, escribió en letra grande a través de toda la hoja: “¡Ojalá me adoptaran a mí!”

Esto parecía muy promisorio; así que Betsy Kindred salió disparando para “Germantown” ni bien hubo concluido el casamiento. Betsy está desarrollando el más fenomenal de los instintos detectivescos. En el curso de una visita social, ella absorbe y penetra toda la historia moral de una familia, con sólo mirar las sillas y las mesas.

Volvió de Germantown estallando de entusiasmo. El señor J. F. Bretland es un ciudadano rico e influyente, cordialmente querido, por sus amigos y odiado profundamente por sus enemigos (empleados exonerados que no vacilan en decir que es un hombre muy duro). No es muy puntual en su asistencia a la iglesia, pero su mujer es muy devota, y él hace muchas donaciones. La esposa es una dama de abolengo, bondadosa y culta; acaba de salir de un sanatorio donde es­tuvo internada durante un año a raíz de un colapso nervioso. El médico dice que lo que ella necesita es un hondo interés en la vida y aconseja la adopción de un niño. Ella siempre ha deseado hacerlo, pero su intransigente esposo ha rehusado ter­camente. Finalmente, como suele ocurrir, es la suave y persis­tente esposa la que ha triunfado, y el duro marido ha tenido que ceder. Renunciando a su propia innata preferencia por un varoncito, en su carta el señor Bretland nos pidió lo de siem­pre: una nena de ojos azules y pelo amarillo.

La señora Bretland, alentando siempre en lo más profundo de su corazón el firme propósito de adoptar una niña, hace años que viene documentándose en materia de puericultura, y no existe un solo detalle de dietética infantil que ignore. Tie­ne listo un hermoso aposento destinado a su futura hija, con una magnífica vista que da al sureste y mira hacia un esplén­dido jardín. El cuarto está inundado de sol; ¡en una cómoda están guardados secretamente muñecas de todos los tipos y tamaños! Ella misma ha confeccionado la ropa de estas mu­ñecas -se las mostró a Betsy con el mayor orgullo- así que ya comprenderás que tiene que ser una niña; no hay nada que hacer.

Le dijo a Betsy que acababa de saber de una excelente niñera inglesa graduada, pero no estaba segura si no sería mejor em­pezar con una niñera francesa para que la chiquitina pudiese aprender el francés antes de que las cuerdas vocales se en­durezcan. Además se mostró sumamente impresionada cuando supo que Betsy era graduada en el Colegio Superior. Dijo que no podía decidir si mandaría a la nena al Colegio Superior o no. ¿Cuál era la sincera opinión de Betsy? ¿Si la niña fuese hija propia de Betsy, la mandaría al Colegio Superior o no?

Todo esto sería cómico si no fuera tan conmovedor; por­que yo, con toda sinceridad, no puedo apartar de mi imagina­ción el cuadro de aquella pobre solitaria mujer cosiendo esas prendas de muñeca para la niñita desconocida, que no sabía siquiera si podría conseguir. Había perdido sus dos hijitos ha­cía años, o, más bien dicho, nunca los tuvo; nunca estuvieron vivos.

Puedes darte una idea del magnífico hogar que sería ése. Hay allí mucho amor y ternura aguardando a la afortunada criaturita, y eso es mejor que toda la riqueza que, en este caso, también va aparejada.

El problema consiste ahora en hallar a la criatura, y eso no es fácil; los J. F. Bretland son tan abominablemente explícitos en sus demandas. Aquí tengo el varoncito ideal para ellos, pero con ese armario repleto  de muñecas,  el nene está fuera de concurso. La pequeña Florence no sirve: vive uno de los pa­dres. Tengo una gran variedad de extranjeros con suaves ojos pardos: de nada sirven. La señora Bretland es rubia y la hija debe parecerse a ella. Tengo algunos adorables chiquitines con una herencia innombrable, pero los Bretland quieren seis ge­neraciones de abuelos religiosos, con un gobernador colonial en la cúspide. Además, tengo una deliciosa niñita de cabello ensortijado (y los rizos están escaseando cada vez más); pero es ilegítima. Esto último parece constituir una barrera infran­queable a los ojos de padres adoptivos, aun cuando no afecta para nada a la criatura. De cualquier modo, esa niñita no sir­ve; los Bretland exigen rotundamente un certificado de ma­trimonio.

Queda una sola niña de entre todas estas ciento siete que parecen disponibles. Los padres de nuestra pequeña Sophie murieron en un accidente ferroviario y la única razón por la cual ella no murió también fue porque acababan de dejarla en ti hospital para abrirle un absceso en la garganta. Ella tiene buena ascendencia norteamericana: ordinaria pero irrepro­chable en todo sentido. Sophie es una nena insípida, amilanada y malhumorada. El doctor la ha estado llenando de su predi­lecto aceite de hígado de bacalao y espinaca, pero no consigue infundirle ni vestigio de buen humor.

Con todo eso, la atención y el amor individual hacen pro­digios con los niños de los asilos, y a lo mejor puede florecer y transformarse en una criatura bella, y risueña después de algunos meses de trasplante. De modo que ayer le escribí una carta a J. B. Bretland, haciendo un relato entusiasta de su inma­culada historia familiar, y añadiendo que podíamos llevarla a Germantown.

Esta mañana recibí un telegrama de J. F. Bretland. ¡De ningún modo! El no tiene la intención de comprar una hija sin verla antes. Vendrá personalmente a inspeccionar a la niña el miércoles próximo, a las tres horas.

¡Ay, Dios mío, si no llega a gustarle! Ahora estamos empe­ñando todas nuestras energías para realzar la belleza de Sophie como si fuera uno de esos cachorros destinados a la exposición canina. ¿Te parece muy inmoral si le pongo un poco de rouge en las mejillas? Es muy joven para tomar la costumbre, así que no habría ningún mal en ello.

¡Misericordia, qué carta! Un millón de páginas escritas sin abrir brecha. Puedes comprender dónde está mi corazón. Estoy tan excitada ante la perspectiva de que Sophie va a establecerse tan confortablemente para toda la vida, como si ella fuese mi propia hijita adorada.

Respetuosos saludos al presidente.

Sal. McB.

 

 

Estimado Gordon:

Fue una treta odiosa, baja y brutal eso de no mandarme unas líneas de aliento durante cuatro semanas, simplemente porque yo, en un período de excepcional trabajo, dejé pasar tres semanas sin escribirle. Me estaba empezando a preocupar el temor de que se hubiese caído al río Potomac. Mis pichones le echarían muy de menos; quieren mucho a su tío Gordon. Sírvase tener presente que prometió mandarles un burrito.

Sírvase también tener en cuenta que soy una persona más atareada que usted. Es mucho más difícil dirigir el asilo John Grier quela Cámarade Representantes. Por otra parte, usted tiene ayudantes mucho más expertos que yo.

Esto no es una carta; es una indignada protesta. Le escribiré mañana o pasado.

S.

P.D.- Al releer su carta, me siento algo apaciguada, pero no se crea que me convencen todas esas dulces palabras; sólo adula cuando gasta tan bellas frases.

 

 

Julio 17.

Mi querida Judy:

Tengo que relatar una historia. El día de hoy, debes recor­dar, es aquel miércoles próximo sensacional de que te hablé en mi última carta.

Así pues, siendo las dos y treinta horas del día, nuestra pe­queña Sophie fue bañada, cepillada y vestida de arriba a abajo con fino linón de hilo; luego fue puesta bajo el cuidado de una huérfana de confianza, con instrucciones anhelosas de mante­nerla limpia.

A las tres y treinta clavadas (nunca he conocido un ser hu­mano tan desconcertante en su inmutable seriedad y formali­dad comercial) un automóvil de lujoso diseño foráneo se es­tacionó ante los portones de este imponente castillo. Un personaje de hombros anchos y cuadrados y barbilla protuberante, con un bigote recortado y unos modos que inducen a uno a apresurarse, se presentó, tres minutos más tarde, en la puerta de mi biblioteca. Me saludó bruscamente con el nombre de ”Señorita McKosh”. Le rectifiqué suavemente, y lo cambió a “Señorita McKim”.

Ofreciéndole mi más confortable sillón, le invité a tomar algún refresco después de su largo viaje. Aceptó un vaso de agua (yo siento gran admiración por los padres abstemios), y reveló gran impaciencia por terminar el asunto cuanto antes. Así que toqué la campanilla y mandé traer a la pequeña Sophie. -¡Alto ahí, señorita McGee!  -me  gritó-. Prefiero ver­la en su propio medio ambiente. Yo le acompañaré al salón de recreo, o corral, o lo que sea el lugar en que guarda sus chicos.

Así que le conduje hasta el aposento de los pequeñuelos, en donde había trece o catorce chiquitines revolcándose y brin­cando sobre colchones colocados en el suelo; éstos vestían tra-jecitos de juego hechos de percal. Tan sólo Sophie, en toda la gloria de su atavío femenino, estaba acomodada en los bra­zos de una huérfana con cara de aburrida. Sophie se retorcía y luchaba para desasirse y bajarse al suelo, y todas esas primo­rosas enaguas femeninas de linón estaban fuertemente enros­cadas alrededor de su cuello. La tomé en mis brazos, alisé sus ropas, le limpié la nariz y le invité a mirar al caballero.

Todo su glorioso porvenir estaba pendiente de unos pocos minutos de buen humor, ¡y en lugar de sonreír, se echó a lloriquear!

El señor Bretland le estrechó la mano cautelosamente, como si fuera un escarabajo, y se puso a gorjear y a trinar, como se hace con un gorrión. Sophie no le hizo el más mínimo caso; le dio la espalda y hundió el rostro en mi cuello. El señor Bretland se encogió de hombros y dijo que tal vez podrían tomarla a prueba. A lo mejor le gustaría a su mujer; él igual no tenía ningún interés en el asunto. Y nos encaminamos hacia la puerta.

¡En ese momento, a quien se le ocurre venir gateando directamente a través de su camino, sino a ese pequeño rayo de sol, Allegra! Precisamente delante de él se tambaleó, aleteó con sus bracitos como un pequeño molino de viento, y se desplomó a sus pies. El señor Bretland brincó a un lado con suma agilidad, para no pisotearla, y después la levantó y la puso en pie. El le abrazó una pierna con sus brazos, y alzando los ojos riendo y gorgoteando como un pajarillo, le dijo:

-¡Papaíto! ¡Quero subí, papaíto!

Es el primer hombre, a excepción del doctor, que la criatura ha visto en muchas semanas, y seguramente se parece algo a su casi olvidado padre.

J. F. Bretland la levantó y la lanzó al aire repetidas veces con tanta pericia, como si se tratara de un acontecimiento diario, mientras que ella chillaba extáticamente de gozo. Des­pués, cuando hizo ademán de bajarla, ella le agarró de una oreja y de la nariz y se puso a tamborilear una retreta sobre su estómago con ambos pies. ¡Nadie podrá acusar a Allegra de que le falta vitalidad!

J. F. se desenredó de sus caricias, y surgió despeinado pero con expresión firme y resuelta. Puso en pie a Allegra, pero retuvo su puñito crispado entre su mano.

-Esta es la nena para mí – dijo -. No hace falta que yo siga buscando más.

Le expliqué que no podíamos separar a la pequeña Allegra de sus hermanos; pero cuanto más objetaba, más terco se ponía él. Volvimos a la biblioteca y discutimos sobre el asunto du­rante media hora. Estos eran sus argumentos:

A él le gustaba su herencia, le gustaba su aspecto físico, le gustaba la vivacidad de su espíritu, le gustaba ella. Si le que­rían encajar una hija, que por lo menos fuese una a su guste, una que tuviera bríos. No quería saber nada con esa otra pequeña y gruñona Sophie. Pero si yo le daba a Allegra, él la criaría y la educaría como su propia hija, y tomaría sus disposiciones para que estuviese asegurada por el resto de su vida. ¿Qué derecho tenía yo de privarla de una vida tan es­pléndida como ésa por un absurdo sentimentalismo? La familia de Allegra estaba destruida; ahora, lo mejor que yo podía hacer por ellos era asegurar su porvenir individualmente.

-Llévese los tres – le dije con todo descaro.

Pero no, eso no lo podía hacer, dijo; su mujer era delicada de salud, y una sola criatura era todo lo que podía manejar.

Pues bien, me hallaba en un terrible dilema. Parecía una oportunidad magnífica para la niña, pero, por otra parte, sería una crueldad muy grande separarla de esos dos hermanitos que la habían criado y la idolatraban. Sabía perfectamente que si los Bretland la adoptaban legalmente, harían todo cuanto es­tuviese en su poder para romper todos los lazos que la unían al pasado, y la niña era tan pequeñita todavía que olvidaría a sus dos hermanos tan rápidamente como había olvidado a su padre.

Luego pensé en ti, Judy, y en la amargura que siempre has sentido, porque cuando aquella familia quiso adoptarte, el asilo no te dejó ir. Siempre has dicho que tú también podrías hi-ber tenido un hogar igual que otros niños, pero que la señora Lippett te lo robó. ¿No le estaba robando yo su hogar mara­villoso a la pequeña. Allegra? Con los dos muchachitos sería distinto; ellos podrían ser educados y lanzados al mundo pan ganarse la vida. Pero para una mujer, un hogar como ése sería una bendición. Desde que llegó a nosotros la pequeña Allegra, he tenido la sensación de que es así como debió haber sido la pequeña Judy. Tiene habilidad y espíritu. Debemos tratar de proporcionarle también la oportunidad. Ella también merece su parte de los bienes y la belleza del mundo, en la medida en que la naturaleza le ha dado la facultad de comprender y valorar. ¿Y qué asilo podría darle todo eso?Estaba de pie cavilando y cavilando, mientras el señor Bretland se paseaba impacientemente por la habitación.

-Haga bajar a esos dos muchachitos para que yo les hable -insistió el señor Bretland-. Si tienen un vestigio de genero­sidad, les alegrará de que yo me la lleve.

Los mandé buscar, pero el corazón me pesaba, como si fuera de plomo. Los niños seguían pensando en su padre; parecía una crueldad inaudita robarles también a esa adorada hermanita. Entraron, tomados de la mano, los dos magníficos mucha­chitos, y se quedaron ahí aguardando respetuosamente a que se les interpelara, mirando fijamente al extraño caballero con sus ojos grandes y asombrados.

-Vengan aquí, muchachos. Quiero hablarles. -Tomó a cada uno de la mano-. En la casa en que vivo no tenemos ningún niñito, así que mi señora y yo decidimos venir aquí donde hay tantos niñitos que no tienen padres ni madres, y llevarnos uno para nosotros. Ella tendrá una casa muy hermosa, tendrá muchos juguetes y muñecas con que jugar, y será feliz du­rante toda su vida; mucho más feliz de lo que podría ser aquí. Yo sé que ustedes dos van a estar muy contentos si les digo que he elegido a su hermanita.

-¿Y no la vamos a ver más? – preguntó Clifford.

– ¡Ah, sí!, algunas veces.

Clifford miraba al señor Bretland, y dos gruesas lágrimas res­balaron por sus mejillas. De un tirón retiró su mano del señor Bretland y se abalanzó hacia mí, arrojándose en mis brazos. Con sollozos desgarradores, gritaba:

-¡No le deje llevarla! ¡Por favor! ¡Por favor! ¡Dígale que se vaya pronto!

-¡Llévelos a todos! -imploraba yo.

Pero es un hombre duro.

-No he venido a llevarme todo un asilo -me contestó, secamente.

A esta altura, Don también lloraba, al otro extremo de la habitación. ¡Y en ese momento, quién tiene que venir a meterse entre tanto alboroto, si no el doctor MacRae, llevando en bra­zos a la pequeña Allegra!

Hice las presentaciones y di algunas explicaciones. El señor Bretland alargó los brazos para tomar a la niña, pero Sandy la tenía firmemente sujeta.

-Esto es absolutamente imposible -le dijo Sandy secamen­te-. La señorita McBride le dirá a usted que una de las reglas más inflexibles de este establecimiento es no separar jamás a una familia.

-La señorita McBride ya lo ha decidido -dijo J. F. B. bruscamente.

-Ya hemos discutido el asunto en todas sus fases.

-Usted debe estar equivocado -dijo Sandy, tornándose de lo más escocés y mirándome a mí-. Usted, señorita McBride, no puede haber tenido la intención de cometer un acto de tanta crueldad. ¡No puede usted ser tan despiadada!

Aquí estaba la decisión de Salomón una vez más, con dos de los hombres más tercos que el buen Dios jamás haya creado, arrancando a la pobrecilla Allegra de miembro a miembro.

Despaché a los tres chiquillos al jardín y volví a la refriega. Discutimos fuerte y encarnecidamente durante un rato hasta que al fin J. F. B. repitió como un eco eso que yo había pre­guntado tantas veces en los últimos cinco meses: “¿Quién es la cabeza de este asilo?  ¿La directora o el médico visitador?”

Yo estaba furiosa con el doctor por haberme puesto en esa situación delante de ese hombre, pero no me era posible reñir con él en público; así que no tuve más remedio que decirle al señor Bretland con sequedad y determinación que Allegra no podía ser.

¿No podía él decidirse por Sophie?

-No -me dijo -, de ningún modo. Ya lo he resuelto ¡Allegra o nadie!

Que él esperaba que yo comprendiera perfectamente que por mísera cobardía sentimental había arruinado todo el porvenir de la niña. Y con ese balazo como despedida, retrocedió hasta la puerta. -Señorita McBride, doctor MacRae, les deseo muy buenas tardes.

Se compuso lo bastante como para lograr hacernos dos for­males reverencias, y salió.

Ni bien se hubo cerrado la puerta tras él, Sandy y yo nos enredamos en una contienda verbal. Sandy dijo que cualquier persona que pretendiera tener una criterio moderno, humanitario en materia de bienestar infantil, debía sentir vergüenza de haber considerado ni por un instante la posibilidad de separar a semejante familia. Yo le acusé de querer retenerla por el solo egoísmo de que se había encariñado con la criatura y no quería perderla. (Y me parece que ésa es la pura verdad.) ¡Ay, Dios!, ésa sí que fue la lucha más reñida de nuestra carrera, y por fin se mandó mudar con una rigidez de semblante y glacial cortesía que aventajaba a la de J. F. B.

Entre esos dos me siento tan floja como si me hubieran pasado por nuestra nueva máquina de planchar (calandria).

Y para colmo de males, cuando volvió Betsy, me reprendió severamente por haber desdeñado la familia adoptiva más codiciable que jamás hayamos encontrado.

De manera que así terminó esta semana de febril actividad.

Y tanto Sophie como Allegra serán, a la postre, niñas de orfanato. ¡Ay, mi Dios, mi Dios! Te suplico que me retires a Sandy del personal de este establecimiento y mándame en su lugar un alemán, un francés o un chino, si te parece; cual­quier cosa menos un escocés.

Tu triste y agobiada,

Sallie.

P.D.- Supongo que en este momento Sandy también se en­cuentra atareado escribiéndoles una carta pidiendo mi exoneración. Si tú lo deseas, no opondré reparo alguno. ¡Estoy harta de asilos!

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Mi estimado Gordon:

Es usted un tipo quisquilloso, caviloso, mordaz, avinagrado, contencioso y pendenciero. ¡Hombre de Dios! ¿Por qué me critica que le escriba siempre algunas frases en el dialecto esco­cés? No veo por qué no he de hacerlo, si así me place; yo, que llevo el nombre de McBride, que es bien escocés.

Claro está que el John Grier se alegrará muchísimo de dar a usted la bienvenida el jueves próximo, no sólo a causa del borrico, sino también por su encantadora y grata presencia. Me había propuesto escribirle una carta de cien páginas para indem­nizarlo por las deficiencias del pasado, ‘pero no vale la pena ahora. Dentro de pocas horas he de verlo en persona y muy grata será la visión para el mal de ojos.

No se escandalice, joven, por mi retórica; tenga en cuenta que mis antepasados surgieron de la región montañosa de Escocia.

McBride.

 

 

Mi querida Judy:

Todo va bien en el John Grier, salvo un diente roto, una muñeca dislocada, un arañazo malo en una rodilla y un solo caso de oftalmía purulenta contagiosa. Betsy y yo nos condu­cimos cortés pero fríamente con el doctor. Lo fastidioso es que él también nos trata con frialdad; y parece estar persua­dido de que la baja temperatura sólo emana de parte de él. Reservado e imperturbable atiende a sus obligaciones de un modo científico, impersonal, sumamente cortés, pero algo distante.

Empero, por el momento no nos preocupa demasiado el doctor. Estamos en vísperas de recibir la visita de un perso­naje mucho más interesante y cautivante que Sandy.La Cámarade Representantes ha tomado una cura de reposo y Gordon disfruta de unas vacaciones, de las cuales pasará dos días en un hospedaje de Brantwood.

 

 

Mi querido enemigo

Me regocija el tomar conocimiento de que ya están hartos de las playas y que están proyectando pasar el resto del verano en nuestro vecindario. Existen algunas hermosas fincas muy espaciosas a poca distancia del asilo, y será un cambio agradable para Jervis el tener que volver a casa sólo los fines de semana. Después de una corta ausencia, con gratas ocupaciones, ambos tendrán nuevas ideas que aportar al acervo común.

Por el momento no me es posible añadir más consejos filo­sóficos en cuanto al problema de la vida conyugal, porque tengo que refrescarme la memoria sobre la doctrina de Monroe y algunos otros temas políticos. Debo recobrar mis fuerzas intelectuales.

Aguardo con impaciencia que llegue agosto para pasar esos tres meses contigo.

Tu querida amiga

Sallie.

Viernes.

Mi estimado enemigo:

Hay que reconocer que no soy nada rencorosa ni vengativa, porque la presente tiene por objeto invitar a usted a cenar esta noche. Soy de naturaleza tan magnánima que ya he conseguido echar al olvido su explosión volcánica de la semana pasada. Me agradaría mucho que viniera. ¿Recuerda a nuestro amigo filantrópico, e] señor Hallock, el que nos mandó esos maníes y las caspas dorada) v otras fruslerías indigestas? Pues él estará con nosotros esta noche, y no debe usted perder la oportunidad de cambiar la corriente de su benevolencia encauzándola hacia fines más higiénicos.

Cenamos a las siete. Le saluda cordialmente.

Sallie McBride.

 

 

Mi estimado enemigo:

Usted debió haber vivido en los tiempos en que cada hombre habitaba en una caverna por separado sobre una montaña por separado.

S. McBride.

 

 

Viernes 6.30.

Mi querida Judy:

Gordon está aquí, y es un hombre reformado en lo que se refiere a mi asilo. El ha descubierto el viejo aforismo de que el camino hacia el corazón de una madre es el elogio de sus hijos, y no ha tenido’ más que alabanzas para todos mis ciento siete.

Hasta en el caso de Loretta Higgins encontró algo agradable que decir; dice que es lindo que no sea bizca.

Fuimos con él de compras al pueblo esta tarde, y se mostró muy útil, ayudándome a elegir las cintas para el cabello de dos docenas de niñitas. Quiso a todo trance elegir él mismo la cinta para Sadie Kate, y después de muchas vacilaciones pidió una de satén anaranjado para una trenza y otra verde esmeralda para la otra trenza.

En eso que nos encontrábamos enfrascados en esta tarea, sentí a mi diestra la presencia de otra cliente, ocupada osten­siblemente con broches y corchetes, pero forzando todos sus oídos para escuchar nuestras tonterías.

Estaba tan engalanada con un sombrero de alas anchas muy juvenil, un velo moteado, un cuello de plumas y una sombrilla nouveau art, que en el primer instante ni se me ocurrió que era una persona conoci-da, hasta que acerté a encontrarme con uno de sus ojos y reconocí el malicioso destello que me era tan familiar. Me saludó inclinando la cabeza tiesamente y desti­lando desaprobación por todos los poros; y yo también la saludé con una inclinación de cabeza. Aquí está la señora Maggie McGurk en traje dominguero.

Eso que parece una sonrisa, no es tal cosa. Esa expresión tan agradable que tiene en el retrato es debida a que se me resbaló la pluma.

La pobre McGurk no puede comprender que se tenga interés puramente platónico por un hombre. Sospecha que yo quiero casarme con todos los hombres que encuentro. Al principio creyó que yo quería arrebatarle su doctor; pero ahora, des­pués que me ha visto con Gordon, me cree un monstruo de bigamia que los quiere a los dos. Adiós. Ahí llegan algunos huéspedes.

 

 

11.30 p. m.

 

Acabo de ofrecer una comida en honor de Gordon, con Betsy, la señora Livermore y el señor Witherspoon como invi­tados. Invité amablemente al doctor, pero éste rehusó, adu­ciendo que no se encontraba de humor sociable. ¡Nuestro Sandy no permite que la cortesía se anteponga a la verdad!

No hay ninguna duda al respecto. Gordon es el hombre más presentable que existe. ¡Es tan guapo, desenvuelto, afable, cor­tés, tiene tanto ingenio y galanura en el hablar y sus modales son tan impecables!… ¡Ah, él sería un marido singularmente decorativo! Pero, después de todo supongo que es necesario vivir con el marido; no es sólo para exhibirlo en los banquetes y las comidas.

Esta noche estuvo excepcionalmente fino y pulido. Tanto Betsy como la señora Livermore se enamoraron de él…, y yo un poquito. Nos entretuvo con un discurso en su mejor estilo público, a propósito del bienestar de nuestro mono Java. Hemos pasado las de Caín buscando un albergue apropiado para ese mono, y Gordon nos comprobó, con una lógica irrefutable, que ya que el mono nos fue regalado por Jimmy, y ya que Jimmy es amigo de Percy, Java debía dormir con Percy.

Gordon es un conversador genuino, nato, y un auditorio le estimula como el champaña.

Es capaz de discutir con la misma gravedad emotiva sobre los problemas de un mono como sobre el héroe más intrépido que jamás se haya desangrado por su patria.

Sentí agolpárseme las lágrimas cuando hizo una descripción de la soledad de Java, pasando sus noches de vigilia entre los hornos del sótano y visualizando a sus congéneres trepando y brincando a sus anchas en las lejanas selvas tropicales.

Un hombre que puede hablar así tiene un gran porvenir por delante. No me cabe la más mínima duda de que dentro de veinte años estaré votando por su candidatura a presidente de los Estados Unidos.

Pasamos una deliciosa velada, y nos olvidamos completamente por unas tres horas que había ciento siete huérfanos durmiendo en derredor nuestro. Por mucho que quiero a mis querubines, no es desagradable alejarme de ellos de cuando en cuando.

Mis invitados se retiraron a las diez, y ahora debe ser la me­dianoche. (Este es el octavo día, y mi reloj se ha parado otra vez; Jane se olvida siempre de darle cuerda puntualmente cuan­do llega el viernes.)

Sin embargo sé que es tarde. Y como soy mujer, tengo la obligación de conservar mi belleza, aprovechando las mejores horas de sueño, sobre todo teniendo a mano un joven preten­diente tan codiciable.

Terminaré mañana. Buenas noche.

 

Sábado.

 

Gordon se pasó la mañana jugando con mis chicos y haciendo proyectos para mandar regalos útiles más adelante. Dice que nuestros campamentos serían mucho más atrayentes si fueran colocados tres pilares totémicos, esmeradamente pintados, de esos que fueron erigidos por los indios de los Estados Unidos y por otros pueblos primitivos con figuras totémicas pintadas y esculpidas.

Además, nos va a mandar tres docenas de trajecitos de juego para los niños pequeños, color rosado. ¡A la directora de este asilo le encanta el color rosado y está harta del color azul oscuro! Nuestro generoso amigo se está regocijando con la idea de mandarnos también un par de burritos con sus sillas de montar y un pequeño tílburi rojo. ¡Qué suerte que el padre de Gordon ha asegurado tan ampliamente su porvenir, y que, además, es un joven tan caritativo! En este momento está almor­zando en el hotel con Percy, y supongo que está adquiriendo nuevas ideas en el campo de la filantropía.¡Quizá te pueda parecer a ti que no he disfrutado de esta tregua en la monotonía de la vida de asilo! Puede usted pensar lo que guste, mi estimada señora Pendleton, y jactarse de lo eficiente que soy para dirigir su asilo, pero, aun así, no es natu­ral en mí esta vida tan estacionaria. Con frecuencia necesito un cambio. Es por eso que Gordon, con su bullicioso opti­mismo y espíritu juvenil, me estimula tanto, especialmente en contraste con ese doctor.

 

Domingo por la mañana.

 

Debo contarte el final de la visita de Gordon. El tenía el propósito de partir a las cuatro, pero en un momento malha­dado le rogué que se quedara hasta las nueve y treinta, y ayer por la tarde él, “Singapore” y yo salimos a dar un largo paseo a través de la campiña, lejos del ruido y de la vista de las torres de este asilo. Nos detuvimos en una bonita y pequeña posada al borde del camino, donde cenamos opíparamente con jamón, huevos y repollo. “Sing” engulló tanta comida, el muy desver­gonzado, que desde entonces se quedó lánguido.

Fue muy divertida la caminata también, y un cambio muy grato para mí, que llevo una existencia tan monótona. Ello me hubiera mantenido feliz y contenta por muchas semanas, de no haber ocurrido algo espantoso. Tuvimos una tarde magní­fica, plena de sol y armonía, y fue una gran pena que se hubiese malogrado así. Volvimos muy prosaicamente en el tranvía de trole y llegamos al asilo antes de las nueve, justo a tiempo para que Gordon llegara a la estación a alcanzar el tren. Por eso no le invité a entrar y le deseé cortésmente buen viaje ahí en la puerta-cochera.

Había un automóvil estacionado en la calzada, a la sombra de la casa; lo reconocí, y pensé que el doctor, estaba adentro con el señor Witherspoon. (Con frecuencia pasan las veladas juntos en el laborato-rio.) Bueno, pues Gordon, en el momento de partir, fue sobrecogido por el infortunado impulso de rogarme que abandonara la dirección del asilo y que en su lugar aceptara el gobierno de una casa particular.

¡Habráse visto nada más capcioso que este hombre! ¡Habien­do tenido toda una tarde y leguas y leguas de prados desiertos para discutir el asunto, se le ocurrió elegir la puerta de calle!

Yo ni sé lo que dije; traté de desviar la conversación frívola­mente para hacerle marchar de prisa a tomar el tren. Pero se negó a cambiar de tema. Se apoyó contra un poste e insistió en terminar la discusión. Yo sabía que iba a perder el tren, y que estaban abiertas todas las ventanas del establecimiento. Los hombres nunca se preocupan de que alguien pueda alcanzar a oírles por casualidad; siempre es la mujer la que piensa en los convencionalismos.

Como estaba nerviosa e inquieta por deshacerme de él, me imagino que fui bastante brusca y hablé sin tino. Comenzó a encolerizarse y en ese instante, por una infortunada casualidad, sus ojos se fijaron en ese automóvil. Lo reconoció en el acto, y como estaba de un humor fiero, empezó a mofarse del doctor. ¡Le llamó el “ojos saltones” y el “viejo bacalao” y una porción de las más absurdas atrocidades!

Yo le aseguraba con una seriedad convincente que no me importaba un comino ese doctor; que a mí me parecía de lo más ridículo y antipático, etc., etc. En eso se abrió la por­tezuela del coche y el doctor se apeó y se acercó a nosotros.

¡En. ese momento hubiera querido que me tragase la tierra!

Sandy estaba visiblemente encolerizado, y con razón, después de las cosas que oyó, pero a pesar de ello estaba rígido y sose­gado. Gordon estaba hirviendo de rabia y a punto de estallar por los agravios imaginarios, y yo horrorizada y estupefacta ante este estúpido alboroto innecesario que había surgido repen­tinamente de la nada. Sandy se disculpó ante mí con irrepro­chable cortesía por haber escuchado inadvertidamente, y vol­viéndose hacia Gordon le invitó frígidamente a subir al coche para llevarlo a la estación.Le supliqué que no fuese. Yo no deseaba ser la causa de una estúpida riña entre los dos. Pero sin hacerme el más mínimo caso, ambos subieron al coche y desaparecieron con la velo­cidad del rayo, dejándome ahí plantada en el portón.

Entré y me acosté, pero no logré conciliar el sueño durante horas; esperaba oír… no sé qué clase de explosión.

Son las once ahora y el doctor no ha aparecido. No sé cómo voy a poder mirarle a la cara cuando venga. A lo mejor me esconderé en el guardarropa.

¿Has oído en tu vida nada más estúpido e innecesario que todo este lío? Ahora supongo que he roto lanzas con Gordon -y ni siquiera conozco la causa-, y, desde luego, me he colo­cado en una posición embarazosa y difícil frente al doctor. Dije cosas horribles de él -ya sabes los disparates que a mí se me ocurren-, cosas insensatas que dije sin intención alguna.

¡Ojalá fuera ayer por la tarde a esta hora! Le obligaría a Gordon a partir a las cuatro.

Sallie.

 

 

Domingo por la tarde.

 Muy estimado doctor MacRae:

¡Qué alharaca más odiosa, estúpida e inútil la de anoche!

Sin embargo, ya es tiempo de que usted me conozca sufi­cientemente para comprender que digo todas estas tonterías sin intención alguna. Mi lengua no tiene la más remota conexión con mi cerebro; ella corre por su cuenta. Debo parecerle a usted muy ingrata por toda la ayuda que me ha dispensado en esta tarea desacostumbrada, y por la paciencia que ha demos­trado usted (en ocasiones).

Reconozco sinceramente que nunca hubiera podido dirigir este asilo por mí misma sin tener su presencia responsable y sobria como un apoyo; y aun cuando algunas veces, como usted mismo tiene que admitir, ha estado bastante malhumorado, difícil e impaciente, nunca se lo he echado en cara, y le aseguro ¿me no creo en ninguna de las estúpidas groserías que dije anoche. Le suplico que me perdone por haber sido tan gro­sera e inculta.

Lamentaría en el alma perder su amistad. Porque nosotros somos amigos, ¿verdad que sí? Me gustaría mucho tener esa certeza.

S. McB.

 

 

Mi querida Judy:

Te confieso que no sé a punto fijo si el doctor y yo nos hemos reconciliado. Le mandé una cartita muy cortés discul­pándome, la que recibió con silencio sepulcral. No se acercó a nosotros hasta esta tarde, y no se ha referido a nuestro des­graciado contratiempo ni por el más leve parpadeo.

Conversamos exclusivamente sobre un emplasto de aceite de ictiol para curar el eczema sobre el cuero cabelludo de un niño; luego, como estaba presente Sadie Kate, la conversación se desvió hacia los gatos. Parece que la gata maltesa del doctor tuvo cuatro gatitos, y Sadie Kate no vivirá tranquila hasta que los vea.

Antes de darme cuenta de lo que hacía, me encontré hacién­dole la promesa de que la llevaría a ver los gatitos a casa del doctor. Convinimos en ir a las cuatro, mañana por la tarde.

Después de eso el doctor se retiró, con una leve inclinación de cabeza. Y eso parece ser el final.

He recibido tu nota del domingo y me. alegro mucho de que hayas arrendado la casa. Será maravilloso tenerte como vecina tanto tiempo. Nuestras reformas marcharán viento en popa con­tigo y el presidente a nuestra diestra. Pero yo hubiera supuesto que podrías estar aquí antes del siete de agosto. ¿Estás segura que te hace bien ahora el aire de la ciudad? Nunca he cono­cido una esposa más abnegada.

Mis respetos al presidente.

S. McB.

 

 

Julio 22.

Mi querida Judy:

¡Te suplico que escuches con atención lo que voy a revelarte!

A las cuatro de la tarde llevé a Sadie Kate a casa del doc­tor para ver esos gatitos. Como Freddy Howland se había caído de la escalera hacía veinte minutos, el doctor se tuvo que ir a, casa de los Howland para arreglar la espina dorsal de Freddy. Dejó dicho que nos sentáramos a esperarle, que pronto regresaría.

La señora McGurk nos introdujo en la biblioteca. Y luego, por no dejarnos solas, entró ella también, so pretexto de lustrar el bronce. ¡No me explico lo que pensó que íbamos a hacer! ¡Escaparnos con el caimán embalsamado, a lo mejor!

Me senté, tomé una revista y me puse a leer un artículo sobre la situación en China; Sadie Kate vagaba de un lado para otro por la habitación, examinando todo lo que encontraba, como una pequeña mangosta curiosa. Empezó por examinar al flamenco relleno y quería saber por qué era tan alto y tan colorado. Quería saber si siempre comía ranas y si se había lastimado la otra pata. Sadie marca sus preguntas con la firme persistencia de un reloj. <strong><!–more–><!–nextpage–></strong>

Me enfrasqué en mi artículo y dejé a la señora McGurk que se las arreglara con Sadie. Por fin, después de pasar revista a la mitad de la habitación, llegó hasta el retrato de una niñka que estaba colocado en un marco de cuero en el centro de la mesa de escribir del doctor; era una niña que tenía una extraña belleza etérea, espiritual y se parecía notablemente a nuestra pequeña Allegra.

Esta fotografía podía haber sido un retrato de Allegra dentro de cinco años. Yo ya había observado el retrato la noche que cenamos con el doctor, y quise preguntarle si era una de sus pequeñas pacientes. ¡Por suerte que no lo hice!

-¿Quién es ésa? – preguntó Sadie Kate, abalanzándose sobre la fotografía.

-Es la hijita del doctor.

-¿Dónde está?

-Está lejos, con su abuelita.

-¿Dónde la consiguió el doctor?

-Su esposa se la dio.

Yo salté de mi asiento como sacudida por un rayo.

– ¡Su esposa! -grité.

Ni bien pronuncié estas palabras, me sentí furiosa conmigo misma por haber hablado, pero estaba tan completamente des­prevenida que las palabras salieron sin darme cuenta. La señora McGurk se enderezó y se puso alerta; de repente se tornó afa­blemente locuaz.

-¿Y nunca le dijo a usted nada de que tenía esposa? Pues ella enloqueció hace seis años, y se puso; tan mal que era peligroso tenerla en la casa; el doctor no tuvo más remedio que hacerla recluir. Eso casi lo mata. Nunca he visto una mujer tan hermosa como ella. Creo que el doctor no sonrió siquiera una sola vez durante más de un año. ¡Qué raro que no le haya contado nada a usted, siendo tan amiga!

-Naturalmente, no es un tema que le agrade discutir -le contesté secamente, y para cambiar de tema le pregunté qué clase de líquido usaba para lustrar el bronce.

Sadie Kate y yo salimos del garaje y buscamos los gatitos nosotras mismas. Y por suerte pudimos irnos antes de que vol­viese el doctor.

¿Pero quieres tú decirme lo que significa todo esto? ¿Acaso no sabía Jervis que el doctor era casado? Es la cosa más extraña que he oído en mi vida.

Estoy de acuerdo en este caso conla McGurk: que Sandy pudo haberme dicho en forma casual que tenía una esposa inter­nada en una casa de locos.

Bueno, supongo que debe ser una terrible tragedia y me imagino que le es muy doloroso hablar de ello. Ahora me ex­plico su obsesión morbosa sobre el problema hereditario; sin duda abriga temores por su hijita. Cuando me acuerdo de todos esos estúpidos chistes que hice sobre este tema, estoy espan­tada por el dolor que le habré causado, y furiosa conmigo misma y con él. Quisiera no verle más en vida. ¡Misericordia! ¿Habráse visto en qué lío nos hemos metido? Tuya,

Sallie.

P.D.- Tom McCoomb metió a Mamie Prout en la caja de mortero que usan los albañiles. Tiene la piel cubierta de vejí-guillas y he mandado llamar al doctor.

 

 

Julio 24.

Distinguida señora:

Tengo que dar cuenta de un horrible escándalo cometido por la directora del Asilo John Grier. No permita usted que lo averigüen los diarios, por favor. Ya estoy viendo los sabrosos detalles de la investigación, previa su exoneración por la “Liga contrala Crueldad”.

Esta mañana me encontraba sentada al sol ante mi ventana abierta, leyendo un libro muy bonito sobre la teoría de Fróebel, relacionada con la cultura infantil: nunca debe uno encoleri­zarse; siempre se debe hablar a los pequeños con bondad y ternura. Aun cuando los niños parecen malos, no lo son en realidad. Es que no se sienten bien o no tienen nada intere­sante que hacer. Nunca se les debe castigar; lo que hay que hacer es encauzar suy actividades hacia nuevos rumbos. Me en­contraba, pues, en un estado de ánimo sumamente benigno y elevado con respecto a todas estas vidas jóvenes que pululaban en torno de mí, cuando de improviso llegó a mis oídos la con­versación de un grupo de chiquillos que estaban debajo de mi ventana.

-¡Vamos, John, no le hagas daño!

-¡Déjala que se vaya!

-¡Mátala pronto!

Por encima de estas protestas, se oyó de pronto el chillido de agonía de algún animal torturado. Dejé caer a Froebel y bajando rápidamente las escaleras hice irrupción ante ellos desde la puerta lateral. Al verme llegar se dispersaron a diestro y siniestro, revelando la presencia de Johnnie Cobden ocupado en torturar a una lauchita. Quiero ahorrarte los espantosos porme­nores. ¡Ordené a uno de los muchachos que se llevara al ratoncillo y lo ahogara rápidamente! A John lo agarré por el cuello de la chaqueta y lo arrastré hasta la cocina, mientras se resistía, pataleando y retortijándose. Es un muchachote tosco, grueso, pesado, de trece años, y luchó como un tigrecito, agarrándose de los postes y jambajes al pasar. Normalmente, dudo que hubie­se podido manejarlo, pero esa porción de sangre irlandesa que corre por mis venas estaba hirviendo y me enloquecía de furor. Irrumpimos en la cocina y busqué ansiosamente algún instru­mento de castigo. El primer utensilio que pasó ante mi vista fue la plancha metálica de los panqueques. Me apoderé de ella y con todas mis fuerzas le di tantos porrazos a ese muchacho, hasta que agachado y sollozando imploraba misericordia; ya no quedaba ni sombra del belicoso fanfarrón de antes.

¡Dio la mala casualidad que precisamente en medio de toda esta explosión llegara el doctor MacRae! Al verme golpeando a John con la plancha metálica se quedó petrificado de asom­bro. Cruzando la cocina a grandes trancos me la arrebató de la mano y levantó al muchacho del suelo. ¡Johnnie se refugió detrás de él y se agarró a su brazo! Yo estaba tan colérica que no podía pronunciar una sola palabra; tenía que hacer esfuerzos inauditos para no estallar en llanto.

-Vamos, lo llevaremos arriba, a la oficina – fue todo lo que dijo el doctor.

Y salimos los tres, mientras Johnnie se mantenía tan lejos de mí como era posible y renqueaba visiblemente. Lo dejamos en la oficina y nosotros entramos en la biblioteca, cerrando la puerta.

-En nombre del cielo, ¿qué ha hecho el chico? -me preguntó.

¡Al oír eso, sin poder pronunciar una sola palabra, sólo atiné a dejar caer la cabeza sobre la mesa y estallar en sollozos! Me hallaba completamente agotada tanto física como emocional-mente; para que la plancha metálica tuviera efecto, había sido necesario emplear todas las fuerzas de que yo disponía.

En medio de mis sollozos relaté todos los horribles detalles, y el doctor me dijo que no pensara más en ello; que el ratoncillo ya estaba muerto. Luego me trajo un vaso de agua y me dijo que siguiera llorando hasta el cansancio, que eso me haría bien. ¡No estoy segura, pero me parece que me pasó la mano por la cabeza! De cualquier manera, estaba en su mejor pos­tura profesional. Le he visto en múltiples ocasiones administrar idéntico tratamiento a los huérfanos histéricos. ¡Y ésta fue la primera vez en toda la semana que nos dirigimos la palabra, salvo los buenos días!

Pues bien, tan pronto como me compuse lo bastante como para alzar la cabeza y sonreír, secándome los ojos a intervalos con el pañuelito, empezamos a pasar revista al caso de Johnnie.

-El muchacho tiene una herencia morbosa y puede ser algo defectuoso -dijo Sandy-. Debemos encarar el asunto exac­tamente como si se tratara de cualquier otra enfermedad. Aun los muchachos normales a menudo son crueles; el sentido moral de un niño todavía no está desarrollado a los trece años.

Luego me sugirió que me lavase los ojos con agua tibia y que hiciera un esfuerzo para recobrar mi dignidad. Eso fue lo que hice. Mandamos llamar a Johnnie. Se quedó de pie -volun­tariamente- durante toda la entrevista.

¡El doctor le habló de un modo tan sensato, bondadoso y humanitario! John alegó en su defensa que la laucha era una peste y debía ser exterminada. El doctor le respondió que el bienestar de la raza humana exigía el sacrificio de muchos animales, en beneficio propio, pero no con fines vengativos; pero tal sacrificio debía realizarse con el mínimo de sufrimiento para el animal. Luego explicó la forma de sistema nervioso que tiene el ratón y demostró que él pobre animalito no tenía ningún medio de defensa. Por eso era una cobardía lastimarle proter­vamente. Le pidió a John que procurara siempre desarrollar su imaginación lo bastante como para poder encarar las cosas desde el punto de vista de los demás, aun cuando la otra per­sona no fuese más que una laucha. Luego se acercó al estante de los libros y sacó mi ejemplar de Burns, y le dijo al muchacho que Burns fue un gran poeta y que todos los escoceses vene­raban su memoria.

-Y esto es lo que escribió sobre un ratón -dijo Sandy-: “… el ratón, esa diminuta, suave, amedrentada y cobarde bestezuela…”

Esto lo leyó y se lo explicó al muchacho como sólo lo puede hacer un escocés.

Johnnie se fue arrepentido, y Sandy transfirió su atención profesional a mi persona. Me dijo que yo me encontraba ago­tada y que necesitaba cambiar de aires. ¿Por qué no ir a los Adirondacks por una semana? El, Betsy y el señor Witherspoon se reunirían en comisión para dirigir el asilo.

¿Sabes, Judy? ¡Eso era precisamente lo que yo anhelaba hacer! Me hace falta reorganizar mis ideas y aspirar la fra­gancia de los pinos. Mi familia abrió el campamento la semana pasada, y me creen odiosa porque aun no los he visitado. Ellos no quieren comprender que cuando se acepta un cargo como éste no es posible echarlo por la borda en cualquier momento en que a uno se le antoje.

Pero tratándose de unos pocos días, no habrá mayores incon­venientes. Mi asilo tiene cuerda como un reloj que camina ocho días, y andará bien hasta dentro de una semana (a partir del lunes próximo), a las 4 p. m., cuando mi tren me traiga de regreso. Entonces estaré cómodamente instalada aquí de nuevoantes de que tú llegues, y me veré libre de esas fantasías erran­tes que ahora me perturban.

¡Entretanto, el joven John se encuentra de un humor peni­tente, y sospecho que las moralejas de Sandy tuvieron más efecto porque fueron precedidas por mi plancha metálica de los panqueques! Pero no cabe lugar a dudas que nuestra coci­nera Suzanne Estelle (“Mimosa”) está aterrorizada cada vez que entro a la cocina. Esta mañana, casualmente, levantó el amasador, mientras comentaba el hecho de que había dema­siada sal en la sopa de anoche, y ella salió corriendo a refu­giarse detrás de la puerta de la leñera.

Mañana a las nueve emprendo mi viaje, después de allanar el camino con cinco telegramas. ¡Ay, Judy, tú no puedes darte una idea de lo mucho que me alegra el saber que por unos días volveré a ser una joven despreocupada y frivola, que pasearé en canoa sobre el lado, que vagaré por los bosques y bailaré en los clubes campestres!

Toda la noche la pasé en un estado rayano en el delirio, con sólo pensar en ello. En realidad, no me había dado cuenta de lo mortalmente cansada que estaba de todo este panorama de asilo.

-Lo que usted necesita -me dijo Sandy- es alejarse de todo esto por algún tiempo y hacer sus travesuras juveniles.

Ese diagnóstico fue realmente clarividente. No hay nada en el mundo que me agrade tanto como hacer mis travesuras juveniles. Así volveré con renovados bríos, lista para darte la bienvenida a ti y al verano con todas sus múltiples tareas.

Como siempre, tu

Sallie.

P.D.- Jimmy y Gordon están allí. ¡Cuánto me agradaría que tú también pudieses acompañarnos! ¡Qué molesto es un marido!

 

 

Campamento McBride.

Mi querida Judy:

Esta es para decirte que las montañas son más altas que siem­pre, los bosques son más verdes y el lago es más azul.

Este año la gente tarda en llegar; el campamento de los Harriman es el único que está abierto en nuestra parte del lago. En el Casino hay pocos hombres con quien bailar, pero a mí no me incomoda esa escasez porque tenemos como huésped a un joven político muy condescendiente a quien le encanta bailar.

Hemos echado al olvido los problemas de la nación y la cría de huérfanos, en tanto que nosotros pasamos las horas remando y chapoteando en este lado delicioso rodeado de lirios y plan­tas acuáticas. Pienso de mala gana en el lunes próximo a las 7.56, día en que he de decir adiós a estas bellas montañas. Lo malo que tienen las vacaciones es que desde el día que comienzan ya se siente nublado el encanto por la inminencia de su fin.

Oigo una voz en la terraza preguntando si Sallie está adentro o afuera.

Addio!

S.                                                                                                                             

 

Agosto 3.

Mi querida Judy:

De vuelta al asilo John Grier, echando de nuevo sobre las espaldas las cargas de la próxima generación. Lo primero que vieron mis ojos al trasponer la verja del jardín, fue John Cobden, el de la plancha metálica de los panqueques, que ostentaba sobre la manga una insignia, que tenía grabada en letras doradas “P. S. P. A.” (presidente dela Sociedad Protectorade Ani­males). ¡Durante mi ausencia el doctor formó la sucursal local dela Sociedad Protectorade Animales, nombrando como presi­dente a Johnnie!

¡Me dicen que ayer increpó acerbadamente a los obreros que trabajaban en la nueva granja-chalet, por azotar a sus caballos para inducirlos a subir la pendiente!  Todo esto no le parece gracioso a nadie más que a mí.

 

Hay un cúmulo de novedades, pero como tú estarás con nosotros dentro de breves días, no vale la pena escribir. ¡Sólo este poquito guardo para el final, así que retén tu aliento. Vas a estremecerte de emoción en la página 4. ¡Hay que oírle chillar a Sadie Kate! Jane le está cortando el pelo. En lugar de dos trencitas tiesas como éstas, nuestra irlandesita tendrá este as­pecto en lo sucesivo:

-Esas trenzas ya me estaban atacando los nervios -dice Jane.

No me vas a negar que este peinado nuevo es mucho más elegante y sentador. No me extrañaría nada que ahora alguien quisiera adoptarla. Pero es que Sadie Kate es una personita tan independiente y varonil; está eminentemente capacitada por la naturaleza para valerse por sí misma. Debo reservar a los padres adoptivos para los chicos indefensos.

 

 

¡Tienes que ver nuestros vestidos nuevos! No veo el mo­mento en que este conjunto de pimpollos de rosa comparezcan ante ti. ¡Había que ver cómo brillaban de gozo esos ojos cuando se repartieron los nuevos vestidos; tres para cada niña, todos en colores distintos y todos de propiedad absolutamente per­sonal y privado, ostentado en el anverso del cuello el nombre indeleble de su dueña. El sistema perezoso que tenía la señoía Lippett de obligar a cada niña a retirar del lavadero al azar cada semana un vestido promiscuo, era un insulto a la natu­raleza femenina.

Sadie Kate está chillando como un lechoncico. Tengo que ir a ver si Jane no le ha recortado una oreja por error.

Parece que no. Las excelentes orejitas de Sadie todavía están intactas. Sólo chilla por principio; como hace uno en el sillón del dentista, bajo la impresión de que va a doler dentro de un instante.

No se me ocurre nada más por ahora, a excepción de mi novedad personal – así que aquí está -, y espero que te causará placer:  ¡Estoy comprometida para casarme! Mis cariños para ambos.

S. McB.

Hogar John GRier.

Noviembre 15.

<strong><!–more–><!–nextpage–></strong> Mi querida Judy:

Betsy y yo acabamos de regresar de una gira en nuestro nuevo coche. No cabe duda que este artefacto propende al bienestar en la vida del asilo. El coche pareció deslizarse auto­máticamente por el camino de Long Ridge, y se detuvo ante los portones de Shadywell. Todo estaba herméticamente cerra­do y parecía una fortaleza misteriosa, bañada por la lluvia, con ese aire solitario y melancólico. No me lo puedo explicar, pero no se parecía en nada a la casa alegre y jovial que solía siempre venir a mi encuentro con tina cariñosa sonrisa de bienvenida.

¡Qué honda tristeza embarga mi alma al pensar que .va ter­minando nuestro lindo verano! Paréceme que una parte de mi vida ha quedado encerrada detrás de mí, y el porvenir desco­nocido avanza con implacable celeridad.

Positivamente, te confieso que me gustaría postergar mi casa­miento otros seis meses, pero me temo que el pobre Gordon armaría demasiado bullicio. No te vayas a creer por eso que mi ánimo flaquea. ¡De ningún modo! Es que necesito más tiempo para pensarlo, y el mes de marzo se nos viene encima tan des­piadadamente. Comprendo perfectamente que procedo con abso­luto buen sentido.

Todo el mundo, hombre o mujer, es más feliz estando bien y adecuadamente casado. Pero, ¡Dios mío, Dios mío! ¡Cómo aborrezco los trastornos, y este casamiento va a ser un tras­torno tan inconmesurable! A veces, al fin de la jornada, cuando me encuentro cansada, no tengo el valor de enfrentarme con esto que me aguarda.

Y ahora más que nunca, cuando ustedes han comprado esti finca Shadywell y pasarán aquí todos los veranos, me duele tener que abandonarlo todo. El año que viene, cuando me en­cuentre lejos, mi corazón estará consumido de nostalgia, año­rando todas esas horas atareadas y felices en el John Grier, contigo y Betsy, y Percy, y nuestro quejumbroso escocés, tra­bajando todos alegremente sin mí. ¡Nada en el mundo puede recompensar a una madre por la pérdida de sus ciento siete hijos!

Confío en que Judy N° 2 habrá soportado el viaje a la capital sin alterar su equilibrio. Le mando un regalito, confeccionado en parte por mí y principalmente por Jane. Pero dos filas, hay que decirlo, fueron hechas por el doctor. Sólo gradualmente se logra sondear las profundidades de la naturaleza de Sandy. Después de conocerlo diez meses al hombre, recién ahora des­cubro que sabe tejer, un arte que aprendió en su adolescencia de un viejo pastor allá en los páramos de Escocia.

Cayó por aquí hace tres días y se quedó a tomar el té; casi parecía el viejo Sandy reformado. Pero desde entonces se ha endurecido otra vez y es el mismo hombre de granito que conocimos durante todo el verano. Ya he desistido de esfor­zarme en comprenderlo. Supongo, sin embargo, que no es de extrañar que un hombre esté siempre abatido cuando tiene una esposa en el manicomio. ¡Ojalá hablara de eso alguna vez! Debe ser terrible llevar siempre en el fondo del pensamiento una sombra como ésa sin poder traerla a la luz del día.

Ya sé, querida, que esta carta no contiene una sola palabra de las novedades que a ti te gustan oír. Pero la culpa es de aquella detestable hora crepuscular en un día nebuloso de noviembre, y yo estoy de un humor taciturno y sombrío. Mucho temo que me esté transformando en una persona caprichosa y fantástica; ¡y sabe Dios que Gordon se basta solo para proveer toda la fantasía cavilosa que necesita una sola familia! No sé dónde iríamos a parar si no conservara mi tempera­mento ecuánime y optimista.

¿Has resuelto definitivamente acompañar a Jervis al sur? Comprendo tu sentir (hasta cierto punto) en lo que se refiere a separarte de tu marido, pero me parece algo azaroso trasladar a una hija tan pequeña a los países tropicales.

Los niños están jugando a la gallina ciega en el corredor le abajo. Creo que voy a jugar un rato con ellos para ver si consigo recobrar mi ánimo antes de reanudar esta carta.

A bientót!

Sallie.

P.D.- Estas noches de noviembre son bastante frías, y nos disponemos a levantar los campamen-tos. Nuestros pieles rojas por ahora son unos pequeños salvajes muy mimados, pues tienen doble surtido de frazadas y botellas de agua caliente. Me ape­nará abandonar las tiendas de campaña; nos han sido de gran provecho. Nuestros muchachos se han puesto tan vigorosos y flexibles como los cazadores canadienses.

 

 

Noviembre 20.

Mi querida Judy:

Tu preocupación maternal es muy dulce, pero yo lo dije sin pensar. Claro que no hay peligro alguno en llevar a Judy 2° a las tierras tropicales (pero templadas y benignas) que son bañadas por el mar de las Antillas. Tu hija florecerá y estará muy bien, siempre que no la coloques propiamente en el pi­náculo del Ecuador. Y parece mandada a hacer para la crianza de los niños, esa deliciosa cabana, sombreada por las palmeras y abanicada por las brisas marinas; y con una heladera en el patio del fondo y un médico inglés en el otro lado de la bahía.

Mis objeciones eran debidas al hecho egoísta de que yo y el John Grier nos sentimos muy solos este invierno sin ti. Debe ser realmente fascinador tener un marido que se dedica a ocu­paciones tan pintorescas como el financiar ferrocarriles tropicales y desarrollar lagos de asfalto, bosquecillos de caucho y montes de caoba. Ojalá quisiera Gordon resolverse a vivir en aquellos países tan pintorescos; yo me sentiría más embriagada ante las posibilidades románticas del futuro. ¡Washington pa­rece tan vulgar y prosaico en comparación con Honduras, Nica­ragua y las islas del Caribe!

Iré a decirte adiós.

Addio!

Sallie.

Noviembre 24.

Mi querido Gordon:

Judy ha regresado a la ciudad, y se embarca la semana pró­xima para Jamaica, donde establecerá su cuartel general, en tanto que Jervis anda de arriba para abajo entre los parajes adyacente ocupándose de esas nuevas e interesantes operacio­nes que realiza. ¿No podrías tú emprender también negocios en los mares del Sur?

Creo que me sentiría mejor dispuesta a abandonar mi asilo si pudieras ofrecerme en tu hogar una existencia más romántica y aventurera.

¡Piensa en lo bien que te sentarían los trajes de brin blanco! Creo sinceramente que casi me sería posible continuar enamora­da permanentemente  de un hombre que vistiese siempre  de blanco.

¡No tienes idea de lo mucho que echo de menos a Judy! Su ausencia ha dejado un hueco terrible en mis tardes. ¿No puedes venir pronto para el fin de semana? Creo que tu pre­sencia me reanimaría mucho, porque me siento muy abatida últimamente.

Sabes tú, mi querido Gordon; me gustas mucho más cuando estás aquí delante de mis ojos que cuando pienso en ti a la distancia. Me parece que debes poseer una especie de influencia hipnótica. A veces, cuando has estado ausente mucho tiempo, tu hechizo parece disiparse un poco; pero ni bien te veo, re­surge de nuevo.

¡Has estado ausente ahora mucho, mucho tiempo; así, pues, ven pronto, por favor, para hechizarme todo de nuevo!

S.

 

 

Diciembre 2.

Mi querida Judy:

¿Recuerdas, en el colegio, cuando tú y yo hacíamos pro­yectos sobre nuestros futuros predilectos, y cómo siempre so­ñábamos con las tierras del Sur? ¡Y pensar que ahora esos sueños se han materializado y estás allá, deslizándote alrededor de esas islas tropicales! ¿Has experimentado alguna vez en tu vida una emoción tan viva, salvo una o dos relacionadas con Jervis, como la que sentiste al subir a la cubierta al despuntar el alba y encontrarte anclada en el puerto de Kingston, con su agua tan azul, sus palmeras tan verdes y su playa tan blanca?

Recuerdo perfectamente la primera vez que desperté en aquel puerto; me sentía como una heroína de ópera rodeada de sus bellas decoraciones pintadas. Nada de lo que vi en mis cuatro viajes a Europa, me produjo la profunda emoción que-sentí durante esas tres semanas cálidas, hace siete años. Y des­de entonces, he ansiado volver. Cuando me pongo a pensar en todo eso, casi no puedo tragar nuestras insípidas comidas; tengo deseos de comer los manjares sazonados con la salsa de curry, los tamales y los mangos. ¿No es gracioso eso? Cualquiera cree­ría que llevo en mis venas sangre criolla o española, o alguna otra sangre cálida en alguna parte de mi ser, y en vez, no soy otra cosa que una mezcla friolenta de ingleses, irlandeses y escoceses. Será por eso quizá que oigo la llamada del Sur: “La palmera sueña con el pino, y el pino sueña con la palmera”.

Después que me hube despedido de ti, regresé a Nueva York con una terrible sed de viajar, una profunda nostalgia hacia la vicia errante. Yo también quería partir en pos de tierras ignotas, románticas, luciendo un hermoso sombrero nuevo y un ele­gante traje azul y llevando en la mano un enorme ramo de violetas. Durante esos cinco minutos, me hubiera despedido gustosa del pobre Gordon para siempre a cambio de ser libre para vagar por esas vastas tierras.

Acaso pienses que no son del todo incompatibles -Gordon y el vasto mundo-, pero no me es posible lograr tu punto de mira sobre los maridos. Yo veo el matrimonio como deben verlo los hombres; una institución buena, sensata, prosaica, pero que ejerce una terrible restricción sobre la libertad del individuo.

No sé por qué, pero cuando se ha estado casada mucho tiempo, el corazón pierde su sed de aventuras. Ya no existen esas posibilidades románticas acechando a la vuelta de cada es­quina para darte una sorpresa.

La verdad ignominiosa es que un solo hombre no parece ser bastante para mí. Me gusta la variedad de sensaciones que se obtiene únicamente con una variedad de hombres. Me temo que mis travesuras y coqueterías juveniles me inhiben para tomar estado.

Parece que mi pluma anda muy errante hoy. Volviendo so­bre lo que empecé a decirte: Después que me hube despedido de ti, tomé el ferryboat, para volver a Nueva York; sentía un gran vacío en el corazón. Después de esos tres meses tan íntimos que pasamos juntas, llenos de confidencias y chismes, parece una tarea hercúlea contarte mis penas en forma de car­tas que tendrán que llegar hasta el fin del continente. Mi bote se deslizó justamente debajo de tu buque y pude verte clara­mente a ti y a Jervis apoyados contra la baranda. Yo hacía ademanes frenéticos para llamar tu atención, pero ni siquiera parpadeaste. Tus ojos estaban clavados, en una contemplación nostálgica, sobre la cúspide del edificio Woolworth.De regreso en Nueva York, me trasladé a una tienda para comprar algunas fruslerías. ¡En eso que penetraba por la puerta giratoria, ¿a que no adivinas quién venía girando en direc­ción opuesta? ¡Pues, Helen Brooks! Tuvimos un trabajo bár­baro para poder juntarnos, porque yo trataba de volver a salir y ella trataba de volver a entrar; me pareció que seguiríamos girando eternamente. Pero al fin logramos unirnos y estrecharnos las manos. Helen me ayudó gentilmente a elegir quines docenas de pares de medias y cincuenta gorros y sweaters y doscientos trajecitos uniformados; luego salimos charlando du­rante todo el trayecto hasta Fifty-second Street, donde almorzamos en el Club Universitario Femenino.

Siempre me gustó Helen. No es espectacular pero es juiciosa, formal y consecuente. Nunca me olvidaré de la eficacia con qué se apoderó de esa Comisión de Espectáculos escénicos y la organizó prontamente después del lío y la confusión que había hecho Mildred  con eso.  ¿Qué te parece Helen como mi sucesora en el asilo? Me ahogan los celos cuando pienso en una sucesora, pero supongo que no tendré más remedio que hacerle frente.

-¿Cuándo viste a Judy Abbott por última vez?  -fue la primera pregunta de Helen.

-Hace quince minutos -contesté yo-. Acaba de embar­carse para el continente español, con un marido, una hija, una niñera, una doncella, un ayuda de cámara y un perro. -¿Es bueno el marido? -No lo hay mejor. -¿Y lo ama todavía? -Nunca he visto un matrimonio más feliz. Se me ocurrió de repente que Helen parecía algo deprimida, y de súbito recordé todos los chismes que nos contó Marty Keene el verano pasado; entonces me apresuré a cambiar la con­versación llevándola a un terreno tan inocuo como es el de los huérfanos.

Pero más tarde ella misma me contó toda la historia espontáneamente. Hablaba de eso en un tono impersonal y frío, como si estuviese discutiendo sobre los personajes de un libro. Ha estado viviendo sola en la ciudad, casi sin ver a nadie, y parecía muy abatida y deseosa de hablar con alguien. La pobre Helen parece haber hecho un terrible revoltijo con su vida. No conozco a nadie que haya cubierto tanto terreno en tan corto espacio de tiempo. Desde que se graduó en el colegio, ha estado casada, ha tenido un nene y lo ha perdido, se ha di­vorciado del marido, ha reñido con su familia y ha venido a la ciudad para ganarse la vida. Ahora es correctora en una casa editora.

No parece haber habido razón alguna para su divorcio, desde el punto de vista común; es que ese matrimonio no marchaba bien, no tuvo éxito, sencillamente. No eran amigos. Si él hu­biera sido mujer, Helen no hubiera perdido ni media hora con­versando con él. Si ella hubiera sido hombre, él le hubiera dicho; -Me alegro de verlo. ¿Cómo está usted? -y hubiera pasado de largo. ¡ ¡Y sin embargo se casaron!! ¿No te parece espantosa la forma en que enceguece a la gente ese asunto pasional?

Helen fue educada sobre la teoría de que la única profesión legítima para una mujer es formar un hogar. Cuando terminó sus estudios en el Colegio Superior, estaba naturalmente an­siosa de comenzar con la susodicha profesión, y se presentó Henry. La familia lo examinó atentamente y lo encontró per­fecto en todo sentido: buena familia, buena moral, buena situa­ción económica, buena presencia. Helen estaba enamorada de él. Fue un casamiento de lujo, con infinidad de trajes nuevos y docenas de toallas bordadas. Todo parecía propicio.

Pero en cuanto empezaron a trabar conocimiento el uno con el otro, se llevaron muchos chascos: ¡no les gustaban los mis­mos libros, ni los mismos chistes, ni las mismas gentes, ni las mismas diversiones! El era expansivo, sociable, alegre y bulli­cioso; y ella no. Al principio empezaban a aburrirse, luego se irrita-ron y por fin se exasperaron mutuamente. El tempera­mento ordenado y metódico de ella lo impacientaba y fastidiaba; y los hábitos desordenados de él la enfurecían. Ella se pasaba el día poniendo en orden los armarios, las cómodas y los cajones del escritorio, y en menos de cinco minutos él los revolvía en forma caótica. Siempre dejaba prendas de ropa por doquiera para que ella las levantara; dejaba las toallas amontonadas sobre el piso del cuarto de baño y nunca limpiaba la bañera cuando terminaba de bañarse. Ella, por su parte, era sumamente fría e insensible, y lo irritaba -ella lo comprendía perfectamente-, y llegó hasta el punto de no reírse nunca de los chistes que él hacía.

Me supongo que la mayoría de las personas anticuadas y con­vencionales juzgarían que es una cosa incorrecta deshacer un matrimonio por causas tan ínfimas. Al principio me pareció lo mismo a mí; pero mientras Helen seguía amontonando un detalle sobre el otro, cada uno trivial en sí mismo, pero for­mando en conjunto una pila montañosa, tuve que  coincidir con Helen que era imposible seguir así.  ¡En realidad, no fue un matrimonio; fue un error!

De modo que, una mañana, durante el desayuno, cuando vino a colación el asunto del veraneo que se aproximaba, Helen dijo en tono casual que había resuelto trasladarse al Oeste y fijar su residencia en algún Estado donde pudiera obtenerse el divorcio por causas respetables y honestas; y ésa fue la primera vez en muchos meses que Henry estuvo de acuerdo con ella.

La familia victoriana anticuada de Helen se sintió ultrajada. ¡Jamás habían tenido semejante escándalo en la familia, en las siete generaciones de su permanencia en Norte América! De­cían que la culpa de todo esto era de ellos mismos por ha­berla dejado cursar estudios superiores y dejarle leer esos es­pantosos autores modernos como Ellen Key y Bernard Shaw.

-Si él se hubiera emborrachado y me hubiera arrastrado por el suelo, del cabello -se lamentaba Helen-, todo esto hubiera sido legítimo a sus ojos; pero por el hecho de que aun no habíamos llegado al punto de arrojarnos mutuamente los platos a la cabeza, nadie veía razón para el divorcio.

Lo deplorable de todo este asunto es que, tanto ella como Henry estaban admirablemente capacitados para hacer la feli­cidad de cualquier otra persona. ¡Es que no hacían pareja el uno con el otro!; y cuando dos personas no emparejan bien, todas las ceremonias del mundo no pueden casarlas.

 

Sábado por la mañana.

 

Tenía la intención de despachar esta carta hace dos días; y aquí estoy con montones de páginas escritas, pero sin man­dar nada.

Acabamos de tener una de esas noches míseras, engañosas: frío y helado cuando uno se acuesta, y cálido y sofocante cuando uno se despierta en la obscuridad, asfixiada bajo una montaña de frazadas. Mientras retiraba las frazadas que sobra­ban y sacudía mi almohada para acomodarme bien, pensaba en esos catorce pequeñuelos “enfardelados” en el aposento de los niños. Su enfermera nocturna, según se llama, duerme como un lirón toda la noche. (Su nombre es el que sigue en la lista de las expurgaciones). De manera que me levanté de nuevo, e hice otra pequeña excursión para quitar las frazadas extras, y cuando terminé, estaba irremisiblemente despierta.

No es muy habitual en mí el pasar una nuit blanche; pero, cuando sucede, yo resuelvo todos los problemas universales.

¿Por qué será que el cerebro se torna más agudo y penetrante cuando una está despierta en la oscuridad?

Empecé a pensar en Helen Brooks, y proyecté toda su vida de nuevo. No me explico por qué su lastimosa historia se ha posesionado de mí con tanto empeño; es un asunto muy des­alentador para una muchacha que está comprometida para ca­sarse. No hago más que decirme a mí misma: ¿Y si Gordon y yo, cuando lleguemos a conocernos bien, cambiamos de gusto? Este temor me retuerce el corazón y me desespera. Pero yo no me caso con él por ninguna otra razón en el mundo más que el afecto. No soy particularmente ambiciosa. Nunca me han tentado en lo mínimo ni su posición social ni su dinero; y menos lo hago para encontrar una carrera, puesto que para ca­sarme con él tendré que renunciar al trabajo que adoro. ¡Es que realmente amo este trabajo! Me paso el día planeando y proyectando el porvenir de los pequeñuelos con la sensación de que estoy construyendo la nación. Sea cual fuere mi destino con el correr de los años, me consta que seré mucho más ca­pacitada en todo el sentido de la palabra, por haber tenido esta tremenda experiencia. ¡Porque es una experiencia tremen­da la íntima convivencia con seres humanos que ofrece un asilo! Cada día que pasa aprendo tantas cosas nuevas que cuando llega el sábado por la noche, evoco ala Salliedel sábado anterior y me quedo pasmada de su ignorancia.

¿Sabes que estoy desarrollando una idiosincrasia muy curiosa; comienzan a molestarme los cambios. Me desagrada la pers­pectiva de ver mi vida desorganizada, desbaratada. Antes ado­raba la excitación de los volcanes, pero ahora prefiero el paisaje de una meseta elevada. Me hallo muy cómoda donde estoy; mi mesa de escribir, mi cómoda, los cajones de mi escritorio, todos están organizados para satisfacerme a mí;  ¡mas, ay, me aterroriza indeciblemente el pensar en el trastorno que me so­brevendrá el año que viene! Te ruego que no vayas a creer que yo no  quiero  a  Gordon tanto  como  cualquier hombre tiene derecho a pretender. ¡No! No es que a él lo quiera me­nos; es que estoy empezando a quererlos más a los huérfanos. Eso es todo.

Acabo de encontrarme con nuestro asesor médico, cuando salía del cuarto de los niños. Allegra es la única persona del establecimiento que recibe los favores de sus austeras atencio­nes sociales. Se detuvo por un instante al pasar, para emitir un comentario cortés acerca del cambio repentino del tiempo, y para expresar el deseo de que yo transmita sus saludos a la señora Pendleton en mi próxima carta.

Esta es una carta lastimosa para enviar en tan bello proyecto, ¡pues no contiene ninguna noticia que a ti te agrade oír.

Pero nuestro pequeño orfanato erguido sobre los cerros, debe parecerte muy lejano e insignificante frente a las palmeras y los bosques de naranjos; los lagartos y las tarántulas de que tú estás disfrutando.

Diviértete, y no olvides al hogar John Grier, ni a

Sallie.

 

 

Diciembre 11.

Mi querida Judy:

Llegó tu carta de Jamaica y me alegro muchísimo de que a Judy 2^ le siente el viajar. Escríbeme todos los detalles de tú casa, y mándame algunas fotografías para que te pueda con­templar en medio de ella. ¡Qué divertido debe ser poseer un bote que pulula plácidamente entre esos mares maravillosos! ¿Ya has estrenado todos tus dieciocho vestidos blancos? ¿Y no estás contenta ahora que te hice esperar para comprar el sombrero de Panamá hasta que llegues a Kingston?

Aquí marchamos bien, como siempre, y no hay nada sen­sacional que relatar. ¿Recuerdas a la pequeña Maybeile Fuller, la hija de la corista, a quien nuestro doctor aborrece? Bueno, ya la hemos colocado. Traté de hacer que la mujer se llevara en su lugar a Hattie Heaphy – esa niña sumisa y bondadosa que robó el cáliz de la iglesia -, ¡pero no, por cierto! La mujer no quería saber nada, y las pestañas de Maybeile prevalecieron. Al fin y al cabo, como dice la pobre María Bashkirtséff, lo más importante es ser bonita. Todo lo demás en la vida depen­de de eso.

La semana pasada, cuando regresé a casa después de mi paso por Nueva York, les hice un breve discurso a los niños. Les dije que acababa de despedir a la tía Judy que se había ido en un buque muy grande, y me duele tener que informar que el interés -al menos por parte de los varones- se desvaneció inmediatamente en lo que se refiere a la tía Judy, para con­centrarse sobre el inmenso buque. ¿Cuántas toneladas de carbón consumía diariamente?  ¿Era bastante largo como para lle­gar desde la cochera hasta el campamento de los indios? ¿Había armas de fuego a bordo, y si lo llegaba a atacar algún pirata, podría resistir y defenderse bien?   ¿En caso  de un motín a bordo, podía el capitán matar al que quisiera?  ¿Y no lo ahor­carían por eso cuando llegase a tierra?

Como me fue imposible zafarme de esta avalancha de pre­guntas, tuve que recurrir ignominiosamente a Sandy para ter­minar mi discurso.

Me he dado cuenta que el cerebro femenino mejor equipado del mundo no puede hacer frente a las preguntas peculiares que se originan en la mente de un muchacho de trece años.

Como consecuencia de su curiosidad marítima, el doctor concibió la idea de invitar a siete de los muchachos mayores y más aplicados para pasar el día con él en Nueva York, y ver un vapor con sus propios ojos. Ayer se levantaron a las cinco de la mañana para alcanzar el tren de las 7.30, y tuvie­ron la aventura más maravillosa que jamás haya ocurrido en todas sus siete vidas. Visitaron uno de los inmensos vapores (Sandy conoce al ingeniero escocés) y fueron conducidos en gira de inspección desde el fondo de la bodega hasta el nido» de los cuervos; luego almorzaron a bordo. Después de almor­zar, fueron a visitar el acuario y la cresta del edificio Singer; luego tomaron el subterráneo para ir al centro a pasar una hora con los pájaros de América en la morada donde crecen y viven.

Con gran dificultad logró Sandy arrancarlos del Museo de Historia Natural para poder alcanzar el tren de las 6.15.

Comieron en el salón comedor. Los muchachos preguntaron a Sandy, con gran particularidad, cuánto costaba esa comida, y cuando se les dijo que por más que comieran costaría lo mismo, tomaron profundo aliento y, tranquilos y resueltos, se dieron a la tarea de impedir que su doctor fuese defraudado por su dinero. El ferrocarril no ganó nada con esos pasajeros, y todos los que estaban en las mesas contiguas, dejaron de comer para mirarlos. Un pasajero le preguntó al doctor si los muchachos eran pupilos de una escuela de internos; ya ves cómo han mejorado los modales y el porte de nuestros mucha­chos. Sin ánimo de jactancia, hay que reconocer que nadie jamás hubiera hecho esa pregunta acerca de los muchachos de la señora Lippett. Más bien hubieran preguntado (después de observar las maneras en la mesa de la prole de la señora Lippett): “¿Van para el reformatorio esos chicos?” <strong><!–more–><!–nextpage–></strong>

Mi pequeña cuadrilla cayó a eso de las diez, charlando aca­loradamente sobre una mezcla de estadísticas relacionadas con máquinas de movimiento alternativo, dínamos y máquinas “compound”, mamparos herméticos, pulpos y rayas gigantes, rascacielos y aves del paraíso. Creí que nunca podría meterlos en la cama. ¡Pero, qué día maravilloso pasaron los chicos!

Ojalá pudiera ser posible darles esta clase de distracciones más a menudo, porque eso les da nuevas perspectivas sobre la vida, y los hace más parecidos a los niños normales. ¿No te parece que ese paseo fue un noble gesto de parte de Sandy? ¡Pero había que ver el proceder de ese hombre cuando intenté darle las gracias! Con un brusco movimiento de la mano no me dejó terminar la frase, y dándome la espalda, le preguntó, refunfuñando, a la señorita Snaith, si no le era posible econo­mizar un poco en materia de ácido fénico, pues la casa olía a hospital.

Debo comunicarte que Punch está de nuevo entre nosotros, completamente renovado en cuanto a modales. Estoy buscando una familia que quiera adoptarlo. Había albergado la esperanza de que esas dos señoritas inteligentes pudieran arreglárselas para llevarse a Punch para siempre, pero dicen que quieren Viajar y él restringiría su libertad de acción. Te incluyo un bosquejo de tu buque, hecho con lápiz de color, que acaba de terminar Punch.

 

 

Existe alguna duda sobre la dirección en que va; parece como que va a progresar hacia atrás y terminar en el barrio de Brooklyn. Debido a que se me ha extraviado el lápiz azul, nuestra bandera tuvo que adoptar los colores italianos.

Las tres figuras que se ven sobre el puente son tú, Jervis y la nena. Me apena observar que llevas a tu hija agarrada de la nuca, como si fuera un gatito. ¡No es así como maneja­mos a los bebés en el asilo J. G.! Te ruego tomes nota de que el artista le ha dado a Jervis lo justo en cuanto a longitud de piernas,

Cuando le pregunté a Punch qué se había hecho del capitán, me contestó qué el capitán estaba adentro echando carbón al fuego. Punch quedó vivamente impresionado, lo que no es de extrañar, cuando supo que tu vapor consumía en carbón trescientas galeradas por día, y naturalmente suponía que toda la tripulación, inclusive el capitán, estaba instalada junto a la boca del horno.

¡BOW! ¡WOW!

Ese es “Sing” que ladra. Le dije recién que te estaba escri­biendo a ti, y me contesta que eso le complace mucho. Los dos te mandamos cariños.

Tu

Sallie.

Hogar John Grier.

Sábado.

Mi estimado enemigo:

Usted estaba tan ceñudo y malhumorado anoche cuando in tenté darle las gracias por haberles da-do un día tan espléndido a mis muchachos, que no me fue posible expresarle ni la mitad de mi reconoci-miento.

¿Qué es lo que le pasa a usted, Sandy? Antes era un hombre medianamente simpático -en parte-, pero en estos tres o cuatro meses sólo ha sido amable con otras personas, nunca conmigo.

Desde el comienzo, hemos tenido ambos una larga serie de malentendidos y estúpidos contratiempos, pero después de cada uno de ellos parecíamos llegar a una base de entendimiento más firme y sólida, y nuestra mutua comprensión iba progre­sando a tal punto que me permití alentar la. esperanza de que nuestra amistad estaba ya cimentada firme y permanentemente, y que era capaz de resistir cualquier embate del destino.

Más tarde, en junio último, ocurrió esa desdichada y estúpida escena en que usted oyó inadvertidamente algunas grose­rías necias, que yo dije sin pensar; y desde entonces, usted se ha ido desvaneciendo en el espacio. Le aseguro que ese mal­dito incidente me ha causado verdadera pena y quería de todo corazón tener la certeza de que usted me perdona, pero sus maneras fueron tan bruscas que no pude cobrar el valor ne­cesario para pedirle disculpas personalmente. No es que tenga alguna excusa ni explicación que ofrecerle; nada de eso, por cierto. Usted sabe cuán necia y tonta soy en ocasiones, pero debe comprender que aun cuando soy petulante, tonta y frí­vola en la superficie, soy bastante sincera y consecuente en el fondo; y debe perdonar mis ocurrencias necias y disparatadas. Los Pendleton sabían eso hace tiempo, de otro modo nunca me hubieran enviado a tomar cargo de este asilo. Me he esfor­zado mucho en realizar esta tarea en la mejor forma posible, en parte porque quería justificar la confianza que ellos habían depositado en mí, en parte porque ansiaba realmente propor­cionar a los pobres pequeñuelos un poco de felicidad, pero principalmente, me consta, porque quería demostrarle a usted que su primer juicio derogatorio y adverso sobre mí era In­fundado.

¿No podría hacerme el favor de borrar de su memoria esos quince minutos malhadados en la puerta-cochera, en junio pa­sado, y recordar en su lugar esas quince horas que me pasé leyendo la “Familia Kallikak”?

¡Me agradaría tanto tener la certeza de que somos amigos otra vez!

SaLLie McBride.

 

 

Hogar John Grier

Domingo.

Estimado doctor MacRae:

Obra en mi poder su tarjeta profesional, conteniendo una respuesta de once palabras escritas al dorso de la misma.

No tuve la intención de incomodarle con mis atenciones. Lo que usted piensa y la forma en que se conduce, me tienen absolutamente sin cuidado.

¡Continúe comportándose tan descortésmente como le plazca!

Sallie McBride.

Diciembre 14.

Mi querida Judy:

Te suplico que llenes tus cartas de estampillas, tanto adentro como afuera. Hay treinta filatelistas en la familia. Desde que has emprendido tus viajes, todos los días, a la hora en que lle­ga el correo, un grupo ansioso se reúne ante el portón de calle, a la espera de poder arrebatar cualquier carta de sello extranjero, y para cuando las cartas llegan a mis manos, están casi desmenuzadas por la tenacidad de los rivales. Dile a Jervis que nos mande más de esos pinos purpúreos de Honduras; asimismo algunos íbros verdes de Guatemala. ¡Podría usar to­neladas de ellos!

¿No es magnífico el haber lográao llenar de entusiasmo a estos pequeñuelos tan apáticos? Poco a poco se están trans­formando en verdaderos niños. El dormitorio B inició espon­táneamente una guerra de almohadas anoche, y aunque se de­terioraba el escaso surtido de ropa de cama que poseemos, me quedé contemplando el juego de los niños, rebosando de alegría, y hasta arrojé una almohada yo también.

El sábado pasado, esos dos simpáticos amigos de Percy pasaron toda la tarde jugando con los muchachos. Trajeron tres rifles, y cada hombre se puso a la cabeza de un campa­mento de indios, e iniciaron un concurso de tiro; el blanco era una botella. Cada campamento vencedor recibía un her­moso premio. Este premio lo trajeron ellos mismos; era una cabeza de indio pintada sobre cuero.

¡Qué gusto más atroz!; pero ellos lo creían estupendo, así que tuve que expresar admiración con todo el ardor que podía fingir. Cuando terminaron de jugar, fueron obsequiados con chocolate caliente y buñuelos, y me parece en verdad que los hombres lo disfrutaron tanto como los chicos; al menos, no cabe duda de que se divirtieron más que yo.

 

 

No me fue posible sobreponerme a la inquietud femenina todo el tiempo que duró el juego, por temor de que alguien fuese herido por error. Pero yo comprendo que no puedo mantener atados a las cintas de mi delantal a veinticuatro va­lerosos indios, y no creo que pudiera encontrar en el mundo tres hombres más decentes que se interesaran por ellos. ¡Piensa en todo ese servicio voluntario, sano, exuberante, que se está desperdiciando ante nuestros ojos! Me imagino que este ve­cindario está lleno de esos hombres, y he de ocuparme en hallarlos para bien de mis chicos.

Necesito también unas ocho muchachas amables y simpá­ticas que quieran venir aquí una noche por semana, para sen­tarse junto al fuego del hogar a contar cuentos a mis niños, mientras éstos comen palomitas de maíz. ¡Quiero tanto encon­trar un medio para que mis polluelos tengan también su parte de mimos y caricias individuales! Lo que pasa, Judy, es que re­cuerdo siempre tu propia infancia y trato denodadamente de tapar las brechas.

La reunión dela Junta Directiva, la semana pasada, transcu­rrió espléndidamente. Las señoras nuevas son muy serviciales, y sólo vinieron los hombres simpáticos. Tengo el placer de anun­ciarte que el honorable Cy Wykoff está visitando actualmente a su hija casada que vive en Scranton. ¡Ojalá lo invite a papá a vivir con ella permanentemente!

 

Miércoles.

 

Estoy de un humor feroz por nuestro doctor, y no sé a ciencia cierta cuál es la razón. El sigue su camino metódico, apacible e inmutable, sin prestar la más mínima atención a nada ni a nadie. En estos últimos meses me he tragado más desaires que en toda mi vida anterior, y se me está desarrollando un carácter terriblemente vengativo. Me paso todos los momentos de ocio urdiendo situaciones en que él se vea profundamente atribulado y necesitando mi ayuda, y en que yo, con la mayor dureza e insensibilidad, me encogeré de hombros y me alejaré desdeñosamente.

Me estoy transformando en una persona totalmente distinta de la suave y dulce joven de antaño que tú conocías.

 

Noche.

 

No sé si estás enterada de ello, pero yo soy una autoridad en materia de cuidado y bienestar de niños huérfanos.

Mañana, yo y otras “autoridades” haremos una visita oficial al “Asilo de huérfanos dela Sociedaddel Patronato y Refugio Hebreo”, de Pleasantville. (¡Todo eso es su nombre!). Partiendo de aquí, es un viaje muy complicado e indirecto, que requiere madrugar a una hora intempestiva, dos trenes y un automóvil; pero si he de ser una autoridad, debo hacer honor al título. Siento un interés muy vivo por visitar otras instituciones para recoger tantas ideas como sea posible para cuando se inicien nuestras reformas el año que viene.

Y tengo entendido que este asilo de Pleasantville es un mo­delo arquitectónico.

Ahora admito, luego de madura y sobria reflexión, que hicimos bien en postergar las importantes operaciones de edificación hasta el próximo verano.

Claro está que me sentí decepcionada, porque eso signifi­caba que yo no seré el centro de los trabajos de demolición, ¡y me gusta tanto ser el centro de las demoliciones!

¡Pero, de todos modos, te dejarás guiar por mis consejos aunque haya dejado de ser la directora!  ¿Verdad que sí?

Son sumamente promisorios los dos detalles de edificación que hemos llevado a cabo. Nuestro nuevo lavadero se perfecciona día a día; ya no hay ese olor a vapor tan peculiar de los asilos. La casita del labrador estará lista para ser ocupada la semana que viene. Lo único que le falta es una mano de pintura y algu­nas fallebas en las puertas.

¡Pero, Dios mío, otra burbuja ha reventado! La  señora Furnfelt, pese a su figura maternal y amable sonrisa, abo­mina de los niños cuando rondan en su derredor; dice que la ponen nerviosa. Y en cuanto a Furnfelt mismo, si bien es cierto que es industrioso, metódico y excelente jardinero, sus procesos mentales no son precisamente lo que yo esperaba. Cuando llegó al principio le di permiso para retirar los libros que quisiera de la biblioteca. Empezó por el estante que estaba más cerca de la puerta, que contiene treinta y siete volúmenes de las obras de Pansy. Finalmente, después de haber pasado cuatro meses con Pansy, le aconsejé que cambiara un poco y le mandé a casa con “Huckleberry Finn”. ¡Pero a los pocos días me lo trajo, y meneando la cabeza me dijo que después de haber leído a Pansy todo lo demás le parecía insubstancial, insípido!

Me temo que será necesario buscar alguien más inteligente y despierto. ¡Pero al menos, en comparación con Sterry, Furnfelt es un sabio!

Hablando de Sterry, nos hizo una visita social hace algunos días, y estaba muy amansado. Parece que el “ricachón” de la ciudad cuya finca ha estado administrando, ya no nece­sita de sus servicios; y Sterry ha condescendido gentilmente en volver con nosotros y dejar que los niños tengan sus jardincitos si así les place. Yo rechacé su ofrecimiento con suma benevolencia, pero en forma convincente.

 

Viernes.

 

Anoche  volví  de  Pleasantville  con  el  corazón rebosando envidia.

Hágame usted el favor, señora presidenta, de darme algunos chalecitos guarnecidos, color gris, con figuras de “Luca della Robbia” incrustadas en el frente. Ahí tienen setecientos niños ya grandecitos. Claro que eso es un problema distinto a los ciento siete que tengo yo, y algunos muy pequeños. Pero hetornado algunas ideas muy interesantes de ellos. Voy a dividir a mis polluelos en hermanas y hermanos grandes y pequeño; cada hermano o hermana grande tendrá un hermanito o hermanita pequeña, para amarla, ayudarla y defenderla. Así, pues, la hermana grande Sadie Kate tiene que cuidar a su pequeña hermanita Gladiola; debe preocuparse de que esté pulcramente lavada y peinada, de que tenga las medias en su lugar, de que sepa las lecciones y de que reciba unos cuantos mimos y su parte de caramelos; muy agradable para Gladiola, pero espe­cialmente evolutivo para Sadie Kate.

Además, voy a establecer entre los niños mayores una forma limitada de autonomía o independencia, como lo practicábamos en el Colegio Superior.

Una vez que el niño haya adquirido imperio sobre sí mismo, le será sumamente útil cuando tenga que salir al mundo y gober­narse solo. Esto de largarlos al mundo a las edad de dieciseis años me parece una gran crueldad. Aquí tengo cinco chicos que han llegado a la edad de ser lanzados al mundo, pero no tengo valor para ello. No hago más que evocar mi propia juven­tud, tan tonta e irresponsable como era, y me pregunto lo que me hubiera ocurrido si me hubieran echado a trabajar a los die­ciséis años.

Te dejo ahora para escribirle una carta interesante a mi polí­tico en Washington, y eso es bravo.

¿Qué tengo yo que decir que pueda interesarle a un hombre político? Ya no puedo hacer otra cosa que charlar sobre niños, y a él no le importaría un comino si todos los niños fuesen eliminados de la faz de la tierra. ¡Ah, sí, me equivoco! Creo que lo calumnio injustamente. Los “niños” -al menos los niños varones- crecen y se transforman en electores (votantes).

Adiós.

Sallie.

 

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Queridísima Judy:

Si esperas que te envíe una carta alegre hoy, no leas ésta. La vida del hombre es un sendero invernal: neblina, nieve, llu­via, fango, rocío, frío, ¡qué tiempo! ¡Ay, qué tiempo! ¡Y tú disfrutando del sol y los azahares, allá en la bella Jamaica!

Tenemos tos ferinas, y se nos oye toser a dos millas de dis­tancia. No sabemos cómo la pescamos; debe de ser una de las bendiciones de la vida de asilo.

La cocinera desapareció -en la noche-, lo que llaman los escoceses una “fuga a la luz de la luna”.

No me explico cómo logró sacar su baúl, pero el hecho es que ha desaparecido. La calefacción de la cocina ha volado junto con ella. Los caños están helados. Han llegado los plomeros y han levantado los pisos de la cocina. Uno de nuestro caballos tiene esparaván. Y, para colmo de males, nuestro amado e inge­nioso Percy ha caído en la más negra desesperación. Hace tres días que vivimos en continua zozobra por temor de que el pobre se suicide. Esa muchacha de Detroit -ya sabía yo que era mocita descarada, una tunante -, sin tomarse siquiera la molestia de devolverle su anillo, se fue y se casó con un hombre que tiene un par de automóviles y un yate.

Esto es lo mejor que pudiera haberle sucedido a Percy, pero, por desgracia, pasará mucho, mucho tiempo antes de que se dé cuenta de ello.

Nuestros veinticuatro indios están nuevamente en casa con nosotros. Me daba pena tener que obligarles a entrar, pero las chozas no fueron hechas para albergues invernales. He podido ubicarlos muy confortablemente, empero, gracias a las espa­ciosas galerías de hierro que circundan el nuevo aparato de salvamento para incendios. Fue una excelente idea la de Jervis esa de cerrar las galerías con puertas de vidrio para que sirvan de balcones-dormitorios en caso de necesidad.

La solana de los bebés es una innovación magnífica. Los pequeñuelos florecen prácticamente hora tras hora, bajo la in­fluencia de tanto aire y sol.

Cuando los indios volvieron a la vida civilizada, terminó la tarea de Percy, y creímos que volvería al hotel. Pero no quiere irse. Dice que se ha aficionado a los huérfanos y los echaría muy de menos. Me pare-ce que el pobrecillo se siente tan aba­tido a causa de su malogrado noviazgo que tiene miedo de en­contrar-se a solas; necesita alguna ocupación absorbente que le distraiga en los momentos en que está fuera del banco. ¡Sabe Dios que a nosotros nos encanta tenerlo aquí! Percy ha sido magnífico para con esos mucha-chos, y ellos necesitan la influen­cia de un hombre. ¿Pero dónde lo ubicamos al hombre? Como tú obser-vaste el verano pasado, este castillo espacioso no con­tiene una plétora de cuartos de reserva para convidados.

Percy ha terminado por instalarse en el laboratorio del doctor y los medicamentos fueron trasladados a un armario que hay en el vestíbulo.

Percy y el doctor lo arreglaron de común acuerdo, y si a ellos no les importa incomodarse mutuamente, yo no tengo nada que objetar.

¡Misericordia! Acabo de mirar el calendario, y estamos al dieciocho, faltando solamente una semana para Navidad. ¿Cómo vamos a terminar todos nuestros proyectos en una sola semana

Los chicos se están confeccionando regalos unos a otros, y ya me han susurrado al oído cerca de un millar de secretos.

Anoche ha nevado. Los muchachos pasaron la mañana en los bosques recogiendo siemprevivas y transportándolas a casa en trineos; veinte niñas pasarán la tarde en el lavadero, arrollando guirnaldas para las ventanas. No sé francamente cómo vamos a terminar el lavado esta semana, con tantos preparativos para Navidad.

Teníamos la intención de mantener en secreto el árbol de Navidad, pero más de cincuenta chiquillos ya han sido alzados desde abajo para mirar a hurtadillas por la ventana de la cochera, y mucho temo que la noticia se haya propalado entre los cincuenta restantes.

De acuerdo con tus deseos, hemos fomentado asiduamente el mito de Santa Claus, pero no le dan mucha fe. “¿Por qué no vino antes?”, fue la pregunta escéptica de Sadie Kate.

Pero Santa Claus vendrá esta vez infaliblemente. Le pedí al doctor, por cortesía, que interpretara el principal papel junto a nuestro árbol de Navidad, y como tenía la absoluta certeza de que se iba a negar, ya me había comprometido con Percy para que éste actuara como reemplazante. ¡Pero nunca se sabe dónde está uno con los escoceses: son tan inexplicables! ¡Sandy aceptó con una afabilidad sin precedentes, y me vi obligada a anular el compromiso con Percy!

 

Martes.

 

¡Qué curiosa es la costumbre que tienen algunas personas in­consecuentes de derramar a borbotones todo cuanto bulle en su cerebro en determinado momento!

Parece que les fuera imposible hablar de vulgaridades, de frivolidades, como hago yo, y son incapaces de descartar una crisis para hablar del tiempo o de las modas.

Todo esto es a propósito de una visita que recibí hoy. Una mujer vino a entregarme a una hijita de su hermana; la her­mana está en un sanatorio para tuberculosos. Quiere que nos­otros cuidemos a la niña hasta que la madre esté curada, aun­que temo, por lo que me contó, que eso no será nunca. Pero, de cualquier modo, se llenaron todas las formalidades del caso y la mujer no tenía más que entregar a la niña y marcharse. Pero como tenía un par de horas para esperar el tren, insinuó el deseo de visitar el establecimiento; así que la conduje a las habitaciones del jardín de infantes y le mostré la camita en que dormiría Lily, que así se llama la niña; luego le hice ver nuestro lindo comedor amarillo con su frisa de conejillos, para que comunicara a la pobre madre los detalles más alegres. Después de esto, como parecía estar fatigada, la invité socialmente a pasar a mi salita para tomar una taza de té. El doctor MacRae, que se encontraba a mano, y que tenía hambre (esto es muy raro en él ahora; sólo consiente en tomar una taza de té con los superiores de este instituto una o dos veces por mes), entró con nosotras y formamos una pequeña tertulia.

La mujer parecía tener la impresión de que todo el peso de la conversación gravitaba sobre ella, y para ser sociable nos contó que su marido se había enamorado de la muchacha que vendía entradas en un cinematógrafo (una moza pintarrajeada, de pelo amarillo, que masticaba goma como una vaca, fue la descripción que hizo de la vampiresa). El marido gastaba toda su plata con esta muchacha, y nunca venía a casa, salvo cuando estaba borracho. Entonces destrozaba y hacía pedazos todos los muebles y cuanto caía bajo sus manos.

Había tirado al suelo y pisoteado un hermoso caballete que contenía el retrato de la madre de ella, que había tenido desde antes de casarse. Lo hizo simplemente por el placer de oírlo crujir. Al final fue tan grande su desesperación que no quería seguir viviendo; entonces se bebió una botella de una sustancia que alguien le había dicho era venenosa si se tomaba íntegra; pero no la mató: sólo le produjo vómitos. Y el marido volvió y la amenazó con estrangularla si intentaba comprometerlo así otra vez. A raíz de eso, le pareció que él todavía la amaba un poco.

Todo esto nos contó en forma casual mientras revolvía su té. Traté de encontrar algo que decir, pero fue una exigencia so­cial que me dejó enmudecida.

Pero Sandy hizo frente a la situación como un caballero. Le habló con frases bellas y sobrias, llenas de sabiduría y con­suelo, y la mujer se fue estimulada y reconfortada.

Nuestro Sandy, cuando se propone, puede ser excepcionalmente afable y simpático, sobre todo con personas extrañas.

Esto no debe entusiasmarme, porque, al fin y al cabo, no es más que una cuestión de etiqueta profesional y forma parte de la obligación de un médico, que es curar el espíritu lo mismo que el cuerpo. En este mundo parece haber infinidad de espí­ritus que lo necesitan. Esta buena señora me ha dejado con el espíritu alterado a mí también. Desde que oí su relato he estado pensando en lo que yo haría si me casara con un hombre que me abandonase por una moza que masticase goma, y que viniese a casa y destrozara todos los muebles.

Me imagino, a juzgar por lo que ocurre en los teatros este invierno, que es una cosa que le puede pasar a cualquiera, muy especialmente en la alta sociedad.

Tú debías dar gracias a Dios que tienes un marido como Jervis. Hay algo extraordinariamente seguro y confiable en un hombre así. Cuanto más tiempo vivo, más segura estoy de que el carácter de una persona es lo único que hay que tener en cuenta. Pero ¿cómo se puede conocer eso? ¡Los hombres son tan duchos para hablar!

Adiós, y feliz Navidad para Jervis y las dos Judys.

S. McB.

P.D.- Sería una grata atención de tu parte si contestaras mis cartas con mayor celeridad.

 

 

Hogar John Grier.

Diciembre 29.

Mi querida Judy:

Sadie Kate se ha pasado la semana redactando una carta de Navidad para ti y no me queda nada más que contar a mí.

¡Ah, si vieras qué maravillosa Navidad pasamos! Además de todos los obsequios, los juegos y las cosas deliciosas que comimos, hubo concursos de patín y paseos en tílburi; también hubo tertulias en que hicimos melcocha y garapiñadas. ¡Quién sabe ya si estos huerfanitos tan mimados van a asentarse alguna vez y cobrar juicio como chicos normales!

Muchas gracias por los seis regalos que me mandaron. Me gustan todos, especialmente el retrato de Judy 2^. Ese dientecito da a su sonrisa un encanto irresistible.

Te agradará saber que he colocado a Hattie Heaphy en la familia de un pastor protestante, y por cierto que es una exce­lente familia; cuando les conté el asunto del cáliz ni siquiera pestañearon. ¡Ellos se hicieron este regalo de Navidad a sí mismos, y Hattie se fue tan contenta, colgada de la mano de su nuevo papá!

No escribiré más por ahora, puesto que cincuenta chicos te están mandando cartas de agradecimiento, y la pobre tía Judy se verá sepultada bajo su correspondencia cuando llegue el vapor esta semana.

Con todo mi cariño para los Pendleton.

S. McB.

P.D.- “Singapore” le manda recuerdos a “Fogo” y lamenta mucho haberle mordido la oreja.

 

 

Hogar John Grier.

Diciembre 20.

¡Ay, mi querido Gordon, he estado leyendo el libro más “trastornador”!

Días pasados hice la tentativa de hablar un poco de francés, y como no me dio muy buen resultado resolví volver a prac­ticar el francés si no quería olvidarlo por completo. Como ese médico escocés felizmente ya ha abandonado mi educación cien­tífica, tengo algunas horas libres. Por una infortunada coinci­dencia empecé con Numa Roumestan, de Daudet. Es un libro sumamente perturbador para una muchacha que está compro­metida con un político.

Léelo, mi querido Gordon, y trata asiduamente de modelar tu carácter para que no se parezca en nada al de Numa.

Es la historia de un político que es fascinador de un modo inquietante (como tú). Que es adorado por todos cuantos le conocen (como tú). Que tiene un modo de hablar terrible­mente persuasivo y pronuncia maravillosos discursos (también como tú). Es idolatrado por todos, y le dicen a su esposa: ‘¡Qué feliz debe de ser usted, conociendo tan íntimamente a ese hombre maravilloso!”

Pero no era muy maravilloso cuando llegaba a casa con ella; sólo cuando tenía auditorio y muchos aplausos. Solía beber con cualquier amigo casual y se ponía alegre, festivo y expansivo; y luego volvía a su casa hosco, malhumorado y deprimido: “Joie de rue, douleur de maison”, es la moraleja del libro.

Lo estuve leyendo hasta las doce, y francamente no pegué los ojos en toda la noche por el miedo que me asaltó. Ya sé que vas a encolerizarte, pero, con toda sinceridad, mi querido Gordon, hay en ese libro demasiado realismo para mi gusto.

Nunca tuve la intención de volver a hablar de ese desdichado asunto del veinte de agosto -ya lo habíamos discutido y des­cartado en aquel entonces-, pero tú sabes perfectamente que necesitas ser vigila-do. Ya mí no me gusta la idea. Necesito tener la más absoluta confianza en la seriedad y estabilidad del hombre con quien me case. Nunca podría vivir en un estado de ansiedad a la espera de que vuelva a casa.

Lee Numa por ti mismo y verás el punto de vista de la mujer. Yo no soy paciente, ni mansa, ni humilde, ni dócil, y me asusta un poco pensar en lo que sería capaz de hacer si me provocaran.

¡Mi corazón tiene que estar bien metido en una empresa para que ella tenga éxito, y Dios sabe cuánto anhelo que nuestro matrimonio sea un éxito!¿Puedes perdonarme por decirte todas estas cosas? No es que crea realmente que tú también serás “alegría de la calle y dolor del hogar”. Es que no he dormido en toda la noche, y siento como un vacío en la cabeza.

¡Quiera Dios que el año que se aproxima nos traiga buenos consejos, paz y felicidad a los dos!

Como siempre,

S.

 

Enero 1.

Mi querida Judy:

Ha ocurrido algo muy extraño, y te confieso francamente que no sé si sucedió en verdad o si yo lo soñé.

Empezaré por el principio, y creo que será mejor que quemes esta carta una vez leída; no es muy apropiada para los ojos de Jervis.

¿Recuerdas que te conté el caso de Thomas Kehoe, a quien colocamos en junio pasado en una granja? Este muchacho tiene herencia alcohólica por ambas partes y cuando pequeño lo ama­mantaron con cerveza en vez de leche.

Entró al asilo John Grier a los nueve años de edad, y dos veces, según los datos anotados en el libro-registro, consiguió emborracharse: la primera vez con cerveza robada de algún obrero, y la segunda vez (cabalmente) con brandy de cocina. Ya te imaginarás con qué presentimientos y recelo lo dejamos salir; pero tuvimos la precaución de prevenir a la familia (gente de campo, industriosa y abstemia) y pedir a Dios que todo saliese bien.

Ayer nos telegrafió la familia diciéndonos que era imposible tenerlo por más tiempo. Nos pedían que fuésemos a esperarlo con el tren de las seis. Furnfelt fue a esperar el tren de las seis, pero no encontró ningún muchacho. Mandé un telegrama nocturno a la familia del granjero, dando cuenta de que el muchacho no había llegado en ese tren y pidiendo otros por­menores.

Anoche me quedé levantada más tarde que nunca, y me entretuve poniendo en orden mi mesa de escribir y predispo­niendo mi ánimo para hacer frente al año nuevo. A eso de las doce más o menos me di cuenta de repente que era tarde y que estaba muy cansada.

Me estaba preparando para acostarme cuando fui sobrecogida de espanto por el estrépito de unos golpes violentos contra la puerta de calle. Asomé la cabeza por la ventana y pregunté quién estaba ahí.

-Tommy Kehoe – contestó una voz muy trémula. Bajé y abrí la puerta, y ese muchacho, de dieciséis años de edad, entró tropezando, completamente borracho.

¡Gracias a Dios que Percy Witherspoon estaba cerca, y no en el campamento de indios. Lo desperté y entre ambos condu­jimos a Thomas al cuarto reservado para convidados, el único lugar aislado de todo el edificio. Luego llamé por teléfono al doctor, aunque temía que el pobre estuviera rendido de can­sancio, después de una dura jornada. <strong><!–more–><!–nextpage–></strong>

Llegó el doctor y comenzó la ardua tarea de hacer reaccio­nar al muchacho. Trascendió más tarde que Thomas había traído consigo, entre su equipaje, una botella de linimento que pertenecía a su patrón. Esta untura estaba compuesta de alcohol y hamamelis, ¡y el pobre Thomas se la había bebido toda!

Se encontraba en un estado tan lastimoso que, positivamente, no creí que pudiéramos salvarlo, y esperaba que no. Si yo fuese médico, dejaría que esos casos se fueran suave y silen­ciosamente para bien de la sociedad. ¡Pero había que verlo trabajar a Sandy! Se había despertado en él ese arraigado ins­tinto suyo de salvar vidas humanas, y luchó con toda la energía que poseía.

Yo hice café negro y ayudé en todo lo que pude, pero los pormenores eran bastante repulsivos, y dejé a los dos hombres para habérselas con él y volví a mi cuarto. Pero no intenté ir a dormir; temía que pudiesen necesitarme de nuevo. Alrededor de las cuatro vino Sandy a mi biblioteca para anunciarme que el muchacho dormía plácidamente y que Percy había llevado su cama allá y que pasaría la noche en la habitación del mu­chacho, por lo que pudiera suceder. El pobre Sandy estaba pálido, ojeroso y abatido. Mientras le miraba, pensaba en la forma encarnizada y desesperada en que trabajaba día y noche para salvar a los demás, y nunca se preocupaba de sí mismo; recordaba su hogar triste y sombrío, sin ninguna luz de espe­ranza, y la horrible tragedia oculta que había en su vida. Todo el rencor que había acumulado en mi corazón pareció desva­necerse, y me inundó una ola de piedad, de simpatía. Le tendí ¡ni mano y él me tendió la suya. Y de súbito -no me lo ex­plico-, sucedió algo electrizante. Un instante después está­bamos uno en brazos del otro. Me aflojó las manos y me colocó en el sillón. “¡Dios mío, Sallie! ¿Cree usted que estoy hecho de hierro!”, dijo y salió. Me quedé dormida en el sillón, y cuando desperté el sol me brillaba en los ojos y Jane se hallaba inclinada sobre mí, mirándome pasmada de asombro.

Esta mañana a las once regresó; me miró fríamente a los ojos, sin pestañear, y me informó que había que darle leche caliente a Thomas cada dos horas, y que era necesario vigilar las man­chas que tenía Maggie Peter en la garganta.

¡Aquí estamos otra vez en la situación de antes, y positiva­mente no sé a punto fijo si he soñado eso que pasó en la noche!

¡Pero sería una situación escabrosa si Sandy y yo descubriéra­mos que estamos enamorados uno de otro, teniendo él una esposa, salva si no sana, en el asilo de locos, y yo con un novio ultrajado en Washington! Creo que lo mejor que podría hacer es renunciar de inmediato y mandarme mudar para casa, donde podré dedicarme plácidamente por algunos meses a bordar las iniciales “S. McB” sobre los manteles, etc., como cualquier otra muchacha honesta que va a contraer enlace.

Vuelvo a repetir enfáticamente que esta carta no es apro­piada para el consumo de Jervis. Te ordeno que la rompas en pequeños fragmentos y los disperses en el mar Caribe.

S.

 

 

Enero 3.

Querido Gordon:

Tienes razón en estar resentido. Ya sé que no soy una buena escritora de cartas de amor. No tengo más que echar una ojea­da sobre la correspondencia publicada de Elizabeth Barret y Robert Browning para comprender que el ardor de mi estilo no está a la altura normal. Pero tú ya sabes -hace mucho que lo sabes- que yo no soy una persona muy impresionable y sentimental. Supongo que podría escribir la mar de cosas por el estilo de: “En todos mis momentos de vigilia tú jamás estás ausente de mis pensamiento”. “Querido mío, sólo vivo cuando tú estás cerca de mí”. Pero ésa no sería la pura verdad. Tú no ocupas todos mis pensamientos; eso lo hacen los ciento siete huérfanos.

Y la verdad es que vivo lo más bien aunque tú estés aquí o no. Yo tengo que ser natural. ¡No querrás, por cierto, que yo finja más desolación de la que siento!

Pero me encanta verte -tú lo sabes bien-, y estoy decep­cionada si no puedes venir. Aprecio en todo lo que valen tus encantadoras cualidades, pero, mi querido muchacho, no puedo ser sentimental por escrito.

Siempre pienso en la camarera del hotel que lee las cartas que tú dejas negligentemente sobre el escritorio. Es inútil que pro­testes y me digas que llevas mis cartas junto a tu corazón, por­que sé perfectamente que eso no es cierto. Te ruego que me perdones por esa última carta, si ella ha herido tus susceptibilidades. Desde que he venido a este asilo soy muy quisquillosa en todo lo que se refiere a las bebidas alcohólicas y los destrozos que origina. ¡Tú también lo serías si hubieses visto lo que he visto yo!

Algunos de mis polluelos son el triste resultado de padres alcohólicos, y nunca tendrán la oportunidad de ser felices esfi toda su vida. Es imposible vivir en un lugar como éste sin meditar profundamente sobre todas estas cosas.

Tienes razón en eso que dices de que las mujeres tienen la odiosa costumbre de hacer aspavientos y fingir que perdonan al hombre cuando comete alguna travesura, pero después se lo echan en cara durante el resto de su vida. (Eso va por el deplo­rable incidente de agosto.) Bueno, Gordon, te diré con toda sinceridad que no conozco el significado de la palabra “per­donar”. No es posible que quiera decir también “olvidar”, puesto que éste es un proceso psicológico y no es obra de la voluntad.

Todos tenemos una colección de recuerdos, de los que pres­cindiríamos con el mayor gusto, pero desgraciadamente ésos son precisamente los que más se pegan. Si “perdonar” quiere decir prometer que uno no va a hablar jamás de cierta cosa, sin duda podré lograrlo. Pero no es siempre lo más prudente eso de encerrar dentro de sí el recuerdo desagradable, porque crece y crece, y se derrama por todo el cuerpo como un veneno.

¡Válgame Dios! No tuve la intención de decir todo esto. Me empeño en ser la alegre y despreocupada (y algo atolondrada) Sallie que a ti más te gusta; pero en este último ano he visto demasiado de cerca las grandes realidades de la vida y temo que me he transformado en una persona muy distinta de aquella joven de quien tú te enamoraste. Ya no soy una jovencita ale­gre y friíola jugando con la vida. La conozco demasiado ahora, y por eso ya no puedo reír siempre.

Comprendo que ésta es otra de esas cartas melancólicas que a ti no te gustan – tan odiosa como la última, sino peor -. ¡Pero si tú supieras por lo que acabamos de pasar! Un muchacho – no tiene más de dieciséis años – que lleva una herencia execrable casi se envenena con una repugnante mezcla de alcohol y hama-melis. ¡Hace tres días que estamos luchando para salvarlo, y recién ahora tenemos la seguridad de que se va a recuperar lo bastante como para volver a hacerlo de nuevo!

Como dicen los escoceses en su gracioso dialecto: “¡El mun­do es bueno, pero qué malos son los que lo pueblan!”

Te ruego me perdones por eso de los escoceses; me salió sin querer. Perdóname por todo.

Sallie.

 

Enero 11.

Mi querida Judy:

Espero que mis dos cablegramas no te hayan asustado dema­siado. Yo hubiera preferido esperar y mandarte las primeras noticias por carta, incluyendo todos los detalles, pero tenía mucho miedo de que llegaras a saberlo en alguna forma indi­recta. Todo el asunto es bastante espantoso, pero no se perdió ninguna vida, y sólo hubo un accidente grave.

No podemos menos de estremecernos de horror al pensar en lo pavoroso que pudo haber sido, con más de cien criaturas dor­midas dentro de este maldito edificio sin medios adecuados de escape para casos de incendio. Ese nuevo aparato de salvamento fue completamente inútil. El viento soplaba hacia él y las llamas lo envolvieron por completo. Salvamos a todos los niños por la escalera central… Pero comenzaré por el principio, y relataré toda la historia.

El viernes había llovido todo el día, gracias a una Providencia misericordiosa, y los tejados estaban empapados completamente.

Al anochecer empezó a helar y la lluvia se transformó en ce­llisca. A eso de las diez, cuando me acosté, soplaba un ventarrón espantoso desde el noroeste, y todo lo que estaba flojo en el edificio se sacudía y rechinaba con estrépito. Serían las dos más o menos cuando de repente me desperté sobrecogida de terror, porque sentía sobre los párpados el vivo resplandor de una luz brillante. Salté del lecho y corrí hacia la ventana. La cochera era una mole de llamas, y una lluvia de chispas descendía precipita­damente sobre el ala este del edificio. Corrí hasta el cuarto de baño y me asomé a la ventana. Desde ahí podía ver que el techo del aposento destinado a los niños pequeños estaba en llamas.

 

 

Bueno, querida, mi corazón simplemente dejó de latir por un minuto. Pensé en esos diecisiete pequeñuelos allá bajo ese tejado, y no podía tragar. Por fin conseguí hacer funcionar de nuevo a mis rodillas temblorosas, y corrí precipitadamente al vestíbulo, agarrando mi saco de automovilista mientras corría. Golpeteé con los nudillos contra las puertas de Betsy, la señorita Matthews y la señorita Snaith, en el preciso instante en que el señor Witherspoon, que también fue despertado por el resplandor, subía tropezando las escaleras de a tres peldaños a la vez, force­jeando para ponerse el sobretodo mientras corría.

-Lleve todos los niños al comedor; primero los bebés -dije con voz entrecortada-. Voy a pedir que den la alarma de incendio.

Percy se precipitó sin perder un instante en el tercer piso, mientras yo corrí hasta el teléfono, y, ¡ah, Dios mío!, creí que nunca conseguiríala Central. Latelefonista estaba profunda­mente dormida.

-¡El Hogar John Grier está ardiendo!  Conecte la llave de alarma y despierte a toda la aldea. Déme usted el 505 -le dije. En un segundo me dio con el doctor. ¡Qué sensación de alivio experimenté al oír esa voz templada y sobria!

-¡El asilo está ardiendo! -grité-. ¡Venga usted pronto, y traiga todos los hombres que sea posible!

-Estaré ahí en quince minutos. Llene todas las bañeras de agua y ponga las frazadas dentro de ellas – y colgó el receptor.

Volví disparando al vestíbulo. Betsy estaba tocando las campanas de alarma, y Percy ya había sacado a sus tribus de indios de los dormitorios B y C.

Nuestra primera preocupación no era detener el fuego, sino poner a los niños a salvo. Empezamos en el dormitorio G, sacán­dolos de sus camitas uno por uno, y al mismo tiempo una frazada para cada uno; sin perder un instante, entregábamos los niños a nuestros pieles rojas que esperaban en la puerta, y éstos los llevaban abajo. Los dormitorios G y F estaban llenos de humo, y los niños se encontraban tan profundamente dormidos que eraimposible despertarlos ni a medias para que pudiesen sostenerse, en pie.

Durante la hora que siguió di gracias ala Providenciamás de una vez…, y a Percy Witherspoon por aquellos ejercicios de simulacro tan vocingleros que habíamos padecido semanalmente. Bajo la dirección de Percy, los veinticuatro muchachos mayores no perdieron la cabeza ni por un solo instante. Se dividieron en cuatro tribus, y se precipitaron a sus puestos como pequeños soldados. Dos de las tribus ayudaron a evacuar los dormitorios y a mantener en orden a los niños aterrorizados. Una de las tribus hacía funcionar la manguera desde el tanque de la cúpula, hasta que llegaron los bomberos, y los restantes se dedicaban al salvamento. Extendieron las sábanas sobre el piso, arrojaron dentro de ellas el contenido de los cajones del escritorio, roperos y armarios, y enfardelándolas las llevaron abajo a rastras. Toda la ropa de reserva se salvó con excepción de aquella que los niños habían usado el día anterior, como también la mayoría de las cosas del personal. Pero toda la ropa de cama, etc., que había en los dormitorios G y F se perdió. La densidad del humo en aquellas habitaciones hacía peligrosa la entrada después de haber evacuado al último niño.

Cuando llegó el doctor acompañado de Lluellen y dos vecinos que encontró de paso, habíamos evacuado el último dormitorio, llevando a los niños a la cocina por ser el lugar más distante del fuego. Los pobres chiquitines estaban envueltos en las frazadas, pero iban descalzos en su mayoría; les habíamos ordenado que llevasen sus ropas, en el momento de despertarlos, pero aterrados como estaban, no pensaban más que en salir.

A esta altura, los corredores y vestíbulos estaban tan llenos de humo que casi era imposible respirar. Parecía como si todo el edificio se quemara, aunque el viento soplaba en dirección opuesta al ala oeste.

Inmediatamente llegó otro automóvil repleto de voluntarios desde Knowltop, los que acto seguido comenzaron a ayudarnos en la tarea de extinguir el fuego. El servicio de bomberos corrien­te no llegó hasta pasados diez minutos después de todo esto. Como sabrás, ese departamento sólo tiene caballos, y nosotros estamos a tres millas de distancia, y los caminos son bastante malos. Fue una noche espantosa, frío y cellisqueando, y soplaba un viento tan fuerte que uno apenas podía sostenerse en pie. Los hombres treparon sobre la azotea y se pusieron a trabajar sin zapatos por temor de resbalarse. Con las frazadas mojadas atajaban y aplas­taban las chispas de fuego, y derramaban el agua del tanque a diestro y siniestro; se portaron como verdaderos héroes.

Entretanto, el doctor se encargó de los niños. Nuestro primer pensamiento fue llevarlos a un lugar seguro, puesto que en caso de derrumbarse todo el edificio, no sería posible sacarlos a la calle y dejarlos a la intemperie con semejante huracán, no llevando puestos más que sus camisones y las frazadas de pro­tección.

Para entonces ya habían llegado más .automóviles atestados de hombres y tornamos posesión de los coches en cuestión.

La finca de Knowltop, por una feliz coincidencia, había sido abierta con el objeto de agasajar a los convidados de fin de semana, en honor del septuagésimo cumpleaños del anciano ca­ballero. Este señor fue uno de los primeros en llegar y puso a nuestra disposición toda su residencia. Ese era el refugio más cercano y aceptamos instantáneamente. Sin perder un instante, metimos a veinte de los más pequeñitos dentro de los coches y los trasladamos a la casa de Knowltop. Los huéspedes, que se estaban vistiendo aceleradamente para ir al asilo, recibieron cariñosamente a los niños y los acostaron en sus propios lechos, arropándolos tiernamente. No habiendo más lugar en la casa para los otros niños mayores, el señor Knowltop nos ofreció su nuevo granero inmenso, con un garaje adjunto, todo con espléndida calefacción y listo para ocupar.Una vez que los más pequeños fueron bien acomodados en la casa, esos bondadosos convidados se pusieron a la tarea de; arreglar el granero para recibir a los niños mayorcitos. Cubrieron el piso de heno, tapándolo con frazadas y mantas de coche; luego acostaron a treinta de los niños en filas como si fueran terneritos. La señorita Matthews y una enfermera los acompañaron; les dieron un vaso de leche caliente a cada uno de los niños, y a la media hora los pequeños dormían tan plácidamente como en sus propias camitas.

Pero entretanto, en el asilo ocurría algo espantoso. Al llegar el doctor lo primero que preguntó fue si habíamos contado los niños y si estábamos bien seguros de que se habían salvado todos.

-Antes de abandonar los dormitorios nos aseguramos de que no había nadie en ellos – le contesté.

Como podrás comprender fácilmente, no era posible contar a los niños entre tanta confusión; unos veinte muchachos esta­ban todavía en los dormitorios trabajando bajo las órdenes de Percy Witherspoon, para salvar la ropa y los muebles, y la, niñas mayores se encontraban clasificando y ordenando cente­nares de zapatos, para tratar de calzar a los niños menores, que corrían de un lado para otro metiéndose bajo los pies y gi­miendo lastimosamente.

Pues bien, cuando ya se habían cargado y despachado unos siete autos repletos de niños, el doctor gritó de repente: -¿Donde está Allegra?

Siguió un silencio de terror. Nadie la había visto. Y en ese momento la señorita Snaith se puso de pie como movida por un resorte v lanzó un grito agudo. Betsy la tomó de los hombros y la sacudió para hacerla hablar coherentemente.

Parece que había creído que Allegra estaba a punto de res­friarse y a fin de sacarla del frío había movido su camita desde el aposento de los niños (en donde yo había implantado el sistema del aire puro) hasta el cuarto de almacenar, y luego lo había olvidado.

¡Pues bien, querida, tú sabes dónde está ese cuarto!

¡Sin acertar a pronunciar una sola palabra, nos miramos los unos a los otros, mudos de espanto!

A esta altura toda el ala este del edificio estaba desentrañada y la escalera del tercer piso rodeada de llamas. No parecía haber ninguna probabilidad de que la criatura viviese aún. El doctor fue el primero en reaccionar. Agarrando precipitada­mente una de las frazadas mojadas que estaban amontonadas en el suelo del vestíbulo, de un salto se lanzó hasta la escalera. Nosotros le implorábamos a gritos que volviese. Era un verda­dero suicidio. Pero él siguió adelante y desapareció entre el humo. Yo salí corriendo al jardín y llamé a los bomberos que estaban sobre la azotea. La ventana del cuarto de almacenar era demasiado pequeña para que pudiese pasar un hombre, y no la habían abierto tampoco por temor de producir una co­rriente de aire.

No es posible describir lo que sucedió en los diez minutos de agonía que siguieron. La escalera del tercer piso se hundió con un terrible estrépito y una explosión de llamas, a los cinco minutos de haber pasado el doctor. Ya lo habíamos dado por perdido, cuando surgió un grito agudo de entre la muche­dumbre estacionada en el prado, y apareció el doctor por un instante en la venta de la bohardilla, llamando a los bomberos para que colocasen una escalera. Luego volvió a desaparecer; nosotros creíamos que nunca iban a colocar esa escalera en su lugar; cada segundo era una eternidad. Por fin la colocaron y subieron dos de sus hombres. La apertura de la ventana pro­dujo una corriente de aire, y estaban a punto de caer por la explosión de humo que estalló en la parte de arriba. Después de unos minutos apareció otra vez llevando en sus brazos un bulto. Luego se lo pasó a los bomberos y él pareció vacilar por un momento y tambalearse hacia atrás, des­apareciendo de nuestra vista.

Yo no sé lo que sucedió durante los minutos que siguieron; volví la cabeza hacia otro lado y cerré los ojos.

De un modo u otro lograron sacarle y llevarle hasta la mitad de la escalera; de ahí lo dejaron caer. Es que estaba sin cono­cimiento a causa del humo que había tragado, y la escalera estaba resbaladiza por la nieve y se bamboleaba horriblemente. En fin, cuando volví a mirar él yacía en el suelo, todo encogido, y la multitud corría de un lado para otro y alguien gritaba a voz en cuello pidiendo que se le diera un poco de aire. Al principio creyeron que estaba muerto; pero el doctor Metcalf, de la aldea, que llegó para examinarlo, dijo que tenía la pierna y dos costillas rotas, pero que aparte de eso no había nada más.

Cuando lo colocaron sobre dos de los colchones que se habían arrojado por las ventanas, todavía seguía sin conocimiento; lo colocaron sobre la carreta que había traído las escaleras de sal­vamento y partieron rumbo a su casa.

Y nosotros, los que quedábamos atrás, seguimos trabajando en lo que fuere menester como si nada hubiera sucedido. Lo extraño de una catástrofe como ésta es que hay tanto que hacer por todos lados que a uno no le queda ni un momento para pensar, y uno no logra reaccionar ni poner en orden sus pensa­mientos hasta mucho tiempo después. El doctor, sin vacilar un instante, había arriesgado su vida para salvar a Allegra. Fue !a acción más valerosa que jamás he visto, y no obstante toda esa heroica hazaña no duró más de quince minutos en medio de aquella noche pavorosa. En ese momento, no era más que un incidente entre muchos.

¡Y salvó a Allegra! Ella salió de aquel envoltorio con el pelo enmarañado y una expresión de alegre sorpresa en sus ojos por lo que ella creía era una broma y ella jugaba al escondite. ¡Porque se estaba sonriendo! Esto fue algo rayano en lo milagroso. El incendio empezó a una distancia de tres pies de la pared donde ella dormía, pero debido a la dirección del viento las llamas se propalaron en dirección opuesta. Si la señorita Snaith fuese más partidaria del aire fresco V hubiera dejado la ventana abierta, el fuego hubiera retro­cedido hacia la cuna de Allegra; pero afortunadamente la seño­rita Snaith no es devota del aire puro, y en consecuencia nada de eso ocurrió. Si Allegra hubiese muerto, jamás me hubiese perdonado a mí misma por no dejar que se la llevaran los Bretland, y me consta que Sandy tampoco se lo hubiera per­donado a sí mismo.

A pesar de todo lo que se ha perdido, no puedo dejar de sentirme reconfortada cuando pienso en las dos espantosas tra­gedias que se han conjurado; durante esos siete minutos, mien­tras el doctor se hallaba encerrado en ese tercer piso en llamas, viví la agonía de creer que ambos habían muerto, y me des­pierto de repente en la noche temblando de horror.

Trataré de contarte el resto. Los bomberos y los voluntarios -especialmente el chófer y los mozos de la caballeriza de Knowllop- trabajaron durante toda la noche con verdadero frenesí. Nuestra “novísima” cocinera negra (que es una heroína por derecho propio) salió y prendió fuego en el lavadero para preparar una caldera llena de café. Esa fue su propia idea. Los no combatientes sirvieron el café a los bomberos cuando éstos se turnaban entre sí para descansar unos minutos. Y te ase­guro que fue de gran efecto.

Llevamos a los demás niños a varias casas hospitalarias, con excepción de los muchachos mayores, que trabajaron toda la noche a la par de cualquier hombre.

Fue un espectáculo realmente inspirador y fortificante, el ver la buena voluntad y la espontaneidad con que todo el pue­blo se puso a nuestras órdenes, para ayudarnos en todo lo po­sible. Gentes que parecían ignorar nuestra existencia, llegaron a la medianoche para ofrecernos la hospitalidad de sus hogares. Dieron albergue a los niños; les suministraron baños calientes y sopa caliente y los arroparon confortablemente en sus pro­pios lechos. Y, al menos que yo sepa, ni uno de mis ciento siete polluelos ha sufrido las consecuencias de haber andado con los pies descalzos sobre los pisos mojados; ni siquiera los que tienen tos ferina. <strong><!–more–><!–nextpage–></strong>

Era ya pleno día antes de que se pudiera dominar el fuego lo suficiente como para hacer un balance de lo que habíamos rescatado. Debo informarte que mi ala del edificio está com­pletamente intacta, aunque algo humeante, y el corredor prin­cipal está perfectamente bien hasta la escalera céntrica; todo lo demás está carbonizado y empapado. El ala Este del edificio es una cáscara ennegrecida y sin tejado. Tu aborrecida sala F, mi querida Judy, ha desaparecido para siempre. Ojalá pudieras tú borrarla de tus recuerdos tan completamente como ha sido borrada de la faz de la tierra.  ¡Tanto en substancia como en espirita, el viejo John Grier ha dejado de existir!

Tengo que contarte algo cómico. En toda mi vida no he visto tantas cosas cómicas como las que sucedieron durante esa noche. Cuando todo el mundo estaba de “riguroso negligee”, la mayoría de los hombres en pijamas e impermeables, y todos sin cuellos, cayó tardíamente el honorable Cyrus Wykoff, ata­viado como para un té de sociedad. ¡Usaba polainas blancas y un alfiler de corbata con una perla incrustada!

Pero en realidad fue muy servicial, puesto que dejó toda su casa a nuestra disposición, y yo aproveché para ponerla a la señorita Snaith bajo su tutela; ésta estaba tan histérica que el honorable no tuvo más remedio que dedicarle toda su aten­ción y, en consecuencia, no se cruzó por nuestro camino en toda la noche.

Por el momento no me es posible describir más detalles; en mi vida he estado tan atareada y ase-diada como hoy. Lo único que quiero asegurarte es que no hay ningún motivo para ter­minar tu viaje prema-turamente. El sábado por la mañana, muy temprano, vinieron cinco de los síndicos, y estamos todos tra­ba-jando como locos para poner las cosas en orden. En este momento, nuestro asilo se encuentra desparra-mado por todo el pueblo; pero no te preocupes innecesariamente. Sabemos per­fectamente dónde están to-dos los niños. Ninguno de ellos ha sido permanentemente extraviado. Nunca me imaginé que los perfectos desconocidos podían ser tan bondadosos. Mi opi­nión sobre la raza humana ha subido notablemente.

Todavía no he visto al doctor. Telegrafiaron a Nueva York para que viniese el médico cirujano a intervenir la pierna. La fractura es bastante seria, y dicen que pasará algún tiempo antes de que esté del todo bien; no creen que haya lesiones internas, aunque el pobre está terriblemente magullado. Tan pronto como nos permitan verle, mandaré pormenores más detallados.

Debo terminar ya, si quiero alcanzar el vapor que sale ma­ñana.

Adiós. No te preocupes. ¡No hay mal que por bien no venga! Nosotros decimos que toda nube tiene su forro plateado. Hay una docena de forros plateados detrás de esta nube, y mañana te escribiré sobre ellos.

Sallie.

¡Santo cielo! ¡Aquí viene un auto, con J. F. Bretland en su interior!

 

 

Hogar John Grier.

Enero 14.

Mi querida Judy:

¡Oye esto! J. F. Bretland se enteró por los diarios de Nue­va York de lo que había ocurrido aquí (debo admitir que la prensa metropolitana aprovechó muy bien nuestro incendio, sa­cando el mejor partido de los más ínfimos detalles), y sin perder un instante, se llegó hasta aquí viajando en posta. Sin poder reprimir su anhelosa inquietud, mientras cruzaba a tropezones nuestro umbral ennegrecido, su primera pregunta fue: -¿Está a salvo Allegra? -Sí -le contesté.

-¡Gracias a Dios! -gritó, dejándose caer en una silla. -Este no es lugar para niños -me dijo con severidad-, y he venido a llevarla a su casa. Quiero los dos muchachitos tam­bién -añadió apresuradamen-te, antes de que yo pudiera re­plicar-. Mi esposa y yo lo hemos discutido, y hemos llegado a la conclusión de que ya que nos hemos tomado el trabajo de instalar un departamento para niños, tanto nos da mantenerlo para tres como para uno.

Lo conduje a la biblioteca, donde tiene su morada nuestra pequeña familia desde la noche del incendio, -y diez minutos más tarde, cuando me llamaron de abajo para conferenciar con los síndicos, dejé a J. F. Bretland con su nueva hijita sobre sus rodillas y un hijo apoyado contra cada brazo, el papá más orgulloso de los Estados Unidos.

Ya ves, pues; nuestro incendio ha logrado una cosa: esos tres niños están asegurados para toda la vida. Casi valía la pena de sufrir tanta pérdida.

Pero me parece que no te he contado todavía cómo se ori­ginó el incendio. ¡Hay tantas cosas que aun no te he contado, que me duele el brazo con sólo pensar en escribirlas todas!

Supimos más tarde que Sterry estaba pasando el fin de se­mana como nuestro “huésped”. Después de pasar la noche be­biendo en la cantina de Jack, regresó a nuestra cochera, trepó la pared, entrando por la ventana, prendió una vela, se aco­modó bien, y se quedó profundamente dormido. Sin duda, se olvidó de apagar la vela; sea como fuere, ocurrió el incendio, y Sterry logró escapar con vida, por un pelo. Ahora está en el hospital del pueblo, bañado en aceite de oliva, y deplorando “dolorosamente” la parte que le cupo en nuestras tribulaciones. Me place tomar conocimiento que el edificio estaba ampliamente asegurado, así que la pérdida monetaria no será tan tremenda, después de todo. No hay otra clase de pérdidas; en realidad, no hay más que “ganancias”, que yo sepa; exceptuando, por supuesto, a nuestro pobre magullado doctor. Todos se han portado admirablemente; yo no sabía que el alma humana al­bergaba tanta bondad y misericordia. ¿He vilipendiado alguna vez a los síndicos? ¡Pues, me retracto! Cuatro de ellos llegaron en posta de Nueva York a la mañana siguiente, y todos los vecinos de los alrededores estuvieron espléndidos.

Hasta el honorable Cy ha estado tan ocupado, rehaciendo las costumbres y la ética de los cinco huérfanos alojados en su casa, que no ha venido a molestar para nada.

El incendio ocurrió a eso de las dos en la madrugada del sábado, y el domingo los pastores de todas las iglesias pidie­ron voluntarios que, aceptaran en sus casas a uno o dos niños, como huéspedes por tres semanas, hasta que el asilo estuviese nuevamente en condiciones de albergarlos.

Fue algo halagador la forma en que respondió el pueblo. En media hora fueron ubicados todos los niños. ¡Y piensa en lo que significa eso para el porvenir! De hoy en adelante, cada una de esas familias va a tomar un interés personal en este asilo. Además, piensa en lo que significa para los niños. Tendrán la oportunidad de ver cómo vive una verdadera familia, y ésta es la primera vez que muchos de ellos han traspuesto el umbral de una casa particular.

En lo que se refiere a los proyectos más permanentes para acomodarnos hasta el fin del invierno, oye esto:

El club campestre tiene un local para caddies que no usan durante el invierno, y lo han puesto gentilmente a nuestra dis­posición. Este local linda con nuestras tierras en su parte pos­terior, y lo estamos amueblando para ubicar a catorce niños, que estarán a cargo de la señorita Mathewfs. Como nuestro comedor y cocina no han sufrido deterioro alguno, los niños vendrán a comer al asilo y para asistir a la escuela, regresandoa casa de noche; la caminata de media milla será un ejercicio’ saludable para ellos. Hemos bautizado nuestra nueva sucursal con el nombre de:  “El Pabellón dela Cancha de Golf”.

Además, esa buena ama de casa, la señora Wilson, que vive al lado del doctor -esa que ha sido tan eficiente con nuestra pequeña Loretta-, ha convenido en tomar a pensión a cinco niños más, a cuatro dólares semanales cada uno. Dejaré a su cui­dado algunas de las niñas mayores, que se han destacado en los quehaceres domésticos, y que quieren aprender a cocinar en pequeña escala, a diferencia de lo que ocurre con nuestra co­cina “al por mayor”.

La señora Wilson y su esposo son una pareja magnífica, económica e industriosa, sencilla y cariñosa; me parece que a las niñas les haría bien el solo hecho de observarlos. ¡Un curso de entrenamiento para ser la mujer casada perfecta!

Ya te conté eso de los Knowltop, que viven al este de nues­tro establecimiento, los que llevaron cuarenta y siete niños la noche del incendio, y cómo todos los convidados se trans­formaron voluntariamente en niñeras de emergencia.

Al día siguiente, retiramos treinta y seis niños, pero todavía tienen once. ¿Fui yo la que le llamó al señor Knowltop “un viejo tacaño gruñón”? ¡Me retracto en absoluto! Le pido per­dón. ¡Es un dulce corderito! Ahora, en nuestros momentos de apuro, ¿a que no adivinas lo que ha hecho ese hombre ben­dito? Pues ha amueblado una casita desocupada que hay en su hacienda, para albergue de nuestros bebés; él personalmente ha contratado una enfermera inglesa graduada para cuidar a ios pequeñuelos, y les suministra diariamente la excelente leche que se produce en su tambo modelo. Dice que hace años que viene pensando en la forma de utilizar esa leche. No le con­viene venderla, porque es tan superior en su elaboración que a los precios que le pagarían, saldría perdiendo cuatro centavos por litro!

Doce de las niñas mayores del dormitorio A están instaladas en la nueva casita del leñador; los pobres Turnfelt, que la habían ocupado exactamente dos días, han tenido que irse a la aldea, porque ellos no sirven para cuidar a los niños, y yo necesito su alojamiento. Tres o cuatro de estas chicas nos han sido de­vueltas de sus hogares adoptivos, por hurañas e intratables, y requieren una supervisión muy eficiente. Pues, ¿qué crees tú que he hecho? He telegrafiado a Helen Brooks pidiéndole que mande a pasear a sus editores y que se haga cargo de mis niñas. Tú ya sabes que Helen será una admirable influencia sobre ellas. Aceptó mi propuesta en forma provisional. La pobre Helen ya ha tenido bastante con los asuntos de contratos permanentes e irrevocables. ¡Está escarmentada, y ahora quiere hacerlo todo a prueba, antes de comprometerse definitivamente!

Ha ocurrido algo muy interesante para los muchachos ma­yores; hemos recibido una donación de gratitud del señor Bretland. Fue a ver al doctor para darle las gracias por haber­le salvado la vida a Allegra; conversaron extensamente sobre los requerimientos de esta institución, y J. F. Bretland volvió aquí y me entregó un cheque por la suma de $ 3.000.- para construir los campamentos de los indios en gran escala. El se­ñor Bretland, Percy y el arquitecto de la aldea ya han prepara­do los planos, y esperamos que dentro de dos semanas las tribus se instalarán en sus cuarteles invernales.

¡Qué importa que mis ciento siete niños hayan sido arroja­dos de su refugio por un incendio, ya que viven en un mundo tan misericordioso como éste!

 

Viernes.

 

Supongo que te extraña que yo no haga referencia alguna sobre el estado del doctor. Me es imposible darte la informa­ción de primera mano, ya que se niega a recibirme. Sin em­bargo, ha visto a todos menos a mí: a Betsy, Allegra, la señora Livermore, el señor Bretland, Percy y a varios síndicos; todos ellos me informan que el doctor progresa tan favorablemente como es de esperar con dos costillas rotas y un peroné fractu­rado. Creo que ése es el nombre profesional del hueso de la pierna que se rompió. A él no le gusta nada que se haga mucha bulla a su alrededor, y se niega a pasar por héroe. Yo perso­nalmente, como la directora agradecida de esta institución, fui a verlo para darle las gracias en forma oficial, pero invariable­mente me informa; en en la puerta de calle que el doctor dor­mía y no quería que se le molestara. Las primeras dos veces le creí a la señora McGurk cuando me lo dijo, pero después, bueno, ¡ya lo conozco a nuestro doctor! De modo que, cuan­do llegó la hora de mandar a nuestra muchachita a balbucear un inconsciente adiós al hombre que le había salvado la vida, tuve que despacharla en compañía de Betsy!

No tengo la más remota idea de lo que le pasa al hombre. La semana pasada estuvo bastante tratable, pero ahora, cuando necesito su opinión, tengo que mandar a Percy para extraérsela.

Me parece que debiera recibirme en mi carácter de directora del asilo, aun cuando no desee que nuestra amistad sea de índole personal. Sobre esto no cabe duda: ¡nuestro Sandy es escocés!

 

Más tarde.

 

Será necesario gastar una fortuna en estampillas para enviar esta carta a Jamaica, pero quiero que sepas todas las novedades, y nunca nos han sucedido tantas cosas estimulantes desde el año 1876, cuando “nos fundaron”. Este incendio nos ha dado un susto tan grande que nos ha hecho renacer y recobrar bríos para el porvenir. Creo que todos los asilos debieran ser arrasados por el fuego cada veinticinco años para desembarazarse de su equipo anticuado y de las ideas que han caído en desuso. Ahora me alegro, en forma superlativa, de que no hayamos gas­tado el dinero de Jervis el verano pasado; hubiera sido en extremo trágico quemar todo eso. No me importa tanto la plata del viejo John Grier, pues dicen que él hizo su fortuna con un remedio patentado que, según he oído, contenía opio.

En cuanto al “retazo” que quedó de nuestro asilo, ya ha sido entablado y cubierto con papel alquitranado, y seguimos viviendo muy confortablemente en nuestra porción de la casa. Hay bastante lugar para el personal, el comedor y la cocina de los niños, y más adelante se harán proyectos más definitivos.

¿Has advertido lo que nos ha sucedido? ¡El buen Dios ha escuchado mi plegaria, y el asilo John Grier es una institución de chalets!

Te saluda, La persona más atareada al norte del Ecuador,

S. McBride.

Hogar John Grier.

Enero 16.

Mi querido Gordon:

¡Por favor, por favor, pórtate bien, y no empeores las cosas más de lo que están. Me es absolutamente imposible abandonar el asilo en estos momentos; no hay ni que pensar en eso. Debieras comprender que no puedo abandonar a mis pichoncitos precisamente cuando más me necesitan. Tampoco estoy dis­puesta a renunciar a esta “maldita filantropía” (tus palabras textuales).

No tienes por qué preocuparte. No estoy trabajando con exceso. Me divierte todo esto; nunca estuve tan ocupada ni fui tan feliz en toda mi vida. Los diarios exageraron la nota, haciendo figurar el incendio en forma mucho más espeluznante de lo que era. ¡Ese dibujo en que se me ve saltando de la azotea con un chico debajo de cada brazo, es un tanto exageradol El artista se ha excedido un poco.

Uno o dos de los niños tienen dolor de garganta, y nuestro pobre doctor está todo enyesado;   ¡pero estamos todos con……vida, a Dios gracias! y saldremos a flote sin cicatrices indelebles. No puedo entrar en detalles ahora; estoy tan atareada. ¡Y no vengas, por favor! Más adelante, cuando las cosas se hayan arreglado un poco, tú y yo tenemos que hablar de nuestros asuntos, pero necesito más tiempo para pensarlo.

S.

 

 

Enero 21.

Mi querida Judy:

Helen Broods se ha hecho cargo de esas catorce chicas reacias, en forma realmente magistral. Ese puesto es el más dificultoso que puedo ofrecer, y a ella le encanta. Me parece que Helen puede llegar a ser una excelente adquisición.

Me olvidé de contarte el asunto de Punch. Cuando ocurrió el incendio, esas dos excelentes mujeres que le dieron hospedaje todo el verano, estaban a punto de tomar el tren para Cali­fornia, y ni bien supieron lo que había sucedido, llegaron ja­deantes, se metieron a Punch debajo de un brazo, junto con su equipaje, y se lo llevaron. ¡De manera que Punch pasará el invierno en Pasadena!; y tengo un presentimiento que será de ellas para siempre. ¡No es de extrañar, pues, que yo esté tan exaltada con todos estos acontecimientos!

 

Más tarde.

 

El pobre acongojado Percy ha pasado la velada en mi com­pañía, porque es de presumir que sólo yo puedo comprender su aflicción. ¿Por qué se presume que yo debo comprender las tribulaciones y las penas de todo el mundo? Es sumamente agotador tener que derramar simpatía constantemente, cuando el corazón no la siente. El pobre muchacho está bastante de­primido por el momento, pero tengo la sospecha de que -con la ayuda de Betsy- pronto logrará sobreponerse a su congoja. Está a punto de enamorarse de Betsy, pero todavía no lo sabe. Por ahora se encuentra en esa etapa en que siente una especie de cariño por sus tribulaciones; se ve a sí mismo como un héroe trágico, un hombre que ha sondeado lo más intenso y profundo del dolor. Pero he observado que cuando está Betsy, se ofrece entusiastamente para ayudarla en cualquier tarea que haya.

El doctor todavía está enyesado, pero me dicen que progresa favorablemente, pero siempre refunfuñando. Ya puede sentarse un rato todos los días, y recibir a unos cuantos visitantes, pro­lijamente seleccionados. La señora McGurk los escoge y cla­sifica en la misma puerta de calle, y repudia a los que no le gustan.

Adiós. Te escribiría más, pero estoy tan muerta de sueño que los ojos se me cierran “por su cuenta” (este modismo o idiotismo lo acuñó Sadie Kate). Tengo que irme a la cama y dormir un poco para hacer frente a las ciento siete preocu­paciones de mañana.

Con cariños para todos los Pendleton,

S. McB.

Enero 22.

Mi querida Judy:

Esta carta nada tiene que ver con el asilo John Grier. Es simplemente una carta de Sallie McBride.

¿Recuerdas tú cuando leíamos las “Cartas de Huxley” du­rante nuestro último año en el colegio? Ese libro contenía una frase que se me ha pegado tenazmente a la memoria: “Siempre hay un “Cabo de Hornos” en la vida de todos los seres hu­manos; los unos lo resisten y sobreviven, y los otros se estrellan contra él”. ¡Eso es tan cierto!; y lo “malo es que no siempre reconoce uno su Cabo de Hornos cuando lo ve. A menudo la travesía es bastante nublada y brumosa, y uno naufraga antes de darse cuenta.

Últimamente, he venido comprendiendo que he llegado a mi Cabo de Hornos en la vida. Celebré mi compromiso con Gordon con el alma rebosante de fe y esperanza, pero poco a poco he comenzado a dudar del resultado. La muchacha que él ama no es la que yo quiero ser. Es el “yo” que he tratado de sojuzgar y sublimar durante todo este último año. Acaso ella no ha existido nunca, y no fue más que un reflejo de la imagen que Gordon se formó de ella. Como quiera que sea, ahora ya ha dejado de existir, y el único proceder recto y justo para ambos es poner fin a nuestro compromiso.

Ya no existen entre nosotros intereses comunes-, ya no somos amigos. El no comprende; cree que son divagaciones mías; que lo único que tengo que hacer es tomar interés en su vida, y que todo saldrá bien.

Claro está que me intereso por sus asuntos cuando él está conmigo. Procuro hablar de las cosas que a él le interesan, y no sabe que mi corazón y mi espíritu no sienten ninguna afi­nidad que indique una atracción común. Cuando estoy con él, tengo que fingir hipócritamente. No puedo ser natural, y si tuviéramos que vivir juntos, en constante roce cotidiano, ten­dría que seguir fingiendo toda mi vida.

El quiere que tenga siempre los ojos fijos en su rostro, y que me sonría cuando él se sonríe, y que frunza el entrecejo cuando él lo hace. No se da cuenta que tengo mí propia per­sonalidad, y que soy un ente individual, lo mismo que él.

Yo poseo conocimientos y prendas sociales. Visto bien, soy vistosa, aparatosa, y sería la dueña de casa ideal para el hogar de un político; y es por eso que me quiere.

Sea como fuere, de súbito me di cuenta con pasmosa luci­dez que si seguía con este asunto, dentro de algunos años es­taría donde está Helen Brooks. Ella ofrece un ejemplo de vida conyugal mucho más corriente que tú, mi querida Judy. Me parece que un espectáculo como tú y Jervis es un peligro para la sociedad. Ustedes dos parecen tan felices, tan tranquilos y tan compañeros que inducen a la indefensa espectadora a salir corriendo y, sin pérdida de tiempo, agarrar al primer hombre que encuentra…, y que casi nunca es el hombre jque debía haber elegido.

En fin, Gordon y yo hemos reñido definitivamente y para siempre. Hubiera preferido romper amistosamente, pero dado su temperamento -y el mío también, lo confieso-, tuvimos que terminar con una gran explosión. <strong><!–more–><!–nextpage–></strong>

Llegó ayer por la tarde, a pesar de que yo le había escrito que no viniese, y salimos a caminar por el lado de Knowltop. Paseamos ida y vuelta por ese páramo borrascoso durante más de tres horas, y discutimos y analizamos el caso hasta el lugar más recóndito de nuestro ser. ¡Nadie podrá alegar en este caso que la ruptura se produjo a causa de una mutua incomprensión!

De cualquier modo, Gordon se fue para no volver jamás. ¡Al último, cuando quedé allí sola, siguiendo con los ojos ¡a silueta de Gordon, que se iba perdiendo de vista sobre la cresta de la colina, y comprendí que era libre, que estaba sola y era dueña de mi destino, bueno, Judy, no hay palabras para expre­sarte la sensación de júbilo, de gozoso alivio, de libertad que inundó todo mi ser! No es posible que una persona casada y feliz pueda comprender jamás cuan maravillosamente, cuan glorio­samente sola me sentía en aquel instante. Ansiaba extender los brazos y oprimir contra mi corazón al mundo entero, que pa­recía pertenecerme de repente. ¡Ah, Judy, qué alivio se haberlo arreglado todo!

Me enfrenté con la verdad la noche del incendio, cuando contemplaba cómo desaparecía el antiguo John Grier, y com­prendí que iba a levantarse un nuevo John Grier en su lugar, pero que yo ya no estaría aquí para hacerlo. Un horrible espasmo de celos hizo presa en mi corazón, como una garra que me oprimiese. Comprendí que jamás podría renunciar a todo esto, y durante esos momentos de agonía, cuando creí que habíamos perdido a nuestro doctor, me di cuenta del inmenso valor que tenía esa vida y cuánto más importante y significativa era quela de Gordon. Entonces comprendí que jamás podría abando­narlo; tenía que seguir a su lado para llevar a cabo hasta el fin todos esos proyectos que habíamos planeado juntos.

Me parece, Judy, que no hago más que escribirte un montón de palabras confusas, y es porque estoy tan saturada de emocio­nes tumultuosas; necesito hablar, hablar y hablar hasta hacerme coherente.

Pues bien, ahí estaba yo de pie en la hora crepuscular de un día invernal, y aspiro muy hondo el aire frío y límpido, y me sentí maravillosamente, extáticamente libre; y salí corriendo, saltando y brincando por la colina y a través de las praderas hacia nuestros confines, y mientras corría, cantaba en voz baja. ¡Ah, Judy, fue un proceder escandaloso, cuando, según lo co­rriente, debía haber ido arrastrándome para casa con el ala rota. En lugar de eso, no pensé ni un momento en el pobre Gordon, que llevaba dentro del pecho un corazón quebrantado, herido y traicionado.

Cuando entré en la casa fui saludada por el alegre alboroto de los niños que marchaban al comedor para cenar. De pronto sentí que ahora eran todos míos, pues, últimamente, cuando mi condena a muerte se hacía más inminente cada día, mis niños parecían desvanecerse gradualmente y transformarse en peque­ños seres desconocidos. Agarré a tres de los que estaban más cerca de mí y los apreté fuertemente contra mi pecho.

He encontrado de repente tanta vitalidad nueva, tanta exube­rancia de espíritu; me siento como si me hubieran soltado de la cárcel y estuviera en libertad. ¡Siento -bueno, basta-, sólo quiero que sepas la verdad! ¡No le muestres esta carta a Jervis, pero dile lo que contiene en un tono suave y plañidero!

Ahora es medianoche ya, y voy a ver si logro dormir un poco. Es maravilloso no tener que casarse con el que uno no quiere casarse. Me regocijo porque estos niños me necesitan, me ale­gro por el asunto de Helen Brooks, sí, me alegro por el incen­dio y por todas las cosas que me hicieron ver con lucidez. En mi familia nunca hubo un divorcio, y no les hubiera gusta­do nada.

Ya sé que soy horriblemente egoísta y que debiera estar pensando en el corazón atribulado del pobre Gordon. Pero la verdad es que si fingiera estar apesadumbrada por eso, no sería más que una postura hipócrita. Ya encontrará él otra novia con el mismo cabello llamativo, y que será una dueña en su casa de tan buen efecto como yo.

Adiós, querida gente. ¡Cómo quisiera hallarme con ustedes en esa playa maravillosa, la mirada perdida a través de ese mar tan intensamente azul!  ¡Saludo al continente español!

Addio!

Sallie.

 

 

Enero 27.

Mi estimado doctor MacRae:

¡Quién sabe si esta nota tendrá la suerte de encontrarle a usted despierto! ¿Tal vez ignore que yo he ido a su casa cuatro veces para expresarle mi profunda gratitud y consolarle con mis mejores modales de cabecera?

Me enternece la noticia de que todas las horas de la señora McGurk están ocupadas enteramente en llevarle las flores, la jalea y el caldo de gallina que han donado sus adoradoras de la parroquia al héroe huraño y enyesado. Comprendo que a usted le es más cómodo un birrete tejido en casa que una aureola, pero me parece que debe conocerme bastante para no confundirme con esas damas histéricas, temiendo que yo también fuera a importunarle con mi extremado culto de los héroes.

En un tiempo usted y yo éramos amigos (intermitentemente), y aun cuando hay uno o dos pormenores en nuestro intercambio social del pasado que más valdría expurgar, no veo por qué habríamos de permitir  que esas bagatelas desbaraten nuestra amistad por completo. ¿Por qué no podemos ser sensatos y olvi­darlas? Este incendio ha sacado a luz tanta generosidad y tanta caridad inesperadas que me ha hecho concebir la esperanza Je que también en usted se pondrán de manifiesto esas bellas cualidades.

Porque sabrá usted, Sandy, que yo lo conozco bien. Podrá usted posar ante el mundo como un hombre ceñudo, áspero, brusco, poco afable, científico, inhumano y escocés, pero a mí no me engaña. Mi ojo psicológico, recientemente entrenado, se ha posado sobre usted durante diez meses y le he aplicado la prueba suprema, decisiva, de Binet. En el fondo es usted bondadoso, sensible, ilustrado, sabio, prudente, sensato, dis­creto, juicioso, sobrio, magnánimo y grande, así que le ruego que me reciba la próxima vez que vaya a verle y practicaremos una operación quirúrgica sobre el tiempo para amputarle esos últimos cinco meses.

¿Recuerda usted, Sandy, ese domingo por la tarde cuando nos escabullimos y fuimos al cerro, y cómo nos divertimos? Ahora es el siguiente día después de eso.

Sallie McBride.

 

 

P.D.- ¡Si soy tan condescendiente como para ir a visitarle de nuevo, le suplico que consienta en recibirme, porque le afir­mo que no haré la tentativa más de una vez!

Además, le prometo que no intentaré besarle las manos ni verteré lágrimas sobre su cubrecama, como hizo una dama admi­radora suya, según rumores.

 

 

Hogar John Grier.

Jueves.

Estimado enemigo:

Ya ve usted, en este momento siento una gran simpatía por usted. Cuando le llamo “MacRae” es que no le quiero, y cuando le digo “enemigo” es que le quiero.

Sadie Kate me entregó su nota. Debo admitir que es una obra muy encomiable para un hombre zurdo; a primera vista creí que era de Punch. ¡Puede usted esperarme mañana a las cuatro, y a ver si está despierto! Me alegra sobremanera que usted crea que somos amigos. Me siento, en verdad, como si hubiera recu­perado un tesoro de gran valor que había perdido por ne­gligencia.

S. McB.

P.D.- Nuestro mono “Java” se resfrió la noche del incendio y ahora tiene dolor de muelas. Se está ahí sentado, sosteniéndole la mejilla exactamente igual que un niñito acongojado.

 

 

Jueves, enero 29.

Mi querida Judy:

Deben haber sido diez páginas sumamente incoherentes las que te mandé a la disparada la semana pasada. ¿Has respetado el momento de romper esa carta? No me gustaría que apa­reciese póstumamente entre una compilación de mi correspon­dencia. Ya sé que mi estado de ánimo es vergonzoso, ignomi­nioso y escandaloso, pero una no tiene la culpa de su modo de sentir. Generalmente se cree que el estar comprometida es una grata sensación, pero te aseguro que no es nada en comparación con la maravillosa sensación de libertad, sin trabas, que se experimenta al dejar de estar comprometida. He tenido una horrible sensación de inestabilidad durante estos últimos meses, y ahora por fin estoy tranquila. Nadie jamás ha mirado el por­venir de soltera con mayor placidez que yo.

Nuestro incendio, he llegado a creer, fue un acto dela Pro­videncia. Fue enviado por el cielo para allanar el camino de un nuevo asilo John Grier. Ya estamos profundamente absortos en los planos de los nuevos chalecitos. Yo prefiero los guarne­cidos en gris; Betsy se inclina por los de ladrillos, y a Percy le gustan semienmaderados. No sé lo que preferiría nuestro pobre doctor; parece que le gusta el color verde oliva con un techo Mansard.

¡Ahora que vamos a tener diez cocinas distintas para prac­ticar, qué pronto aprenderán a cocinar nuestras- niñas! Ya estoy buscando diez buenas amas de casa para ponerlas a cargo de ellas. Más bien dicho, buscaré once, para tener una de reserva para Sandy. Al pobrecito le hace falta un poco de cariño y cuidado maternal como a cualquiera de mis polluelos. ¡Debe ser bastante desalentador volver a casa todas las noches para saborear el matalotaje que prepara la señora McGurk!

¡Cómo aborrezco a esa mujer! Ya me ha informado cuatro veces con firme complacencia que el doctor estaba durmiendo y no quería que se le molestase. Aun no lo he visto, y estoy llegando al límite de mi paciencia. Sin embargo, desistiré de emitir un juicio hasta mañana a las cuatro, cuando he de hacerle una visita breve (sin excitarle), de media hora. El doctor mismo me citó para esa hora, y si ella me vuelve a decir que está durmiendo le daré un suave empujón para voltearla (es muy gorda y floja), y plantándole un pie firmemente sobre el estó­mago proseguiré mi camino tranquilamente hacia el aposento del doctor. Luellen, el antiguo chófer, “camarera” y jardinero, es ahora también “enfermera graduada”. Estoy deseando ver lo que parece con gorro y delantal blanco.

Acaba de llegar el correo trayendo una carta de la señora Bretland, en donde me informa que están muy contentos, con tener los niños. Me adjunta su primera fotografía: los tres sentados dentro de un tílburi, con su institutriz a un lado, Clifford sosteniendo orgullosamente las riendas y un lacayo a la cabeza del pony. ¿Qué me dices? ¡No está mal eso para tres ex pupilos de un orfanato!

Todo esto es muy halagüeño, cuando pienso en el brillante porvenir que les espera, pero bastante triste cuando recuerdo a su pobre padre, que se mató trabajando para esos tres chiqui­llos que muy pronto lo habrán olvidado por completo. Los Bretland harán todo cuanto esté en su poder para conseguir eso. Sienten celos de toda influencia externa, y quieren que los niños sean enteramente suyos.

Después de todo, y pensándolo bien, creo que el proceso natural es el mejor: que cada familia produzca sus propios hijos y se los guarde.

 

Viernes.

 

Hoy he visto al doctor. Es un espectáculo conmovedor; el pobre no es más que un montón de vendajes.

Por fin logramos enderezar todas nuestras desavenencias. ¡Qué pena tan grande es cuando dos seres humanos, dotados del poder del habla, no logran, sin embargo, transmitirme mutuamente sus procesos psicológicos! Desde el principio yo no comprendí sa actitud mental, ni él ahora entiende la mía. ¡Esa horrible reti­cencia, esa reserva inflexible que las gentes del norte, nos em­peñamos tanto en guardar.

Pensándolo bien, creo que es mucho más cuerda la reacción psicológica de las razas del sur, cuyas expansivas demostracio­nes sentimentales y fervoroso temperamento les sirven como válvula de seguridad.

Pero, Judy, sucedió algo horrible. ¿Recuerdas el año pasado, cuando el doctor fue a visitar aquel instituto psicopático y se quedó diez días, y yo armé tanta alharaca de necia que soy? ¡Ah, Dios mío, las tonterías que yo cometo! Pues fue a asistir al entierro de su esposa. Ella murió en el instituto.

La señora McGurk lo sabía desde el primer momento y pudo haberlo agregado al resto de sus informaciones; pero se abstuvo de hacerlo.

Sandy me lo contó todo con infinita dulzura. El pobre hombre ha arrostrado durante muchos años esta tragedia oculta y ha estado sometido a una terrible tensión nerviosa.

Me ha confesado que él sabía antes de casarse que no debía hacerlo, puesto que conocía perfectamente el desequilibrio ner­vioso que ella padecía; pero creyó que, siendo médico, podría ayudarle a sobreponerse a ello. Y era muy bella.

Fue a causa de ella que abandonó su consultorio de la capital y se trasladó al campo. Y después de nacer la niña su estado mental se agravó a tal punto que no hubo más remedio que internarla en el instituto psicopático.

La niña tiene actualmente seis años; es una criaturita preciosa físicamente, pero a juzgar por lo que me cuenta es completa­mente anormal. La niña está al cuidado de una enfermera es­pecializada.

Imagínate esa espantosa tragedia oculta en la vida de nues­tro pobre, bondadoso y paciente doctor; porque es paciente, a pesar de ser el hombre más impaciente del mundo.

Muchas gracias por la carta de Jervis. Es un tesoro, y me alegro mucho de que sus negocios tengan el éxito que él se merece. ¡Cómo vamos a divertirnos cuando tú regreses a Shadywell y nos pongamos a hacer los proyectos para el nuevo John Grier!

¡El Hogar John Grier envía sus bendiciones a los dos mejores amigos que jamás ha tenido!

Addio!

Sallie.

 

 

Hogar John Grier.

¡Sábado a las seis y media de la mañana!

Mi queridísimo enemigo:

“Algún día pronto va a ocurrir algo lindo.”

¿No te sentiste sorprendido cuando te despertaste esta ma­ñana y recordaste todo lo que pasó?   ¡Yo sí!

Durante dos minutos no podía recordar qué era lo que me hacía tan feliz.

 

 

Aun no ha amanecido, pero estoy muy despierta y excitada, y tengo que escribirte. Despacharé esta carta por el primer huerfanito de confianza que aparezca y la encontrarás sobre la bandeja del desayuno al lado de tu sopa de avena.

Yo seguiré muy puntualmente a las cuatro de la tarde. ¿Crees tú que la señora McGurk aprobará el escándalo si me quedo contigo dos horas sin ningún huerfanito para acompañarme y escudarme?

¡Te prometí con la mayor buena fe que no iba a besarte la mano ni verter lágrimas sobre la colcha, pero me temo que hice ambas cosas… o algo peor! Sinceramente, no sospechaba cuánto te amaba hasta que traspuse el umbral y te vi ahí sostenido por las almohadas, todo cubierto de vendajes y el pelo todo chamus­cado. ¡Estás hecho un adefesio, Sandy! ¡Si te quiero tanto ahora, cuando más de una tercera parte de ti es yeso mate, hilas y vendajes, ya podrás imaginarte cómo voy a amarte cuando estés todo completo!

¡Pero mi querido, mi amado Robin, qué hombre más tonto eres! ¿Cómo podía yo sospechar en todos estos meses que me amabas, cuando tu conducta era tan abominablemente escocesa? En la mayoría de los hombres, un proceder así no sería tomado por una prueba de cariño. Ojalá me hubieras dejado vislumbrar una chispa de la verdad siquiera, y tal vez nos hubieras ahorrado a los dos unas cuantas angustias.

Pero no debemos mirar hacia atrás; tenemos que mirar hacia adelante y dar gracias al cielo. Las dos cosas más maravillosas de la vida serán nuestras: un matrimonio de amor y compañe­rismo, y el trabajo que amamos.

Ayer, cuando me despedí de ti, volví caminando  al asilo como aturdida. Quería estar sola para pensar, pero en lugar de eso tenía que entretener a Betsy, Percy y la señora Livermore, a quienes había invitado a cenar con anterioridad. Luego tuve que bajar a charlar un rato con los niños, como de costumbre. Era el viernes por la noche su velada social. Había muchos discos nuevos para la vitrola, regalo de la señora Livermore, y tuve que sentarme cortésmente para escucharlos todos. ¡Y bien, querido mío -no te burles de mí-, la última pieza que tocaron fue esa vieja canción escocesa: “John Anderson, mi John”, ¡y de repente me di cuenta que lloraba! Tuve que agarrar a la huerfanita más cercana y oprimirla fuertemente contra mi pecho, con la cabeza hundida en su hombro, para que no me viesen llorar.

John Anderson, irá John,

Juntos escalemos la cuesta de la vida,

Y muchas fueron las horas felices, John

Que pasarnos juntos los dos;

Ahora que ha llegado la hora de bajar, John,

También iremos juntos, tu mano en la mía

Para dormir el sueño eterno al

pie de la colina, John Anderson, mi John. <strong><!–more–><!–nextpage–></strong>

¡Cuando seamos viejos, encorvados y temblorosos, podremos nosotros también, Sandy, mirar hacia atrás sin pena y recordar las muchas horas felices que pasamos juntos los dos!

Es maravilloso pensar en ello, ¿verdad? Una vida de trabajo y recreo, y pequeñas aventuras cotidianas al lado del ser amado. Ya no me asusta el porvenir. No me importa envejecer contigo, Sandy. “El tiempo no es más que el arroyo en que voy pes­cando”.

He llegado a amar a estos huerfanitos porque me necesitan tanto, y ésa es la razón -al menos una de las razones- por la cual he llegado a amarte a ti. Tú eres una figura conmove­dora, vida mía, y ya que tú mismo no piensas en dulcificarte la vida, alguien tiene que hacerlo por ti. Construiremos nuestro hogar sobre la ladera, más allá del asilo. ¿Te gustaría una villa italiana de color amarillo, o tal vez una de color rosado?

De cualquier modo, te prometo que no será de color verde oliva, ni tendrá un techo Mansard. Y tendremos un inmenso y alegre salón de recibo, con una magnífica chimenea francesa, grandes ventanas y hermoso panorama, pero ninguna McGurk. ¡Pobre vieja! ¡Qué furiosa estará, y qué horrible comida te va a preparar cuando sepa la noticia! Pero no se lo vamos a decir por mucho, mucho tiempo, ni a ella ni a nadie. Sería un pro­cedimiento demasiado escandaloso, viniendo encima de mi com­promiso roto.

Anoche le escribí a Judy, y con un dominio sobre mí misma sin precedentes no dejé traslucir ni la más leve insinuación, ¡Yo también me estoy volviendo escocesa!

Tal vez no fue la pura verdad, Sandy, cuando te dije que no sabía cuánto te amaba. Creo que lo comprendí la noche en que se incendió el asilo. No es posible expresar con palabras la agonía que experimenté cuando tú estabas ahí bajo el techo en llamas, y durante la media hora que siguió no sabíamos si saldríamos con vida o no. Me parecía que si tú te ibas, jamás podría sobreponerme al dolor en toda mi vida; que eso de haber dejado desaparecer al mejor amigo que he tenido con un terri­ble abismo  de incomprensión entre nosotros, era demasiado doloroso, y no veía el momento en que me permitieran verte para decirte todo lo que he estado guardando dentro de mí en estos cinco meses.

Y después…, tú sabes que ordenaste terminantemente que no me dejasen entrar, y eso me dolió profundamente.

¿Cómo iba yo a sospechar que en realidad querías verme a mí mucho más que a los otros, y que lo que te retenía era simplemente ese terrible sentido moral escocés?

Eres un buen actor, Sandy. Pero, querido mío, si alguna vez en la vida volvemos a tener la más pequeña nube de incom­prensión o desavenencia, prometámonos mutuamente que no la guardaremos dentro de nosotros, sino que la sacaremos á la luz del día.

Anoche, cuando todos se habían retirado -bastante tem­prano, por suerte, ya que los niños no viven aquí ahora-, subí a mi cuarto y terminé mi carta para Judy, luego miré e! teléfono y luché con la tentación. Quería llamar al 505 para darte las buenas noches. Pero no me atrevía. ¡Todavía soy bastante tímida! Así, pues, ya que no podía hablar contigo, me acerqué al estante de los libros y saqué tu adorado Burns. Lo leí durante una hora y me quedé dormida con todos esos cantos de amor revoloteando en mi cabeza, y aquí estoy, al rayar el alba, y te los escribo todos.

¡Adiós, Robin, amor mío! ¡Te quiero tanto!…

SALLIE